El Nobel a Santos, oxígeno para salvar la paz

lunes, 10 de octubre de 2016
Después de que el “no” a los acuerdos paz ganó en el plebiscito del pasado domingo 2, el presidente Juan Manuel Santos lucía debilitado para iniciar nuevas negociaciones, ahora a tres bandas: por un lado, con los promotores del “no” –liderados por el exmandatario Álvaro Uribe, quien quedó fortalecido tras el referéndum–, y por el otro con las FARC, que se mostraban renuentes a modificar los acuerdos. Pero el Premio Nobel de la Paz otorgado a Santos el viernes 5 significó un espaldarazo internacional que equilibró a su favor la correlación de fuerzas; fue, en los hechos, un balón de oxígeno para salvar el proceso de paz. BOGOTÁ (Proceso).- Luego de que los votantes colombianos dijeron “no” a los acuerdos de paz con las FARC, el gobierno y los promotores de ese rechazo –que resultó desconcertante para el mundo– comenzaron una tortuosa negociación política para evitar que se reactive el conflicto armado con esa guerrilla y tratar de salvar una negociación que duró tres años y nueve meses. Los primeros acercamientos entre las partes, que incluyeron un frío encuentro entre el presidente Juan Manuel Santos y su principal adversario político y líder de la campaña por el “no”, el exmandatario Álvaro Uribe, han sido cautelosos y de tanteo. Lo único claro que han dejado hasta ahora es que la ruta emprendida por los operadores políticos de los dos antiguos aliados para salvar los acuerdos de paz será sinuosa y cuesta arriba. El presidente Santos lucía debilitado y con muy poco respaldo político dentro de su misma coalición para emprender una nueva negociación de paz, pero ahora a tres bandas: por un lado, con un Uribe fortalecido, y por otro con las FARC renuentes a cambiar los acuerdos. Pero el viernes 7 ocurrió un hecho inesperado que revivió políticamente al mandatario y le dio oxígeno para tratar de salvar una negociación en la que fue persistente, aun a costa de su popularidad. Ese día, el Comité Noruego del Nobel le concedió el Nobel de la Paz 2016. “Este premio cambia una cosa fundamental. El centro de gravedad del pulso político para salvar el proceso de paz estaba del lado del uribismo. Con el Nobel, se establece un equilibrio que, sin duda, favorecerá la búsqueda de la paz”, dice a Proceso Iván Orozco, profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes. Pero en esta disputa entre Santos y Uribe hay un tercer actor que tiene mucho que decir: las FARC, que en principio no aceptan, como quiere Uribe, renegociar el Acuerdo Final de Paz que firmaron en Cartagena su comandante en jefe, Timoleón Jiménez, Timochenko, y el presidente colombiano, apenas seis días antes de que ese pacto fuera derrotado en forma sorpresiva en el plebiscito del domingo 2. Las FARC mantienen la tesis de que el acuerdo de paz es un tratado internacional “inmodificable”, pues fue depositado con ese ese carácter en el Consejo de la Confederación Suiza luego de su firma. El viernes 7, sin embargo, la guerrilla mostró su disposición a escuchar, “en un proceso rápido y eficaz, a los diferentes sectores de la sociedad, para entender sus preocupaciones y definir prontamente una salida”. Pero esta opción, señalaron las FARC y el gobierno en un comunicado conjunto, deberá seguir los caminos fijados por la Corte Constitucional en el fallo mediante el cual este tribunal autorizó el plebiscito sobre los acuerdos de paz. Según ese fallo, con el “no” a los acuerdos el presidente Santos queda impedido de implementarlos, pero el Congreso y el Poder Judicial sí lo podrían hacer. Francisco Barbosa, profesor de derecho de la Universidad Externado, sostiene que el Acuerdo de Paz entre las FARC y el gobierno jurídicamente sigue existiendo porque el plebiscito le negó un apoyo político al presidente para implementarlo, pero no se manifestó sobre el texto. Santos, dice, “puede someter ese acuerdo al Congreso para que lo tramite, le dé legitimidad y lo implemente, porque él está impedido para implementarlo, pero no el Congreso ni mucho menos la Corte Constitucional, que deberá pronunciarse sobre los actos legislativos a favor de la paz”. Luego de un pasmo inicial de Uribe, porque ni él mismo se esperaba que triunfara el “No”, el exmandatario reiteró los argumentos que planteó durante la campaña: que ese acuerdo deja en la impunidad a los jefes guerrilleros que han cometido crímenes de lesa humanidad y que, además, les permite participar en política. “Hay que modificar varios puntos, y no poquitos, de ese acuerdo”, dijo el