Túnez: las batallas de Alya

jueves, 27 de octubre de 2011
Afamada jurista internacional, integrante de la Alta Instancia para la Realización de los Logros de la Revolución, Alya Chammari lleva décadas luchando por la democracia en Túnez. Fue perseguida tanto por el régimen de Habib Bourguiba como por el de Ben Ali. Escuchar el relato de su vida es como hojear el libro de la historia moderna de su país. Para ella y para miles de mujeres tunecinas las elecciones de este domingo 23, que desembocarán en la creación de una Asamblea Constituyente, son cruciales: están en juego las conquistas de la revolución. TÚNEZ/PARÍS.- El primer encuentro con Alya Chammari se dio en febrero pasado en plena efervescencia revolucionaria. El pueblo de Túnez, encabezado por su juventud, acababa de derrocar al presidente Zine el Abidine Ben Ali y seguía su lucha pacífica para sacar definitivamente del poder a la Reagrupación Constitucional Democrática, partido del déspota destronado. El punto neurálgico de la resistencia era la plaza de la Kasbah, en el corazón de la capital, ocupada día y noche por una multitud de tunecinos llegados de todo el país. Entre ellos destacaban abogadas y abogados vestidos con sus solemnes togas negras. Chammari era una de ellos. La emoción y la alegría de esta mujer elegante y batalladora eran inmensas. Su inquietud también. “Una cosa es derribar una dictadura; otra construir una democracia auténtica”, confió entonces a la reportera. Y lo mismo recalcó unos meses más tarde durante otro encuentro, éste en París. Abogada de renombre en todo el Magreb, el mundo árabe y Europa, Chammari dedicó su vida profesional a la defensa de los derechos humanos y los de la mujer. Tanto en la época de Bourguiba (primer presidente de Túnez, 1957-1987) como en tiempos de Ben Ali, ese compromiso era subversivo. Además hubo una “circunstancia agravante”: su segundo esposo, Khemais Chammari, fue una figura destacada que se opuso a los dos dictadores. Durante años Alya y Khemais Chammari fueron objeto de hostigamiento policiaco. En distintas oportunidades él fue encarcelado. Hoy es embajador de Túnez ante la UNESCO y vive en París. Alya en cambio pasa la mayor parte del tiempo en Túnez. “Es una situación bastante incómoda, pero no me queda de otra”, confiesa. “Acepté ser miembro de la Alta Instancia para la Realización de los Objetivos de la Revolución, de la Reforma Política y de la Transición Democrática. Tuvimos muchísimo trabajo y fue capital la participación de las mujeres en las labores de esa comisión”. Creada el pasado 15 de marzo, la Alta Instancia –que contó con 155 integrantes representativos de un abanico de 28 partidos, sindicatos y asociaciones civiles–, acabó sus trabajos el 17 de octubre. Su misión: “dotar al país de instrumentos que le permitan acceder a la democracia y fundar la Segunda República”, explica Chammari. “En ese sentido –enfatiza–, las elecciones del 23 de octubre para elegir a los miembros de la Asamblea Constituyente son determinantes. Las mujeres en particular nos movilizamos sin descanso para que la nueva Constitución incluya todos nuestros derechos.” Generación Bourguiba Chammari se define como “mujer de la generación Bourguiba”. Habib Bourguiba fue el líder de la lucha de independencia contra el protectorado francés. En 1957 se convirtió en el primer presidente de Túnez. Al tomar las riendas del país prometió modernizarlo. “Pero no tardó en monopolizar el poder y con el paso de los años impuso un régimen dictatorial –explica Chammari–. En 1987, cuando fue derrocado por Ben Ali, Bourguiba era senil y peligroso. Sin embargo, al principio de su presidencia tuvo el valor de imponer un Código de Estatus Personal de la mujer muy avanzado. “Su tarea resultó ardua, porque nuestra sociedad estaba muy impregnada de tradiciones musulmanas. Pero ese nuevo código permitió que la mujer tunecina tuviera una situación muy especial en el Magreb. Entre las cosas que están en juego en la elección de la nueva Asamblea Constituyente y luego en la elaboración de la nueva Constitución se encuentran la igualdad entre hombres y mujeres y la necesidad imperiosa de impedir que consideraciones religiosas afecten los derechos de la mujer.” Chammari recalca que