Paradojas de la geopolítica

domingo, 18 de diciembre de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El 30 de noviembre de 2016, el presidente de Sudáfrica, Jacob Zuma, intervino en los funerales de Fidel Castro en la Plaza de la Revolución de La Habana. A diferencia de otros oradores en esa cita, como los latinoamericanos Nicolás Maduro o Rafael Correa, Zuma no apeló a palabras altisonantes ni a suscripciones de la ideología de la Revolución Cubana. El tono de Zuma fue de agradecimiento genuino por el apoyo que Fidel Castro y el gobierno cubano brindaron a la lucha del Movimiento para la Liberación de Angola (MPLA), a la independencia de Namibia y a la caída del régimen del apartheid en Sudáfrica. Por esas acciones, el líder cubano merecía ser llamado “uno de los grandes héroes del siglo XX”. Zuma es uno de los principales dirigentes del Consejo Nacional Africano –y el cuarto, después de Nelson Mandela, Thabo Mbeki y Kgalema Motlanthe–, que gobierna Sudáfrica desde la transición democrática en 1994. Como sus predecesores, Zuma ha desarrollado una importante relación con Estados Unidos, especialmente con las organizaciones negras del Partido Demócrata, y es amigo de Barack y Michelle Obama. En diciembre de 2013 a Zuma le tocó organizar los funerales de Nelson Mandela en Johannesburgo y ubicó a Raúl Castro al borde de la escalera por donde debía pasar el presidente Obama. El apretón de manos que se dieron los mandatarios de Estados Unidos y Cuba fue interpretado como un indicio de las conversaciones secretas que por entonces comenzaban ambos gobiernos. El rol de Sudáfrica en el descongelamiento de relaciones entre Estados Unidos y Cuba apenas se menciona. Más crédito han dado ambos gobiernos a las mediaciones diplomáticas del Vaticano y Canadá. Pero es indudable que la conocida ascendencia de Mandela sobre Obama tuvo que ver en el acercamiento mutuo entre Washington y La Habana. En todo caso, otra ironía más de la larga e intensa labor de contrapeso geopolítico ante la hegemonía mundial de Estados Unidos que intentó Fidel Castro a través de sus relaciones con África –y no tanto con Asia y América Latina– es que ésta terminara facilitando la normalización diplomática conducida por su hermano Raúl. En sus últimos años de vida, Fidel advirtió esa paradoja y no ocultó su malestar. Los años africanos Los biógrafos de Fidel Castro coinciden en que hacia 1976, cuando se completaba la creación de las instituciones de la isla a partir del modelo soviético –merced a la nueva Constitución aprobada ese año–, los dos frentes fundamentales de la política exterior cubana fueron Centroamérica y África. En la primera región se produjeron dos fenómenos que intensificaron el papel de Cuba: los acuerdos sobre la soberanía del canal de Panamá entre Omar Torrijos y Jimmy Carter en 1977 y el triunfo de la Revolución Sandinista en 1979. Pero desde 1975 el gobierno cubano estaba involucrado en una intervención internacional de mayor envergadura, la llamada Operación Carlota, que trasladó inicialmente a unos 25 mil soldados a África, a las órdenes de los generales Raúl Díaz Argüelles y Leopoldo Cintra Frías. El núcleo del relato oficial cubano, en buena medida resumido por Gabriel García Márquez en la memorable crónica “Operación Carlota” (Proceso 10), presenta ese despliegue militar como la respuesta positiva de Fidel Castro a un pedido del angolano Agostinho Neto. El líder del MPLA se enfrentaba, entonces, en la guerra civil que siguió a la lucha contra el colonialismo portugués, a otros grupos como el Frente Nacional para la Liberación de Angola (FNLA), respaldado por Estados Unidos y Francia, y la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA), que recibía ayuda de China y Sudáfrica. Angola era entonces un microcosmos de la Guerra Fría y el movimiento de Neto, especialmente después de la Revolución de los Claveles en Portugal, durante la que se proclamó la independencia de esa colonia africana, es automáticamente reconocido por la Unión Soviética y las naciones socialistas. La solicitud de ayuda militar de Neto a Castro y la aceptación de éste no fueron actos al margen del vínculo entre La Habana y Moscú y, sobre todo, de los planes de reforzamiento de la capacidad defensiva cubana iniciados por el Pacto de Varsovia desde los años sesenta. García Márquez reducía la intervención soviética a la adaptación de los frenos de los aviones Iliushin 18 a los viejos Bristol Britannia de la Fuerza Aérea Cubana en los que fueron transportados los primeros contingentes. Pero lo cierto es, como han señalado historiadores partidarios y críticos del gobierno cubano, como Piero Gleijeses o Juan Benemelis, que todas las campañas cubanas en África hasta 1990 –que movilizaron cerca de 500 mil hombres– fueron coordinadas por los mecanismos de colaboración militar entre la Unión Soviética y Cuba. La ofensiva conjunta final de los cubanos, encabezados por el general Arnaldo Ochoa Sánchez –borrado de la historia oficial tras su fusilamiento en 1989, sentenciado por traición a la patria– y las Fuerzas Armadas Populares de Liberación de Angola (FAPLA), en la famosa batalla de Cuito Cuanavale, fue reconocida por Nelson Mandela como el principio del fin de la guerra civil, del camino hacia la independencia de Namibia y el colapso del régimen del apartheid en Sudáfrica. Es cierto que los cubanos aportaron el mayor número de hombres en aquella contienda, sobre todo al final, pero el mérito, como reconocía el propio Mandela, también correspondía a los soldados angolanos