Corea: Mismo escenario, actores nuevos

viernes, 12 de abril de 2013
MÉXICO, D.F. (apro).- Como cada primavera, cuando las fuerzas de Corea del Sur y Estados Unidos realizan ejercicios militares en la zona, la retórica belicista de Corea del Norte se enciende. Pero esta vez el régimen de Pyongyang ha ido inusitadamente lejos: se ha declarado en “estado de guerra” con su vecino del sur y ha amenazado atacar con misiles nucleares blancos estadunidenses y japoneses en el Pacífico. La particular furia de los norcoreanos se debería según analistas de la BBC de Londres no sólo a que bajo su lógica ellos ven los ejercicios conjuntos de “sus enemigos” como potencialmente ofensivos, sino a la nueva serie de sanciones impuesta por Naciones Unidas después de su último ensayo nuclear en febrero. Para Corea del Norte, lo único que la hace internacionalmente respetable y la mantiene a salvo de un ataque externo son precisamente sus armas atómicas. La gran interrogante a nivel mundial es, sin embargo, hasta qué punto este dicurso inflamado es para mantener ese respeto o para usarlo como moneda de cambio en negociaciones diplomáticas y económicas, como ya ha ocurrido en numerosas ocasiones; o si, esta vez, el nuevo y joven líder norcoreano, Kim Yong Un, está dispuesto a emprender acciones militares efectivas. “Si se sigue a los medios norcoreanos se puede oir un lenguaje belicoso continuo dirigido a Estados Unidos y a Corea del Sur –a veces también a Japón– y es difícil saber cuándo tomárselo en serio. Pero si uno se fija en las ocasiones en las que sí hubo incidentes armados, se comprueba que las advertencias eran muy claras”, señaló en una entrevista John Delury, profesor de la universidad de Yonsei, en Corea del Sur. Y es que quienes desechan como “novatada” o “fanfarronada” las cada vez más agresivas posturas que está tomando el aparentemente inexperto Yong Un, parecen olvidar que su ascenso al poder se dio en medio de acciones de fuerza, que entonces fueron interpretadas por analistas como la necesidad de hacer una “presentación fuerte” del heredero, cuando su padre Kim Yong Il estaba ya muy enfermo y el proceso de sucesión en marcha. Escaramuzas entre las dos Coreas ha habido muchas, pero las de fines de 2010 se consideraron como las más graves desde el armisticio de 1953 que dividió la penísula. La primera, cuando una corbeta de Corea del Sur fue torpedeada desde el norte, matando a 46 marinos; y la segunda cuando el ejército norcoreano lanzó varios obuses contra la isla surcoreana de Yeonpyong, donde fallecieron dos marinos más y dos civiles. Luego las aguas volvieron a su cauce y un año después Yong Il murió y Yong Un fue ungido como líder político del país y comandante supremo de las fuerzas armadas norcoreanas. ¿Realmente le obedecría ese enorme aparato militar con un millón de soldados en activo y 4.7 millones en reserva? En todo caso, ante la sucesión, el poderoso Comité Nacional de Defensa anunció que “ni los necios políticos de todo el mundo ni sus marionetas de Corea del Sur deben esperar cambio alguno”. Hubo empero barruntos de apertura. Auspiciado por China, en marzo de 2012 Corea del Norte firmó con Estados Unidos un acuerdo en el que se comprometía a suspender su programa nuclear y permitir las inspecciones de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), a cambio de alimentos. Uno de los muchos acuerdos que en ese sentido se han firmado desde hace por lo menos tres lustros. El acuerdo, se dijo, fue para “crear una atmósfera positiva”. Y de momento se logró. El advenimiento de Yong Un, un joven de 28 años que había estudiado en Suiza y tenido contacto con el exterior, despertó esperanzas en la comunidad internacional y particularmente en Occidente. Estados Unidos inclusive envió una misión secreta a Corea del Norte, para tratar de convencer al nuevo líder de moderar su política exterior y reintegrarse a las negociaciones “a seis bandas”, en las que participan también Corea del Sur, China, Japón y Rusia. Pero luego algo se torció, porque en diciembre pasado Pyongyang probó un misil y luego realizó varias pruebas atómicas subterráneas. Así volvió a iniciarse la espiral de desafío, sanciones y amenazas recíprocas que tiene hoy otra vez en vilo a la comunidad internacional. La interpretación fácil ha sido de nuevo que dada su juventud e inexperiencia política y militar, Kim Yong Un, ahora con casi año y medio en el poder, tiene que hacer “una demostración de fuerza”. ¿Pero ante quién? ¿Ante sus “enemigos”, para que lo respeten? ¿Ante su pueblo, para que lo tema? ¿O ante la cúpula de las fuerzas armadas norcoreanas, para que no le retire su apoyo? Aidan Foster-Carter, especialista en Corea de la Universidad de Leeds en Inglaterra, quien se ha dedicado a seguir la propaganda de Pyongyang desde los años sesenta del siglo pasado, observa que después de un breve inicio “moderado”, la retórica del gobierno que encabeza Yong Un se ha ido intensificando hasta llegar a la estridencia de hoy. Los insultos y las descalificaciones han sido siempre una constante, dice, pero las amenazas directas eran raras. La más novedosa y asombrosa para él, es la de atacar con armas nucleares el territorio estadunidense, porque “ellos saben que no pueden y saben que nosotros sabemos”. En realidad, considera, “intentar algo de esta naturaleza sería un suicidio”. Entonces, ¿a quién amenaza Yong Un? Probablemente a Corea del Sur, donde sus misiles sí pueden llegar y también hay un liderazgo nuevo; concretamente el de una mujer, Park Geun Hye, la primera en ejercer la presidencia en ese país. En alusión a su