Hilda Krüger: Bella, pronazi y espía en México

sábado, 8 de octubre de 2016
En febrero de 1941, durante la Segunda Guerra Mundial, arribó a México una talentosa actriz germana con una misión expresa: infiltrarse en el círculo de poder para obtener información estratégica para el Tercer Reich. Proceso reproduce fragmentos del capítulo 2 del libro Hilda Krüger. Vida y obra de una espía nazi en México, novedad editorial que circula bajo el sello Debate. En él, Juan Alberto Cedillo, su autor, incluye una historia colateral: el descubrimiento, por parte del jefe de la policía secreta de Estados Unidos en México, Gordon H. McCoy, de la conspiración nazi. CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La pequeña nota, perdida entre las noticias de la guerra en Europa, inmediatamente captó la atención del coronel Gordon H. McCoy. “CONTINÚAN LAS MISTERIOSAS MUERTES DE MINEROS”, rezaba el encabezado, contrastando en tamaño con los grandes titulares de la primera plana que reportaban el inicio de las hostilidades entre la Alemania del Tercer Reich y los llamados Países Bajos y Bélgica. Como todas las mañanas al llegar a su ordenada oficina en la embajada de Estados Unidos en México, el agregado militar se preparó un aromático café con granos provenientes de Chiapas y se puso a revisar los principales diarios de la capital mexicana, así como algunos de los más importantes del interior del país, los cuales eran trasladados vía aérea y aun así estaban atrasados uno o dos días; los crímenes contra los mineros los reportaban principalmente diarios de provincia. En los últimos meses crecían las víctimas; aparentemente el único motivo para asesinarlos era para robarles minerales que no eran tan preciados como el oro o la plata. (…) Recortó la nota y la colocó en el pizarrón donde se acumulaban las informaciones de prensa sobre los mineros asesinados; esos reportes ahora formaban un rompecabezas en su mente y lo conducían a una hipótesis que lo inquietaba: la guerra en Europa se estaba trasladando hacia América Latina. El evento más reciente, con cinco mineros asesinados, reforzaba su idea, la cual ya se estaba convirtiendo en obsesión. Consideró que era tiempo de poner todo su empeño en confirmarla. Horas más tarde presentaba su teoría a sus colegas de la inteligencia naval: –Nuestra vigilancia sobre diplomáticos y ciudadanos alemanes arrojaba hasta ahora que sólo se habían dedicado a hacer propaganda a favor de su causa y a promover la figura de Hitler; creo que eso ha cambiado y ya hay agentes nazis profesionales operando en América Latina. Las evidencias nos muestran que concentran diversos materiales estratégicos para la guerra y que los están enviando de contrabando a Europa. “Por ello esta tarde consulté con uno de nuestros contactos en el Ejército mexicano, el coronel Mario Juárez, quien me corroboró que hay rumores sobre la pérdida de importantes cantidades de mercurio en almacenes y minas; subrayó incluso que una empresa farmacéutica recién comenzó a acaparar ese material en cantidades mayores a las que compraba antes.” El agregado auxiliar Harold P. Braman terció: –La única firma alemana que podría estar haciendo eso es la casa Beick, Félix y Cía. –Tendremos que poner especial atención a sus actividades –ordenó McCoy mientras los tres asistentes tomaban nota. Los asistentes a la reunión continuaron revisando los movimientos que realizaban en México diplomáticos, empresarios y simpatizantes del Tercer Reich. Destacaron la amplia actividad que llevaba a cabo el agregado de prensa Arthur Dietrich, quien aparentemente dedicaba todo su esfuerzo a difundir noticias favorables al Tercer Reich sobre la guerra en Europa. Al término de la junta el coronel responsable de la inteligencia militar solicitó a sus colegas toda la información que tuvieran sobre las actividades de Dietrich y los demás simpatizantes del nazismo; también ordenó vigilar las veinticuatro horas a empresarios y empleados alemanes de la farmacéutica Beick, Félix y Cía. Tras el cónclave, el coronel se sintió satisfecho por las acciones que emprendía para confirmar su hipótesis. Semanas después se acumulaban en su escritorio informes sobre las actividades de los alemanes: el propio embajador le hizo llegar un nuevo reporte y lo llamó para que le dedicara mucha atención. Se trataba de un archivo clasificado como “estrictamente confidencial” que le había sido entregado por un alto funcionario del gobierno mexicano, y que recientemente se había enviado también al secretario de Estado en Washington… Había sido preparado para el presidente mexicano Lázaro Cárdenas; el responsable era un oscuro funcionario de la Secretaría de Gobernación llamado Heriberto Conrado Meili… Conrado Meili destacaba que en determinado momento, y bajo ciertas circunstancias, los alemanes tenían planes para sabotear y destruir los pozos petroleros: “Este asunto de un posible sabotaje a la