Rusia: Jodorkovski, símbolo de una época

viernes, 3 de enero de 2014
MÉXICO, D.F. (apro).- Después de obtener la amnistía del presidente Vladimir Putin, el exempresario ruso Mijail Jodorkovski, de 50 años, dio su primera conferencia en libertad en la ciudad alemana de Berlín, ese punto de encuentro entre el Este y el Oeste, donde antes se intercambiaban espías soviéticos por occidentales. Jodorkovski, quien fuera el hombre más rico de Rusia una década atrás, no conoce Twitter ni Facebook, y afirma que no va a intervenir en política. Diez años en prisión han sido suficiente escarmiento para quien, al mando de la primera empresa petrolera del país y la cuarta del mundo, se atrevió a desafiar al presidente Putin. Condenado en 2005 por evasión impositiva, fraude y robo, Jodorkovski pasó a ser visto como víctima de un hombre totalitario, que lo mantuvo en prisión por afán de venganza, como ejemplo para aquellos que osen cuestionar su poder. ¿Dónde está la verdad, en medio de versiones tan sesgadas de la historia? “Metáfora” En su libro Putin, el asunto Yukos y la lucha por Rusia, Daniel Sixsmith, que fue durante muchos años el corresponsal de la BBC en Rusia, cita a un analista de la Universidad de Harvard, según el cual Jodorkovski fue la suma de “Rockefeller padre, hijo y nieto en una sola persona” para ejemplificar la velocidad con la cual los oligarcas rusos lograron fortunas que a los magnates de Estados Unidos les llevó tres generaciones amasar. Mijail Jodorkovski es la metáfora del puñado de afortunados que vivió el final de la era soviética, a fines de los ochenta. Brillantes estudiantes universitarios, varios de ellos judíos, combinaron su entusiasmo y sus conexiones con las altas jerarquías comunistas para aprovechar las oportunidades ilimitadas de enriquecimiento que ofrecía el desmoronamiento de la Unión Soviética. Jodorkovski era uno de ellos. Hijo de padres judíos, ingenieros químicos, el talentoso joven ingresó al Instituto Mendelev, donde se afilió al Komsomol, la Juventud Comunista. Sabía que los contactos eran necesarios si quería volar lejos en la vida. Mijail Gorbachov había llegado a la secretaría general del Partido Comunista en 1985, y en 1986 se aprobó la primera ley que permitió las cooperativas privadas. El joven Jodorkovski abrió una cafetería en la sede de la Komsomol con un amigo cuyos padres eran altos funcionarios del banco estatal. En 1987 fundó Menatep, acrónimo de Centro para el Progreso Científico y Técnico, con otros seis jóvenes y, con una gran visión del futuro, empezó a proveer de software a las computadoras de las empresas estatales, que por ese entonces eran tan grandes y ruidosas como viejas neveras. Sus socios, que ganaban migajas en sus empleos oficiales, vieron de pronto crecer exponencialmente sus ingresos. El éxito inicial se combinó con la apertura cada vez mayor de la economía soviética, y los jóvenes decidieron empezar a vender computadoras, que encargaban a los que viajaban al exterior por algún viaje oficial, y que luego adecuaban para funcionar con el alfabeto cirílico. Cuando Gorbachov autorizó la creación de bancos privados, Menatep se convirtió en uno de los primeros bancos del país, aprovechando sus conexiones con las altas esferas del poder. “Vouchers” Con el derrumbe de la Unión Soviética en diciembre de 1991, el nuevo gobierno de Boris Yeltsin decidió imponer la famosa “terapia de choque” de los Chicago Boys, que tan nefastos efectos había dejado en Chile y América Latina. Deseoso por privatizar a la velocidad del rayo todas las empresas del Estado, el gobierno ideó un esquema según el cual cada ciudadano recibía un voucher mediante el cual podía comprar acciones de empresas, ya fueran estas monopolios del gas, siderúrgicas, peluquerías o farmacias. Rápido de reflejos, Jodorkovski y sus amigos se atiborraron de vouchers, comprándoselos a las viejitas o a trabajadores a precios viles, adquiriendo de la noche a la mañana cientos de empresas, desde grandes combinados industriales hasta pequeños negocios de barrio. Pero las joyas de la corona, los principales recursos naturales del país, como el petróleo y el gas, seguían en manos del Estado. Los voraces nuevos oligarcas ya no querían supermercados ni cafeterías. Querían entran en el mundo de los grandes negocios. Corrían tiempos difíciles. El déficit estatal crecía a pasos acelerados. Yeltsin, muy desprestigiado, tenía que ganar la elección de 1996 contra el opositor Partido Comunista. Necesitaba desesperadamente dinero y el audaz Jodorkovski le acercó una propuesta irresistible, que se conoció como el programa de “préstamos por acciones”, y que consistió en prestarle al Estado, contra la garantía