El premio Sescosse, a quienes rescataron la catedral Metropolitana

lunes, 13 de septiembre de 2010

MÉXICO, D.F., 8 de septiembre (apro).- Creado para reconocer la labor de destacadas figuras en favor de la conservación y recuperación del patrimonio cultural monumental, el Premio Federico Sescosse 2010 fue otorgado a los ingenieros Roberto Meli y Enrique Santoyo, quienes participaron en el equipo que hace más de diez años logró el rescate de la Catedral Metropolitana, encabezado por el arquitecto Sergio Zaldívar Guerra.

El reconocimiento fue instituido en 2001 por el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (Icomos) México, como un homenaje al reconocido zacatecano Federico Sescosse Lejeune (1915-1999), quien dedicó la mayor parte de su vida a defender no sólo, pero sí principalmente, el patrimonio monumental de Zacatecas y, entre otros propósitos, logró que su centro histórico fuese declarado patrimonio cultural de la humanidad.

El historiador de arte Jorge Alberto Manrique recibió el premio la primera vez, y ha sido otorgado, entre otros personajes, al pintor Francisco Toledo y al historiador Miguel León Portilla. El premio 2009 recayó en el arquitecto Zaldívar Guerra, responsable del rescate de la Catedral Metropolitana, quien integró un equipo técnico y científico al que se sumaron Meli, como consultor estructural, y Santoyo, especialista en mecánica de suelos.

Así, Zaldívar Guerra entregó esta vez el reconocimiento a los ingenieros Meli, investigador del Instituto de Ingeniería de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y ganador también del Premio Universidad Nacional de Ciencias y Artes, y Santoyo, también investigador y profesor en la UNAM.

En su discurso, el arquitecto relata que en la última década del siglo XX se debió reconocer que el problema de los desequilibrios (hundimientos diferenciales y otros factores) en la Catedral Metropolitana no era pequeño, además de que no se tenían experiencias anteriores a las cuales apegarse.

Se estaba ante un “muy serio peligro”, por lo que él, como director del proyecto de rescate, tendría que ir más allá de las restauraciones aconsejadas por la carta de Venecia. El dilema era restituir la seguridad estructural del edificio sin demérito de sus atributos artísticos y culturales, y así fue, dice, como conoció a los ingenieros Santoyo y Meli

Tras dos años de estudios, deliberaciones y demás análisis, Santoyo --“un personaje del renacimiento, investigador y creativo”-- convenció a quienes participaban en el equipo de utilizar el método de subexcavación, para lo cual recomendó la participación de “un científico de los tamaños de Roberto Meli, para que vigilara el comportamiento de la estructura de la Catedral, el monumento más importante de América”.

Meli estuvo entonces al tanto de los efectos del método propuesto, del abatimiento del manto freático, los sismos ocasionales y otros aspectos técnicos.

Hoy, destaca Zaldívar, “ambos se han convertido en los consejeros, asesores y guías de mayor autoridad respecto de los problemas de conservación de los monumentos. Toda restauración principia por restituir las condiciones de estabilidad, no por describir la policromía”.

Cuenta también cómo el trabajo de este equipo, “que en su momento fue poco celebrado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH)”, trascendió las fronteras cuando se invitó a la Comisión Internacional de la UNESCO para el salvamento de la Torre de Pisa, que “finalmente emplearon este concepto técnico desarrollado por los ingenieros mexicanos”.

 “Debo confesar que abrigo un cierto desencanto, porque este triunfo de la ingeniería mexicana, personificado destacadamente en Roberto Meli y Enrique Santoyo, fue discretamente velado por organismos internacionales que destacaron ostensiblemente los logros de aquella Comisión de la UNESCO en el salvamento de la Torre, afectados de cierta amnesia respecto de las aportaciones de Meli y Santoyo. Le llamaron Il restauro dell secolo, mientras aquí en México la Dirección de Comunicación Social del Conaculta (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes), en el año 2000, desestimó publicar la memoria de los trabajos que le entregué personalmente”, recuerda.

 En cambio, dice, conserva recuerdos gratificantes de sus conversaciones cuando fueron a presentar a Pisa los resultados del trabajo de subexcavación, y constató que los dos ingenieros “habían sido ya definitivamente inoculados por la entrañable pasión que conlleva la restauración del patrimonio, propio, nuestro o de la humanidad”.

 Y concluye:

“Es tiempo, pues, de que empecemos a hablar de la restauración de monumentos ‘antes y después de Meli y Santoyo’.”

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