Apertura del Santo Sepulcro: Entre la ciencia y la fe

domingo, 4 de diciembre de 2016
La que se tiene como tumba de Jesucristo, situada en el templo del Santo Sepulcro, en Jerusalén, fue reabierta después de 500 años de manera casi secreta. El objetivo: que expertos pudieran proteger de la humedad la piedra original donde supuestamente reposó el cuerpo de Jesús, así como hacerle nuevos estudios para obtener más información sobre su muerte. Entrevistados por Proceso, algunos testigos explican este delicado encuentro entre ciencia y fe, que ha dado lugar a recelos y rumores. JERUSALÉN (Proceso).- Las últimas fieles se resisten a salir de la iglesia. Arrodilladas sobre la llamada piedra de la unción, donde se habría preparado el cuerpo de Jesucristo para ser sepultado, varias mujeres rezan con apresurados susurros y con la frente apoyada sobre el mármol. Los vigilantes palestinos interrumpen su plegaria para hacerlas salir, ayudados por varios policías israelíes. “Please, out; please, out. Jalash” (Por favor, fuera. Ya basta), dicen, mezclando el inglés y el árabe. Son las siete de la noche y los pesados portones de madera de la Iglesia del Santo Sepulcro se cierran finalmente hasta el amanecer. En el templo se instala el profundo silencio de las piedras y empieza la jornada de trabajo para una decena de ingenieros, arqueólogos y obreros griegos que restauran la pequeña capilla donde –según la tradición cristiana– fue enterrado Jesús. Repartido entre andamios, montacargas, mesas de trabajo o de rodillas en el suelo, el equipo opera contrarreloj. Las obras en la capilla que alberga la tumba de Cristo –el “edículo”– comenzaron el pasado abril y deben terminar el próximo marzo, antes de la celebración de la Pascua. El objetivo es restaurar totalmente este habitáculo funerario del siglo XIX, que podía venirse abajo en cualquier momento debido a la humedad que debilita sus bases y a los daños sufridos tras el terremoto de 1927. Costó muchos años que las seis Iglesias que custodian el Santo Sepulcro se pusieran de acuerdo sobre la realización de estas obras: quién pagaría los 3 millones de dólares que iban a costar, quién las supervisaría y quién las llevaría a cabo. El equipo elegido trabaja para la Universidad Nacional Técnica de Atenas y ya participó en la restauración de la Acrópolis y de la antigua mezquita de Santa Sofía, en Estambul, convertida hoy en un museo. Pero este encargo los ha puesto a prueba. Las piedras del Santo Sepulcro están lejos de ser sólo piedras y en ellas reposa la esencia de la fe de millones de personas. “Sin duda este trabajo no tiene nada que ver con cualquier otro”, confía a Proceso Antonia Moropoulou, ingeniera griega que dirige las obras de renovación. Apertura histórica El punto más delicado e importante de este proceso de renovación ocurrió la noche del 26 de octubre, cuando se desplazó la losa que protege la tumba de Jesús hasta acceder a la roca sobre la que se habría depositado su cadáver. No estaba previsto al inicio de las obras llegar hasta la roca funeraria, pero los arqueólogos advirtieron que era necesario proteger la piedra atacada por la humedad. La apertura se llevó a cabo con las puertas del templo cerradas, lejos de la prensa, en medio de una gran discreción y con la supervisión de los responsables de las Iglesias que custodian el sepulcro: Católica, Griega Ortodoxa, Armenia, Copta, Siriaca y Etíope. “Era el núcleo del proyecto. Quisimos inyectar un mortero especial para unificar y consolidar la roca que se estaba deteriorando mucho. Abrimos la tumba para protegerla y saber más sobre esta piedra sagrada”, explica Moropoulou. El sepulcro había sido parcialmente abierto en 1809 y no se accedía a la roca original desde 1555. “Por debajo de la losa de mármol visible para los fieles había otra losa, que estaba quebrada y que tenía una cruz del tipo de las que ponían los cruzados. Debajo de ella encontramos material de relleno, inerte, y al limpiarlo surgió la roca funeraria, típica de aquel periodo, sobre la cual fue depositado el cuerpo de Jesús”, describe Moropoulou. El edículo entero estaba sometido a una tensión muy grande debido a la humedad que sube de los túneles