de acciones en las principales empresas del país. Yeltisn ganó las elecciones de 1996 y, como era de esperarse, no pagó las deudas, de manera que en septiembre de ese año, las acciones de las empresas que habían sido dadas en garantía se vendieron en subastas, arregladas de antemano, al grupo de oligarcas que tan generosamente prestó su dinero. Menatep compró 78% de las acciones de Yukos, la segunda petrolera del país, por 309 millones de dólares. Meses después, sus acciones costaban 6 mil millones de dólares. Boris Berezovsky, otro de los oligarcas que se benefició de las famosas subastas, se enorgullecía de decir que sólo siete personas controlaban 50% de la economía rusa. Jodorkovski despidió cientos de mandos medios, impuso un duro régimen laboral para contrarrestar la indisciplina vigente, creó una división de seguridad, que investigaba a los empleados para evitar el robo. En 1998, cuando se produjo la crisis de los países asiáticos y el default de la deuda rusa, aprovechó para dejar sin pagar las deudas con los bancos occidentales, recortar 30% del personal, bajar 30% los sueldos de los 100 mil empleados restantes, y poner contra la pared a los pequeños accionistas, forzándolos a vender sus acciones. Los efectos de la crisis financiera de 1998 fueron tan grandes que el desprestigiado Boris Yeltsin tuvo que salir por la puerta de atrás el último día del siglo XX, dejando en su lugar a Vladimir Putin, exmiembro de la KGB, quien fue electo presidente en el año 2000. La misión que Putin decidió aceptar fue restaurar la autoridad del Estado ruso, sometido al pillaje de los oligarcas, atravesado por tendencias centrífugas de las regiones que buscaban independizarse y que cobraban sus propios impuestos y establecían sus propias aduanas. Para realizar esa tarea, Putin se apoyó en los servicios de seguridad, los siloviki, como se los conoce en Rusia. Las privatizaciones alocadas de los años noventa habían hecho que el Estado se quedara solo con 4% de la producción de petróleo. Una de las primeras medidas de Putin fue poner a Igor Sechin, compañero suyo de la KGB, a cargo de Rosneft, la empresa petrolera estatal, para recuperar las joyas de la corona y el control sobre las principales riquezas naturales. En julio del 2000, recién posesionado como presidente, Putin convocó al puñado de oligarcas y les propuso un pacto: cada uno a su negocio. Putin no los tocaba si ellos no se metían en política ni lo cuestionaban. Los que no quisieron cumplir se fueron al exilio, como Boris Berezovsky. Los demás prometieron obediencia. El negocio era bueno. Mantener lo conquistado en el pillaje de los noventa, o perderlo todo enfrentándose a Putin. Rompiendo el pacto Jodorkovski convirtió a Yukos en una moderna empresa que adoptó criterios occidentales de transparencia y contabilidad, aplicando las normas de Estados Unidos, trayendo a consultoras internacionales como Pricewaterhouse y McKinsey, logrando, a pesar de su turbio origen, que su compañía fuera calificada como la más transparente de Rusia. Su consigna fue “honestidad, transparencia y responsabilidad”, pero si ésta se hubiera aplicado retroactivamente, Jodorkovski nunca hubiera llegado al lugar donde se encontraba en ese momento. Para el año 2002, antes de caer en desgracia, Jodorkovski era el mimado de las revistas occidentales. Business Week lo elogiaba por el crecimiento de la producción de Yukos, que superaba en diez puntos al crecimiento de las demás empresas rusas. Para el 2003, Yukos era la primera productora de petróleo, y Jodorkovski era el hombre más rico de Rusia, con una fortuna de 8 mil millones de dólares, según Forbes. Pero el magnate ya no se medía más por los parámetros nacionales: quería estar entre los primeros del mundo, y para ello había que competir por el poder en Rusia. Rompiendo el acuerdo verbal logrado entre Putin y los oligarcas en el 2000, Jodorkovski empezó a financiar a los partidos políticos para ganar el control de la Duma, el Parlamento ruso. “A muchos les parecía que Jodorkovski estaba comprando el Parlamento para hacerlo su feudo privado”, escribe Sixsmith. Según el periodista, la nueva Duma “fue rápidamente privatizada por los oligarcas que compraban su lealtad. Si antes eran sellos del Partido Comunista, ahora sólo estampaban su firma en las decisiones de sus nuevos jefes”. En 2003, el sueño de Jodorkovski se hacía realidad: Yukos se fusionó con Sibneft, pasando a ser la primera petrolera de Rusia, y una de las cuatro más grandes del mundo, con reservas sólo inferiores a las de Exxon Mobil. Tras una módica inversión inicial de 308 millones de dólares, el valor del nuevo gigante energético era de 35 mil millones de