producción de petróleo es lo más grave que tenemos entre manos”. Meili enfatizaba que el centro de operaciones de los nazis en México era la oficina de prensa de la embajada alemana: “A su frente, con el título de encargado de prensa, se encuentra el Sr. Arthur Dietrich, individuo sin educación ni escrúpulos pero sumamente astuto”. El reporte a Cárdenas describía las publicaciones que los nazis tenían en México, como el diario Deutsche Zeitung von Mexiko y la revista Timón que dirigía el exsecretario de Educación José Vasconcelos, además de incluir una lista de “plumas mexicanas compradas” como el director de la revista Hoy, Pagés Llergo. Sobre ello, el coronel recordó haber leído en esa revista una entrevista de Pagés a Adolf Hitler. Las conclusiones del informe elaborado por Meili impresionaron al coronel e hicieron crecer sus temores sobre la guerra que hasta ese momento sólo se libraba en Europa: “La consideración más preocupante es que un Japón pronazi entre en guerra contra unos Estados Unidos antinazis, escogiendo como campo de batalla el territorio nacional, y que la quinta columna nazi, ahora en estado latente, pueda convertirse de un momento a otro de potencial en efectiva, lo que amerita que se investiguen desde luego todas sus actividades, todas sus ramificaciones, todos sus planes”. McCoy quedó sorprendido gratamente. Cambió su impresión sobre los agentes del ministerio del interior: la valiosa información superaba los reportes que ellos tenían sobre los nazis. No cabe duda de que en el gobierno mexicano también hay hombres valiosos, no únicamente corruptos, pensó. A la mañana siguiente, tras prepararse su acostumbrado café, redactó un memorándum a sus jefes en Washington para solicitar apoyo de la División Internacional del Buró Federal de Investigaciones…; McCoy subrayó en su reporte los crímenes contra mineros para robarles mercurio, un material estratégico para la guerra debido a que se utilizaba en la fabricación de explosivos. Las siguiente semanas supervisó personalmente el espionaje contra la casa Beick, Félix y Cía. En los informes acumulados sobresalían los misteriosos traslados de un agente viajero de la firma alemana; los espías le habían seguido los pasos las 24 horas… El agregado describía al agente como un hombre joven de unos 33 años, ario y de ojos azules, que vestía un tipo de uniforme a la usanza de los camisas pardas; creía que sus viajes eran para comprar mercurio y otros metales con el fin de concentrarlos en los almacenes de varias firmas de Monterrey. “Algunos de ellos son simpatizantes de Hi­tler”, precisó el agregado. (…) A la mañana siguiente, ya en su pulcra oficina de paredes color gris ostión con acabados de madera pintados de blanco y una mullida alfombra de un tono neutro de gris, rompió su rutina de prepararse café y revisar la prensa para solicitar a su secretaria que lo comunicara inmediatamente a Washington: quería ganar tiempo antes de que los burócratas se fueran a almorzar. –Necesito hablar directamente con la gente de Hoover –comentó a su jefe en el Departamento de Estado. El superior le recordó que los trámites entre el Departamento, el Pentágono y el Buró Federal de Investigaciones podían tomar semanas. La situación de México se deterioraba rápidamente, explicó McCoy: describió a su interlocutor el reciente levantamiento de Saturnino Cedillo contra el presidente Cárdenas, en el que salieron a relucir armas proporcionadas por los alemanes. En respuesta su jefe sólo se comprometió a acelerar los trámites para que el Departamento de Estado solicitara el envío de agentes del FBI; las palabras del superior no satisficieron a McCoy. Al día siguiente saboreaba su café recién hecho mientras revisaba las principales notas sobre la guerra en Europa, en particular las acciones de Alemania contra Inglaterra, cuando recibió el último reporte de sus agentes sobre la casa Beick, Félix y Cía.; apartó el diario y se puso a analizar los detalles del informe. Sus verdes ojos se abrieron de más cuando llegó a la siguiente frase: “Los socios alemanes de Casa Holck están solicitando información a empresas estadunidenses sobre los adelantos tecnológicos para soldar nuevas aleaciones de acero y aluminio; lo hacen directamente y también a través de empresarios aliados de Monterrey”. El resto del informe contenía pormenores sobre nuevos empresarios alemanes a los que visitaba Malachowski, quienes también mantenían contacto con Casa Holck; la red se entrelazaba con funcionarios del consulado germano en el puerto de Tampico. El reporte describía que esas empresas enviaban una buena cantidad de cajas de madera por ferrocarril a ese puerto del Golfo de México, pero desconocían su contenido. Esa noche, ya en su domicilio, McCoy se encontraba recostado cómodamente en su sofá; minutos más tarde sus ojos se cerraron, su respiración se aceleró y se vio envuelto en una densa niebla: a lo lejos