Crónicas desde el inframundo

miércoles, 20 de octubre de 2010

A raíz de la guerra contra la delincuencia organizada y el narcotráfico emprendida por el gobierno de Felipe Calderón, los asesinatos y la violencia se han enseñoreado en Ciudad Juárez, sobre todo a partir de 2008, cuando el Ejército llegó para “restablecer el orden y garantizar la seguridad de la población”. Así lo refiere el escritor y periodista estadunidense Charles Bowden en su libro Ciudad del crimen, de inminente aparición bajo el sello de Grijalbo, al describir la vida cotidiana de una comunidad sumida en el caos y la desesperanza. Con la autorización del autor y la editorial presentamos aquí unos fragmentos de la obra.

MÉXICO, D.F., 20 de octubre (Proceso).- Hubo un tiempo en que la muerte tenía sentido en Juárez. Muerto porque habías perdido un cargamento de drogas. O muerto porque tenías un cargamento de drogas. O muerto porque habías tratado de hacer un negocio con drogas. O muerto porque eras un soplón. O muerto porque eras débil y mujer y estaba oscuro y alguien pensó que era divertido matarte y violarte. Había un agradable orden alrededor de la muerte, un ritual de la Policía Federal o de la policía del estado o del Ejército que te secuestraba, te ataba de manos y pies con cinta adhesiva, te torturaba y, finalmente, te mataba y metía tu cuerpo a un agujero con una dosis de leche, el término amistoso con que se nombra a la cal. Tu muerte era llamada carne asada, una barbacoa. La vida tenía sentido entonces, incluso en la muerte. Aquellos eran los buenos viejos tiempos.

(…) Hay un fantasma que vive en Juárez, y su nombre está en boca de todos: la gente. Él es el inconsciente colectivo de la ciudad, un maleficio compuesto de asesinatos, violaciones, pobreza, corrupción y engaño. Todos en la ciudad –hombre, mujer y niño, profesor y alcohólico de la calle– saben lo que la gente piensa. Así como nunca me he reunido o entrevistado con un político estadunidense que no sepa lo que piensa la gente normal ni he conocido a ese ejército fantasma de gente común que supuestamente domina mi propio país, u oído demasiado, como en un susurro, de esa otra banda nacional, la Mayoría Silenciosa, de la misma forma debo escuchar tonterías sobre la gente.

En círculos más cultos, la gente libera un fantasma distinto, una cosa llamada la sociedad civil. Por supuesto, ni la gente ni la sociedad civil existen, como tampoco en Estados Unidos existe la gente normal ni la Mayoría Silenciosa. Todos estos términos son útiles por dos razones: permiten a la gente hablar de cosas que no sabe, y permiten a la gente fingir que hay una comprensión acerca de la vida, que no existe. Ah, y hay un añadido final: permiten a los columnistas del periódico hablar de personas que nunca han conocido, y decir lo que esas personas, que no conocen, piensan en realidad.

En Ciudad Juárez, la gente –esta mente colectiva que es sabia y muy entendida– es una muletilla necesaria porque la policía es corrupta, el gobierno es corrupto, el Ejército es corrupto, y la economía funciona mediante el pago de los salarios del Tercer Mundo, y la aplicación de precios del primero. Los periódicos mexicanos bailan alrededor de la verdad porque, primero, los corruptos que son ricos y poderosos controlan lo que puede publicarse y, segundo, cualquier periodista con la honestidad suficiente para publicar la verdad se muere.

(…) Hay dos maneras de estar a salvo y cuerdo. Una de ellas es el silencio, fingir que no ha pasado nada y negarse a decir en voz alta lo que pasó. La otra es un pensamiento mágico, inventar explicaciones para eso que te rehúsas a decir, y gracias a estas explicaciones vas desestimando esa cosa que no puede llegar a tus labios. Por supuesto, esto sólo se aplica a los individuos. Prensa, políticos y agencias gubernamentales tienen un tercer método: citan a los cárteles de la droga y dicen que todo lo que pasa es culpa de ellos. Esta táctica es muy atractiva y lo remite a uno a la infancia, cuando la noche pertenecía a los monstruos y a los fantasmas. Ésta era la herramienta de la Guerra Fría, cuando los comunistas estaban escondidos debajo de la cama, y es la herramienta de las nuevas guerras contra el terrorismo y las drogas. Como un reloj parado, es puntual ahora y entonces. Organizaciones de todo tipo mienten, engañan, roban y matan. Sin embargo, en Juárez, casi nadie asocia que los asesinatos están vinculados a un hecho. 