dólares. En ese momento, la guerra de Estados Unidos contra Irak estaba en su apogeo, y el magnate, que no ocultaba ser “pro-americano”, no solo apoyó la guerra, sino que anunció sus planes de vender parte de Yukos-Sibneft a un socio occidental: Chevron, o Exxon Mobil. Si esta compra se producía, las multinacionales estadunidenses obtendrían el control de los campos petroleros de casi todo el este de Siberia. Además, Jodorkovski estaba negociando directamente con el gobierno chino la construcción de un oleoducto entre los dos países, amenazando con romper el monopolio del Estado ruso en la red de oleoductos. “Jodorkovski actuaba en política exterior con China, algo que Putin consideraba una prerrogativa del Estado”, escribió el especialista Marshall Goldman en su libro Petroestado, Putin, poder y la nueva Rusia. Es como si un oligarca ruso comprara Chevron y construyera un oleoducto de su propiedad entre Estados Unidos y México, negociando directamente con el gobierno mexicano. Jodorkovski frecuentaba Nueva York, Washington y Londres de manera asidua. Creó una fundación, Open Russia, en cuyo directorio se sentaron Henry Kissinger, lord Jacob Rotschild y el exembajador de Estados Unidos en Rusia, Arthur Hartman. El ambiente que se respiraba entonces es descrito por Stanislav Belkovsky, un conocido escritor citado por Sixsmith: “El camino de los oligarcas está llevando al país a un punto muerto, a la degradación político social y al colapso del Estado. Nuestra tarea es privar a los oligarcas de la influencia ilegítima que ganaron con las masivas ganancias que hicieron. Escapar a los planes de los oligarcas es la única salida para Rusia”. El peligro de que los principales recursos naturales rusos cayeran en manos de Estados Unidos llevó al gobierno de Putin a actuar decisivamente contra Jodorkovski. Durante 2003 fueron encarcelados varios ejecutivos de la empresa y Jodorkovski fue detenido en un aeropuerto de Siberia y encarcelado el 25 de octubre de ese año. El acuerdo con Sibneft se deshizo y la compra por Exxon Mobil no se realizó. Yukos fue acusada de deber 3 mil 300 millones de dólares de impuestos, sus principales activos fueron rematados, y posteriormente fue declarada en bancarrota. Para terminar de obtener el control sobre lo que quedaba de la empresa, el Estado recalculó la deuda impositiva en 26 mil 600 millones de dólares, y sus activos pasaron a manos de la estatal Transneft. De esta manera, se renacionalizó la principal empresa petrolera de Rusia. “Al transferir Yukos a Rosneft, Putin impidió que sus reservas cayeran en manos de Exxon Mobil o de otra compañía extranjera”, concluye Marshall Goldman en su libro. De esta manera, el Estado ruso retomó el control de su principal recurso natural: a fines de 2007, la parte del Estado ruso en la producción petrolera ya era de 50%, según Goldman. “Prisionero político” En 2005 Jodorkovsky fue condenado a ocho años de prisión y fue enviado a una cárcel en Siberia, a ocho horas de vuelo de Moscú y ocho horas de automóvil de Krasnokamensk, con solo dos visitas de dos horas por mes. En 2009 fue acusado, junto con su socio Platon Lebedev, de dos nuevos delitos: haberse robado el petróleo y las ganancias de Yukos en el periodo de 1998 a 2003, por un valor de 25 mil 300 millones de dólares, y haber blanqueado capitales por una cifra parecida. Tras casi dos años de juicio, el 30 de diciembre de 2010 fue condenado a 14 años de prisión. En los largos diez años entre rejas, Jodorkovski logró transformar su imagen: ya no era más el oligarca fraudulento, sino la víctima de la injusticia. Savik Shuster, un presentador de televisión citado por Sixsmith, resumió así este cambio: “Antes, Jodorkovsky era el oligarca número uno. Hoy es una víctima y Rusia adora a los mártires”. En 2009 el Parlamento europeo consideró a Jodorkovsky y a Lebedev como prisioneros políticos. Amnistía Internacional exigió al gobierno ruso cumplir con las leyes en relación con su caso. En prisión, el exmillonario, desarrolló una veta filosófica: “No envidien a la gente que tiene mucha fortuna. La riqueza abre muchas oportunidades pero inmoviliza el potencial creativo y puede llevar a la desintegración de la individualidad. Ahora he renacido. Soy una persona normal que quiere vivir, y no ser rico”, escribió. Al dejarlo en libertad, Putin ha matado varios pájaros de un tiro: eliminó una de las principales quejas de los países occidentales, aclaró el panorama hacia los Juegos Olímpicos de Sochi en febrero de 2014, y se aseguró de que, al contemplar la suerte de Jodorkovski, sus próximos contrincantes piensen dos veces antes de desafiarlo.  

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