Cri-Cri en el teatro Julio Castillo

jueves, 2 de septiembre de 2010

MÉXICO, D.F., 2 de septiembre (Proceso).- En el Cerro del Chapulín, en el corazón de la Ciudad de México, es donde ha estado cantando, brincando y bailando el más famoso chapulín mexicano: Cri-Cri, El Grillito Cantor, al conjuro de los muchachos de la Compañía Nacional de Danza (CND), y el cuantioso público que acude a contemplarlo y se deleita extasiado.

Al compositor veracruzano Francisco Gabilondo Soler (1907-1990) se le conoce más por el nombre de su inolvidable personaje Cri-Cri, El Grillito Cantor. A los inicios de la radio en los años treinta, Gabilondo Soler tenía un programa dirigido al público infantil, donde él mismo contaba cuentos, cantaba y tocaba el piano. Cri-Cri era el personaje central de sus relatos, y cosa rara, que yo recuerde, no aparece en las canciones. Cuando los directivos de la XEW estaban a punto de cancelar esa emisión descubrieron que llegaban cientos de cartas de apoyo a él y se dieron cuenta de su enorme popularidad. Ese programa duró décadas al aire y encabezó la lista de preferencias del público. Las canciones de Cri-Cri, de una factura sobresaliente, pronto se hicieron famosas en México y Sudamérica.

La Compañía Nacional de Danza (CND) ideó hace tres años, seguramente con motivo del centenario del natalicio de Cri-Cri, este lúdico montaje escénico, dirigido originalmente a los niños. Pero no tardaron en descubrir que el espectáculo fascina por igual a tres generaciones del público, quienes incluso corean algunas canciones y las acompañan con palmas.

El éxito de esta propuesta se debe, sin duda, a la música de Cri-Cri y a la gracia de los integrantes de la CND, así como a la atinada coreografía de José Luis González; y a pesar de la errática iluminación, lo extraño e infuncional del vestuario y lo ridículo de los solistas masculinos que cantan en la grabación de audio. ¿Para qué grabar de nuevo los temas de Cri-Cri si ya existen unas versiones de lujo con el propio autor? O con Flavio, Plácido Domingo o Eugenia León, entre otras. Era de esperarse que usaran esas en vez de las de Eugenio Toussaint, que son impecables salvo por los mencionados cantantes que creyeron estar interpretando ópera. Y no es que canten mal, todo lo contrario, pero se salieron absolutamente del estilo. En cambio, las voces femeninas y el ensamble coral, muy bien, así como el pianista y los músicos atrilistas. Si no se van a mejorar las grabaciones de referencia, ¿para qué se hacen y utilizan éstas que movieron a risa e indignación a más de una persona del público? En el fondo, este espectáculo es un homenaje a Cri-Cri, y qué mejor que escuchar varias de las canciones, o todas, en la voz del propio Gabilondo.

El vestuario o la falta de éste la mayoría de las veces resultó “moderno fallido”; la iluminación con errores y sombras; la escenografía paupérrima: sólo dos trasnochadas escaleras, de boga en los cincuenta, como gradas de coro, que se movían y daban acomodo a los bailarines. El baile impresionante, impecable. Notable la mímica y pantomima de los integrantes de esta compañía, así como su habilidad técnica de primer nivel. A lo largo de hora y media, y sin intermedios, se disfrutan los 21 temas de Cri-Cri. Participan 80 bailarines en 16 diferentes cuadros. Todavía este fin de semana habrá presentaciones en el teatro Julio Castillo del Centro Cultural de El Bosque.

 

 

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