y los canales del subsuelo, lo cual ponía en peligro la estabilidad de toda la estructura y la preservación de estos restos sagrados para el cristianismo. “Si no hubiéramos abierto la tumba ahora y no hubiéramos protegido la piedra, dentro de cien años habría habido sólo arena. La roca habría desaparecido”, agrega la responsable griega. El edículo es el cuarto lugar que alberga la tumba de Jesús, cubierta y escondida por el emperador Adriano, quien colocó sobre ella divinidades paganas para impedir el culto cristiano, y fue redescubierta hacia el 324 por Constantino, quien creó en torno a ella un primer templo. En el siglo XI el califa Al Hakim arrasó el lugar, que fue reconstruido en el siglo XII, después de que los cruzados llegaran a Jerusalén. En su interior, el edículo está dividido en dos salas comunicadas por una puerta de 1.33 metros de altura. En un minúsculo espacio se encuentra la piedra funeraria, recubierta. Hasta ahora la roca original no era visible para los miles de fieles que visitan este lugar a diario. El equipo de ingenieros griegos creó una ventana para que a partir de ahora todos los peregrinos puedan tener un contacto visual con la piedra funeraria. “Cuando se viene a Tierra Santa, esas pruebas tangibles apuntalan la fe del peregrino, que cree con más fuerza”, estima el franciscano Artemio Vítores. Durante las 60 horas en que el sepulcro permaneció abierto, la oración y la fe convivieron con la ciencia. Mientras los expertos extraían muestras, fortalecían la roca y tomaban fotografías, un puñado de sacerdotes, no más de 10 o 15, tuvo acceso a este momento histórico. Pudieron ver, tocar y rezar. “Mi misión era hacer fotos de la tumba abierta, para los franciscanos. Estaba tan nervioso que no disfruté un segundo de aquel momento. Pedí volver a entrar para rezar al menos un padrenuestro y después pensé en lo que acababa de vivir: el contacto directo con la piedra, con el testimonio de la resurrección. En ese lugar nace toda la fe de la Iglesia, brotan la redención humana y el optimismo de la vida”, explica Enrique Bermejo, franciscano español. Marie Armelle Beaulieu, responsable de la revista religiosa Tierra Santa, de Jerusalén, fue una de las pocas personas que también tuvo el privilegio de ver el sepulcro abierto. “Vi el punto exacto y el material, la piedra, a partir del cual Cristo resucitó. Esa roca provoca una emoción absolutamente particular”, explica. A la espera de los resultados La tumba ya está cerrada y los peregrinos vuelven a hacer cola ante el Santo Sepulcro recubierto de andamios. Moropoulou y su equipo siguen estudiando las muestras recogidas e intentando “hacer hablar” a esta tumba. “Hemos usado las técnicas más sofisticadas y menos invasivas para estudiar todos los elementos a nuestro alcance”, dice, citando la termografía con infrarrojos, la tomografía acústica o microscopios de fibra óptica. Su discurso de científica desaparece algunos minutos cuando se le pregunta sobre el momento en que la losa fue desplazada y apareció la piedra funeraria. “No importa lo que eres frente a la tumba de Cristo. Puedes ser griega-ortodoxa, armenia, católica, judía, musulmana o atea, el mundo entero se arrodilla ante ella. Al abrirla y cerrarla sentí que estábamos ante un lugar único, un lugar de luz donde nace la esperanza del mundo”, explica. Los arqueólogos son vagos al hablar de la naturaleza de los estudios que realizan en las muestras de roca. Insisten en que el objetivo es doble: analizar la piedra para seguir protegiéndola en el futuro y realizar análisis que permitan saber más sobre los ritos funerarios llevados a cabo en ella. “Sinceramente no creo que los cristianos necesiten grandes revelaciones; más bien necesitan tener el contacto y la visualización con el material original y eso será posible gracias a la ventana creada en el sepulcro. Si usted me pregunta si voy a buscar el ADN de Cristo o restos orgánicos en esta roca, la respuesta es no”, zanja Moropoulou. Sin embargo, fuentes eclesiásticas reconocieron el nerviosismo y escaso entusiasmo que se respiraba en la Iglesia, fundamentalmente la Griega Ortodoxa, ante la perspectiva de apertura de la tumba y la realización de