La crítica y la paradoja del comediante

viernes, 7 de enero de 2011

No hay en la literatura mexicana libro más comentado y menos leído que Los poetas mexicanos contemporáneos (1888), de Manuel Puga y Acal (1860-1930), que eligió el pseudónimo de Brummel no para ocultarse, sino todo lo contrario.

En realidad es una compilación de artículos a varias manos, una polémica organizada por Brummel para su mayor gloria. Consta de tres artículos en que juzga a Salvador Díaz Mirón, Manuel Gutiérrez Nájera y Juan de Dios Peza. Añade sus respuestas y las contestaciones de Puga y Acal.

 

La sentencia de muerte

 

Tuvo un efecto inmediato en Manuel José Othón, quien tras su lectura decidió no escribir nada que no hubiera visto y vivido, y una consecuencia perdurable: engendrar la creencia de que Brummel hizo este trabajo sólo para atacar Los cantos del hogar y destruir para siempre a Juan de Dios Peza. Es el único ejemplo de una crítica a dos poemas pero capaz de cubrir toda una obra y ser obedecida como casi única verdad durante más de cien años.

Peza llegó a su centenario en 1852. Ni entonces ni en 2010, a un siglo de su muerte, cambió la sentencia. José Luis Martínez, en una nota de México en la Cultura recogida en La expresión nacional (1955), desdeñó también su poesía “hogareña y simple, resignada y bondadosa que le ha ganado una extensa fama popular para quienes la poesía se mide por su capacidad para conmovernos por la vía del sentimiento, es decir por los melodramas… Puga y Acal proscribió para siempre las patéticas historias en verso de don Juan de Dios”. Martínez alabó la prosa del autor, una de las leyendas en verso, “El indio triste” y sus juicios sobre la pintura de Velasco. Eso fue todo. De la sentencia de muerte sólo han discrepado, hasta donde sabemos, Luis Miguel Aguilar en La democracia de los muertos (1989) y Raquel Huerta Nava en su conferencia de 2010.

 

Un juego de consonantes

 

Puga y Acal sintió en 1888 que la república de las letras se había transformado en monarquía, o mejor dicho: en Iglesia, llena de pontífices y sacerdotes y hasta eunucos de la Capilla Sixtina que entonaban ditirambos al santo del día o flagelaban a los disidentes y heresiarcas. Lo que llamó acaso por primera vez la Sociedad de Elogios Mutuos (término que en los cincuenta Margarita Michelena o Luis Spota o ambos transformaron en La Mafia) había arrojado a un pozo a la crítica. Brummel se propuso combatir y destruir a los monstruos que desolan las regiones del arte mexicano: “imitación, mal gusto, hinchazón, efectismo y desprecio de la retórica”, entendida como el método de escribir bien.

Analizó nada más dos composiciones de Peza “En vela” y “A Benito Juárez”, que no figuran en los Cantos del hogar (1884), “muy superiores por la inspiración y por la forma”. Le encontró falta de ideas poéticas y filosóficas y lo acusó de seguir el procedimiento de Zorrilla y Espronceda: abundancia de palabras sonoras, difuminación de las ideas, versificación que sustituye a la poesía. “Que zurcir frases sonantes/ y pergeñar con soltura/ cien renglones rimbombantes/ es juego de consonantes,/ pero no es literatura”.

La acusación más grave: ser lo que después se llamaría un poeta confesional. “La confidencia que hace de esa especie de dolores no es de lo más poético. Los poetas, lo mismo que los demás hombres, deben guardar esas confidencias para hacerlas en el seno de la intimidad y… al médico”. En suma, lo censura por confundir arte y dolor y por seguir una escuela envejecida, tan ruinosa como la momia de Ramsés.

La república de las letras

 

La república de las letras fue instituida al triunfo de la otra República (1867), la misma que condenó a muerte a Juan de Dios Peza Fernández de Córdoba (1814-1884), militar conservador, ministro de la Guerra con Miguel Miramón y con Maximiliano. Juárez le conmutó la pena por cárcel en la prisión de La Enseñanza (hoy El Colegio Nacional), destinada a los colaboracionistas, y luego por un breve destierro. Esto debe de haber afectado mucho a su hijo que sin embargo resultó un preparatoriano de la primera generación e inició su carrera junto a los liberales triunfantes.

El primer presidente fue Ignacio Manuel Altamirano, sustituido por su discípulo Justo Sierra. Enfrente de La Enseñanza está sobre el Templo Mayor el Palacio del Apartado que Tolsá edificó para ser el refugio imperial de Fernando VII.

Allí, como ministro de Instrucción Pública, don Justo controló las revistas, las editoriales, los periódicos, las becas para pintores y los cargos diplomáticos para escritores. Sin los poderes de Sierra, Enrique González Martínez ejerció el cargo intangible a partir de 1915. De 1939 a 1959 ocupó la presidencia Alfonso Reyes. De entonces hasta su muerte, Octavio Paz. El siglo XXI encontró en su lugar a Carlos Monsiváis. Ahora la gente se pregunta si existe aún la república de las letras y si están a su cargo Héctor Aguilar Camín y/o Enrique Krauze.

Contemporáneo y amigo de Sierra, Peza no gozó del favor de quienes hacían El Imparcial y la Revista Moderna. En la eterna lucha entre lo que el Renacimiento español llamó el “discreto lector” (el culto, el enterado, el selectivo) y el “infame vulgo”, Peza se convirtió en el poeta laureado y el cantor orgánico del segundo. Allí el asalto continuo de la minoría selecta no le ha quitado una sola piedra a su fortaleza.