(…) La gente desaparece. Salen de un bar con las autoridades y nunca se les vuelve a ver. Salen de su casa a hacer un encargo y nunca regresan. Van a una reunión y no vuelven nunca. Esperan en la parada del autobús y nunca llegan a su destino. A finales de 1990 la gente comenzó a hacer listas de los desaparecidos. Una de esas listas llegó a 914 antes de que el esfuerzo fuera abandonado por el miedo. Ninguna de esas listas ha cubierto muchos años. Ni ninguno de los responsables de esas listas piensa que su trabajo fue un recuento completo. Nadie sabe realmente cómo pueden desvanecerse tantas personas. No es seguro preguntar, y no es prudente llamar por teléfono a las autoridades. 

(…) En Ciudad Juárez la nómina de los empleados en la industria de la droga supera la nómina de pago de todas las fábricas de la ciudad, y Juárez tiene la mayoría de las fábricas, y se dice que el menor índice de desempleo de México. No hay familia en la ciudad que no tenga un familiar en la industria de la droga, ni hay nadie que no pueda señalar narcos y sus hermosas casas, o que tenga reparos en usar las iglesias construidas con narcodólares. Todo el tejido social de Juárez se basa en el dinero del narcotráfico. Es la única esperanza posible para los pobres, los valientes y los condenados.

Como un factor añadido, la reducción del costo de las drogas ha hecho posible crear un vasto mercado interno en Juárez, y este mercado funciona con empleados y clientes. ¿Quién en su sano juicio rechazaría la oportunidad de consumir drogas en una ciudad asfixiada por la pobreza, la suciedad, la violencia y la desesperación? 

Mira qué hace la gente para sobrevivir. Mide sus palabras. Y tú encontrarás que en Juárez, como en cualquier otro lugar del mundo, algunas personas dicen la verdad y otras son mentirosas. Pero no me preguntes quién es inocente y quién está sucio, porque todo el mundo aquí trata de comer y de beber, y no tenemos comida ni agua pura.

Somos el futuro. Vemos a los gobiernos erosionarse y desgañitarse. Los vemos robar y pavonearse. Vemos a los distribuidores de droga que operan a plena luz del día. Trabajamos duro y obtenemos poco.

Y sobrevivimos. 

Y no me preguntes cómo.

(…) Todo el mundo conoce los hechos y los hechos escapan de las manos de todos. Paseo a un centenar de metros de un cadáver en el pavimento –los charcos de sangre alrededor del cráneo– y esto nunca ha sucedido; las niñas sonríen, el tráfico no se interrumpe, la ciudad golpea una y otra vez, y los muertos ya no existen y pronto la memoria de los muertos será un hecho raro, hermoseado y estimado por la familia, e ignorado u olvidado por todos los demás. Se trata de una táctica de supervivencia que atraviesa todos los estratos sociales. Este es el resultado de vivir una vida sin historia.

Este es el resultado de la amnesia en la televisión, la radio y la prensa. Esta es la droga dulce que viene de la fantasía. Las autoridades son reales. La policía hace cumplir las leyes. Los tribunales funcionan. El Ejército protege. En la noche el alumbrado público ahuyenta al mal. Existe un consenso aquí para creer lo increíble; se insiste en que las cosas son normales, que el gobierno está al mando; los incidentes, que podrían ser incluso noticia, son los accidentes, pequeñas imperfecciones en el tapiz que es la vida, y este tapiz es hermoso y sonoro para los ojos, y para la mano que traza la trama compleja de la vida que conforma la ciudad.

(…) Los cuerpos están por toda la ciudad esta primavera. Personas de clase social baja ejecutadas, personas muertas que nunca han tenido un automóvil ni una habitación para ellos solos, los apaleados que se paran en las esquinas a pedir esto o aquello, y sin embargo las personas con educación hablan en sus comidas sofisticadas de que las muertes son obra del cártel, a pesar de que ni un solo hecho sostiene este argumento ni satisface una mente racional.

El cuerpo está en la acera con una multitud alrededor, la policía pulula por ahí y entonces el cuerpo se mete a una camioneta y se desvanece, la gente se dispersa y pronto todo es normal y no hay mancha, ni siquiera ese charco de sangre seca que salió de la cabeza del muerto; no, no hay rastro de eso que sugiere que algo salió mal en este lugar del mundo. La vida desaparece igual que el ruido del disparo, que se desvaneció en el aire.

