Ruta Zócalo-San Simón

viernes, 2 de julio de 2010

MÉXICO, D.F., 2 de julio.- Más allá de la vaciedad fingida con la que se ufanan quienes sirvieron con recurrencia (llegará el momento en el que empiecen a brincar con furia) de materia prima al maestro de la ironía más aguda y ácida que he conocido en mi vida, Carlos Monsiváis tenía un perfecto círculo vital y de seguridad irremplazable para su existencia: la calle San Simón, en la colonia Portales.

En esa calle vivió los años prolíficos de su vida, y en ella lo conocí cuando ocupé un departamento a una cuadra de su casa. Como éramos vecinos, solía pasar por él para llevarlo a las reuniones con académicos y estudiantes durante el movimiento del Consejo Estudiantil Universitario (CEU) de la UNAM en los ochenta, y en todos los trayectos se asumía como un periodista nato porque sólo preguntaba. 

Cuando no lo hacía, soltaba irreverentes metáforas o frases dobles de triple sentido. Así nos hicimos amigos, como muchos, con todo y que en las reuniones nunca participaba, a pesar de que anhelábamos que Carlos fuera el referente de conclusión de las largas peroratas; lo que más nos sorprendía es que nunca lo veíamos tomar notas. Sin embargo, su presencia se hacía indispensable porque, así lo sentíamos, al final su voz nos podía hacer visibles, aunque no existiéramos.

Cuando había gente asediándolo en su casa, se metía a mi departamento. Leía lo que encontraba en mi biblioteca y cuando lo creía prudente, se iba. Me lo encontraba también caminando rumbo a Tlalpan, para tomar un taxi o el metro Portales, porque no tenía otro remedio que caminar como hijo natural del barrio del cual se sentía enormemente orgulloso. Cuando por razones familiares tuve que cambiar de residencia, a la primera comunicación telefónica que tuve con él, me dijo seco, sin decir ni bueno, ni hola, así: “traidor del barrio”. Habíamos estado juntos por esos rumbos 11 años.

Desde entonces, Carlos fue el referente asiduo, pero a menudo inalcanzable, para la firma del desplegado o de la carta al lector que creíamos fundamental para la causa, para su presencia requerida en tal o cual mitin, en los eventos académicos o culturales, en las marchas, en los proyectos nacionales o internacionales, en los encuentros en otros lugares, en las tertulias, en las comidas. Llegó a ser como para “iniciados” estar con él en esa casa de San Simón, tan llena de papeles, libros, muñequitos, pelos y olores de gato.

En una ocasión, Carlos me habló de la situación que padecía el maestro Othón Salazar. Era increíble la manera como seguía y tenía presente el estado y la condición de los luchadores sociales de todo el país. Le preocupaba la salud en extremo deteriorada del maestro, por lo que acordamos conjuntar esfuerzos con otros tantos colegas, para ayudarlo a soportar la ingrata condición en la que vivía, sobre todo porque desde el poder se le había quitado su plaza de maestro, y no había afrenta mayor para él. Quienes se la negaron y se la renegaron lo saben perfectamente; la última en hacerlo ocupa hoy la coordinación de su bancada en la Cámara de Diputados.

Hay un libro que estuvimos construyendo desde la Secretaría de Educación del GDF: Historia de los movimientos sociales de la Ciudad de México. Ojalá se edite este mismo año, como tenía pensado él. En las conversaciones que sostuvimos, él delineó este trabajo monumental. Nos propuso comenzar en 1906 con la organización de los anarquistas magonistas en la ciudad, pasando por las misas clandestinas, los acontecimientos populares durante la Revolución, la organización de la derecha nazi, las decenas de demostraciones claves de la época, y darle su merecido lugar a los movimientos ferrocarrilero, de maestros, de electricistas, de estudiantes (68/71), para culminar con el plantón contra el fraude electoral de 2006. 

Cien años, el mejor motivo de un centenario popular. El eje de los trabajos, por autor, que están prácticamente culminados, era uno: el zócalo de la Ciudad de México, el corazón de lo que puede hacer o no visible cualquier movimiento nacional. Su publicación será otro motivo para seguir con él, siempre.

Porque para Carlos había, me corrijo, no uno sino dos lugares emblemáticos para sus disquisiciones de vida: San Simón y el Zócalo. Después de su calle, no había otro lugar en el mundo tan expresivo como el Zócalo de la Ciudad de México. De allí hacia fuera, todo era apenas unos cuantos círculos concéntricos.

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