Cambio de juego hacia Cuba

viernes, 26 de diciembre de 2014
MÉXICO, D.F. (apro).- “¡Tome el teléfono, señor Presidente! ¡Haga la llamada!” Ése era el reclamo que hacía Alan Gross cuando lo visité hace un año en La Habana, y que expresaba su desesperación ante un aparente abandono del gobierno que lo había enviado en misión secreta a promover un cambio de régimen en Cuba. Pero sin que Gross lo supiera, Barack Obama ya estaba utilizando la línea telefónica para comunicarse con el Papa, el gobierno de Canadá y el senador Patrick Leahy, entre otros, en una apuesta diplomática secreta de alto riesgo no sólo para obtener su libertad, sino para liberar a la política de Estados Unidos de su pasado de Guerra Fría y, finalmente, impulsar sus relaciones con Cuba hacia la era moderna. Después de 18 meses de diplomacia paralela, el 16 de diciembre el presidente Obama hizo “la llamada” al presidente Raúl Castro, la primera que sostenían los presidentes de Estados Unidos y Cuba desde la revolución cubana en 1959. Durante 45 minutos ambos repasaron los detalles finales de un acuerdo amplio: Cuba liberaría a Alan Gross, dando fin a cinco años de cárcel; los cubanos también liberarían a Rolando Sarraff Trujillo, un agente de la CIA encarcelado durante veinte años en una prisión cubana por compartir información de inteligencia con sus patrocinadores en Virginia sobre las actividades de espionaje de Cuba en Estados Unidos… información que condujo directamente al arresto de los llamados “Cuban Five” en septiembre de 1998. En un intercambio de espías, el gobierno de Obama dejaría libres a los tres miembros restantes de este grupo, conocido en Cuba como la “Red de Avispas”. Pero en un giro más dramático todavía, los dos presidentes acordaron una distensión en el Caribe, dando fin a una hostilidad frecuentemente violenta que dominó las relaciones entre Estados Unidos y Cuba durante 55 oscuros años. Ambas naciones elevarían sus respectivas “secciones de intereses” al nivel de embajadas plenipotenciarias y nombrarían embajadores. El departamento de Estado eliminaría a Cuba de su lista de “Estados patrocinadores del terrorismo”. Utilizando sus poderes ejecutivos, Obama prometió además ampliar la capacidad comercial de Estados Unidos para realizar negocios en Cuba y Google ya no estaría restringido en la isla. Los ciudadanos de Estados Unidos serían libres de viajar en números mucho mayores a Cuba y, por primera vez, ¡utilizar sus tarjetas de crédito durante el viaje! (los aficionados a los puros podrían comprar Cohibas y Montecristos; y los bebedores de ron adquirir una a dos botellas de Havana Club o Santiago de Cuba añejo). En un gesto hacia las preocupaciones estadunidenses sobre derechos humanos, el gobierno liberaría además a 53 prisioneros políticos. “Proponemos al gobierno de Estados Unidos la adopción de pasos mutuos para mejorar la atmósfera bilateral y avanzar hacia la normalización”, dijo Raúl Castro al hablar por la televisión cubana al mediodía siguiente. Dentro del nuevo espíritu de igualdad y colaboración, Obama anunció este cambio radical en la política estadunidense exactamente a la misma hora. En un lenguaje que rara vez, si es que alguna, se escuchó por parte de la Casa Blanca, el presidente se refirió sin rodeos a las invasiones fallidas, los planes encubiertos de asesinato, y el inefectivo y contraproducente embargo comercial como “un enfoque anacrónico que por decenios ha impedido avanzar a nuestros intereses. Estados Unidos, afirmó en un tono nuevo acorde con la nueva política, “elige romper las ataduras del pasado para alcanzar un mejor futuro… para el pueblo cubano, el pueblo estadunidense, nuestro hemisferio completo y el mundo”. Tanto en sustancia como en sentimiento, el “nuevo acuerdo” entre Washington y La Habana es histórico; es un avance definitivo en uno de los aspectos más obstinados de la política exterior de Estados Unidos en la historia reciente. “Después de medio siglo de hostilidades alimentadas por animosidades de la Guerra Fría e imperativos políticos internos, las estrellas finalmente se alinearon para hacer posible un avance