El arte vacío se disipa

jueves, 1 de diciembre de 2011
MÉXICO, D.F. (Proceso).- 1. Dentro del edificio de la prestigiosa casa de subastas Sotheby’s sucedía este 17 de noviembre la subasta anual de arte latinoamericano. Un Diego Rivera se subastaba entre un público ávido y las paletas subían, bajaban, algunas volvían a subir, en cada ronda unas cuantas menos, mientras se escalaba a un precio climático por la obra del pintor, hasta hace unos meses mejor conocido en esta ciudad de Nueva York como “el esposo de Frida Kahlo”. En tanto, en la acera opuesta del edificio, una decena de neoyorkinos, empleados despedidos por la subastadora en un reciente recorte de personal,  desfilaban con pancartas, en las que sobresalía el retrato de Rivera. La más memorable exponía, rotulado sobre el retrato: “Rivera was for all workers”. Y en los umbrales del mismo edificio, varios policías con macanas equilibraban su peso entre una pierna y luego la otra, en espera de la anunciada irrupción de ocupas en la subasta. Rivera infecta a La Gran Manzana. El Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York (MoMa), presenta, también desde este noviembre y hasta mayo del año siguiente, la exposición retrospectiva del muralista mexicano, por la misma razón que a unas cuadras los ocupas acampan en el Parque Zuccotti, a pesar de que fueron desalojados hace tres semanas, supuestamente para limpiar el sitio, y más probablemente para desalentar su ocupación. Paul Jackson, director del departamento de comunicaciones de MoMa, lo explica así: “La crisis económica actual fue la razón principal para montar una exposición de Rivera. Rivera es un modelo para el presente. Fue capaz de comunicar a las masas valores sociales colectivos en tiempos de crisis”. Algo está pasando en la cultura. Algo está migrando a través de ella y surgirá como arte social y político. No idéntico al arte de Rivera, desde luego, pero tocado por las mismas intenciones: movilizar las conciencias a la acción. 2. ¿Cuántos años lleva Occidente esforzándose por no hacer arte político? Esforzándose por no incomodar ni con el pétalo de una rosa a la elite de ricos que fondea los museos. Los mismos años que los museos de las grandes metrópolis de las democracias capitalistas se han desestatizado total o parcialmente y dependen de patronos ricos, no casualmente los únicos que pueden comprar el arte actual. Dos décadas, aproximadamente. Vasos comunicantes: los ricos han estado comprando el arte que les complace, o por lo menos no los irrita, y luego lo han estado valuando a precios exorbitantes en sus museos. Una transacción gano y vuelvo a ganar, diría un financiero de Wall Street. En el año 2007, en una entrevista a Spencer Tunik, le pregunté si sus fotografías de cientos de personas desnudas en lugares públicos tenían una intención social. Si eran una invitación a algo. “A nada”, respondió sonriendo. “¿Y qué significan?” “Nada. Me gusta el color rosa de las pieles, las formas redondas de los muslos y las nalgas y las cabezas”. “¿No son una invitación a la libertad del cuerpo?”, insistí en traspasar su superficialidad.  “¿No son un reclamo de más erotismo y menos represión en la vida pública?” “No. No. No”: lo afirmó espantado. “Mi sobrino se desnudó para una de tus fotos”, le conté, “y dice que ha sido una de las experiencias más poderosas que ha tenido. Se sintió liberado. Se acordó que desnudo es igual a cualquiera”. “Go figure”, dijo Tunik encogiendo los hombros. “Y si no son políticas”, volví a retar su ligereza, “¿por qué crees que el periódico La Jornada, una publicación de izquierda, le dio la portada a tu foto de mexican@s desnud@s en el Zócalo de la capital del país?” “Les gustó la foto”, contestó. “Qué groovy”, añadió. Esa noche en el Museo Tamayo lo reencontré en una exposición y le dije lo que pensaba. “Tus fotos despiertan mucho más intelectualmente de lo que te atreves a comprender”. Fue muy cándido al replicarme: “Groovy. Pero si mis fotos en serio dijeran algo político, no podría exponer en ningún museo de prestigio internacional. Decir algo con tu arte, hoy no es groovy”. Y sí, durante dos décadas no ha sido groovy expresar la dimensión social en la plástica, salvo honrosas excepciones. Ya incitar al cambio de lo social con una imagen o una experiencia sensual, ha sido calificado de pornografía para las masas. Así lo expresa Damien Hirst, el artista plástico vivo más caro del mundo, autor de célebres tiburones y corderos sumergidos en estanques llenos de formol y de calaveras forradas de diamantes: “El arte (en nuestra época) es lo que hace un artista reconocido como artista”. O bien: el arte es lo que no sirve para nada, sino para ser colocado en el sitio donde se supone que va una cosa llamada arte. O bien: el arte es lo que cuesta como si fuera arte. El arte vacío. El arte premeditadamente hueco. O bien y en suma: el arte de no molestar a los multimillonarios que compran el arte y fondean los museos de arte. 3. Pero algo está, oh sí, cambiando en la cultura, ahora que los Ocupas y los Indignados y los Anónimos están creando imágenes y frases que capturan el descontento social. Las más memorables a mi parecer y por lo pronto, aparecen en las pancartas de las ocupaciones de espacios públicos. En Nueva York, tres pancartas que se han vuelto icónicas: “Somos el 99%”. “El 1% se come la mitad del pastel”. “Tú me importas”. En México, dos carteles pegados a la acera frente a la Bolsa de Valores y protegidos con micas transparentes: “Antes de pisarme, léeme”, “Me mataron los sueños, entonces desperté”. En Tel Aviv otra pancarta: “El triunfo es habernos reunido”. O el happening ocurrido en el Congreso de Chile: cuatro muchachas en falda escocesa de preparatoria se subieron a la mesa enmantelada en fieltro verde alrededor de la cual conferenciaban ceñudos congresistas y permanecieron ahí de pie, aburridas, mientras los viejos señores continuaban su discusión através de sus calcetas blancas: la fotografía dio la vuelta al mundo. Rivera estaría complacido y muy pocos extrañarán el arte del vacío, sus cajas vacías, sus corderos en formol, sus perros gigantes recubiertos de margaritas, las sonrisas bobaliconas que despiertan en el público perplejo. El vacío fue su vocación y se disipará sin dejar siquiera el trazo de una nostalgia. Cabe la pregunta: y si el arte vuelve a ser para los muchos, ¿quién pagará ese arte? No es casual que sea la misma pregunta que se hacen los editores de libros y los grandes estudios de cine al ver que millones de personas están bajando del Internet de forma gratuita libros y películas. Quién sabe, pero a qué detenerse en detalles insignificantes como el dinero si se trata de regresar la cultura a los muchos.

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