Hablar, escribir, callar

domingo, 1 de mayo de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Hace muchos años le escuché decir al escritor colombiano Fernando Vallejo una frase que me congeló: –La literatura es más que el cine porque con palabras podemos decir “eternidad”. Con imágenes, nunca. Las palabras pueden nombrar lo que no existe y, con suerte, a veces, sustituyen a la horrenda realidad. Eso es lo que celebramos cuando nos acordamos del idioma que, en estos días, tiene su fiesta en la conmemoración de una más de las muertes de Cervantes. Todo en ello apunta a lo inexistente: ni Cervantes murió un 23 de abril ni el calendario que se usaba en tiempos de Shakespeare coincide con la fecha, pero ése es justo el punto. El lenguaje, en la lista que de sus temas hace Claudio Magris, nos permite hacer surgir un mundo donde de verdad sabemos lo que es: “El amor, el coraje, la lealtad, la pasión erótica, la piedad, el delirio, el miedo, la traición, la infamia, la exigencia de justicia, la búsqueda y el rechazo de Dios”. Es el lenguaje el que los hace existir y cada idioma tiene su peculiar forma de hacerlos que surjan. La del español tiene que ver con los conejos. Sabemos por Antonio Alatorre que el español nace en Hispania, “tierra de conejos” para los fenicios y los cartagineses. Muy probablemente “conejo” es la primera palabra que el latín convierte en “cunículus” por lo menos un siglo antes de Cristo. Eso es lo que dice Plinio El Viejo. Nuestro idioma, mezcla de fenicios, celtas, africanos del norte y romanos, pone al mundo ante mundos nuevos: lo esdrújulo, que le da un énfasis, una contundencia única; el uso de los géneros “la” y “él” y de los estados únicos de “ser” y estar”; y los diminutivos. Occidente se beneficia desde entonces –un poco más de hace mil años– de un mundo nuevo, el del español, que es capaz de crear sonidos tan característicos como “gorra”, “chaparro”, “peñasco”, “mujeriego”, “páramo”, pero también de una idea de lo inexistente, donde caben lo exagerado y lo disminuido. Esa teatralidad del español quizás explica por qué la frase de Quevedo tuvo tanta suerte en el imaginario mundial: “El inglés es para hablar de negocios. El francés para el amor. Y el español es para los que quieren hablar con Dios”. Es decir, para los que hablan solos. “Ser” y “estar”, por ejemplo, que tanto trabajo le cuestan a quienes no viven dentro del idioma, nos habla de cierta tendencia a pensar en que podemos habitar un mundo sin tener una presencia física. Ángeles y fantasmas, pero también tiempos extraños como “habría” –más lo que pudo ser que lo que puede demostrarse– o el tan mexicano “ahorita”, se explican sólo encapsulados en la red de ese mundo. De igual forma, el español es el de lo grandioso y lo pequeño: la esdrújula enfática y el diminutivo. Una historia que fascinó a Herodoto y que terminó por describir a un personaje, Hércules, que parte con sus brazos a dos continentes en Gibraltar: Europa y África, pero que también se ve enfrascado en el robo de unas manzanas. Nada más cervantino que la descomunal aventura de El Quijote y los jiotes reales de Dulcinea. Lo extraordinario y su precariedad. Eso es el español como el mundo inexistente que surge cada vez que lo hablamos: se puede ser sin estar. El quijotismo, no es una locura común a ningún otro idioma porque es el lenguaje –las novelas de caballería– las que fraguan un territorio en el que conviven insectos que pueden ser ángeles. Basta con nombrarlos. Siempre me han llamado la atención otros dos asombros de mi idioma, el sonido de la “jota” –que en latín no existe–, y la “hache” silente, dos letras del alfabeto que se pueden desatar en palabras, más que simples sonidos. La primera, por supuesto, es heredera de lo enfático. La segunda, de lo pequeño. En medio de esos dos continentes lucha la “equis” de México, la de los brazos de Hércules dividiendo dos torres. La “hache” silente es quizás el origen de todo lenguaje. Como en la letra hebrea aleph, la primera palabra no es un sonido sino la respiración para producirla. Me gusta pensar que todo lenguaje vivido esconde uno olvidado. Los que hablamos español los recuperamos a todos –a los carpetanos, a los tarsisenses, pueblos perdidos de la península que albergó a los conejos– cuando no pronunciamos la “hache”, el nombre de los que nos precedieron. La “hache” es el suspiro, la inhalación de un espíritu que, sin ser, está. Es, también, el mito griego que origina toda escritura. Nos dice Ovidio que una nube poseyó a una ninfa. La nube, por supuesto, era el ganoso de Zeus que, tratando de esconder a su amante de la mirada de su esposa, la convierte en una vaca. Pero, ya en esa metamorfosis, la ninfa es atada y no puede hablar. Escapa. Trata de pedirle ayuda a su padre, el dios del río, pero no logra llamar su atención. Entonces, con la pezuña escribe dos letras: “Io”. Yo. Así, la escritura es un remedio contra el silencio de todo lo que nos precede pero también una afirmación de la propia vida. La vaca escapa a la transformación que la anula sólo mediante la palabra que garabatea con su pata. Ella sabe que, en el momento en que el dios del río se acerque a rescatarla será en forma de un arroyo de agua sobre la arena. Sabe que “Io” será para siempre borrada.

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