Corea del Norte: Círculo vicioso

viernes, 15 de febrero de 2013
BEIJING (apro).- Corea del Norte y el mundo llevan décadas en una espiral de acción-reacción de elementos conocidos: tropelía nuclear, condena global y sanciones, distensión, negociaciones, acuerdos… y tropelía nuclear. La liturgia es conocida por todos los actores y la interpretan sin fallo. La dinastía norcoreana de los Kim se renueva y se alternan en Washington republicanos y demócratas sin que la rueda deje de girar. El momento actual es uno de los picos habituales. Pyongyang lanzó un misil en diciembre, la ONU lo condenó y amplió las sanciones al régimen, éste contestó con las habituales amenazas de aniquilación urbi et orbe y el martes 12 realizó su tercer ensayo nuclear. La cadena oficial KCNA ha convertido su retórica inflamada en un sello único y reconocible. En enero no ocultó que Estados Unidos era el objetivo de sus misiles nucleares. Otras veces ha incluido a Corea del Sur y Japón, tildándoles de “marionetas” al servicio de los “chacales” de Washington, quienes serán eliminados en la “guerra santa contra el imperialismo”. La semana pasada advirtió que el ensayo sólo era la primera medida, a la que seguirán otras dos de mayor magnitud. La inercia del conflicto continúa con Kim Jong-un, quien heredó el trono tras la muerte de su padre en diciembre de 2011. Sobre el joven recaían las esperanzas de sacar al país de su condición de paria global. Estudió en Occidente y en los primeros meses emprendió tímidas reformas de apertura económica y relajó las formas. Pero no hay cambios en la política nuclear. A Estados Unidos se le ha atragantado un pequeño país de 26 millones de empobrecidos habitantes durante seis décadas mientras desfilaban los cadáveres del resto de sus enemigos. Lo ha intentado todo. La vía militar fracasó durante la Guerra de Corea (1950-1953), donde su ejército dejó los dientes para dejar la frontera coreana en el paralelo 38, lo que en términos deportivos es un empate. Desde entonces, en las relaciones bilaterales ha sobrado hostilidad y desconfianza. Estados Unidos siempre ha esperado una desintegración del régimen que no llega, en contraste con la apuesta china del diálogo que conduzca a un cambio progresivo. A cambio, Pyongyang ha desarrollado en secreto su programa balístico siempre que ha firmado lo contrario. Washington ha alternado el palo y la zanahoria. Bill Clinton, por ejemplo, apostó por el diálogo, y la distensión propició la histórica reunión en 2000 con Jo Myong Rok, jefe militar norcoreano. Seis años antes ya había retrasado la firma de un acuerdo porque sus informantes prometían un inminente colapso del régimen. George Bush tiró de dialéctica bélica e incluyó al país asiático en el Eje del Mal hasta que su naufragio en Irak le aconsejó cerrar frentes. Las sanciones y el aislamiento no sirven con un país vocacionalmente aislado. Cuando Barack Obama, recién llegado a la Casa Blanca, anunció su disposición al borrón y cuenta nueva, Pyongyang respondió con un ensayo nuclear y salvas de misiles que cayeron cerca de Japón, aliado de Washington. Después llegó otra época de distensión que facilitó el acuerdo histórico del pasado año (alimentos, energía y seguridad a cambio de una moratoria nuclear). Fue cancelado tras el lanzamiento del misil de abril, donde nacen los problemas actuales. La carrera armamentística nuclear norcoreana siempre ha respondido al elemental propósito de salvar el pellejo: el arma nuclear impide la invasión. Esa certeza quedó subrayada al ver a Sadam Hussein, compañero el “eje del terror”, capturado con aspecto de indigente y posteriormente ahorcado. La prioridad norcoreana en sus tratados internacionales no son alimentos ni energía, como tozudamente insiste la prensa occidental, sino un compromiso de seguridad: “Con su arsenal sólo intentan asegurar su supervivencia”, confirma por correo electrónico Bruce Cumings, prestigioso norcoreólogo y catedrático de la Universidad de Chicago. Exageraciones ¿Qué hacer con las tropelías de Corea del Norte? Algunos expertos subrayan que, dada su evidente intención de llamar la intención, convendría ignorarlos. Otros opinan que no hay alternativa. “Depende de la provocación. Si consiste en ataques a suelo surcoreano como el bombardeo de la isla Yeonpyong (2010) o pruebas nucleares con uranio altamente enriquecido (HEU, por sus siglas inglesas), Estados Unidos no tiene más opción que responder”, sostiene Ellen Kim, del programa de Corea del Centro Estratégico de Estudios Internacionales de Washington, en una entrevista con Apro realizada por e-mail. Pero el enquistamiento del problema empuja a algunos analistas a proponer estrategias más realistas y de largo plazo. “Tarde o temprano, Washington tendrá que alcanzar una moratoria de más lanzamientos de misiles y ensayos nucleares con Pyongyang antes de que su programa sea una amenaza real. Eso implicará la aceptación tácita de que Corea del Norte posea armas nucleares, aunque de capacidad limitada”, añade. Las informaciones en la prensa sobre Corea del Norte suelen acompañarse de gráficos, nombres abstrusos de misiles y órbitas que cruzan buena parte del globo hasta golpear puntos de Estados Unidos. Se sugiere la realidad de la amenaza. Pero calibrar la amenaza nuclear norcoreana exige abstraerse de los elementos distorsionadores. Por un lado, Pyongyang necesita exagerar el poderío de las armas cuyo desarrollo ha condenado al hambre y la pobreza a su población. El programa de misiles y las armas nucleares han costado entre 2.8 y 3.2 mil millones de dólares desde 1998, según estimaciones de Seúl. Por el otro lado, muchas voces de