No hay aves Fénix en Juárez

lunes, 18 de octubre de 2010

CIUDAD JUÁREZ, CHIH, 18 de octubre (Proceso).- Unos días de descanso me dan pie para viajar a Juárez con mi hija adolescente. Allá sobreviven mi madre, mi hermana y su esposo, mis sobrinos y sus hijos. Ante la perspectiva de reunirme con ellos decido no tener miedo. No quiero pensar en los jóvenes acribillados en una fiesta sabatina, intento borrar de mi mente las imágenes de cuerpos tirados en las banquetas, ya fueran funcionarios del consulado estadunidense o civiles que pasaban por ahí un día cualquiera y una bala los alcanzó.

En el trayecto pienso en Pablito Cuarón, un muchacho juarense –de la edad de mi sobrino– que fue plagiado saliendo de la tienda Hágalo, que estableciera su abuelo. Recordé la angustia de la familia ante el plagio, los días de aflicción para todos y la forma en que finalmente los secuestradores, previo pago del rescate, lo abandonaron en un camino vecinal: torturado, sedado, con los dientes rotos, las costillas fracturadas, semidesnudo y con el alma tan desconsolada que ya toda la familia Cuarón vive en El Paso.

El camino a casa fue un reconocer lugares otrora de moda y frecuentados por la sociedad juarense, pero que ahora están abandonados, con letreros de “se vende” o “se renta”. Ahí está el famoso Pueblito Mexicano, que tuvo su época de auge y ahora es una plaza solitaria, grafiteada, refugio nocturno de indigentes.

El auto avanza y sigue la lista de locales cerrados, desde los grandes y suntuosos hasta los más pequeños, casi insignificantes, como la desponchadora de la esquina del bulevar Tomás Fernández o la llavería pegada al S-Mart. Cerrados, dicen, porque no quisieron pagar “cuota”.

Otros locales con menos suerte están quemados, reducidos a cenizas; a veces la venganza se complace en los escombros, en anular toda esperanza de un nuevo inicio. No hay aves Fénix en Juárez, el clima es muy extremoso para que sobrevivan.

En las calles y avenidas casi no hay tráfico, ni siquiera en la “hora maquilera”. Todo juarense que se respete sabe desde muy temprana edad que hay que huir a la hora en que los empleados salen de las maquilas o cambian de turno. ¿Por qué? Porque si buscas subirte a una ruta, no lo vas a lograr; si buscas un taxi, jamás lo vas a abordar, y si eres automovilista, tendrás que esperar horas para avanzar.

Bueno… eso era antes, cuando había tantas maquiladoras como trabajadores queriendo entrar a la nómina, cuando los que buscaban cruzar la frontera iban a Juárez y, si no pasaban, tenían asegurada chamba en la planta. Ahora no. Ahora los empresarios huyen de Juárez y dejan sus negocios porque les secuestran a los hijos y los torturan y los marcan de por vida y eso no vale mantener una empresa, generar empleos ni vivir aquí.

Sigo con la mirada los locales cerrados y de pronto dos, tres camionetas con federales, en fila, pasan a la izquierda y se hace un silencio en el auto. De negro, enmascarados, apuntando a un enemigo no visible. Y piensas que el enemigo puedes ser tú, porque si pasas a un lado y sigues la trayectoria del cañón, el arma te está apuntando a ti y te intimidas y piensas si un borde en el asfalto no ocasionaría que ese dedo que va sobre el gatillo se mueva unos milímetros y entonces, ¿qué harías?… y abrazas fuerte a tu sobrina y le dices a tu hija que se acerque más a ti. Y sientes miedo.

Me vienen a la mente las fotos de los cuerpos sin vida de los empleados del consulado estadunidense y recuerdo los charcos de sangre en la vivienda donde los jóvenes tenían una fiesta y me acuerdo del terreno baldío que hace unos siete años me enseñó mi hermana, lleno de cruces rosas donde encontraron decenas de cuerpos de las muchachas violadas y asesinadas, unas más de las Muertas de Juárez. Y entonces me pregunto qué cabrones hago aquí y por qué sigue mi gente viviendo aquí, en este Juárez triste, seco, abatido, agónico.