análisis con tecnologías de última generación. “No creo que estos estudios cambien nada en cuanto a lo que se sabe sobre la muerte y resurrección de Jesús. No hay que temer a la ciencia. La fe y la ciencia pueden ir de la mano”, concede Bermejo. A las puertas del Santo Sepulcro, varios turistas aguardan su turno para entrar al edículo y poder permanecer algunos segundos junto a la tumba. La apertura del sepulcro y la incógnita sobre lo que podrían revelar los resultados de los análisis provocan sentimientos encontrados entre los peregrinos. “Se puede creer en el Jesús histórico o en el Cristo de la fe. Pero creo que con todo lo que ha pasado en este lugar: las guerras, las incursiones, las destrucciones, etcétera, que podamos ver todo esto hoy es un milagro. Soy creyente y creo que la mano de Dios está aquí. No puede ser todo obra del hombre, porque si todo esto fuera una historia inventada, sería realmente una mentira maestra”, asegura Sabina, peregrina italiana. Para Flavia, de Brasil, es mejor que la ciencia no remueva creencias tan asentadas y ponga en entredicho la fe de millones de personas. “Creo que es mejor creer. Hace tantos años que la gente tiene fe que ya es parte de la historia y no tenemos por qué ir contra ella. Creo que la ciencia puede incluso confundir a los religiosos, la verdad”, apunta. Un perfume delicioso Horas después de la apertura de la tumba, un rumor recorría Jerusalén. Cuando la losa fue desplazada, una fragancia exquisita habría invadido el pequeño espacio donde de la tumba. “Los arqueólogos me invitaron a oler un puñado de tierra extraído de la tumba. Desprendía un perfume dulce muy agradable. Algo inexplicable”, describe una fotógrafa que pudo acceder al sepulcro abierto y prefiere no revelar su identidad. No es la primera vez que en la historia de la Iglesia se habla de fenómenos similares. En procesos de canonización, cuando se procede a la apertura del féretro del beato se ha hablado de un “olor de santidad”, un aroma de una suavidad excepcional que emerge de los restos. Cuando en 1809 el arquitecto Nikolaos Komnenos abrió parcialmente el sepulcro de Jesús durante la construcción del edículo actual, la crónica oficial de la época también menciona una “fragancia inefable”. Por otra parte, personas presentes durante la apertura de la tumba mencionaron que aparatos usados por el equipo de científicos mostraban “perturbaciones en su campo magnético” al acercarse a la piedra funeraria. “No entro a valorar esas cosas. Soy un teólogo. Creo que son hechos muy serios que no se pueden divulgar y hacer circular a la ligera”, afirma, prudente, Vítores. El poético relato que dejó escrito en el siglo XVI Bonifacio de Ragusa, Custodio de Tierra Santa, cuando abrió la tumba en 1555 y encontró varias reliquias, da a entender que el momento de alguna manera también lo sobrepasó. “El lugar que había estado bañado en aquella sangre preciosa y por aquella mezcla de ungüentos con los que fue ungido para la sepultura y que difundía por todas partes resplandores de luz como si fueran rayos luminosos de sol, fue descubierto por nosotros y venerado con alegría espiritual “, describe. De Ragusa encontró en el sepulcro un trozo de madera envuelto en un “paño precioso” que se desintegró en contacto con el oxígeno. Se cree que se trata de una parte de la cruz de Jesús encontrada por Helena, la madre del emperador Constantino, en el siglo IV. La reliquia fue repartida. Una parte se encuentra bajo el obelisco de la plaza San Pedro, en El Vaticano; otra es guardada por los franciscanos en Jerusalén. “Creo que lo que ha ocurrido en estos días en Jerusalén no tiene valor teológico ni cambia el valor del lugar en sí. Yo no he descubierto la resurrección ahora, pero creo que sí sirve para demostrar que el cristianismo no son teorías: la piedra del sepulcro está ahí y muestra el lugar en que Jesús murió por mí y a partir del cual resucitó”, añade Vítores. El siguiente paso en los trabajos en el santo sepulcro será ir “hacia abajo” para aislar el edículo de la humedad que viene del subsuelo. “Es un trabajo delicado, lento y laborioso, pero es un momento único. Estamos frente a la historia”, concluye Moropoulou.