¿Es la economía?

domingo, 6 de junio de 2010

MÉXICO, D.F., 6 de junio (apro).- Respetable doctor Pangloss: le confieso que la lectura de su carta a este buzón me ha despertado una serie de sentimientos encontrados. Considero que, por esa causa, es digna de tenerse en cuenta.

De inicio, suscitó mi estupor porque la misma demuestra, sin dudas, que usted ya no es ni milita en las filas de los cándidos optimistas, como lo era y hacía en sus buenos tiempos, que por cierto no lo fueron tanto, pero en los que creía firmemente y predicaba convencido que este nuestro mundo era el mejor de los posibles.

Siento decirle que ese su creer no fue para nada original, era una idea que andaba flotando en el aire desde siglos atrás para consuelo de pusilánimes y conciencias culpables. Recuerde al respecto que ya muchos siglos antes que Leibnitz, Plotino dijo que el mundo era óptimo y perfecto porque en él hay tanto bien y tanto mal como el que puede contener, y la Iglesia también llevaba sus siglos, por medio de la teodicea, intentando conciliar y justificar el problema de la existencia del mal con la existencia de la bondad divina, con los mismos argumentos.

Me satisface, y por ello lo felicito, el que usted ya no sea del bando de los que creyeron –ni de los que siguen creyendo-- que nuestro mundo es el mejor de los posibles por la simple razón de haber sido creado por Dios.

Me agrada y satisface que su innato optimismo no le haya hecho que se afilie a ninguna de las partidas de esos nuevos optimistas catastróficos; las formadas por esos fanáticos creyentes de que lo mejor para la humanidad es la libre economía, que lo óptimo para el bienestar y la felicidad de nuestra especie es que a la economía se la deje actuar libre de toda intervención, sin regulación alguna por parte de los gobiernos, como pensaba Quesnay y sus partidarios, los fisiócratas, autores del conocido lema “laissez faire, laissez passer”.

Mucho me alegra que su cándido optimismo de antaño fuera madurando con el tiempo, como lo demuestra claramente el que no se haya dejado seducir por las tentaciones del nepotismo del neocapitalismo, que yendo más allá del libérrimo actuar de los humanos en la economía, repiten y sostienen el pensar de Adam Smith, que afirma que el libre ejercicio de los malos impulsos de nuestra especie, como el egoísmo, la ambición y la codicia, contribuyen, alimentan y sostienen el bienestar y la felicidad de todos, por lo que no se debe tener conciencia culpable si los mismos son el motor en las prácticas económicas, en el ejercicio del libre mercado, ya que éste cuenta con una “mano inasible” que coordina, concilia y resuelve todos los problemas producidos por las contradicciones y antagonismos que puedan darse en él.

Por eso me alegra que esa maduración de su optimismo le haya llevado a adherirse, a ser uno más de los fervorosos creyentes de la perfectibilidad del género humano, del equipo de Condorcet, firmes convencidos de que la humanidad puede llevar al mundo a un orden nuevo, diferente y mejor… si así se lo propone.

Eso no es una utopía, pues cada vez más los avances constantes de la ciencia y la técnica van poniendo en las manos humanas el calcular con alto grado de probabilidad su futuro.

¿Qué lo impide que así suceda en estos días de globalidad mundial? Reflexionemos: en estos días, como nunca antes, la religión, la ley y hasta la ciencia nos dicen hasta el cansancio que todos somos iguales ante Dios, que todos tenemos los mismos derechos ante la ley, que el racismo y la discriminación son aberraciones. Eso nos dice la ciencia.

Eso se nos dice, eso creemos… pero viene la economía y nos muestra, demuestra y confirma que no es así y nos divide en ricos, menos ricos y pobres. ¿Y quiénes son los más numerosos, los que más abundan?

Y esta brutal y lamentable situación se justifica con los mismos argumentos que alimentaron el optimismo de Plotino, la teodicea cristiana, Leibnitz, Qjuesnay y Adam Smith.

Esta brutal y lamentable situación, usted dirá, respetable doctor Pangloss, si confirma o no lo que dije sobre la economía: que es una “ciencia lúgubre!

Pero me pregunto: ¿es la economía, o más bien las personas que tienen en sus manos las llaves de lamisca, las culpables de su actual dirección y resultados?

Es decir, los capitalistas del dinero, los capitalistas de la industria y los capitalistas del mercado.

Respetable doctor Pangloss, ¿qué piensa usted al respecto?

Sin más por el momento y siempre a sus órdenes.

THOMAS CARLYLE