ese código rompió drásticamente con la sharia (ley islámica), ya que prohibió la poligamia, el repudio de las esposas y los matrimonios arreglados. “Por si eso fuera poco –enfatiza la abogada–, otorgó a las mujeres el derecho de pedir el divorcio y cambió en su favor la legislación sobre la custodia de los hijos de padres divorciados. Más extraordinario aún: en 1956, cuando el nuevo código entró en vigor, las tunecinas pudieron administrar solas sus bienes. En Francia las mujeres sólo obtuvieron ese derecho en 1970.” Agrega: “Bourguiba en cambio se mostró muchísimo más conservador cuando se trató de crear la primera Asamblea Constituyente. Sus miembros no fueron electos sino nombrados. No participó ninguna mujer. La Constitución especificó que Túnez era una República en la que se respetaban las libertades públicas, la democracia, la libertad de culto, pero nunca se estipuló que hombres y mujeres eran iguales. Se mencionó la igualdad de los ciudadanos entre sí, pero en árabe eso suena sumamente ambiguo. “Es importante recalcar que el artículo 1 de esa Constitución establece que ‘Túnez es una República’ y que ‘su religión es el Islam’.” Insiste: “¡Cuidado! Se dice que el Islam es la ‘religión de Túnez’. No se dice que el Islam es la ‘religión del Estado’. Es capital recordar ese matiz en vísperas de la redacción de la segunda Constitución porque se dan arduas discusiones con las corrientes islamistas al respecto”. Herencia Chammari heredó de la familia de su madre el espíritu rebelde y la energía para la resistencia. Cuenta: “Pertenezco a la burguesía urbana. Del lado de mi padre se dice que somos descendientes del Profeta. Del lado materno, mi abuelo, Ahmed Saadi, fundó en 1920 el Destour, primer movimiento nacionalista e independentista del país. Estaba integrado por personas muy comprometidas: periodistas, abogados, médicos y otros personajes eminentes. “Todos bregaban a favor de una Constitución autónoma para Túnez y querían llegar a la independencia por etapas. Mi abuelo era partidario de una solución negociada, una transición paulatina y pacífica hacia la independencia. Bourguiba estaba a favor de una solución más radical. Fue su opción la que se impuso. Hubo lucha armada, pero muchísimo menos violenta que en Argelia.” –¿Conoció a su abuelo? ¿La influyó? –No alcancé conocerlo, pero me envolvió su aura. Era la referencia absoluta en mi familia: abogado afamado, firme en sus compromisos, respetado por todos, inclusive por el protectorado francés. “Conviví bastante con mi abuela, que era una mujer muy paradójica. Compartía las ideas avanzadas de su esposo pero al mismo tiempo era presa de ciertas tradiciones. No permitió que mi madre estudiara porque no quería chocar con su entorno social. En cambio le prohibió que llevara el hijab (velo). Doce años más tarde desafió a ese mismo entorno al dejar que mi tía estudiara. En cambio ‘arregló’ el matrimonio de mi madre y el de mi tía sin consultarlas. Casó a mi tía con un señor que le llevaba 20 años. “Mi familia mezclaba una cierta modernidad con un apego flexible al Islam. Las mujeres rezaban, los hombres no tanto. Los señores además tomaban bebidas alcohólicas y no respetaban el ayuno del Ramadán. Mi madre quedó viuda muy joven y mi abuela la volvió a casar con alguien de su elección.” –Cuando usted estuvo en edad de casarse escapó a ese destino, ya que la ley prohibía los matrimonios arreglados, ¿no es cierto? –Sí. Pero las familias, cualquiera que fuera su clase social, distaban de respetarla. –¿Qué pasó con usted? –En realidad mi itinerario es atípico. Al principio se parece al de todas las mujeres jóvenes de los sesenta. Nuestra sociedad era conservadora pero aceptaba una cierta emancipación. Mi padre era un buen vividor. Le gustaba comer bien, bailar, divertirse. A mis padres les pareció natural que quisiera estudiar. Me inscribieron en una escuela bilingüe donde se hablaba francés y árabe. Tenía compañeras judías. “Cuando cumplí 16, los padres de un joven oficial pidieron mi mano. El hombre me llevaba 10 años. Pertenecía a la alta burguesía. No me opuse al matrimonio. Yo era un poco superficial en ese entonces y me honraba haber seducido a tan ‘buen partido’. Me fascinaba un cierto glamour: vestidos