exgobernante antes de reunirse el miércoles 5 con Santos, con quien no se veía desde 2010. Una paz digna La canciller María Ángela Holguín, una de las integrantes del equipo creado por Santos para dialogar con el uribista partido Centro Democrático (CD) y otros representantes de la campaña por el “No”, señaló que la decisión de renegociar o no los acuerdos de paz corresponde a las FARC. El gobierno hubiera preferido que los voceros del CD presentaran sus propuestas de renegociación directamente a los jefes de las FARC, quienes permanecen en La Habana, Cuba, sede de las negociaciones de paz. Pero ante la negativa de Uribe a sentar a sus delegados en la misma mesa que los comandantes guerrilleros, el gobierno acordó con los opositores otro camino a seguir. El problema es que el uribismo no parece tener ninguna prisa en avanzar en una negociación. En una reunión que sus delegados tuvieron el jueves 6 con representantes del gobierno, ni siquiera llevaron el documento que debían elaborar con sus propuestas de puntos a renegociar, lo que Holguín lamentó. “Yo pensé que todo mundo iba a llegar con su escrito. Esto debe ser rápido, no cuestión de meses”, señaló la canciller. La excandidata presidencial conservadora Martha Lucía Ramírez, quien también promovió la campaña por el “No”, sí llevó sus propuestas, pero los representantes del uribista CD inexplicablemente no lo hicieron y quedaron de llevarlas a una reunión que se realizará el lunes 10. El gobierno las recibirá y las tramitará ante las FARC. De acuerdo con fuentes del CD, la renegociación tendría que incluir cárcel para los autores de crímenes de guerra, y no penas alternativas; que se prohíba la elegibilidad política a los jefes de las FARC; que esa guerrilla entregue sus bienes para reparar a víctimas; que el narcotráfico no se considere delito conexo con el delito político, y que no se expropien tierras privadas para repartir a campesinos. El profesor Iván Orozco opina que si el propósito de Uribe es que los jefes de las FARC vayan a la cárcel y que no puedan llegar al Congreso, se encontrará con una resistencia enorme. “La cúpula de las FARC ya hizo una negociación que incluye juzgamiento y sanción a los crímenes de guerra, pero no cárcel. Esto hace muy improbable que ahora acepten una paz sin dignidad, y someterse a Uribe y a la cárcel constituye una humillación muy difícil de soportar para ellos”, señala el doctor en ciencias jurídicas y filosofía. Las jugadas Ante las posturas de las FARC y del uribismo, que por ahora parecen irreconciliables, Santos –menos ahora que lo fortaleció el Premio Nobel de la Paz– no parece dispuesto a emprender un diálogo de meses y ha insistido mucho en que el proceso para sacar de la zona gris a los acuerdos de paz requiere “de la mayor celeridad”. El viernes 7, por lo pronto, las FARC y el gobierno acordaron en La Habana –donde toda la semana se reunieron los negociadores de paz de Santos y los jefes guerrilleros– mantener el cese del fuego bilateral decretado el pasado 29 de agosto, así como el monitoreo y la verificación por parte de una misión de Naciones Unidas. Y en Colombia, la estrategia de Santos de darle trato diferenciado a los distintos dirigentes políticos que apoyaron el “No” puede darle resultados, pues algunos tienen posturas más moderadas que Uribe frente a las FARC. Dos de ellos son el expresidente Pastrana y la excandidata presidencial Martha Lucía Ramírez, ambos del Partido Conservador. Esta semana Santos recibirá a solas a su primo, el exvicepresidente y dirigente del Centro Democrático, Francisco Santos, quien tiene la postura más conciliadora en el uribismo. Orozco dice que si Uribe y su partido piensan en las elecciones presidenciales de 2018 podrían decidirse a hacer “ajustes rápidos a los acuerdos, que no sean excesivamente dolorosos para la guerrilla”, y así ganarían protagonismo y el expresidente “podría quedar como quien salvó la patria”. Un último recurso para Santos sería abrirse a una mediación de la comunidad internacional. Latinoamérica, Estados Unidos y la Unión Europea fueron hace dos semanas testigos de privilegio de la firma del acuerdo de paz con las FARC y hoy todos han ofrecido su colaboración para salvar ese pacto histórico que pondría fin a 52 años de guerra. El Premio Nobel de la Paz le cae a Santos como anillo al dedo para salvar el acuerdo por el cual recibirá en diciembre en Oslo ese reconocimiento. El mandatario ha sido persistente, y cuando más debilitado lucía el Comité Noruego del Nobel le dio un espaldarazo revitalizador.