Bicentenario: Divididos y sin presente

miércoles, 22 de septiembre de 2010

MÉXICO, D.F., 22 de septiembre (Proceso).- Con un simulacro de fiesta celebró el presidente panista Felipe Calderón el Bicentenario de la Independencia de México. Restringida en el acceso público al acto principal –la ceremonia del Grito en el Zócalo capitalino–, y entrada en la recepción pasiva de diferentes espectáculos que se expandieron en un territorio urbano demasiado amplio, la celebración careció de los ritos y convivialidad masiva que definen el sentido de la fiesta pública: una experiencia acotada, vital y compartida, que genera la fusión de las diferentes individualidades en una identidad colectiva.
Basados en una estética convencional que, a la manera de los espectáculos internacionales de entretenimiento comercial, asimila lo asombroso a lo abundante en número, tamaño y efectos visuales, los espectáculos se distinguieron tanto por el conservadurismo de sus contenidos como por la falta de innovación en sus propuestas formales. Producidos por el australiano Ric Birch –cuya empresa Instancia Producciones firmó un contrato por 580 millones de pesos (Reforma, 16 julio 2010)–, los espectáculos consistieron en una caravana de carros alegóricos y tres espectáculos realizados en el Zócalo antes y después del Grito. A pesar de la millonaria suma que recibió Birch, en la realización de la caravana participaron numerosos voluntarios que apoyaron, bailaron, se disfrazaron y desfilaron.
Dividida en nueve temas dirigidos por el mismo número de creativos mexicanos, la caravana abordó aspectos de nuestra historia y cultura a partir, en su mayoría, de la simple presentación de estereotipos: nopales, sombreros, mariachis, juguetes populares, referencias virreinales. Carentes de interpretaciones reflexivas, algunos segmentos sobresalieron por la absurda y vergonzosa banalización de los temas tratados, entre ellos el correspondiente al pasado prehispánico y a la cultura del Día de Muertos. El primero, a cargo de la directora Alicia Sánchez, centró su atención en los tamemes que llevaban, corriendo desde Veracruz, pescado fresco a Moctezuma. El segundo, dirigido por el exdirector del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, Mario Espinosa, se concentró en una acumulación de calaveras objetuales y humanas aptas para el día de Halloween.
Excesivo en su folclorismo resultó el segmento dedicado a la diversidad cultural que dirigió Horacio Lecona; caótica y emparentada con las tradiciones chinas, se percibió la serpiente emplumada del segmento Héroes y Mitos organizado por Mónica Raya; y con demasiada influencia de las marionetas gigantes del teatro callejero francés Royal de Luxe, se desarrolló la Insurgencia y Revolución dirigida por Jorge Vargas Cortez. Este último, también responsable del horrible Coloso de poética realista-socialista que, de la autoría del escultor Juan Carlos Canfield, se armó en el Zócalo frente al público asistente.
Además de albergar al Coloso y a dos espectáculos acrobáticos, la Plaza de la Constitución fue el centro de la propuesta multimedia-lumínica del francés Christophe Berthonneau. Convencional en su formato y llamativo por la abundancia de fuegos pirotécnicos, este evento fue interesante por haber intervenido, con imágenes profanas, la fachada de la Catedral Metropolitana. Utilizada como pantalla de proyección para imágenes como el Ángel de la Independencia, el rostro de Miguel Hidalgo y el retrato de Pancho Villa, la Catedral, además de bailar virtualmente al ritmo de la música, permitió que una serpiente emplumada –Quetzalcóatl– entrara y saliera entre sus cúpulas.
Incapaz de disimular los valores de identidad parciales que comunicó, la simulada fiesta del Bicentenario confirmó: el debilitamiento social de la Iglesia y su interés por reposicionarse; la estrecha relación que existe entre ella y el Estado; el conservadurismo cultural, ignorancia artística, despilfarro y fomento a la dependencia creativa de la actual gestión gubernamental; la carencia tanto de un proyecto común de nación como de una identidad basada en el presente; y, lamentablemente, la ausencia del arte contemporáneo mexicano en el imaginario colectivo. l

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