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Con los días la desolación se acrecienta. No es aconsejable ir a restaurantes, no se debe salir de noche, no es bueno acudir a bares, no es discutible ir a los antros a bailar. Mi madre ve la misa dominical por televisión: los narcos quemaron la iglesia del Valle de Juárez y, aunque es un templo lejano al domicilio familiar, siempre queda el temor.

Las malas noticias no cesan: mataron al yerno de un amigo de mi hermana. Había ido a San Juanito, en la Sierra Tarahumara, a entregar un auto que vendió. Al entrar al pueblo una camioneta lo rebasó muy pegada y le dio un golpe en la defensa. Se bajó para reclamarle al conductor y éste bajó de su vehículo, ametralló al muchacho de 32 años ahí a la vista de todos… y se fue. Acudimos con miedo a la funeraria: también ése es terreno de narcos. A veces la muerte no se contiene en el ataúd y alcanza a los dolientes.

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Vamos de compras, el chiste es distraerse un poco. Hay que llevar tortillas de harina para los amigos del DF, galletas de pinole, llaveros de cobre, recuerditos y unas cervezas para que las micheladas hagan más llevadera la tarde. De pronto, gritos en el estacionamiento de Soriana; un hombre profiere maldiciones, insulta al gobierno, a la policía, al presidente: entró al súper y al salir ya no estaba su auto, se lo robaron. Nos detenemos y nos pegamos contra una pared. Mi hija me aprieta la mano, se acercan al hombre vigilantes de la tienda que intentan calmarlo.

Pasamos a la carnicería especializada en cortes norteños. Mi hija y yo preferimos permanecer en el auto; total, no hay mucho que ver en una carnicería y mi hermana entra sola al establecimiento.

A los cinco minutos nos aburrimos de esperar y vamos a la tienda de al lado, una boutique un poco rara donde venden lo mismo manzanas enchiladas que pulseras Swaronsky de cristal, recuerditos para bautizo y macetas; eso sí, el acceso es restringido. Tuvimos que tocar un timbre, esperar que la dueña nos escudriñara a través del vidrio de la puerta y después que abriera dos chapas de seguridad; pensamos que era lógico protegerse así en esta ciudad.

Recorremos el local y ya me había llamado la atención una blusa hindú cuando distingo la cara descompuesta de mi hermana, afuera, la mandíbula apretada, el ceño fruncido. Pensé que era el calor y le pido a la dueña que le abra la puerta. Entra forzando una sonrisa mientras yo le pregunto su opinión sobre la blusa que sostengo y me dice al oído: “¡Vámonos ya!”. La miro extrañada, le digo a mi hija que nos vamos y a la joven señora que otro día regreso. Ya en el auto me entero: nos metimos en una tienda de narcos, la mujer fue la esposa de uno de los más conocidos de Juárez.

Más actividades distractoras. ¿Qué tal hacer ejercicio? Hace una veintena de años mi cuñado y mi hermana adoptaron la costumbre de salir a correr todas las mañanas. Llegaban hasta El Chamizal. Pero ahora es peligroso correr por ahí; se conforman con dar vueltas y vueltas por una zona residencial, la Campestre, rodean la cerca de su campo de golf, cruzan una acequia y regresan. Tenían una ruta que los llevaba al fraccionamiento San Marcos –ahora lo llaman “San Narcos” – pero los habitantes originales han cerrado cada calle para impedir el acceso a vehículos y transeúntes ajenos.

Algunos colocan enormes cercas, otros construyen improvisadas casetas con vigilantes que dan miedo; otros, los menos, le pidieron a un vecino, dueño de grúas, que colocara unas monumentales piedras que impiden el paso de los vehículos. Semejantes rocas a media calle ya forman parte del paisaje urbano.

