Sobre los pobres

viernes, 26 de noviembre de 2010

MEXICO, D.F., 24 de noviembre (apro).- Amadísimos hermanos en la fe: les voy a decir algunas verdades que seguro van a incomodar, a escandalizar e incluso a angustiar a no pocos, pero como fiel servidor que soy del Señor, tengo el deber de hablarles con la verdad aunque con ella ofenda o haga sufrir no importa a quién, recuerden lo que dice el refrán: quien bien te quiere, te hará llorar.

Aquí, en Ragión, algunos han dado en exhibirse en público, molestando a sus prójimos, declarando, más que con resignación cristiana con resentimiento, que son pobres. A los mismos hay que decirles que antes de haber dado tan mal ejemplo, bien habrían hecho en examinarse y así averiguar que si son pobres acaso sea culpa de ellos mismos y de nadie más; que bien habrían hecho en inquirir si los ricos lo son o no por ser más activos; que si su hermano tiene más que él, acaso se deba a que es más ordenado en sus gastos, más cuidadoso en su economía, por ser más previsor, por su mayor amor al trabajo. Si se hubiesen examinado honestamente a sí mismos, quizás habrían descubierto que si son pobres, tal vez se deba, más que nada, a que son flojos, despilfarradores, poco previsores.

Antes de quejarse de la pobreza que podamos padecer, hermanos en la fe, bien haríamos en meditar y tener en cuenta que nuestro Rey y redentor, Jesús, fue pobre, nació y vivió en pobreza. ¿Seremos tan soberbios como para creer que tenemos más derechos que El a tener más?

Antes de quejarse de la pobreza que podamos padecer, haríamos bien en meditar y ver si las desigualdades de fortuna, el ser rico o ser pobre no son más que dones, que Dios tiene a bien otorgarnos y por lo tanto lo único que nos queda y debemos hacer es agradecérselos. Sí, leyeron bien, no estoy loco, no desbarro. No se escandalicen ni se aflijan por lo que he escrito. Como fieles creyentes que somos, sabemos bien que la pobreza y los sufrimientos que nos pueda producir, de Dios nos vienen, pues nada hay que de El no provenga, por lo que no tenemos razones y nada justifica que nos quejemos por habernos sido donado, pues sería como rebelarnos contra su voluntad, ya que El no es dador del mal. Lo que debemos hacer es ver a la pobreza y a la riqueza como lo que verdaderamente son, como generosas oportunidades que Dios nos da para que mostremos lo mejor de nuestras personas. ¡Aaah! ¿Pueden decirme si hay algo que admire y conmueve a más que el ver al pobre soportar con paciencia y resignación los sufrimientos que le produce la pobreza? ¿Si no emociona y mueve, a veces hasta las lágrimas, el ver al rico socorrer al pobre? Nieguen, si pueden, si estas dos conductas no acercan al poderoso al necesitado, al pobre al rico. Hermanos en la fe, veamos y admitamos que estas dos virtudes, la resignación a la voluntad divina y la principal de las virtudes teologales, la caridad, establecen entre el que tiene y el que no tiene, entre el pobre y el rico, el dulce lazo de la fraternidad. ¡Ah!, hermanos en Cristo, vean y comprueben cómo la desigualdad, por los para nosotros, pecadores, incomprensibles designios de Dios pueden contribuir y contribuyen a forjar la armonía social. ¡Gloria a El por los siglos de los siglos!

Queridos hermanos en Cristo, a la luz de las anteriores verdades yo les digo: ¡ay de los pobres que desesperan por ser ricos! Que tengamos en cuenta y no olvidemos que no nos basta ser pobres para ser dignos del Reino de los Cielos, para conseguirlo únicamente lo lograremos si no protestamos y renegamos de la pobreza, así si igualmente no cometemos el pecado de orgullo de gloriarnos de ser pobres; alcanzaremos el Reino de los Cielos si humilde y pacientemente soportamos con resignación cristiana los sufrimientos que la pobreza nos pueda producir, y tampoco olvidemos y tengamos en cuenta, si no envidiamos, si no odiamos a nuestros hermanos ricos y reconocemos que los mismos son dignos de que los compadezcamos, pues ellos están sujetos al constante juicio y al castigo de Dios; que Dios los tiene sometidos a continuas pruebas para ver si son capaces o no de practicar la virtud teologal de la caridad, así que compadezcámoslos, pues como cristianos conscientes que también son, admitamos como cierto que han de vivir en constante sobresalto, en continuo azoro de quizás no haber cumplido con la práctica de la santa virtud de la caridad, como la consiguiente angustia del temor de a dónde irán a dar después de la muerte.

Amados hermanos en la fe: oremos para que Dios nos conceda la gracia de saber acatar su santa voluntad y así seamos merecedores del Reino de los Cielos.

FRAY CANDELA