Washington la exageran para frenar los recortes en Defensa en épocas de vacas flacas. Es la misma lógica que llevó a ver armas de destrucción masiva en Irak y agita el miedo a la expansión militar china. “Algunos en Estados Unidos que no entienden de tecnología otorgan a Corea del Norte más poderío del que tiene, mientras otros lo inflan para estimular los programas de defensa ante misiles”, señala en entrevista por correo electrónico David Wright, codirector de la Asociación de Científicos Preocupados. Se añade, además, el tradicional secretismo norcoreano. En 2010, un científico estadunidense fue invitado a una nueva planta norcoreana para enriquecer uranio que había escapado al examen de los satélites. Siegfried Hecker, exdirector del Laboratorio Nuclear de Los Álamos, se mostró “asombrado” tras ver un millar de centrifugadoras funcionando y describió las instalaciones como “increíblemente modernas”. Las centrifugadoras aparecieron a pesar del estricto embargo internacional. Los expertos no creen que Corea del Norte sea hoy una “amenaza seria” para Estados Unidos, como aseguró el martes Leon Panetta, secretario de Defensa. Los dos primeros ensayos fueron bastante enclenques: de un kilotón (el equivalente a mil toneladas de TNT) el de 2006 y de unos seis el de 2009. El último supera ligeramente al último, según las primeras mediciones. Por comparación, la bomba sobre Nagasaki alcanzó los 20 kilotones. La duda planteada es si utilizó uranio altamente enriquecido, lo que abriría una segunda vía al plutonio. Pyongyang aseguró que el ensayo había “diversificado” la tecnología nuclear, lo que apuntaría al uranio, aunque es habitual que exagere sus éxitos. El país posee cantidades escasas de plutonio, pero se asienta sobre vastas reservas de uranio. Su éxito estimularía la demanda de otros países con ansias nucleares. Pyongyang ha comercializado ya con Siria, Libia y probablemente Pakistán, según el espionaje estadounidense. Paradoja Pero estallar una bomba nuclear en instalaciones subterráneas es mucho más fácil que hacer volar un cohete. Los intentos previos al de diciembre fallaron. El misil Unha-3, con una capacidad de vuelo teórica de 10 mil kilómetros, ha encadenado cuatro fracasos en alguna de sus tres fases de su vuelo. En un par de ocasiones se hundió en el mar tras apenas unas decenas de segundos de vuelo gallináceo, lo que sugiere mayores posibilidades de que le caigan en los pies a los norcoreanos que a los neoyorquinos. El lanzamiento fallido de abril, ya con Kim Jong-un, hundió la reputación nuclear nacional. Incluso el régimen, en una sorpresiva declaración, asumió el fracaso. Pocos meses después, tras el tradicional desfile del ejército norcoreano, varios expertos extranjeros juzgaron que los misiles exhibidos eran falsos debido a sus superficies rugosas y otros detalles apreciables en las fotografías. El lanzamiento en diciembre de un misil de larga distancia que puso en órbita un satélite meteorológico ha sido el mayor éxito en la carrera nuclear norcoreana. Aunque Pyongyang defiende su naturaleza civil (el satélite permitirá prever las lluvias y sequías que castigan su agricultura), la similitud de la técnica del lanzamiento con la de los misiles balísticos ha provocado la condena internacional por entenderlo como una prueba bélica. “La gente subestimó a Corea del Norte tras su fracaso de abril y la sobrestima ahora. Los misiles de largo alcance son muy complicados. Estaba claro en abril que ya poseía los componentes por separado, pero era incapaz de hacerlos trabajar en conjunto de forma fiable. Lo consiguió en diciembre, pero no es descartable que pueda fallar en el siguiente. Además, tampoco está claro que el cohete utilizase combustible o motores avanzados, por lo que tiene capacidades limitadas. Pero con el tiempo, mejorarán”, sostiene Wright. Además de disponer del material nuclear y un misil de largo alcance es necesario el tercer y más complejo paso: miniaturizar la ojiva para introducirla en el cohete y que éste tenga un vuelo fiable. Los expertos afirman que está aún lejos de conseguirlo. “Un cohete norcoreano necesitaría mucha suerte para impactar en Estados Unidos. El cohete Unha tiene una fiabilidad del 25 %, y eso sin entrar a considerar su puntería. Y si consiguieran alcanzar algo, probablemente sería una zona deshabitada. El éxito de diciembre no cambia nada. Seguramente el siguiente fallará”, señala por email Markus Schiller, un reputado experto alemán. Schiller representa al sector más escéptico sobre el programa nuclear norcoreano, al que califica de bluff. Según su tesis, ni siquiera es una prioridad para Pyongyang tener sus misiles listos, sino seguir edificando la impresión de una amenaza seria para conseguir beneficios geopolíticos, fortificar su poder en el país y desaconsejar la intervención armada de sus enemigos. El científico encadena las dudas del sector: ¿Tiene ya Corea del Norte una ojiva nuclear? ¿Es lo suficientemente pequeña para calzarla en un cohete y que su peso no lo hunda? ¿Tienen los conocimientos suficientes que evite que les explote la ojiva durante el lanzamiento o con las primeras vibraciones? Y la última pregunta, la más demoledora por estar relacionada con la lógica y no con la técnica: “¿Quiere Corea del Norte empezar una guerra nuclear con Estados Unidos? Sus líderes saben con certeza las consecuencias inmediatas que cruzar ese umbral supondría para su país y para ellos”. Es la paradoja del programa nuclear norcoreano: nació para asegurar su supervivencia, pero el día que lo utilice contra Estados Unidos certificará su final.

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