resonaban tambores africanos cuyo sonido se acercaba y crecía en intensidad. (…) Durante el trayecto a la embajada concluyó que había llegado la hora de actuar contra la red de alemanes que podían estar surtiendo de materias primas al ejército del Reich; pensó que ésa sería su contribución para ayudar a Inglaterra en su combate contra Adolf Hitler. Al llegar a su oficina cambió de nuevo su rutina y durante toda la mañana y hasta entrada la tarde revisó con los agregados navales los últimos informes sobre la farmacéutica Beick, Félix y Cía., Casa Holck y los empresarios alemanes de Monterrey, así como la actividad de los diplomáticos en Tampico. Al término de la reunión, McCoy solicitó a su secretaria que lo comunicara con el general Heriberto Conrado Meili. “No tengo el gusto de conocerlo personalmente pero me gustaría invitarlo a un desayuno el día de mañana, si no tiene inconveniente”, le dijo por teléfono; Meili aceptó con gusto, aunque antes de acordar el lugar para la cita revisaron las opciones con el propósito de escoger un sitio céntrico pero con la privacidad que requería su encuentro. Al otro día McCoy avisó a su secretaria que estaría fuera toda la mañana. Llegó puntualmente a su cita; minutos más tarde arribó el funcionario de Gobernación. Tras un breve saludo en el que los militares intercambiaron miradas para perfilarse, McCoy comentó: “Lo felicito por el reporte sobre los nazis”. Conrado agradeció el elogio en el momento en que tomaba su lugar en una discreta esquina que era vigilada a distancia desde otra mesa por celosos escoltas del mexicano. Tras intercambiar opiniones intrascendentes sobre el clima, el encargado de la inteligencia militar estadunidense dio al funcionario sus opiniones sobre las actividades de los colaboradores de los nazis en Monterrey; insinuó que podrían estar traficando metales estratégicos para su maquinaria de guerra. Conrado Meili confirmó la hipótesis: señaló que tenían informes de que oficiales del Ejército podrían estar involucrados en el robo de grandes cantidades de mercurio en minas del centro del país y en otras partes de la República. Al ver que estaban en la misma sintonía, McCoy le solicitó permiso y su colaboración para realizar cateos en una serie de residencias en Monterrey y Tampico (…) Conrado Meili dio su autorización. Después de varias semanas de preparar el viaje a la frontera norte del país, una fría mañana de los primeros días del mes de agosto McCoy arribó al consulado de Estados Unidos en Monterrey, donde ya lo esperaban sus compañeros de la inteligencia naval. Revisaron los detalles del operativo y acordaron con el cónsul avisar a sus contactos más cercanos en el gobierno de Nuevo León, para que les brindaran protección; no obstante, las autoridades locales desconocían los planes y sólo serían informados acerca de ellos hasta el último minuto. La coordinación del operativo quedó en manos de McCoy. Los oficiales mexicanos y el jefe del espionaje estadunidense se desplazaron en varios vehículos mientras la lluvia comenzaba a inundar las avenidas por donde transitaban (…) Toda la maniobra se efectuaba con extremo sigilo por parte de las autoridades estadunidenses; la policía mexicana fue informada hasta el último momento para evitar que se fugara información, pues se sabía que en la ciudad las redes nazis contaban con colaboradores entre poderosos industriales de la región y funcionarios públicos que no ocultaban sus simpatías por Hitler. (…) Gracias a la correspondencia, documentos, fotos, contratos y otros papeles requisados, el coronel y su aparato de contrainteligencia pudieron conocer que la red nazi no sólo se dedicaba a la distribución de propaganda por todo el país, sino que también realizaba espionaje sobre la industria bélica de Estados Unidos; confirmaron además el contrabando de metales estratégicos para la guerra, que eran enviados a Europa en complicidad con ciudadanos alemanes y fascistas italianos que operaban en el puerto de Tampico, por lo cual repetirían los cateos en esa terminal marítima del Golfo de México. Seis días después del operativo en Monterrey, a las 6:30 de la mañana, los agentes estadunidenses efectuaron otros tres registros y confiscaciones; como la vez anterior, grupos de nueve o 10 personas penetraron a las casas ocupando entradas y salidas… Después de aquella intervención en las propiedades de ciudadanos alemanes, el embajador Rüdt von Collenberg envió una carta de protesta a la Secretaría de Relaciones Exteriores… El diplomático destacó que sus sospechas se basaban en el hecho de que el jefe del grupo que verificara un cateo en la residencia del directivo de Casa Holck había mostrado al cónsul de Alemania en Monterrey una tarjeta con el apellido McCoy: “Pero se me informa que Mr. McCoy es el jefe de la policía secreta de Estados Unidos de América que actúa en México”.

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