Exige Solalinde a Peña frenar la "tragedia humanitaria"

jueves, 5 de junio de 2014
APIZACO, Tlax. (apro-cimac).- A su paso por el albergue “La Sagrada Familia” de esta ciudad, la Caravana por el Diálogo Migrante, que encabeza el sacerdote y activista Alejandro Solalinde, exigió al gobierno mexicano soluciones para abatir lo que llamó una “tragedia humanitaria”. En esta pequeña urbe tlaxcalteca de 76 mil 492 habitantes transitan alrededor de 2 mil 500 migrantes cada año. En el albergue “La Sagrada Familia”, voluntarias o religiosos ofrecen techo y comida a los indocumentados que llegan ahí para reponerse del viaje mientras deciden su rumbo. En su afán de llegar a Texas, Estados Unidos, los migrantes deben pasar por Apizaco, paso obligado del tren de carga que va de Coatzacoalcos, Veracruz, hacia Huehuetoca, Estado de México. A partir de 2012, justo frente al albergue, la empresa ferroviaria Ferrosur colocó barreras de concreto verticales para evitar el ascenso y descenso de personas. “Una trampa mortal”, dice Solalinde Guerra, coordinador del albergue “Hermanos en el Camino”, localizado en Ixtepec, Oaxaca. De acuerdo con la organización civil Por una Migración sin Fronteras, 60% de quienes llegan al albergue de esta localidad tlaxcalteca han sufrido golpes por los postes de cemento, y precisamente una de las exigencias de la Caravana compuesta por 60 personas (26 mujeres, 11 niñas y niños y 23 hombres) de Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua, es que se retiren por lo menos aquellos que se encuentran en los 300 metros alrededor de “La Sagrada Familia”. Las historias de los migrantes se repiten decenas de veces: huyen de la pobreza y la violencia de sus comunidades, buscan otros horizontes y “darles lo mejor” a sus hijos. Pronto el sueño se convierte en pesadilla. Al entrar en territorio mexicano, las mujeres migrantes son víctimas de robo, extorsión o secuestro. Para abordar el tren hay que pagar 100 dólares (cerca de mil 300 pesos mexicanos), y si no los tienen se arriesgan a ser “macheteadas” o tiradas del tren por integrantes del crimen organizado. Las mujeres, quienes de por sí escapan de algún tipo de violencia en sus lugares de origen, también se exponen al abuso o explotación sexual. En el caso de las migrantes transgénero, que huyen de la discriminación en sus países, afrontan la misma problemática en México. Después de recorrer 600 kilómetros desde Ixtepec, Oaxaca, la Caravana arribó en la madrugada a esta ciudad. La noche devora el cansancio en una noche fresca, casi fría. Los migrantes salieron el pasado 25 de mayo de Palenque, Chiapas, pero en Coatzacoalcos, Veracruz, quedaron varados y acosados por la delincuencia organizada. A falta de condiciones de seguridad, la Caravana se disolvió y sólo algunos indocumentados lograron llegar hasta Apizaco por sus propios medios. Amanece. Los migrantes esperan ser escuchados. Y, a pesar de las prisas, hay tiempo para que algunas “trans” se maquillen y alisten su discurso. Reunidas en círculo, las mujeres escuchan atentas a una voluntaria, quien les recuerda que están en Tlaxcala, uno de los estados donde operan con mayor impunidad las redes de trata de personas. La mayoría de las migrantes son hondureñas. Dicen que han vivido violencia doméstica: “El papá de mi hijo me intentó matar”. La activista revira: “Esa es violencia feminicida”. Todas han padecido violencia económica. Muchas decidieron traer a sus hijas e hijos, pero la mayoría tuvo que dejarlos en sus países. Tres de las migrantes que llegaron hasta aquí están embarazadas… y sólo cargan consigo una pequeña mochila, algunos temores y muchas esperanzas. Casi todas quieren hablar, pero la reunión con el diputado local encargado de Asuntos Migratorios del Congreso tlaxcalteca, Santiago Sesín Maldonado, dura menos de hora y media. Alzar la voz “Migramos por necesidad, por vivir en la pobreza. Venimos acá sufriendo en el camino, en el tren, el dejar a nuestras familias, pero más sufrimos al no tener nada en nuestras mesas para darles de comer”, dice clara y pausadamente Paulina Quiñones, madre soltera con 21 años recién cumplidos en el viaje. La joven, la quinta de seis hermanos, tuvo que dejar Tegucigalpa, capital de Honduras, y a su hija de tres años. Ella ha atravesado dos fronteras. Más bien, dos fronteras “la han atravesado”. Éste es su segundo intento para llegar a EU. La primera vez fue deportada. Hoy llegó más lejos. A punto de ser violada por un policía municipal, relata: “Me dijo que no me violaba porque traía mil 500 pesos que me quitó, pero si no los hubiera traído...”. Desde la frontera del Naranjo, Paulina caminó cuatro días, durmió en una piedra, pasó sed, hambre y frío para llegar a Tenosique, Tabasco. Cuenta que “Migración” amenaza con multar a taxistas o autobuses para evitar que los migrantes tomen el transporte y avancen en su camino. Después de abordar “La Bestia” (el tren de carga que desde la frontera sur recorre el Golfo de México en dirección a EU) de Tenosique a Arriaga, Chiapas, la hondureña por fin llegó al albergue “Hermanos en el Camino” de Ixtepec, Oaxaca. Fue lo peor hasta el momento: “Imagínate, en el tren vas con muchos hombres, no sabes si pueden abusar de ti entre cuatro o cinco”, cuenta Paulina con los ojos llenos de lágrimas. Y se da fuerza porque ahora funge como vocera de las mujeres de la Caravana. “Decidí alzar la voz después de escuchar tantas historias de las mujeres en el albergue (...) Parece que tenemos algunas ventajas, pero no es así (…) Hablo por las que tienen miedo, por las que han perdido algún miembro de su cuerpo en el camino, por las que ha sido violadas, las que han sido asesinadas”. La Caravana por el Diálogo llegó esta semana a la Ciudad de México para intentar reunirse con los representantes consulares de Guatemala, El Salvador y Honduras, con el objetivo de atacar las causas de la migración irregular. Al encuentro de ayer sólo acudieron Rigoberto López Orellana, representante de Honduras, y Luis Caravantes Palacios, de El Salvador. Los diplomáticos de Nicaragua y Guatemala no asistieron. Esta tarde los migrantes se reunieron con miembros del Senado y posteriormente con organismos internacionales y representantes de la Iglesia católica. En el recinto legislativo, salvadoreños, hondureños, guatemaltecos y nicaragüenses expusieron su dolor, angustia, sufrimiento y el terror que viven al cruzar por México en su camino hacia Estados Unidos, y demandaron seguridad humana. Presentaron testimonios desgarradores, como los definió la propia senadora panista Mariana Gómez del Campo. Emerson Javier Arias de Honduras sostuvo en el Senado: “Quiero compartir lo que sucedió en el tren de Tenosique a Coatzacoalcos, se suben muchos maras a robarnos las pertenencias. 'Lo más picante' fue el trayecto de la Chontalpa a Coatzacoalcos, suben pandilleros y antes de entrar a Coatza, el tren se para. Los maquinistas se prestan, se venden a los pandilleros. Se suben a robarnos”.