condición femenina, Pyongyang ya acuñó una frase insidiosa sobre “el venenoso crujido de su falda”. Algunos analistas creen que quiere ponerla a prueba, pero Geun Hye también tiene una larga historia de confrontación familiar con Corea del Norte. Su padre, el general Park Chung Hee, fue un anticomunista convencido que gobernó Corea del Sur durante casi dos decenios, y ejerció mano dura tanto contra su pueblo como contra sus vecinos. En 1974, su madre fue alcanzada por la bala de un asesino norcoreano que, en realidad, iba dirigida a su padre. Ello obligó a Geun Hye a ejercer como primera dama durante cinco años, hasta que Park Chung Hee fue asesinado por su propio jefe de servicios de inteligencia. Al tomar posesión, la ahora presidente ofreció construir “paso a paso” un proceso de confianza con Corea del Norte, pero también advirtió que “no toleraré ninguna acción que amenace la vida de nuestra gente y la seguridad de nuestra nación”. Por lo pronto, mediante una “declaración especial”, el 30 de marzo el régimen de Pyongyang anunció que “desde este momento las relaciones Norte-Sur se encuentran en estado de guerra”. Un tecnicismo, porque las dos Coreas nunca firmaron la paz desde el conflicto bélico que las enfrentó en 1950-53. En todo caso lo que se rompería es el armistico; pero reanudar las acciones armadas contra Corea del Sur significaría también enfrentarse con Estados Unidos, porque así lo estipulan los acuerdos firmados. Washington, que apegado a su política de “paciencia estratégica” dijo en un principio que no tenía indicios de movimientos militares que anunciaran un ataque, empezó a tomarse las cosas más en serio después de que el ejército norcoreano desplazara hacia su costa oriental dos misiles Musudan, con alcance teórico de 4,000 kilómetros, que podrían alcanzar no sólo Corea del Sur, sino Japón y la isla estadunidense de Guam en el Pacífico. En respuesta, los militares estadunidenses trasladaron buques y aviones con capacidad nuclear hacia Corea del Sur, y cancelaron las vacaciones de su personal. La semana pasada el nuevo secretario de Defensa, Chuck Hagel, ordenó el envío a la península coreana del avión más avanzado de Estados Unidos, el Northrop Grumman B-2 Spirit. El Pentágono dijo que no eran maniobras de provocación, sino de disuasión, según el corresponsal de The Guardian en Washington, Ewen MacAskill. Japón también se declaró en “estado de alerta” para interceptar cualquier misil que amenace el archipiélago. Inclusive en el centro de Tokio y sus alrededores se desplegaron misiles Patriot, para defender a la capital de cualquier eventualidad. El temor de japoneses, surcoreanos y estadunidenses es que Corea del Norte lance algún misil el 15 de abril, aniversario del natalicio de su fundador, Kim Il Sung. Otro actor que no parece estar nada contento con la situación es China, tradicional aliada de Corea del Norte. El también nuevo presidente chino, Xi Jinping, dijo en un foro económico celebrado en la isla de Hainan que “a nadie debería permitírsele poner en riesgo a una región, e incluso al mundo, por cuenta de ganancias egoistas”. No mencionó a Yong Un, pero se dio por descontado que se refería a él. Su Hao, profesor de la Universidad de Relaciones Exteriores de China, reveló que “desde la prueba nuclear de Corea del Norte en febrero no ha habido contacto de funcionarios de alto nivel y la relación entre ambas partes está relativamente fría”. Inclusive se han levantado voces en medios gubernamentales y periodísticos que piden al gobierno de Pekín reconsiderar su política hacia Pyongyang. Algunos consideran que los vínculos entre ambos países se deterioraron, porque al asumir el poder Yong Un no le rindió pleitesía al gobierno chino, a pesar de que éste le proporciona la mayor parte de la ayuda alimentaria y energética que recibe, y sin la cual no podría subsistir. En todo caso, “en comparación con lo que ocurría con su abuelo y su padre, los dirigentes chinos tienen un mínimo contacto personal con el joven líder” asegura Cheng Xiaohe, subdirector del Centro para los Estudios Estratégicos Internacionales de China en la Universidad Ren Min de Pekín. Ante la preocupación que se extiende por la región, Kurt Campbell, exsubsecretario de Estado para asuntos del Este Asiático y el Pacífico, dijo al Wall Street Journal que los norcoreanos suelen ser muy cuidadosos y “saben caminar por la cuerda floja sin provocar una crisis”. El peligro, para él, es que la península coreana está tan militariazada que “un simple error podría desencadenar una tragedia”. Además, Corea del Sur podría estar menos dispuesta a aceptar las provocaciones sin reaccionar. Para tratar de evitar este error, se ha desatado una febril actividad diplomática. La semana pasada el ministro de Relaciones Exteriores de Corea del Sur, Yun Byung Se, estuvo en Washington, y el viernes 12 se esperaba que el nuevo secretario de Estado norteamericano John Kerry –junto con el jefe de la OTAN, Anders Fog Rasmussen– arribara a la región, con escalas en Pekín, Tokio y Seúl. También está prevista en mayo una visita de la presidente Park Geun Hye a Barack Obama. La idea es lograr que Corea del Norte vuelva a sumarse a las negociaciones a “seis bandas”. El problema es que la condición para ello es su desnuclearización, a lo que el régimen norcoreano no está dispuesto. Así, lo único que queda es confiar en que la diplomacia funcione, las amenazas de Pyongyang sean pura retórica y no se cometa “un error”. [gallery type="square" ids="338815,338816,338817,338818,338819,338812"]

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