Vargas Llosa: taurinismo colonizado

miércoles, 19 de enero de 2011

MÉXICO, D.F., 19 de enero (Proceso).- Entre los aficionados pensantes siempre es de agradecer que escritores de reconocido prestigio se ocupen de lo que va quedando de la fiesta de los toros, hace décadas a merced de taurinos con capital pero insensibles que dicen conocer el negocio y sacan provecho de ella sin expandirla, así como de una crítica acomodaticia y de una autoridad que cede cada día a las presiones del dinero y de lo políticamente correcto. 

Sin embargo, cuando Mario Vargas Llosa, flamante Premio Nobel de Literatura 2010, asistente a los festejos taurinos desde su infancia y entusiasta defensor de la tauromaquia, manifiesta sus opiniones sobre el particular, lo hace bajo una óptica que antepone el agradecimiento a España en razón de su autoexilio, de los premios recibidos en ese país y de su nacionalidad española obtenida en 1993.

A diferencia de Gabriel García Márquez, Nobel de Literatura 1982, quien no obstante acudir a plazas de toros tuvo buen cuidado de no asumirse como aficionado, o de Octavio Paz, quien hace 20 años obtuviera la misma presea y se caracterizó por su mutismo respecto del toreo, Vargas Llosa decidió defender la fiesta brava en diversas tribunas, por lo menos desde que pronunció el pregón taurino de la Feria de Sevilla 2000.

Cada domingo de Resurrección en la capital de Andalucía se lleva a cabo una ceremonia en el Teatro Lope de Vega que da inicio a la feria taurina más rumbosa del mundo, sin la afectación que caracteriza a Las Ventas de Madrid, la algarabía impertinente de Pamplona o la frivolidad autorregulatoria de la Plaza México, sino con un concepto respetuoso y una idea clara de lo que puede ser el espectáculo sin falsear su tradición. 

Empero, de unos años para acá la Junta de Gobierno de la Real Maestranza de Caballería empezó a designar pregoneros de la feria de abril no solamente a plumas españolas, sino a autores y académicos extranjeros cuya obra o simpatía se inclinase por un sevillacentrismo igual o más acusado que el de los sevillanos: un internacionalismo local y una apertura condicionada al no cuestionamiento de la fiesta ni menos a sus modalidades en naciones latinoamericanas, sino con la idea de elogiar una complacida tradición y defenderla a rajatabla, más que de cuestionarla para su eventual sobrevivencia en tiempos de extraviado humanismo.

 En el citado pregón taurino, Vargas Llosa presumía:

“El Perú ha mantenido muy viva la afición taurina que llegó con la primera oleada de conquistadores, tanto que una leyenda (…) asegura que don Francisco Pizarro, con sus setenta años y todo, mató a rejonazos el segundo torete de la primera corrida celebrada en el Perú, en 1540, en la Plaza Mayor de la Ciudad de los Reyes fundada por él. Desde entonces ha habido toros y afición por ellos en Lima, ciudad que desde 1766 (…) tiene una preciosa plaza de toros, la Plaza de Acho, la segunda más antigua del mundo, uno de los monumentos coloniales que con más donaire han resistido la usura del tiempo, los sacudones de los temblores y la vesa­nia de los urbanistas.”

Renuente a incomodar mentalidades o a analizar la añeja y deliberada dependencia taurina de España en su país natal y en el resto del continente, el novelista, conmovido por la obtención del Príncipe de Asturias en 1986, prefirió irse por la vereda del historicismo y de las evocaciones familiares. Después, con el Premio Cervantes 1994 en la mano, su taurinismo ahistórico arreció.

En su aplaudido artículo Torear y otras maldades, publicado en el periódico El País el 18 de abril de 2010, y que al mes siguiente obtuvo el III Premio Manuel Ramírez de artículos taurinos, organizado por el diario ABC de Sevilla, el escritor alardeó: 

“La fiesta de los toros no es un quehacer excéntrico y extravagante, marginal al grueso de la sociedad, practicado por minorías ínfimas. En países como España, México, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y el sur de Francia, es una antigua tradición profundamente arraigada en la cultura, una seña de identidad que ha marcado de manera indeleble el arte, la literatura, las costumbres, el folclor, y no puede ser desarraigada de manera prepotente y demagógica, por razones políticas de corto horizonte, sin lesionar profundamente los alcances de la libertad, principio rector de la cultura democrática.”