histórico en las relaciones Estados Unidos-Cuba”, exclamó William LeoGrande, coautor conmigo del libro Back Channel to Cuba: The Hidden History of Negotations Between Washington and Havana Diplomacia paralela Dada la enorme sensibilidad política que rodea al diálogo con Cuba, ya ni hablar de la normalización de relaciones, la recurrencia del gobierno de Obama a la diplomacia paralela –encuentros furtivos, terceros países como interlocutores, emisarios secretos– fue crucial. A partir de junio de 2013, el gobierno de Canadá, que desde 1960 presionó discretamente a Washington para que buscara mejores relaciones con La Habana, fue anfitrión de siete encuentros secretos entre funcionarios cubanos y estadunidenses. Del lado de Estados Unidos había dos representantes de la Casa Blanca: el asesor adjunto de Seguridad Nacional, Ben Rhodes, y el director para Asuntos del Hemisferio Occidental del Consejo de Seguridad Nacional, Ricardo Zúñiga. El secretario de Estado John Kerry habló en cuatro ocasiones directamente con el ministro de Exteriores de Cuba, Bruno Rodríguez. Y, en marzo pasado, tanto Kerry como el presidente Obama se reunieron con el Papa Francisco en el Vaticano, donde el pontífice ejerció su excepcional autoridad moral para impulsar un intercambio de prisioneros entre Cuba y Estados Unidos. Las pláticas se alargaron por meses, ante la renuencia del gobierno de Obama de intercambiar a Gross –quien fue arrestado cuando instalaba en territorio cubano redes independientes de comunicación satelital como parte de un “programa de democratización y planes de contingencia” de la USAID para Cuba– por los tres espías cubanos recluidos en cárceles estadunidenses durante 16 años. Los funcionarios estadunidenses argumentaron que no había “equivalencia” entre Gross y los espías, a pesar de que tanto el gobierno de Kennedy como el de Carter habían liberado antes a prisioneros no-equvalentes para sacar a agentes de la CIA de cárceles cuabanas. Finalmente se encontró una solución, cuando Cuba aceptó liberar a Sarraff Trujillo. En octubre, una sesión final de negociación sobre este prisionero se realizó en el Vaticano. La oficina del senador Patrick Leahy también jugó un papel clave al presionar al equipo de Obama a negociar la liberación de Gross, y aprovechar la oportunidad para reconfigurar por completo las relaciones Estados Unidos-Cuba. El principal asistente de Leahy, Tim Rieser, trabajó discretamente con funcionarios de la Casa Blanca, viajó varias veces a Cuba para encontrarse con Gross y semanalmente se comunicó con él por teléfono. En reciprocidad por el relajamiento de las condiciones carcelarias de Gross, Rieser convenció al gobierno estadunidense de que autorizara al espía cubano encarcelado, Gerardo Hernández, de participar en un protocolo de inseminación artificial a larga distancia con su esposa Adriana Pérez, de 44 años – uno de los elementos de construcción de confianza más excepcionales en los anales de la democracia paralela. Desde fuera, importantes grupos de reflexión política como la Washington Office on Latin America (WOLA) y el Centro por la Democracia en las Américas (CDA) ayudaron a mantener la atención pública; y el grupo TRIMPA, una estratégica agencia de filantropía representada en Washington por James Williams, jugó un importante papel tras bambalinas con un cabildeo ingenioso. La decisión sin precedentes del consejo editorial de The New York Times, de encomendar a su miembro más reciente, Ernesto Londoño, escribir un editorial semanal llamando a un cambio de política hacia Cuba, proporcionó a la Casa Blanca cobertura política y presión pública para actuar. Apremiado reiteradamente por Leahy, por el congresista Jim McGovern y por el exconsejero en jefe de la Casa Blanca, Greg Craig, con la consigna de “sólo hazlo”, el presidente finalmente aceptó el enfoque de “el gran acuerdo” y sólo quedó a valorar el momento oportuno para anunciarlo. La Casa Blanca decidió esperar hasta después de las elecciones intermedias y, luego, hasta que el Congreso concluyera sus sesiones de 2014 y sus miembros abandonaran la ciudad por vacaciones. El