La caravana del consuelo

miércoles, 8 de junio de 2011
TORREÓN, Coah.- (apro).- Después de cinco años de silencio, después de 40 mil muertos y 10 mil desaparecidos, después de un periodo de silencio ominoso en las plazas publicas por donde cruzó la Caravana por la Paz, comenzaron a salir cientos de familias de víctimas  para demandar justicia y denunciar la colusión de autoridades y el crimen organizado quienes se han adueñado de varias zonas del norte del país. Desde que la Caravana partió de Cuernavaca, Morelos, con una parada en la ciudad de México, no ha habido una sola plaza, un solo sitio donde no brote una historia dolorosa de muertes violentas, ejecuciones, desapariciones, secuestros o extorsiones por parte del crimen organizado y de policías corruptos. Lo mismo pasó en Morelia que en San Luis Potosí, Zacatecas, Saltillo, Durango y Monterrey. En todas esas ciudades, la mayoría de las personas que suben al templete a dar su testimonio sobre un hecho de violencia son mujeres: esposas, madres, hermanas, amigas que, valientemente, dan la cara y prometen no abandonar a sus muertos o desaparecidos. Las mujeres de todas las edades son las que van y vienen, las que deambulan en oficinas y anfiteatros, las que marchan en las calles y llevan a sus hijos, hijas, esposas a cuestas exigiendo justicia. Más que una catarsis, lo que ellas y las familias de las victimas han encontrado en la Caravana es el consuelo de no sentirse solas, de no sentirse ninguneadas por las autoridades ni por la gente misma que en las calles les gritan que no quieren saber nada de sus esposos, hermanos o hijos e hijas asesinados o desaparecidos desde que Felipe Caldero declaró la guerra al narcotráfico. En Durango y Monterrey, cientos de personas esperaron horas la llegada del contingente para tomar el micrófono y gritar "ya basta" de sangre, de olvido y abandono, de desidia oficial, de engaños y mentiras de los gobiernos. Otros más, aguardaron para marchar por la noche en sus calles arrebatadas por la violencia y gritar el dolor contenido por años de impunidad. No pocas personas han gritado, suplicado, a cielo abierto, que quieren a sus familiares vivos y, encarando a los políticos y gobernantes, cuestionan: "Calderón, ¿qué sentirías si te matan o desaparecen un hijo?" Por su paso, la caravana ha visibilizado a las victimas que nadie quiere ver, menos los gobiernos y partidos políticos metidos en su lucha de poder y de privilegios. No ha habido un solo lugar donde no cuestionen la apatía y la lejanía de gobernantes y políticos. "Nomas cobran", se quejan y por ello exigen su renuncia. La esperanza de encontrar a sus familiares no los abandona a pesar de que en algunos casos tienen años de no verlos. Les dicen que en la mesa de sus casas tienen su silla, su plato y su vaso listos para cuando regresen. Les dicen que sus hijos los esperan todas las noches y que nunca, jamás los van a abandonar. Olga Reyes, una de las más agraviadas por la violencia –seis de sus familiares han sido asesinados--, es una de las mujeres que ha gritado su dolor en cada plaza en que se detiene la Caravana. Critica a las autoridades, invita a la ciudadanía a no quedarse en sus casas a esperar a que les toque la muerte. Los convoca a salir de sus casas, a vencer el miedo, hablar y luchar, alzar la voz "contra este gobierno que nos esta matando a nuestros hijos, que, dice, son el futuro". Javier Sicilia ha recibido el apoyo de la sociedad en cada plaza. Lo ven con respeto y cariño. "Es un hombre sensible, que no se esconde cuando llora, que habla con el corazón", ha dicho Julián Le Baron cada vez que sube al templete a hablar en las plazas publicas. La Caravana está reafirmando una verdad que el gobierno no quiere reconocer, el país está lleno de muertos producto del error de haber declarado la guerra contra el crimen organizado sin una estrategia mas que la violencia. "Te queremos de regreso a casa" dijeron las mujeres en busca de sus desaparecidos. "Queremos justicia" gritaron en Coahuila, Monterrey, Michoacán, Morelos, Chihuahua, San Luis Potosí y en las carreteras por donde pasaba la Caravana que el poeta ha llamado del “consuelo” y que, para muchas familias, se convirtió en una esperanza ante el silencio y la incapacidad de los gobiernos.