Hace medio siglo mostrar al menos gratitud a Peza por ser el que nos reveló en la cuna y en el kínder los encantos rítmicos y seductores del verso provocaba gestos de horror y de repudio, como si uno naciera leyendo a Eliot, a Rimbaud y a Mallarmé. En esos mismos años el “discreto lector” hubiera preferido la muerte antes de ser visto comiendo tacos, tortillas y frijoles o bebiendo cubaslibres, tequilas y cerveza Corona o Sol. Esto cambió por completo, lo anterior no.

El cónsul del simbolismo

 

La ciudad soñada de los modernistas fue París, Atenas y Babilonia, templo de Afrodita y de Minerva. Gutiérrez Nájera, el más parisiense de los mexicanos, a lo más que llegó fue a asomarse al muelle de Veracruz. En cambio Puga y Acal, hijo de una familia jalisciense con recursos para enviarlo a estudiar a Francia, volvió con la superioridad de haber vivido en el lugar sagrado y con un dominio total del idioma.

A él le dirigió Gutiérrez Nájera su mejor poema, “La Duquesa Job”. Dijo haber sido amigo de Rimbaud y de Verlaine. En suma, trajo la novedad del siglo a la república. La nueva poesía era el simbolismo. Brummel iba a imponerlo en México y desterrar toda huella del españolismo representado por Peza. El “Arte poética” de Verlaine era un manifiesto y un grito de guerra: “A la elocuencia tuerce el cuello./ Ama lo breve y lo impreciso./ Para lograr siempre lo bello/ Haz de la rima peón sumiso”. Puga y Acal preparaba el modernismo mexicano al mismo tiempo que un nicaragüense de 21 años publicaba en Chile Azul, el libro fundador.

“Brummel” contra Garrick

 

Es intrigante que el afrancesado y el españolista se polaricen hoy en dos figuras inglesas: Brummel y Garrick, el dandy y (a primera vista) el payaso. Una leve indagación muestra que en 2011 el gran éxito de Peza no son sus poemas familiares sino “Reír llorando”, poema que se ha fundido con “Ríe, payaso”, el aria de Il pagliacci que compuso Ruggero Donizetti en 1892.

“Viendo a Garrik, actor de la Inglaterra…”. Pero con todo respeto y admiración por los payasos, David Garrick (1717-1779) no fue un clown, sino el más grande intérprete de su lengua en el siglo XVIII y con la misma habilidad hizo papeles cómicos y trágicos. Actor, autor, director, empresario, Garrick renovó la escena y fue amigo de los mejores de su época.

A su paso por Francia Garrick inspiró en forma indirecta un texto clásico, la Paradoxe sur le comédien (1772, publicado en 1830) de Denis Diderot (1713-1784).

El diálogo filosófico del gran enciclopedista francés tiene que ver lo mismo con las técnicas de actuación del Actors Studio que con la teoría brechtiana del distanciamiento.

En el poema de Peza la gente ríe con la comicidad de Garrick que por dentro está muriéndose de pena. La Paradoja del comediante plantea que la verosimilitud no es la verdad sino la ilusión de la verdad. El actor es grande porque sabe salir de sí mismo y juega.

(En español no existe como en francés e inglés un mismo verbo para “jugar” y “representar”). Brummel, sin saberse diderotiano, le reprocha a Peza que no “juegue”: en su sinceridad, enemiga del arte, se presenta como víctima del sufrimiento que “construye” sus versos.

El árbitro de la elegancia

 

¿Por qué el pseudónimo? Puga y Acal quiso presentarse aquí como lo que había sido Petronio en la Roma de Nerón: el arbiter elegantiarum que decidía lo elegante y lo impresentable en poesía. Londres era el centro del mundo, Inglaterra la reina de los mares y en consecuencia también de las tierras. George Brummel (1778-1846) si no inventó al menos perfeccionó y universalizó el dandismo.

Desterró las calzas y las casacas y las sustituyó por el saco y los pantalones. Impuso una manera de vestir que ha durado casi tres siglos a pesar del asalto de la informalidad (lo casual, para decirlo en nuestra moderna lengua, el neospanish) y lo que Monsiváis llamó el maoísmo de la mezclilla. Nada de pelucas ni talco en la cara ni sombreros de tres picos. Abolió el perfume e impuso la limpieza diaria. (Luis XV no se bañó jamás e Isabel II de España, al levantar un poco su falda en una zapatería de París, provocó la muerte instantánea del hombre que la atendía pues la reina nunca se había aseado.)

Brummel tuvo la amistad y la protección del zanganísimo príncipe de Gales, el futuro Jorge IV, que dejó a su primer ministro Lord Liverpool ganar la guerra napoleónica mientras él pensaba en la inmortalidad del cangrejo. Brummel recibió una dote de 30,000 libras y una casa en Mayfar. Era el encanto de todos los salones. No hay diversión sin víctimas y su afilada lengua jocosa acumuló resentimientos que un día estallaron. El príncipe le retiró su protección. En deuda siempre por vivir más allá de sus recursos y ser un jugador compulsivo, Brummel tuvo que huir a Francia. Fue a la cárcel y salió de ella como remedo de sí mismo. Vestía como un clochard y estaba sucio como una cloaca. El dandy primigenio, el árbitro de la elegancia terminó entre las inmundicias de un asilo para indigentes.

El adolescente Salvador Novo nunca le perdonó al Brummel mexicano que hubiera destrozado a sus ídolos infantiles. Hizo un poema triste, “El primer odio” en Espejo (1933) y en privado contaba que como estudiante de la Preparatoria veía al apuesto y elegante autor de Los poetas mexicanos contemporáneos transformado, quién no, en un anciano obeso y alcohólico a quien apodaban “Pulque y mezcal”. Hay que rescatar a Peza y también a la voluntad de Brummel de hacer la siempre necesaria y venturosa crítica.

(*) Este texto se publica en la edición 1783 de la revista Proceso, ya en circulación.