AMLO

La seda y el puercoespín

Con Trump, el ocupante de Palacio Nacional había logrado forjar un modus vivendi que le resultaba funcional. Ahora se abre una nueva etapa en la relación bilateral, posiblemente más conflictiva y más confrontacional. Con Trump, AMLO fue una seda; con Biden se está comportando como un puercoespín.
miércoles, 23 de diciembre de 2020

CIUDAD DE MÉXICO (proceso).- Imposible no percibir el descontento de López Obrador con la derrota de Trump y el triunfo de Biden. Difícil no notar la admiración al primero y la animadversión al segundo. La efusividad de la carta que AMLO le envió al presidente que se va y la frialdad de la carta que finalmente mandó al presidente electo que llega. Con Trump, el ocupante de Palacio Nacional había logrado forjar un modus vivendi que le resultaba funcional. Trump exigía y AMLO cedía. Trump presionaba y AMLO se doblaba. A lo largo de los últimos dos años dejó de ser candidato que cuestionaba al xenófobo, racista y antiinmigrante; se convirtió en el presidente que lo alababa. Y a cambio, Trump dejó que su contraparte hiciera lo que quisiera, sin cuestionarlo siquiera. Pero ahora se abre una nueva etapa en la relación bilateral, posiblemente más conflictiva y más confrontacional. Con Trump, AMLO fue una seda; con Biden se está comportando como un puercoespín.

Por pragmatismo o compañerismo, AMLO decidió llevar la fiesta en paz con Trump. Por miedo a su volatilidad o por una genuina afinidad, optó por no enfrentarlo. Cada vez que hubo un momento álgido, López Obrador dobló las manos. Permitió que el gobierno estadunidense impusiera unilateralmente la política de “Quédate en México”, que obligó a nuestro país a recibir a los deportados en espera de asilo en Estados Unidos. Permitió que se instrumentara la política de separación de familias migrantes al norte de la frontera, lo cual produjo niños enjaulados que ahora no encuentran a sus padres. Permitió el arresto y la persecución constante de nuestros connacionales, sin alzar la voz. Puso a la Guardia Nacional a detener y deportar migrantes, para que Trump pudiera celebrarlo como un logro suyo. México se volvió lo que nunca había sido, aun con los peores presidentes del pasado: policía y muro de un hombre que humillaba y embestía a los migrantes y a los mexicanos.

Habrá quienes argumenten que no había de otra; que en lugar de doblegado y puesto a las órdenes del mandamás, López Obrador fue visionario y sagaz. Que era más inteligente apaciguar al bully que enfrentarlo. Pero aún concediendo que eso fuera cierto no explica la efusividad de la carta que AMLO le envió a Trump cuando ganó la Presidencia, de siete cuartillas, en el cual escribió “me anima el hecho de que ambos sabemos cumplir lo que decimos, y hemos confrontado la adversidad con éxito. Conseguimos poner a nuestros votantes y ciudadanos al centro y desplazar al establishment o régimen predominante”, ni cómo se deshizo en halagos a su contraparte cuando fue a visitarlo a Washington. No explica por qué se tardó tanto en reconocer el triunfo de Biden, colocando a México en un club donde no nos convenía estar, al lado de los autócratas del mundo. No explica las razones detrás de la reticencia a siquiera tomarle la llamada al equipo del presidente electo, ni la parsimonia o sequedad de la misiva de dos párrafos que finalmente le mandó. La salida intempestiva de la embajadora de México en Estados Unidos, Martha Bárcena, debe entenderse como un acto de dignidad ante lo que fue una política exterior beneficiosa para el presidente, pero no para el país.

Quizás la respuesta se halla en la aprensión lopezobradorista ante el fin de una etapa en la relación bilateral en la que logró eludir el escrutinio. Y por eso la alusión a la Doctrina Estrada, junto con el principio de no intervención, cuando finalmente felicitó a Biden. AMLO intuye que el nuevo presidente estadunidense será menos complaciente y más exigente. Su equipo ha reiterado los temas que le preocupan y que probablemente pondrá en el centro de la relación entre ambos países. El medio ambiente y la promoción de las energías limpias y renovables. La protección de los derechos humanos y la libertad de expresión. La promoción de los derechos laborales bajo los compromisos que México adquirió con el nuevo tratado de libre comercio. La defensa de las obligaciones contractuales que el país asumió y ha violado en el tema energético. Todos estos son temas incómodos para López Obrador. Todos estos son temas que preferiría no estuvieran bajo la lupa. Y por ello, ahora recurre a la narrativa de la defensa de la soberanía nacional frente a Biden, cuando estuvo dispuesto a ponerla en entredicho frente a Trump.

AMLO se mostró mucho más amigable con quien maltrataba a México. AMLO sacrificó control de la política migratoria y de seguridad nacional con quien pateaba cada vez que podía a nuestro país. A Biden no se le está tendiendo la mano; se le está alzando el puño. A Biden no se le está ofreciendo la colaboración; se le está advirtiendo que quizás no la habrá. El regreso inusitado de Salvador Cienfuegos fue justificado como una decisión política para no poner en jaque la colaboración internacional en temas de seguridad, y ahora el lopezobradorismo sugiere que no ocurrirá. Como parte de esa conflictividad por venir, está la nueva ley que regula la presencia de agentes extranjeros como la DEA. Las exigencias que contiene, los límites que coloca y las sanciones que establece auguran un choque diplomático con la administración entrante. México no confía en la DEA por haber arrestado a Cienfuegos sin avisar, y la DEA no confía en el gobierno mexicano por las filtraciones que le han dado a los narcotraficantes una licencia para matar. Ahí está el caso de la masacre de Allende para confirmarlo.

Al mismo tiempo que AMLO enseña los dientes a los estadunidenses, envía a un conciliador a Washington. A un hombre suyo y no del servicio exterior. A alguien que hará lo que le pida sin chistar. Lo que no se sabe es si Esteban Moctezuma va a la capital estadunidense a tratar de normalizar la relación o a enturbiarla aún más. Lo que sí queda claro es el cambio evidente en el comportamiento del presidente. Con Trump, AMLO fue una seda, suave y lisita. Con Biden ha decidido alzar las púas.  

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