y a los asesores militares de la Unión Soviética y Alemania Oriental, que intervinieron muy activamente entre 1985 y 1988. El fin formal de la guerra civil en Angola fue la firma de los Acuerdos de Estoril, en mayo de 1991, en los que intervinieron Portugal, Estados Unidos, la Unión Soviética y Naciones Unidas. Agostinho Neto había muerto en Moscú en 1979, pero su sucesor –José Eduardo dos Santos– fue uno de los tantos líderes de la Guerra Fría que se adaptaron al mundo postsoviético por medio de la economía mixta y el pluralismo político controlado. Algo similar a lo que intentarían Boris Yeltsin, Vladimir Putin (en Rusia) o Daniel Ortega (en Nicaragua) y que, sin embargo, Fidel Castro se negó a hacer en Cuba. De todos los líderes involucrados en el conflicto de Angola, Castro fue siempre el más interesado en destacar su papel como protagónico y autónomo. El hermano Obama En la última de sus reflexiones publicadas en los diarios Granma y Cubadebate, y reproducidas por medios afines al gobierno cubano en el mundo, Fidel Castro expuso sus reparos al restablecimiento de relaciones entre Estados Unidos y Cuba, conducido por su hermano Raúl. El título de la pieza era un derroche de ironía: “El hermano Obama” (28/3/2016). Allí decía que el presidente de Estados Unidos desconocía la historia y que sus promesas de buena vecindad eran engañosas, ya que Estados Unidos nunca renunciaría a su objetivo histórico de derrocar la Revolución Cubana. Castro anotaba: “Un día llegó a mis manos una copia del libro en que se narra parte de la vida de Mandela y ¡oh sorpresa!: estaba prologado por Obama”. Se refería a Conversations with myself (2010), que, en efecto y a solicitud de Mandela, Premio Nobel de la Paz en 1993, apareció con prólogo de Obama, Premio Nobel de la Paz en 2009. Luego comentaba que Israel y Estados Unidos, durante la época de Ronald Reagan, apoyaron a la entonces racista Sudáfrica en la guerra civil de Angola –Fidel no mencionaba a Francia o a China–, y concluía: “No sé qué tendrá que decir Obama sobre esta historia. Ignoro qué sabía y qué no, aunque es muy dudoso que no supiera absolutamente nada. Mi modesta sugerencia es que reflexione y no trate ahora de elaborar teorías sobre la política cubana”. Era evidente que a Castro le molestó que Obama, en su discurso en el Gran Teatro Alicia Alonso de La Habana, luego de hablar contra la esclavitud y el colonialismo, dijera que Estados Unidos y Cuba “tomaron diferentes caminos en el apoyo al pueblo de Sudáfrica para la abolición del apartheid”. El reclamo de Castro, además de mitificar la autonomía internacional de Cuba durante la era bipolar, implicaba una descalificación de la voluntad de Obama de dejar atrás la Guerra Fría en sus relaciones con Cuba. Fue en África donde el aporte de Cuba a la geopolítica del bloque soviético dio resultados más tangibles por medio del impulso a procesos de descolonización, que, sin embargo, para principios de los noventa ya habían abandonado la llamada “vía socialista de desarrollo”. En Asia, en cambio, las diferencias entre la Unión Soviética y China limitaron el peso militar o simbólico de los cubanos en los años sesenta y ochenta. No deja de ser revelador que los pocos regímenes comunistas que quedan en el planeta, además de Cuba, se ubiquen en Asia, donde la Unión Soviética tuvo una menor incidencia. En China y Vietnam, esos regímenes han sobrevivido al siglo XX, en buena medida por razones contrarias a las de Cuba; es decir, por haberse abierto al mercado desde antes de la caída del Muro de Berlín. ¿Y América Latina? ¿Cuál es el legado geopolítico de Fidel Castro en una región donde su símbolo ha cotizado siempre al alza? Fuera de Daniel Ortega, quienes más enfáticamente reclaman la herencia del comunismo cubano son líderes que llegaron al poder en el siglo XXI por la vía democrática, como Rafael Correa (Ecuador), Evo Morales (Bolivia), Nicolás Maduro (Venezuela) y Salvador Sánchez Cerén (El Salvador). El bloque de la Alianza Bolivariana o Alba, creado por Hugo Chávez y Fidel Castro a mediados de la década de los 2000, fue, de hecho, la única empresa internacional de la dirigencia cubana operada al margen del campo socialista, que ya no existía para entonces. En sus últimos años como gobernante, ésa fue la máxima prioridad de Fidel Castro en política exterior. La crisis de la izquierda bolivariana –en sus respectivos países y en América Latina y el Caribe, como bloque– amenaza el legado geopolítico de Fidel Castro en su entorno más inmediato. Ningún gobierno de la izquierda en la región aspira realmente a reproducir el modelo cubano –partido único, economía estatalizada, control de la sociedad civil, represión de opositores–, a romper relaciones con Estados Unidos o, tan siquiera, a hostilizar permanentemente la hegemonía de Washington. Las tendencias predominantes en las relaciones internacionales latinoamericanas en el siglo XXI no tienen como referente, central o periférico, la política exterior que durante casi medio siglo condujo Fidel Castro desde Cuba. l *Intelectual cubano residente en México. Licenciado en filosofía por la Universidad de La Habana y doctor en historia por El Colegio de México. Profesor e investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE). Autor de una docena de libros sobre historia intelectual y política de América Latina, México y Cuba. Su más reciente obra es Traductores de la utopía. La Revolución Cubana y la Nueva Izquierda de Nueva York (FCE, 2016).

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