Cali: diálogo con la danza y el desarme

CALI (apro).- La diversidad de razas africanas, indígenas y blancas en la ciudad de Cali, la tercera más importante de Colombia, ha abierto una extraordinaria plataforma de exhibición y desarrollo cultural que la coloca como precursora de la paz a través de la danza. Cali es una pista de baile de 564 kilómetros cuadrados. Con la salsa como patrimonio, sus habitantes danzan y transitan con la misma intensidad que lo hace el río Cauca, el más importante de la ciudad y de la región. A través de Proartes –una compañía que promociona las artes y su desarrollo a nivel nacional–, Cali pretende abrir a los estudiosos del baile y el público en general un espacio de conocimiento y experimentación de la danza propia y de otros países, poniendo especial atención en los barrios populares, con el propósito de acercarlos a un terreno solidario. Al mismo tiempo, grita al mundo que Colombia se mueve apasionada con el ritmo de la paz, fuera de los escenarios en que sólo la guerrilla es noticia. Veinticinco años y 15 encuentros culturales, en los que ha destacado el teatro, la música, la poesía y el arte, han dado la experiencia necesaria para embarcarse en una aventura donde la danza, precisamente el usufructo caleño, se ha vuelto un integrador social. Cada año, en esta ciudad rodeada de aguas del Pacífico y el Atlántico, hay 20 festivales culturales consolidados, entre los que figuran el Festival de Arte de Cali, Caliendanza y el Festival de Danza Contemporánea, que se integraron para darle vida a la Bienal Internacional de Danza, un ambicioso evento cultural que pretende convertirse en la meca de la danza en Colombia y en América Latina. “Queremos que la Bienal de Danza se consolide como el Iberoamericano de Teatro en Bogotá, que es un espacio donde todos los artistas se reconocen y hablan lenguajes tradicionales y contemporáneos, confrontando lo que pasa en Colombia y en el resto del mundo, por supuesto, permeando de paz a la sociedad y a Cali como su epicentro”, dice a Apro la ministra de Cultura, Mariana Garcés Córdoba. De esta manera se han creado iniciativas de dinamización social como “Así bailo yo”, que enmarca la danza con la fotografía, y se pide a los caleños imágenes sobre cómo cohabitan con la danza en su vida diaria. A la fecha se han recibido alrededor de cuatro mil fotografías. Por otra parte, “En Cali se baila así” convocó a los 22 barrios de la ciudad para mostrar la versatilidad de los ritmos y estilos que bailan los oriundos caleños de todos las comunas. “La intención es abrir una programación a diversos géneros y públicos, ofreciendo distintas lecturas de la danza en el mundo contemporáneo, y se está logrando”, afirma Juan Pablo López Otero, experimentado director artístico, encargado de hacer la selección y curaduría de la bienal. Un danzón social La trascendencia de un proyecto se logra cuando la gente lo hace suyo, y esta es una de las coordenadas que sigue Amparo Sinisterra de Carvajal, la mujer más influyente de su país en la cultura. Amparo lleva 55 años trabajando en el ramo y actualmente dirige Proartes. Es la precursora de varios eventos culturales, entre ellos la bienal, y también dirige la Filarmónica de Cali, así como el Coro y la Orquesta Infantil Desepaz, conservatorio en el que forman musicalmente a niños y niñas de la Comuna 21, barrio del oriente caleño conocido como “la sonata de la esperanza”, por cambiar detonaciones de armas por armonías musicales. Desepaz es ya una escuela piloto a nivel nacional con 300 alumnos. Amparo Sinisterra también dirige la emisora de la Fundación Carvajal, que programa música clásica. Esta fundación depende del Grupo Carvajal, una de las organizaciones más fuertes en el ramo empresarial de Colombia, que destina 23.5% de sus acciones para esa organización altruista. “La primera dama de la cultura”, como se le conoce a Amparo Sinisterra, ha dedicado su vida para acercar al pueblo colombiano a las artes y educarlo para que haga suyos los espacios y las manifestaciones culturales. “Las iniciativas han venido de la parte privada, pero trabajamos de manera mancomunada con el gobierno. Es la única manera de que los proyectos funcionen. Ni el estado ni la empresa privada pueden solos. Es un matrimonio que no admite divorcio”, explica la también fundadora de la academia de danza "Ana Pavlova" y participante en la creación de la Compañía de Ballet Clásico Colombiano de Bogotá. Y afirma que en el campo de las bellas artes, los procesos son lo más importante. “La