primer día de la celebración judía de Hanuká proporcionó el momento perfecto para traer a Alan Gross de regreso a casa y anunciar un cambio histórico en la política de Estados Unidos. “Por fin” En Cuba, el dramático fin de la Guerra Fría en el Caribe sin duda despertó expectativas de un mejor futuro entre los trabajadores promedio de la isla. Cuando irrumpieron las noticias sobre el acuerdo yo me encontraba en La Habana, asistiendo precisamente a una conferencia sobre las relaciones Cuba-Estados Unidos, de modo que pude testificar en primera fila las reacciones positivas. “¡Hoy es un día de júbilo!”, me dijo la recepcionista del Hotel Nacional cuando la televisión cubana anunció que los tres últimos miembros de los “Cuban Five” –“héroes antiterroristas” como los llaman en Cuba– habían regresado. Los estudiantes cubanos se volcaron a las calles en manifestaciones de apoyo y los automovilistas tocaron sus bocinas. Aunque la fotogénica reunión de Gerardo Hernández, Antonio Guerrero y Ramón Labañino con sus familias dominaba las emisiones televisivas, los cubanos de a pie –ciertamente las camareras, los botones, los meseros y los taxistas del hotel que pude entrevistar rápidamente– se enfocaron en el potencial de una mejora económica en sus vidas. “No se puede comer la política”, me dijo un chofer de taxi que había abandonado su carrera de veterinario para trabajar en la industria del turismo. Él y otros de sus colegas esperaban ahora tener acceso a automóviles más grandes y nuevos de Estados Unidos. “¡Por fin!”, exclamó entusiasmado un vendedor de la tienda de licores del hotel. Al día siguiente, los órganos del Partido Comunista, Granma y Juventud Rebelde, mostraron el mismo encabezado: “Volverán”, en alusión a la promesa que en 2001 hizo Fidel Castro sobre los cinco agentes cubanos detenidos en Estados Unidos. “Fidel no estaba equivocado”, editorializaba Granma como parte de un esfuerzo oficial por darle cierta participación en estos acontecimientos al ahora retirado líder. En realidad, fue Raúl Castro el que condujo a Cuba hasta este punto, adoptando una postura mucho más pragmática que su hermano mayor ante la necesidad de transformar a fondo la fallida economía socialista de la isla. En tanto que Fidel tendía a culpar al embargo estadunidense de todos los males económicos de Cuba, Raúl se enfocó en la propia responsabilidad cubana de incrementar su producción, frenar la corrupción, aumentar las empresas del sector privado y crear un clima más amigable para la inversión extranjera; todo en pos, dijo el presidente Castro, de “un socialismo próspero y sustentable”. Con las reformas estancadas y el crecimiento económico rezagado, Castro espera que una coexistencia pacífica con Estados Unidos pueda incrementar el comercio y los viajes, acabar con las sanciones económicas y financieras que conlleva el hecho de que Cuba esté en la lista de países terroristas del Departamento de Estado y, eventualmente, permitir el acceso de la isla a los mercados internacionales de crédito que resultan esenciales para el desarrollo y la transformación económica. Con Venezuela, el principal aliado de Cuba, en los estertores de su propia agonía económica, el acceso futuro de la isla a petróleo subsidiado se ve crecientemente en duda, por lo que la normalización de relaciones políticas y económicas con Estados Unidos llega en un momento propicio. Para el gobierno de Obama hubo tres catalizadores que lo llevaron a dar por terminado medio de siglo de agresión contra Cuba justo ahora. El primero y más inmediato fue la salud mental de Alan Gross. Cuando visité a Gross hace un año en el hospital militar donde estaba encarcelado, el creciente deterioro de su mente ya amenazaba su propia integridad física y la posibilidad de Obama de hacer un cambio mayor en la política estadunidense hacia Cuba. “Soy una bomba de tiempo. Tick, tack, tick, tack”, me dijo Gross durante esa visita, aludiendo al plan suicida que tenía de derribar la puerta de su celda y desafiar físicamente a los guardias que estaban del otro lado. Conforme en mayo pasado se acercaba su cumpleaños número 