Fallece sacerdote que reunió a los Arellano Felix con Prigione

miércoles, 13 de enero de 2010

MEXICO, D.F., 13 de enero (apro).- El sacerdote Gerardo Montaño, quien fungió como enlace entre los hermanos Arellano Félix y el nuncio apostólico, Girolamo Prigione en 1993, murió el pasado lunes 11 a causa de un coma diabético.
    Montaño radicaba en Ensenada, Baja California, desde hacía seis años, después de regresar de Estados Unidos, donde estuvo prácticamente en el exilio, a raíz del escándalo que, en mayo de 1994, provocó su participación como enlace entre los narcotraficantes, el representante papal y el gobierno del entonces presidente, Carlos Salinas.
    Gracias a Montaño, Prigione sostuvo reuniones con los hermanos Ramón y Benjamín Arellano Félix, en la propia sede de la nunciatura apostólica, en la ciudad de México.   
    En fechas distintas, el cura Montaño logró que Ramón y Benjamín, pese a ser prófugos de la justicia, se introdujeran a la nunciatura apostólica y hablaran con el nuncio. La entrevista de Ramón se realizó el 1 de diciembre de 1993, y la de Benjamín el 16 de enero de 1994.
    Tiempo después, en declaraciones al diario Excélsior, los propios Arellano Félix fueron quienes revelaron que sostuvieron esos encuentros con Prigione, con el fin de que el diplomático intercediera por ellos ante las autoridades mexicanas, ya que se les acusaba de haber asesinado al cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo.
     Y el nuncio los apoyó. Fue a Los Pinos para hablar personalmente con el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari; con el secretario de Gobernación, Patrocinio González Garrido, y con el procurador General de la República, Jorge Carpizo.
    Montaño aceptó desde entonces haber servido de enlace, aunque nunca involucró en los hechos a su inmediato superior jerárquico, monseñor Emilio Berlié, entonces obispo de Tijuana, a quien se señalaba como cercano a los Arellano Félix.
    Sin embargo, la revista Proceso documentó los vínculos de la diócesis de Tijuana con los Arellano Félix, quienes la apoyaron sobre todo en la construcción de templos y en la remodelación del seminario, dirigido por el padre Montaño (Proceso 937).
    Montaño revelaría que, vía la nunciatura en México, él entregó correspondencia de los Arellano dirigida al Papa Juan Pablo II:
    “Sí. Yo entregué unos documentos cerrados y sellados. Esos documentos iban dirigidos a su Santidad, no al nuncio. Iban para Juan Pablo II. Claro que estos documentos tienen que pasar por la nunciatura”.
    Ante el escándalo, monseñor Emilio Berlié fue trasladado de la diócesis de Tijuana a la arquidiócesis de Mérida, de la que todavía es titular. Fue prácticamente un ascenso en la jerarquía eclesiástica, pues pasó de ser obispo a arzobispo.
    En cambio, el padre Montaño tuvo que esconderse en el estado de California, donde vivía “deprimido, con 10 kilos menos de peso y la barba crecida”, según versión del periódico El Mexicano, de Tijuana, publicada el 12 de octubre de 1994.
    Después, Montaño regresó a la diócesis de Tijuana, concretamente a la ciudad de Ensenada, donde ejercía su ministerio sacerdotal de manera discreta, pues quedó satanizado; fue el cura que reunió a Prigione con unos narcotraficantes prófugos.
Antes de morir, el prelado, de 58 años, declaró más de una vez que no se arrepentía de lo que había hecho  y, aún más, presumió que vivía “tranquilo y en paz”.

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