Agustín Basave

Iracundos del mundo, uníos para demolerlo

Donald Trump llegó a la Casa Blanca con un discurso antiinmigrante y de reivindicación de los desempleados “de cuello azul”, preponderantemente hombres conservadores, blancos y cristianos. La idea de devolverles el país los convirtió en el núcleo electoral trumpiano.
domingo, 31 de enero de 2021

Aunque los socialdemócratas estamos convencidos de que la enfermedad de estos tiempos es la desigualdad, los enojados del mundo han percibido otras injusticias. Desde las manifestaciones globalifóbicas de Seattle, en 1999, se delineó la diversidad de inconformidades: convergieron ahí altermundistas opuestos al libre comercio, sindicalistas, ambientalistas, socialistas.

Todos se quejaban de algo injusto, pero ese algo variaba significativamente: globalización, desregulación laboral, contaminación, el capitalismo mismo. Una década después Mohamed Bouazizi, un vendedor de frutas tunecino al que le fue injustamente clausurado su puesto callejero, detonó la primavera árabe al prenderse fuego a sí mismo y extender así las llamas al pasto seco de la región (las revueltas derrocaron varias autocracias).

Y por esos años se gestaron movimientos como el Occupy Wall Street –en respuesta a la crisis financiera de 2008 y, ese sí, explícitamente en contra de la inequidad socioeconómica–, Los Indignados –en busca de democracia participativa en España– y varias protestas sociales en América Latina.

Pese a su heterogeneidad, esa oleada de rebeliones tuvo dos hilos conductores: la percepción de algún tipo de injusticia y el hartazgo ante la corrupción. Lo que presenciamos ahora en Estados Unidos, sin embargo, es otra cosa. Vemos un insólito enojo suscitado no por la desigualdad sino por la igualdad.

El trumpismo es una reacción contra el avance de la pluralidad sociopolítica, étnica y religiosa que reivindicó los derechos de las minorías en detrimento del antiguo statu quo. Donald Trump llegó a la Casa Blanca con un discurso antiinmigrante y de reivindicación de los desempleados “de cuello azul”, preponderantemente hombres conservadores, blancos y cristianos. La idea de devolverles el país los convirtió en el núcleo electoral trumpiano.

Trump no fue causa sino efecto. Tampoco fue él, porque la suya no es una mente estratégica sino táctica, quien planeó la captura de ese segmento del electorado ni el retorno a la hegemonía de la uniformidad discriminatoria; solo fue el negociante –por cierto detentador de los privilegios de una élite, la suya, a la cual le redujo los impuestos– que se disfrazó de enemigo del establishment y potenció el rencor imperante.

Quien haya ideado su proyecto restaurador y retardatario –Bannon o los que hayan sido–, encontró a un megalómano y mitómano ad hoc, a un sociópata dispuesto a fracturar a su nación con tal de adueñarse de la Presidencia y desde ahí impulsar su marca personal y medrar con ella a golpes de corrupción.

El 6 de enero, en efecto, desem­bocaron en Washington muchas conspiraciones falsas y una conspiración verdadera; la andanada de historietas tuiteras que buscaban revertir una derrota electoral y un plan revolucionario para deconstruir la democracia condujeron, en mezcla explosiva, el asalto al Capitolio. Ajedrez y damas chinas en el mismo tablero.

La otra novedad detrás de las turbulencias estadunidenses es la preeminencia de la mentira. La disrupción presupone una dosis de irrealismo, ciertamente, pero el abismo entre las proclamas de Donald Trump y la realidad es insondable.

No se trata sólo del hecho de que él representa lo contrario a lo que dice representar, sino de que sus prosélitos creen ciegamente cuantas falacias profiere y cuantas fantasías conspiracionistas se difunden en su nombre. QAnon, por ejemplo, es la politización a escala nacional de la superchería religiosa y el culto a la personalidad –Jonestown, Waco y un espeluznante etcétera vienen a la mente–, y ejemplifica un fenómeno de ofuscación y renuncia absoluta a la razón y a la verdad que debe prender las alarmas civilizatorias, porque no empezó ni terminará con Trump.

¿Hay comunes denominadores entre las protestas finiseculares, los movimientos de principios del siglo XXI y el trumpismo? Sólo encuentro uno: el repudio a la autoridad.

Hace poco más de un año escribí, en este mismo espacio: “Vivimos tiempos indescifrados en que la revancha anárquica y una pulsión nihilista parecen pesar más que el afán de justicia social” (“La era de la ira”, Proceso 2242).

Los extremos se tocan. En otros países es el populismo de izquierda, en Estados Unidos es la ultraderecha libertaria: unos y otros se guarecen bajo ese ancho y abigarrado paraguas llamado anarquismo. Colectivistas e individualistas coinciden en su rechazo a vivir bajo el yugo del “amo” del que hablaba Proudhon.

Cada grupo anarquista tiene su propio credo –no podría ser de otra manera– pero todos asumen como enemigo al Estado y casi todos abrazan la violencia como acto de liberación. “La pasión por la destrucción es también la pasión creativa”, decía Bakunin.

Ahora bien, si abajo de Trump reina el extravío, arriba de él hay un designio fríamente calculado de conquista del poder que sí sabe lo que quiere. Su propósito es hacer del Republicano el partido post: post verdad, post democracia, post racionalidad. El empoderamiento vía la anarquía que une furias ambidiestras.

Esa zozobra no es buena noticia. Como buen mexicano abrigo sentimientos encontrados hacia Estados Unidos, pero no dejo de admirar sus instituciones democráticas. Me preocupa ver barruntos de guerra civil en la cuna de Lincoln. Creo en la democracia, en la posibilidad de depurarla y hacer del Estado la sociedad políticamente organizada. Aquí no caben titubeos: hacer el elogio de la locura a la que se convoca –iracundos del mundo (izquierdistas o derechistas), uníos para demolerlo– es firmar un pacto suicida.

Este análisis forma parte del número 2308 de la edición impresa de Proceso, publicado el 24 de enero de 2021 y cuya versión digitalizada puedes adquirir aquí

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