65, anunciaba que sería su último en Cuba; y cuando su esposa e hija lo visitaron en el verano, les dijo que no lo volverían a ver a menos que pronto fuera liberado. Los funcionarios de la Casa Blanca comprendieron que mientras más tiempo permaneciera en una prisión cubana, más grande sería el riego de que se lastimara a sí mismo o a otros… una potencial tragedia tanto para la familia Gross como para los interses políticos más amplios de Estados Unidos. Obama también enfrentó un imperativo regional para encontrar un territorio común con Cuba. El 4 de diciembre el gobierno de Panamá invitó oficialmente al presidente Castro a la Cumbre de las Américas, a celebrarse en ese país centroamericano en abril de 2015; fue la primera vez que se incluyó a Cuba. Obama se vio entonces ante una disyuntiva: podía boicotear la cumbre y arriesgarse al distanciamiento de los demás líderes latinoamericanos; podía asistir a la cumbre y atacar al régimen de Castro por no ser democrático; o podía capitalizar la reunión como una oportunidad diplomática para cumplir finalmente con el compromiso hecho a sus pares de América Latina de iniciar y consolidar una relación más fructífera con el régimen de Castro. “Estados Unidos busca un nuevo comienzo con Cuba”, anunció Obama en la primera Cumbre de las Américas a la que asistió como presidente en 2009. “Sé que es largo el camino que debe ser recorrido para superar décadas de desconfianza, pero hay pasos críticos que se pueden dar hacia un nuevo amanecer”. Con la cumbre de abril en su agenda, Obama decidió ahora dar esos “pasos críticos”, honrando el compromiso que hizo como candidato presidencial en 2008 de “escribir un nuevo capítulo” en las relaciones Estados Unidos-Cuba. En juego está el legado de un presidente que hizo campaña con el lema de “un cambio en el que se puede creer”. Al enfrentarse a otros desafíos insolubles en el mundo, fomentar un legado de cambio en lo que él llama “el cuarto cuarto” de su presidencia no sólo es posible en el caso de Cuba, sino preferible para los intereses nacionales e internacionales de Estados Unidos. Por supuesto legisladores clave, encabezados por el senador Marco Rubio y la congresista Ileana Ros-Lehtinen, han jurado echar atrás las iniciativas de Obama y sabotear la normalización de las relaciones entre Washington y La Habana. Los nuevos acuerdos, como le recordó Raúl Castro al pueblo cubano, “de ninguna manera significan que el núcleo del problema haya sido resuelto”, dado que el embargo en su conjunto sólo puede ser levantado por un voto mayoritario en el Congreso –ahora dominado por los republicanos– algo improbable que ocurra en el corto plazo. Pero lo que es seguro, es que en los próximos meses se va a acelerar el ritmo de la interacción diplomática y económica a ambos lados del estrecho de la Florida. Corrió información de que el secretario de Estado Kerry ya está planeando un viaje a La Habana, lo que significaría otro paso histórico en las relaciones entre ambos países. Cuando en abril Obama se siente junto a Raúl Castro en Panamá, el deshielo en las relaciones bilaterales podría haber sido completado. Irónicamente Alan Gross, quien pasó duros cinco años en una prisión cubana y se convirtió en un símbolo de los absurdos esfuerzos que Washington hizo durante décadas para forzar un cambio de régimen en Cuba, fue quien mejor resumió el significado del viraje político que acompañó su liberación. “Cinco y media décadas de historia muestran que tal beligerancia inhibe un juicio más atinado”, dijo en una conferencia de prensa el día de su regreso a Washington. La iniciativa de Obama de normalizar relaciones es “un cambio de juego”, señaló Gross, “que yo apoyo plenamente”. (Traducción: Lucía Luna) --- *Peter Kornbluh es director del Proyecto Cuba del National Security Archive y coautor, junto con William LeoGrande, del libro Back Channel to Cuba: The Hidden History of Negotiations Between Washington and Havana. Este artículo fue publicado previamente por el diario The Nation y se reproduce con la autorización del autor.

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