Opinión

El mundo a la espera: continuidad o cambio

martes, 3 de noviembre de 2020

Estamos a un paso de la definición de las elecciones en Estados Unidos. Diversos motivos
llevan a ver esta elección como un asunto particularmente significativo.
Llega a su fin el primer periodo presidencial de Donald Trump, una de las personalidades más
polémicas, desconcertantes y atemorizantes que haya ocupado la presidencia de Estados
Unidos. En materia de política exterior, el aspecto que mayormente interesa en este artículo, su
presidencia se ha caracterizado por la fractura que ha provocado en las alianzas tradicionales
de Estados Unidos; su desafecto por los organismos multilaterales; su forma agresiva e
inesperada de abandonar compromisos asumidos por Washington; su violenta oposición a los
migrantes; la menor o nula importancia asignada a valores en materia de derechos humanos y
democracia; finalmente, aunque no de menor importancia, su enemistad hacia China, cuyos
efectos van más allá del comercio entre los dos países para convertirse en uno de los
problemas más inquietantes para el futuro de la seguridad internacional.
A las circunstancias anteriores, cabe añadir el peso de Trump para inclinar, de uno u otro lado,
la manera de enfrentar el covid-19. Su comportamiento es un obstáculo a la mayor
responsabilidad de gobiernos y ciudadanos ante las medidas a tomar para combatir la
pandemia que recorre el mundo. Por lo contrario, alienta una visión que minimiza el problema y
recomienda abandonar prácticas consideradas vitales para reducir sus daños; el uso del cubre
bocas, que él se niega a usar, es el ejemplo más simple y más elocuente de las consecuencias
negativas de su influencia.
La lista de reticencias y agravios por el comportamiento de Trump en la política internacional es
muy larga. Ello no significa que el candidato del Partido Demócrata pueda remediar tales
problemas. En primer lugar, está abierta la pregunta de hasta dónde hay decisiones tomadas
por Trump que son reversibles; por ejemplo, los problemas creados en el Medio Oriente por su
desconocimiento del acuerdo sobre la política nuclear de Irán, y los eventos que tal decisión ha
desencadenado en ese país no podrán componerse fácilmente.
De acuerdo con documentos, declaraciones y entrevistas, Joe Biden no trae consigo de
manera automática el remedio a los males que Trump ha causado. Representa formas mucho
menos agresivas y más razonables para dialogar, pero la tentación imperial sigue presente
cuando afirma que “Estados Unidos debe volver a tomar el liderazgo”, sin tomar en
consideración los cambios que han tenido lugar en la situación internacional, los cuales ponen
en duda la hegemonía de un solo país en el futuro. La aproximación tan similar de los dos
candidatos a la relación con China es uno de los aspectos que llevan a estar en guardia sobre
los alcances del cambio.
La relación México-Estados Unidos es un buen caso para reflexionar sobre los pros y contras
del cambio o la continuidad de la presidencia en Estados Unidos. Comencemos por hacer notar
que sería un grave error pensar que la manera en que se ha comportado Trump, propiciando
tensiones en el entorno regional de América latina, es ajena a los intereses de México. Por lo
contrario, su oposición a la normalización de relaciones con Cuba, los acuerdos establecidos
con Colombia y Brasil al interior de foros hemisféricos como la OEA, el empeño en intervenir de
manera errática y abiertamente intervencionista en los asuntos de Venezuela, el apoyo a la
reelección del secretario general de la OEA, entre otros casos, han colocado en situaciones
difíciles a la diplomacia mexicana.
De un orden distinto son los problemas que su estilo personal de hacer política exterior,
mediante tuits inesperados u ordenes ejecutivas apresuradas, ha dado como resultado la falta
de institucionalidad en la manera de conducir las relaciones entre México y Estados Unidos, lo
cual afecta a la parte más débil de la relación.
Desde la llegada al poder de Trump, en noviembre de 2016, la política del gobierno mexicano
hacia Estados Unidos se ha caracterizado por una notable falta de institucionalidad. Se ha
manifestado a través del diálogo personal y coyuntural con el yerno, o directamente por
teléfono con él. No ha tenido de por medio la planeación que corresponde a objetivos
estratégicos de largo plazo.

La agenda de la relación bajo el gobierno de Trump ha sido impuesta en gran medida por los
caprichos del magnate, como lo fue la fecha para la visita de López Obrador a Washington. No
se ha dado mayor consideración a un tratamiento digno y a posibilidades de cooperación a
nivel de igualdad. La amenaza de la imposición de aranceles a las exportaciones mexicanas,
para buscar hacer de México un tercer país seguro para los migrantes centroamericanos, ha

sido uno de los momentos más desafortunados que se tenga memoria en la relación México-
Estados Unidos. Ilustra bien tácticas de intimidación que poca atención conceden a los

compromisos establecidos en documentos tan icónicos para América del Norte como el T-MEC.
En el terreno de la migración es donde las diferencias entre la continuidad y el cambio son más
evidentes. El triunfo de Biden representa, sin duda, la mejor opción para México. La posición
antinmigrante de Trump es altamente conocida y puede documentarse fácilmente. Los casos
más dramáticos: el programa DACA; la separación de niños de sus padres; el fortalecimiento
de la agencia para hacer cumplir las leyes en materia migratoria, la temida ICE; los ataques a
las ciudades santuarios; la idea del supremacismo blanco en Estados Unidos, que él y sus
ayudantes más cercanos propician, ajena a un Estados Unidos multirracial y diverso, en donde
tienen cabida los millones de mexicanos que ahí residen.
Los compromisos de Biden en materia migratoria se han dado a conocer. Comienza con la
decisión de elaborar una reforma migratoria que abra la puerta a la ciudadanía a quienes tienen
varios años residiendo en Estados Unidos. Asimismo, de poner fin a la decisión
anticonstitucional de Trump relativa a no considerar peticiones de asilo y exigir que esperen en
México quienes ya lo han solicitado. Si los demócratas logran la mayoría en las dos cámaras
del Congreso, hay altas posibilidades de un momento de transición en política migratoria que
sería favorable para México.
En resumen, el cambio sería la mejor opción para México y el mundo. Sólo queda esperar que
se logre.

Comentarios