Opinión

Donald Trump, un príncipe que se hizo temer

En sólo cuatro años, por sus acciones, al parecer imprevistas y fuera de toda lógica, se hizo temer de propios y extraños. Lo inesperado y fuera de toda lógica es lo que tiene atemorizados a unos y a otros. Es un estilo no conocido de gobernar.
martes, 24 de noviembre de 2020

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- “Y los hombres tienen menos miedo de ofender a uno que se hace amar que a uno que se hace temer: ...” (N. Maquiavelo, De principatibus, XVII, 12.)

En 1923, antes de producirse la rebelión conocida como “Delahuertista”, algunos generales del Ejército mexicano se comprometieron a apoyar en su intentona al rebelde Adolfo de la Huerta. Al producirse la rebelión, algunos de esos generales olvidaron su compromiso; apoyaron al presidente en ejercicio: Álvaro Obregón. Al reclamarle a uno de esos generales su traición, éste se limitó a contestar: “No había más que una alternativa: Si Fito (así le decían a Adolfo de la Huerta) triunfa, como es bueno, me perdona; pero si el “Manco” (así le decían a Álvaro Obregón) resulta victorioso, me fusila”.

A pesar de tener una mano, la que tenía era pesada. En su tiempo todos les temían: a Obregón y a su mano.

Los que escribimos tenemos la pretensión de convertirnos en consejeros de todo mundo, incluyendo al presidente de la República, los gobernadores, secretarios de Estado, directores de paraestatales y fiscales. Vamos más allá: pretendemos saber de todo y, por ello, opinamos de todo. Somos irresponsables y no lo reconocemos.

Por el hecho de haber oído un rumor o, en el mejor de los casos, de haber recibido un chisme, partimos del supuesto de que estamos mejor informados que todos ellos. Pasamos por alto que esos funcionarios, en teoría, por razón de sus cargos, cuentan con información privilegiada y con el asesoramiento de especialistas en cada una de las materias.

Los “opinadores” nos sentimos defraudados y ofendidos cuando quienes ocupan los cargos públicos no actúan de acuerdo con nuestros consejos u opiniones.

Cuando las cosas les salen mal a los titulares del poder, de las muchas opiniones que se emitieron en los medios, aquel que le atinó en la solución o que se anticipó al problema, no tarda en untarle a los servidores públicos su superioridad y lo fundado de su opinión.

Como “opinadores” pasamos por alto las veces que aconsejamos u opinamos algo que fue equivocado. Cuando esto pasa, nos quedamos callados y esperamos que nadie o pocos lo recuerden. Actuamos irresponsablemente y lo digo en todos los sentidos, incluyendo el de que nadie puede exigirnos responsabilidad por lo que aconsejamos. La libertad de prensa es un manto muy generoso que nos pone a salvo de responsabilidad.

Al final de cuentas debemos reconocer que somos simples “opinadores” de todo y que lo hacemos más siguiendo nuestra intuición o sentido de la irresponsabilidad. Somos imprudentes por naturaleza.

Por todo lo anterior, si somos honestos, deberíamos decir: señores servidores públicos adopten por sí las decisiones que su leal saber y entender les indiquen y que consideren que son las apropiadas y, si al hacerlo oyen la opinión de los especialistas, mejor.

AMLO ha sido criticado, hasta el cansancio, por no haber reconocido la victoria de Joe Biden en el pasado proceso electoral. Le han dicho de todo. Han puesto como ejemplo la premura u oportunidad con la que lo han hecho otros jefes de Estado. Les preocupa su omisión; le untan su incompetencia y, en el mejor de los casos, su inexperiencia.

Pudieran tener razón. Pero pasan por alto algunas circunstancias: que lo que aconsejan los “opinadores” no tiene repercusión en lo interno ni en lo externo. En cambio, las acciones u omisiones del presidente de la República nos afectan o benefician a todos. Quienes hasta la fecha han reconocido a Biden, o se pueden defender militar o económicamente por sí mismos, o no tienen a millones de conciudadanos viviendo, legal o ilegalmente, en los Estados Unidos de América; una dependencia económica tan directa e importante, ni una frontera común de más de 3 mil kilómetros.