elegantes, joyas, bailes en la alta sociedad.” –¿Cuánto tiempo duró esa fascinación? –Seis meses. De repente me di cuenta de que me encontraba en un mundo que nada tenía que ver conmigo. Cuando me casé estaba en primer año de bachillerato. Mi marido había aceptado que siguiera estudiando, pero no soportaba que frecuentara una escuela mixta. Se degradó muy rápido nuestra relación. Finalmente fui a ver a mi madre y le dije que me quería divorciar. Se armó el escándalo (…) –¿Qué hizo usted? –Debo confesar que fui un tanto maquiavélica. Exasperé tanto a mi marido que acabó golpeándome. Esa fue una solución radical. En mi familia no se aceptaba la violencia física. Como era menor de edad mi madre se encargó de todos los trámites del divorcio, mientras yo seguía estudiando en mi escuela mixta… –Casada a los 16 y divorciada a los 17… –Así fue. Salí muy madura de esa aventura. Entendí que una mujer debía estudiar, decidir su propio destino y darse los medios para ser autónoma. Adquirí un sentido agudo de mi propia libertad (…) Dos años después encontré a mi segundo marido. Nos casamos cuatro años más tarde. En la mira La vida de Alya cambió radicalmente. Khemais, su pareja, era un militante de fuertes convicciones izquierdistas. Comunista, luego trotskista, acabó por crear su propia organización política. Después de estudiar ciencias políticas en París regresó a Túnez en diciembre de 1965 con la firme intención de involucrarse de lleno en la oposición a Bourguiba. En 1966 fue detenido junto con otros militantes por haber fomentado disturbios en la universidad. Su prórroga para incorporarse al servicio militar fue cancelada y él y sus compañeros fueron alistados en un batallón disciplinario para “enderezarlos”. Alya dice que “en esos años Bourguiba ya había empezado a gobernar de manera autocrática. La prensa, la oposición y las asociaciones civiles estaban amordazadas. La represión era terrible. Les tocó muy duro a Khemais y a sus compañeros. En 1967, mientras seguían sirviendo en el ejército, explotó la Guerra de los Seis Días entre Israel y Egipto, Jordania, Siria e Irak. “Mi marido se presentó como voluntario para ir a combatir al lado de los palestinos. De boca para afuera Bourguiba estaba con los palestinos, pero en realidad hizo lo imposible para que los voluntarios tunecinos nunca llegaran. Se demoraron cinco días para llegar al puerto tunecino de Gabés que se encuentra a sólo 500 kilómetros de la capital. Una vez allá se enteraron de que la guerra había terminado. “El servicio militar de Khemais acabó en 1968, pero ese mismo año fue de nuevo detenido por haber organizado manifestaciones en la universidad. Bourguiba ordenó redadas masivas contra estudiantes, comunistas y nacionalistas. 500 de ellos fueron condenados a penas de cárcel que oscilaban entre tres y 20 años por haber ‘amenazado la seguridad del Estado’. En 1970 la situación económica del país era precaria y el descontento popular fuerte. Bourguiba liberó a los estudiantes para disminuir la presión social.” Chammari conserva un recuerdo amargo de esa época en la que batalló con las autoridades para poder visitar a su novio en la cárcel. “Primero los presos estuvieron incomunicados, luego fueron deportados al campo de detención de Borj-Roumi, el más duro de todo el país. Me prohibieron que visitara a Khemais. Solicité entonces el derecho de casarme con él en la cárcel. Avisé que daría mucha publicidad a mi boda. Nuestros amigos de Amnistía Internacional y de otras ONG se movilizaron. Lanzaron una campaña internacional de solidaridad con los presos. Las autoridades cedieron. Pude visitar a mi novio (…)” Alya y Khemais se casaron en marzo de 1970 y se fueron a vivir a Francia. “Estábamos tan en la mira del poder y de sus esbirros que ya no podíamos actuar y peligraba nuestra seguridad. Era imprescindible tomar distancia”, explica. En Francia los Chammari no se quedaron con los brazos cruzados. Alya siguió sus estudios en la Sorbona: licenciatura en derecho y en derecho del trabajo y dos diplomas en ciencias políticas. Khemais creó un Comité de Defensa de las Libertades Públicas en Túnez y multiplicó iniciativas para denunciar la situación que vivía su país al tiempo que se desempeñaba como periodista. “En 