Empiezo a trotar con mi hermana y las leyendas urbanas continúan:

–¿Ves esa casa de ahí?

–¿La de las palmas?

–¡No señales! Esa era la casa del Egipcio.

–¿El que acusaron de violar y matar a las muchachas?

–Sí. Tiene un sótano enorme, ahí las tenía durante días; no quiero ni imaginar qué pasó tras esas paredes. ¿Ves esa casa grande, la de enfrente, la del balcón? Es del papá de Germán, un muchacho que estudió con mi hijo en el Tec; tenían aquí muchos negocios pero dicen que un día llegó el señor, metió a la cochera los carros, la cerró, tomó a su familia y se fueron a vivir a Nuevo México. Nadie los ha visto desde entonces.

La casa de la escalinata en piedra era de la hermana de Pablo Cuarón. Ya nadie vive ahí. La casa de Miguel, desocupada; los Barrio hace años que dejaron la ciudad. Todos le pagan a alguien para que arregle los jardines y las mansiones no se vean abandonadas. Casas hermosas, enormes, modernas, solas.

A la carrera de mi hermana y su esposo se unen las de un par de amigos, ambos cofundadores del Club del Chamizal, asociación de corredores que tenía muchos integrantes. Ahora quedan pocos, ya les cerraron las rutas: “Todo está cercado”, “vamos a darle unas vueltas al parquecito”, dicen resignados. Se aburren pronto, son corredores de fondo, han ido a maratones en Washington, San Francisco, Nueva York, cada uno tiene más de 30 medallas; les aburre rondar un parque de 60 por 20 metros. Se les acerca una camioneta con federales, los corredores lanzan un “buenos días”, los uniformados responden bajo los pasamontañas negros. Yo no les hablo.

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Tampoco para los niños hay diversiones. Ya no los pueden llevar a lugares de comida rápida que tienen juegos y jardines exteriores, porque nunca se sabe el destino de una bala perdida. Ni siquiera queda el recurso de que se distraigan, aprendan, maduren o convivan en la escuela, porque tampoco los pueden enviar a preescolar. Antes pululaban las escuelitas que alguna educadora abría con esfuerzos, acondicionando su casa para recibir una decena de niños. Ahora hay individuos afuera de esos kínderes que cobran a los padres de familia 10 o 20 pesos diarios “para seguridad del pequeño”.

Los colegios caros tienen inscritos a hijos de conocidos narcotraficantes y ningún padre responsable quisiera que su hijo vaya a molestar a un jovencito de esos… qué tal que el despistado muchacho le quite la goma, lo empuje en un partido de básquet o le ponga un apodo que vaya a molestar a un jerarca de la droga. Uno no quisiera saber cómo puede reaccionar un padre narco indignado. Por eso Liz, con sus cuatro años, no va a la escuela; por eso cuando le pregunto qué canciones se sabe me dice que ninguna, pero conoce los nombres de muchos animales y los ruidos que hacen porque siempre ve Animal Planet.

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Último día de visita familiar. Liz quiere ir a los juegos que están en una placita frente a la casa, pero le dicen que no, que quizás por la tarde. Comemos entre bromas aisladas y recomendaciones de viaje.

De pronto se escuchan ahí, bien cerquita, tres golpes secos, pum-pum-pum, seguidos de un larguísimo taca-taca-taca-taca-taca-taca. Liz pregunta abriendo unos ojos enormes: “¿Qué fue eso?”.

Nadie responde. Pregunta de nueva cuenta “¿qué fue eso? Cohetes”, le dice finalmente su papá mientras nos recorre con la vista. “No”, le dice la pequeña, “no son cohetes, sonó taca-taca-taca-taca-taca-taca”, imitando el sonido escuchado. “Así no suenan los cohetes”.

“Eran cohetes”, le recalca su papá.

“¿Y por qué habrían de echar cohetes”, insiste la niñita de cuatro años. Nadie le responde.  l