Cuando vi la actuación de nuestro presidente de la República, me dije: por algo lo hará. Él cuenta con más y mejor información que yo y que muchos. También recordé la que es la naturaleza del poder. Sobre esto quiero abundar un poco. Lo que expongo no es nada original. Me limitó a recordar lo que decía alguien que sí sabía del tema.

Maquiavelo refiere lo siguiente: “En cuanto hubo capturado el duque la Romaña, ... aquella provincia estaba llena de latrocinios, de riñas y de toda clase de insolencias, juzgó que era necesario, si quería tornarla pacífica y obediente al brazo real, darle un bueno gobierno. Para ello puso al frente a micer Ramiro de Orco, hombre cruel y expedito, a quien dio amplísimo poder. Éste, en poco tiempo, la tornó pacífica y unida, con grandísima reputación. Después juzgó el duque que no era necesaria tan excesiva autoridad, porque temía que se volviese odiosa, ... Y puesto que conocía que el pasado rigor le había generado algún odio, para apaciguar los ánimos de aquellos pueblos y ganárselos del todo, quiso mostrar que, si alguna crueldad se había cometido, no provenía de él, sino de la acerba naturaleza del ministro. Y tomando de esto ocasión, una mañana lo hizo, en Ceseña, exponer partido en dos pedazos, en la plaza, con un leño y un cuchillo ensangrentado al lado. (De principatibus, VII, 24 a 27 y 29 y 30.)

Lo que Maquiavelo refiere no fue de oídas o porque se lo hubieran contado; él, como representante diplomático de la república de Florencia ante el duque Valentino o César Borgia, fue testigo de los hechos.

El mismo Maquiavelo comenta que el duque Valentino, a base de hacerse temer, en un plazo de cinco años, a la muerte de su padre el papa Alejandro VI, que había sido la causa de su engrandecimiento, encontrándose él moribundo, quienes estaban bajo su dominio no se rebelaron a pesar de verlo en desgracia.

Por eso Maquiavelo comenta: “Nace de esto una disputa; si es mejor ser amado que temido, o viceversa. Se responde que se quisiera ser lo uno y lo otro, pero puesto que es difícil amontonarlos a ambos, es mucho más seguro ser temido que amado, cuando haya de faltar uno de los dos. ... Y los hombres tienen menos miedo de ofender a uno que se hace amar, que a uno que se hace temer; porque el amor es tenido como un vínculo que obliga, el cual, por causa de la triste condición humana en cualquier ocasión de utilidad propia es roto; más el temor es tenido como un miedo al castigo que no abandona jamás.” (De principatibus, XVII, 7, 8 y 12.)

Donald Trump, en sólo cuatro años, por sus acciones, al parecer imprevistas y fuera de toda lógica, se hizo temer de propios y extraños. Lo inesperado y fuera de toda lógica es lo que tiene atemorizados a unos y a otros. Es un estilo no conocido de gobernar.

AMLO y su secretario de relaciones exteriores conocen a Donald Trump, el presidente de la nación más poderosa de la Tierra; tienen conciencia de que hay que cuidarse mucho de él; saben que en los 60 días que le quedan como presidente puede dar un coletazo que destruya nuestra economía o deje mal parado a México. Para qué picarle al avispero.

Joe Biden, por su parte, parece, sólo parece, que es un buen hombre. Como él y AMLO tienen, cuando menos, cuatro años por delante, nuestras autoridades hacen cálculos de que ya habrá oportunidad para “hacer ante él actos dignos de arrepentimiento”. El gobierno de México con su abstención, afortunada o desafortunada, oportuna o inoportuna, no está reconociendo a Trump, como presidente reelecto ni desconociendo a Biden, como nuevo presidente; simplemente está en espera de la determinación que al respecto emitan las autoridades competentes de los Estados Unidos de América.

Visto lo anterior, señor presidente de la República, en lo posible, no nos haga mucho caso a los escribidores u “opinadores; nosotros carecemos de mucha información confidencial y confiable. Pero, por lo que más quiera, haga lo que los conocedores le aconsejan; óigalos y no se deje guiar, como hasta ahora, por su instinto de político provinciano.  l

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