experiencia de ver la emoción de la gente al presentar grupos de danza es maravillosa, pero es tan sólo el resultado del objetivo principal, que es la formación de un público que se haga sensible a esas manifestaciones”, comenta. En la inauguración de la bienal, Proartes trasladó a dos mil personas en camión hacia el Centro de Eventos Valle del Pacífico, ubicado a las afueras de la ciudad de Cali, donde oriundos de barrios marginales como Aguablanca tuvieron acceso al espectáculo. “La gente no tiene por qué sentirse avergonzada de no entender de danza, de música clásica o de literatura. El que tiene que entender es el bailarín, el violinista o el escritor, ellos sí deben trabajar con disciplina para poder transmitir algo al público. Lo más importante es entrar en el corazón de la gente”, expresa. En los recientes proyectos dancísticos, pensados como piedra angular para generar la unión social, se han invertido más de 3 mil 500 millones de pesos colombianos (1 millón 821 mil dólares aproximadamente), de los cuales el Ministerio de Cultura aportó mil 600 millones, y el resto la Alcaldía de Cali y empresas privadas. En 10 meses se llegó al presupuesto que el comité organizador se había planteado. Según Sinisterra, para Proartes ha sido el reto más grande de los 34 años que lleva organizando eventos culturales. “Soñar no es que no cueste nada, cuesta mucha plata”, dice, y agrega: “Al final, estas iniciativas no serán del gobernador, ni del alcalde, ni de la ministra de Cultura. Esto es de ellos (los caleños) y está en sus manos que lo defiendan”. La pluma que firma la paz En los noventa, Cali –conocida como “sucursal del cielo”– se sumergía lentamente en la densa arena de la guerrilla. Sus habitantes estaban desesperados por no poder salir de la ciudad. Había miedo de tomar cualquier carretera hacia otro destino. Todos se sentían cautivos. En esa época los eventos culturales tomaban un peso más importante: el de ofrecer alternativas dentro de un clima violentado. Uno de los programas que surgió entonces fue el Festival Años de Esperanza, que realizó Proartes para conmemorar los 30 años de la publicación del libro Cien años de soledad, del Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez. Los hijos de Sinisterra, sus amigos e incluso su esposo (quien aún vivía) le pedían renunciar a hacer el evento, debido al riesgo que corría. Sospechaban que el dinero que llegaba como apoyo al festival podía provenir de arcas ilegales. Ella tomó el riesgo con su equipo y realizaron un evento llamado “El arte a la calle”, que en su afiche decía “¡PARE!” sobre el octágono rojo de la señal típica de “ALTO”, con el que se buscaba un mensaje de cese al fuego. Sinisterra, quien  ha sufrido los secuestros de hermanos y sobrinos, recuerda: “Invitábamos a los pintores para trabajar en la vía pública y que la gente pudiera convivir con ellos. La situación estaba tremenda, había amenazas. Nos dijeron que nos iban a poner bombas, pero por fortuna no pasó nada, y celebramos soltando toda esa presión”. Ahora ella tiene fe en que se pueda firmar la paz por medio de los diálogos que el presidente Juan Manuel Santos ha reiniciado con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en la Habana, Cuba, y en los que se han podido concretar dos de los cinco acuerdos que ambas partes buscan establecer: la discusión sobre la política agraria y la participación y garantías políticas. Sinisterra considera que Colombia no puede seguir con una guerra que lleva 63 años. Dada su condición de creyente, dice que debe existir la capacidad de perdonar, a pesar de ser una postura que a muchos ofende por las muertes que han provocado estos grupos hostiles. “Ellos (los miembros de la guerrilla) se equivocaron, nosotros muchas veces también. Entonces, la única manera es conversar y no callar hasta el último día de la vida. El ser humano no puede meterse en ese relativismo que tiene el mundo de hoy, el cual hace creer que todos somos como dioses”, sostiene. Sinisterra afirma que la cultura es neutral porque allí no caben diferencias de política o de otra índole social, y asevera que iniciativas como la bienal dan un mensaje de que en Colombia las cosas van caminando hacia realidades más sanas y conscientes. Colombia está tratando de permear la paz hacia su pueblo a través de la danza. Hoy se espera que el próximo baile sea aquel en donde manos y pies de políticos y rebeldes se unan al ritmo de la pareja más deseada: el desarme y la paz.  

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