Los Hijos

lunes, 19 de julio de 2010

MÉXICO, D.F., 14 de julio (apro).- ¡Hija! ¿Qué es eso de que te vas a tatuar, como si fueras un pirata? ¡Te lo prohíbo!... ¿Qué llevas en la oreja? ¡Los pendientes son para las viejas!... Pues muchos los llevan… No lleguen tarde… ¿No nos tienen confianza?... ¿Le hiciste un hijo?... ¿Te embarazaste?... Es que nos amamos… No entendemos a nuestros hijos… Nuestros padres no nos entienden, no comprenden que las cosas ya no son como antes…

Seguro que frases como éstas, o parecidas, estimados lectores de la presente, han sido pronunciadas por ustedes en alguna ocasión.

Imposible negar que tanto los padres como los hijos viven en tensa relación y, como siempre, los padres piensan que esa situación se debe a los hijos… Y estos a sus progenitores, lo que aumenta la mutua incomprensión y el malestar en unos y otros. En los adolescentes, en los jóvenes, se puede explicar esa situación problemática, no así en los padres. Su mayor edad y, se supone, conocimiento y sabiduría tendría que hacerlos más tolerantes hacia sus vástagos. No deberían ignorar que esa relación conflictiva con sus retoños, más que una excepción que tiene lugar en estos días, es la común y corriente que ha prevalecido en las familias por miles y miles de años.

Una prueba de ello, de que los jóvenes han constituido siempre un problema para los mayores, la tenemos en lo que de los mismos dijo, hace ya dos millares y pico, pico largo de años, el filósofo Aristóteles en su obra titulada ÉTICA NICOMAQUEA. En la misma asevera que los jóvenes de su tiempo son apasionados, insaciables y tienden a dejarse llevar por sus impulsos, especialmente los sexuales, y asegura que en este sentido no conocen la continencia. Considera que también son volubles y sus deseos inconstantes, además de transitorios y vehementes. Igualmente dice que los jóvenes de su época todo lo llevan al extremo, aun tratándose del amor, el odio y cualquier otra cosa, y se queja de que sienten que todo lo saben.

Siglos después, el padre del filósofo Séneca escribiría: “Todo el empeño de nuestros jóvenes se reduce a peinarse y rizar el cabello, extenuar la voz y suavizarla con acentos femeninos, competir con las mujeres en el cuidado de su cuerpo, en la afectación y delicadeza, en “perfumarse con ungüentos y colores”.

Como pueden ver, respetables madres, padres y adultos en general, lectores de la presente, el que los jóvenes se tiñan el cabello del color que sea, se lo ricen, se lo dejen corto, largo o se rapen; se depilen el vello de todas las partes de su cuerpo; se maquillen exagerada y hasta grotescamente; se vistan de manera estrafalaria o bien lo hagan sumariamente, mostrando, según los mayores, más de lo conveniente parte de  su cuerpo, etcétera, no tiene la menor importancia, no es novedad, es cosa vieja. ¡Qué no habré visto en mis  tantos años sobre la Tierra!

Igualmente es cosa vieja que sean apasionados e insaciables en sus deseos, e irreverentes; el que, por falta de experiencia, confundan su innato ímpetu en saber ni que quieran ponerse al mundo por montera, ni que incluso pretendan cambiarlo ¿según sus necesidades, sus sueños o sus caprichos?, pues de todo hay en la viña del Señor, como asegura el dicho.

También es cosa vieja que madres, padres y adultos en general critiquen, rechacen e incluso repriman pensamientos, palabras y acciones de los jóvenes, aunque los mismos sean contradictorios. Si cuestionan a la sociedad, por qué la cuestionan; si les es indiferente, si la misma les importa un pito, los tachan de apáticos, de insensibles; si hacen de su voluntad un papalote y lo echan a volar, para ver qué pasa sin que les importen las consecuencias, los censuran diciendo que son irresponsables, egoístas, narcisistas. En lo personal, pienso que los adultos, antes de criticar y reprimir a los jóvenes, mejor harían en estudiarlos, pues su falta de entusiasmo, resentimiento y rebeldía les aseguro que nada tiene de pueril ni de ingratitud. Recuerden lo que dijo Shakespeare: “Hay más cosas entre el cielo y la tierra de la que sospecha vuestra sabiduría…”

A mi modo de ver y pensar, y según la experiencia que he adquirido en mis tantos años sobre la Tierra, mejor sería que los adultos, comenzando por los padres y madres de los mismos, en vez de cuestionarlos e imponerles su voluntad, determinados patrones de vida, se preguntaran si lo que se les ofrece a los jóvenes es propicio para que los mismos puedan colocar y remediar sus necesidades y desarrollar sus propios deseos, creencias, principios, sentimientos y sueños, pues no vaya a ser que la dentera de los jóvenes se deba a que sus padres comieron uvas en agraz, como dice la Biblia.

Piénsenlo, creo que lo merece.

Con mi respeto y mejores deseos para todos.

EL JUDIO ERRANTE