1973, obedeciendo a Bourguiba, el cónsul de Túnez en Francia no quiso renovar nuestros pasaportes. Nos quedamos indocumentados y así vivimos cinco años sin poder viajar a ninguna parte. Todos los partidos de izquierda y las organizaciones de defensa de los derechos humanos de Francia nos apoyaron”, comenta. Su solidaridad surtió efecto: en 1978 los Chammari obtuvieron sus pasaportes. Alya regresó a Túnez de inmediato. Khemais temía persecuciones judiciales. Esperó dos años más. Alya fue catedrática de la Facultad de Derecho de la Universidad de Túnez durante dos años, luego se dedicó exclusivamente a su profesión de abogada. “No hice ‘carrera’ en el sentido financiero de la palabra –dice riendo–. Defender a las víctimas de la dictadura era más bien una vocación… También lo es bregar a favor de los derechos de la mujer. Me integré rápidamente a la Asociación Tunecina de las Mujeres Democráticas y a la Asociación de las Mujeres Tunecinas para el Desarrollo. En 1991, junto con organizaciones de Argelia y Marruecos creamos una asociación regional que llamamos Colectivo 95 Magreb Igualdad. Nuestra militancia no le gustó a Bourguiba.” Tampoco le gustó al presidente el activismo de Khemais, quien era miembro del Buró Político del Movimiento Socialista Democrático (MSD) y encabezó la Liga Tunecina de los Derechos Humanos (LTDH). Apenas regresó de Francia en 1980 la policía lo detuvo tres semanas. En 1987 lo arrestó de nuevo por denunciar, en su calidad de secretario general de la LTDH, la persecución de la que eran objeto los islamistas de la organización Ennahda. Enfatiza Alya: “La LTDH defendió a todas las víctimas de las violaciones de los derechos humanos, inclusive a los islamistas. Así tiene que ser. Para esa organización los derechos humanos son los mismos para todos, aun si sabe que una vez que los islamistas toman el poder no respetan esos derechos (…) “Mi esposo fue detenido en abril de 1987. La salud física y mental de Bourguiba ya estaba muy deteriorada. Quería ahorcar a todos los opositores. El golpe de Estado de Ben Ali salvo a Khemais de la horca.” El reino de Ben Ali, sin embargo, fue sumamente duro para los esposos Chammari. Alya cuenta que la policía los vigilaba todo el tiempo: estacionaba autos frente al domicilio de la pareja o en sus oficinas, los seguía, varias veces confiscaron sus pasaportes para impedirles participar en conferencias y foros internacionales. “Un día, sin embargo, estuve al borde de la catástrofe. Fue en febrero de 1996. El auto de los policías se me cerró demasiado. Perdí el control de mi vehículo y choque con otro. Mi auto quedó destrozado, mi hija levemente herida y yo bastante transtornada.” Poco después del accidente, Khemais fue de nuevo encarcelado, ahora por defender a Mohamad Moada, secretario general del MSD. “En 1995 Moada hizo pública una carta que había enviado a Ben Ali en la que denunciaba su nepotismo, la violación de los derechos humanos y la corrupción del sistema. Fue detenido y luego condenado a 11 años de cárcel. “Khemais lo defendió en nombre de la LTDH. Yo también lo hice en virtud de que era su abogada. Tenía su expediente. Ben Ali nos acusó de haber violado el secreto de la instrucción. Me persiguieron, pero no me detuvieron. En cambio mi marido fue condenado a cinco años de cárcel. Era absurdo. Yo era la principal acusada ya que tenía el expediente de Moada y el culpable resulto ser él.” La detención y la condena de Khemais, que en ese entonces era también diputado, provocó un escándalo internacional. En numerosos países legisladores manifestaron su solidaridad con él. Fue liberado después de 10 meses. “Y así vivimos hasta la revolución del pasado enero. Nos quedamos bastante aislados socialmente porque la gente tenía miedo, sabía que estábamos en la mira del poder (…).” –¿Por qué no se presentó como candidata a la Asamblea Constituyente? –No tengo la mínima ambición política. El poder, por mínimo que sea, no me interesa. Sólo me importa el contrapoder. Por eso sigo activa en la sociedad civil. Yo creo en la fuerza de las asociaciones civiles. Nuestro papel es vigilar a los políticos y obligarlos a respetar los grandes principios sin los cuales fracasará nuestro proceso de democratización.