(…) De la labor del Ejército en Juárez apenas se informa, o se habla, porque revelar lo que el Ejército hace puede terminar en lesiones graves o en la muerte. Así, en el mejor de los casos, los periódicos informan de una ejecución y algunos dicen que los vecinos han descrito a los asesinos como hombres vestidos de comandos. El significado exacto de la palabra “comando” no se explica nunca. En otras partes de la frontera, donde el Ejército ha ido con el fin de reinstalar la paz y la tranquilidad, los vecinos mencionan el florecimiento repentino de robos a mano armada, por hombres vestidos con ropa de tipo militar y máscaras. Pero sobre esto tampoco se especula demasiado.

Cuando, en algunos casos, ha habido manifestaciones de protesta por la violencia y la brutalidad del Ejército, éstas han sido desestimadas por los generales y por el gobierno federal porque, dicen, esas manifestaciones son ficticias, están organizadas por los cárteles de la droga. 

El Ejército estuvo operando en Michoacán, por lo menos un año antes de instalarse en Ciudad Juárez. Norberto Ramírez dice que en su pueblo, en Michoacán, los soldados lo detuvieron, le pusieron una bolsa de plástico en la cabeza, ceñida con fuerza, y que pasó toda la noche al borde de la muerte intentando no asfixiarse. También lo golpearon con las culatas de los fusiles y le aplicaron descargas eléctricas con un instrumento destinado al ganado. Por supuesto le fue mejor que a un muchacho de 17 años al que mataron a tiros. Ramírez, aunque tuvo suerte, ya no puede trabajar, porque la travesura de los militares le afectó el hígado y los intestinos, más allá de la reparación quirúrgica. Además tenía una green card para trabajar en Estados Unidos, pero los soldados, igual que hicieron con su salud, se la robaron.

Hasta la fecha se han presentado más de 421 quejas contra el Ejército, desde que comenzó su guerra contra las drogas en diciembre de 2006. Ningún soldado ha sido acusado de ningún delito. Ni siquiera los que dispararon a dos mujeres y tres niños en un puesto de control de carreteras en Sinaloa. 

(…) Llegan más tropas y llegan más cadáveres. En el verano de 2009, Juárez mira la masacre de 2008 como un periodo de tranquilidad. Este libro comenzó desde mi asombro por los asesinatos de enero de 2008: cuarenta y ocho. Esto habría significado, de seguir a ese ritmo, 576 asesinatos al cabo de un año, casi el doble del récord anterior: 301 en 2007. Ahora, una tasa de homicidios de 100 al mes nos haría sentir que regresa la paz a la ciudad. Julio de 2009 es el mes más sangriento en la historia de la ciudad, con 244 asesinatos. En agosto caen 316 más.

Hay por lo menos 10 mil soldados y policías federales en la ciudad, con los asesinatos, mil 440 hasta la fecha, superando los 788 de la misma fecha en 2008. Las pequeñas empresas decaen en la ciudad, mientras aumenta la tasa de extorsión. El 40% de los restaurantes de la ciudad ha cerrado. La ciudad tiene actualmente unos 150 mil adictos. El Pastor cree que los ingresos de 30 o 40% de la población dependen del dinero de la droga. 

Estoy sentado con un abogado de Juárez en una fiesta, quien me cuenta que ha habido un error en el análisis. Me dice que la criminología no explica lo que está pasando, ni la sociología. Hace una pausa y luego dice que lo que tenemos que estudiar es demonología.

Algunos culpan de la violencia a una guerra entre cárteles, algunos culpan a la pobreza, otros culpan al Ejército, otros a la lucha de los cárteles contra el Ejército, algunos más culpan a las bandas callejeras locales, otros culpan a las drogas, o a los sueldos de hambre o al gobierno corrupto.

Pero, independientemente de quién sea el culpable, nadie puede saber quién controla la violencia y nadie puede imaginar cómo la violencia se puede detener. 

Todos están aturdidos. Los asesinatos aparecen en primera plana y se convierten en parte del ruido normal de la vida. A principios de diciembre, 2 mil 400 han muerto.

De acuerdo con varios conteos, Juárez está catalogada como la ciudad más violenta del mundo.  l

 

 

 

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