Suena bien pero no ocurre igual en la enfadosa realidad taurina del “nuevo” continente, donde acomplejadas élites criollas y tenaces empresarios prósperos organizan sus principales ferias a base de figuras españolas, a ciencia y paciencia de unas agrupaciones taurinas locales impotentes para darle un giro a la tradición –de coloniaje– “profundamente arraigada” en cada país, y de una afición habituada ya a la dependencia, reduciendo su “seña de identidad” a sumisos proveedores de plazas, ganado, público, dinero y premios a los diestros importados. 

Así, de la mitad del siglo XVI a la fecha, avalando otra forma de sometimiento, mentalidades colonizadas-acomplejadas de esos países desperdician una tradición popular taurina que de haberse estimulado habría contribuido por lo menos a su economía y a una mayor autoestima de sus pobladores, a través de más Cintrones, Girones y Rincones que enaltecieran sus orígenes en los principales ruedos del mundo. Pero también esta falta de identidad taurina suda­mericana fue omitida por Vargas Llosa en su pregón de Sevilla. 

Entre noviembre y diciembre Lima realiza la tradicional Feria del Señor de los Milagros, creada en 1946 a instancias del crítico del diario El Comercio Fausto Gastañeta, y de su sucesor Manuel Solari, “Zeñó Manué”, a quien por cierto Chabuca Granda le compuso inspirado vals. Pero ya desde principios del siglo XX desfilaban por Lima y otras capitales figuras españolas –Juan Belmonte se casó con una joven limeña– y de México, lidiando ganado español, mexicano o nacional, y en algún cartel uno o dos diestros locales para cubrir el expediente. 

En la pasada feria limeña, como ocurre desde hace 64 años, de nuevo un fugaz cuanto bochornoso primermundismo taurino fue desplegado por otro país pobre pero manirroto con los de fuera. Tres coletas peruanos tuvieron su corrida de consolación y en la novillada fue incluido el joven Diego Silveti, pero ningún matador de México, Colombia, Ecuador o Venezuela. Lo mismo ocurre en las ferias de los países mencionados, sin ánimo de integrar un mercado común taurino latinoamericano que empezara a disminuir tamaña asimetría. 

América taurina dividida y degradada por sus propias élites y a merced de toreros españoles unidos y organizados, que simplemente aprovechan la patológica postración de los cosmopolitas que siguen viviendo en el Virreinato y enviando el oro a la metrópoli. Es la torpe manera como los taurinos criollos defienden la tradición, cada día más debilitada y cuestionada, de una fiesta que además se pretende universal. 

Mientras tanto, en España explicablemente la Junta Directiva de la Mesa del Toro ha decidido organizar este año un festejo taurino de máxima importancia y un homenaje del mundo taurino, es decir de los taurinos españoles, “al escritor peruano”, en reconocimiento a su constante labor de apoyo y difusión de la fiesta como activo cultural internacional. Incluso se piensa instaurar un premio con su nombre para reconocer cada año trayectorias especialmente destacadas por su apoyo a los toros. 

Pero… ¿qué toros?, ¿en qué países?, ¿con qué características?, ¿con cuáles toreros?, ¿ante qué públicos?, ¿bajo qué circunstancias? Nada de eso inquieta al Nobel metido a taurino, quien supone que defender la fiesta de España agota la defensa y el cuestionamiento inteligente de la fiesta, saltándose a la torera peculiaridades, defectos, omisiones y explotaciones diversas en el resto de los países.

Pero pensar mal también trae consecuencias: el desempeño sin imaginación de taurinos acaudalados, la actitud especuladora y coyuntural de la crítica especializada, el cinismo o la connivencia de la autoridad y la apatía del público de los países latinoamericanos donde sobreviven las corridas de toros, así como los argumentos esgrimidos por los defensores –anónimos o famosos– y los antis –espontáneos o subvencionados–, permiten sospechar que los días de tan singular fiesta brava están contados. 

Quizá por ello en el foro El futuro de la libertad en un mundo global, celebrado en Santiago de Chile en diciembre pasado, el vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera, identificó a Mario Vargas Llosa junto con los expresidentes José María Aznar, de España, y Jorge Quiroga, de Bolivia, como “representantes de una derecha cavernaria que desprecia la democracia y aborrece la participación de los pueblos en la toma de decisiones... una derecha que añora el tutelaje, valora la presencia de fuerzas externas en el continente y no ha podido desprenderse de esa alma colonial de esclavos que cree que cualquier influencia exterior siempre será buena”.

 

*Cronista taurino

 

 

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