Joaquín Cosío: La cultura en México, "un desastre"

jueves, 24 de noviembre de 2011
La figura carismática del actor, poeta y dramaturgo Joaquín Cosío robó cámara durante la presentación de su libro de versos Bala por mí el cordero que me olvida, en la Feria Internacional del Libro Oaxaca (FILO). Entrevistado allí sobre sus recientes pasos cinematográficos y pasiones artísticas, Cosío destacó la simbología de su personaje fílmico El Cochiloco para el público mexicano. OAXACA, OAX. (Proceso).- El cineasta Oliver Stone, ganador de tres premios Oscar lo llamó este año para interpretar a un capo en Savages, luego de verlo actuar en la afamada cinta de Luis Estrada El infierno donde representó el papel de El Cochiloco, con cuyo apelativo la gente reconoce por doquier a Joaquín Cosío (Nayarit, 1962): “¡Cochiloco!, ¿cómo está, Cochiloco? ¡Qué buena actuación como El Cochiloco...! ¡Me encantó su personaje del Cochiloco…!” La escena sucede una y varias veces en el marco de la 31 Feria Internacional del Libro de esta ciudad (FILO), a la cual Cosío acudió para presentar su poemario Bala por mí el cordero que me olvida (Ediciones sin nombre/Taberna Libraria/Nod). En busca de un sitio para conversar con este semanario, a cada instante lo detienen. Él, contento y amable, accede a todo lo que le piden sus fans. “El afecto es real… No puedo más que emocionarme mucho porque las personas me abrazan y me quieren. No hay nadie en el panorama público que tenga las agallas, la ética y la lealtad de El Cochiloco”, dirá a Proceso. Luego, por fin, en la cafetería Del Jardín, en los portales del centro, se sienta, pero la charla es interrumpida constantemente por personas adultas y jóvenes. Con paciencia y sonriente, Cosío atiende a cada uno, no se disgusta porque pierde la concentración de la plática. Algunos le recuerdan su intervención como villano en el filme número 22 del agente James Bond 007: Quantum, de Marc Forster, estrenado en 2008. Otros, su “Rubén Mascarita” en Matando cabos (2004), de Alejandro Lozano. Cosío recomienda a todos ver Pastorela, dirigida por Emilio Portes, donde da vida a un judicial, y les habla de la película animada sobre la Revolución Mexicana La revolución de Juan Escopeta, de Jorge Antonio Estrada, en la cual presta su voz precisamente al pistolero Juan Escopeta. El actor refiere que en la FILO acaba de estrenar el largo Mar muerto, de Ignacio Ortiz, un drama urbano “muy fuerte” donde personifica a Arturo, en tanto que Pastorela “es lo contrario”: una comedia citadina: “Pastorela nos habla de un joven director, Portes, que está desarrollando un estilo personal. Es su segunda cinta (la primera fue Conozca la cabeza de Juan Pérez) y me parece que consolida un lenguaje muy suyo. Es un cine ácido, negro, humorístico, divertido y con personajes populares. Se le nota un amor profundo por el México popular, por la gente de la calle. “No es una comedia ligera, ni mucho menos tonta, no es de chiste fácil. Es divertida. Muestra personajes de la vida cotidiana de México. Es una cinta contra instituciones como el sistema de justicia mexicano y la Iglesia. Se burla de los vicios y la corrupción de estos estamentos tan corrompidos en nuestro país. Entonces, siendo una comedia, no deja de ser una crítica.” –¿Cómo va esa crítica de Portes a la policía y la Iglesia? –Vemos a una Iglesia que tiene la contradicción sustancial de vivir del dinero de los otros. En cuanto a la justicia en México, es hablar de la gran tragedia nacional. La justicia es justamente de lo que más carecemos. Lealtad de “El Cochiloco” –El Cochiloco le ha dado una proyección muy amplia, ¿qué opina de eso? –Nunca hago una película pensando en que voy a hacer un gran personaje; pero me sorprenden los resultados de El Cochiloco y Mascarita. La gente los ha sentado a la mesa de su cocina a conversar con ellos, los quiere. “Siempre pienso en la terrible soledad del ciudadano mexicano, no tiene en quién creer, nadie lo representa, no hay nadie que sea capaz de hacerlo sentir seguro ante la caricatura cínica de políticos y líderes que tenemos. El Cochiloco es un ser honesto, leal y verdadero. Es un hombre arrojado y con moral, claro, y como buen ser humano, todo esto en un contexto contradictorio porque es un matón, un sicario, pero la gente lo ve como alguien tan cercano a él y en el que pueden creer; por eso lo quieren, porque es honesto y no hay nadie en este momento en el panorama público que tenga las agallas, la ética y la lealtad de El Cochiloco.” Otra voz, de un varón joven, grita: “¡Buenas, Cochiloco!...” y el actor lo saluda levantando su mano izquierda. –¿Le molesta que lo reconozcan como El Cochiloco? –No, la gente me ha regalado libros, me ha invitado nieve, me ha regalado mezcal... El afecto es real. Eso me tiene muy sorprendido y muy congratulado. No puedo más que emocionarme mucho porque las personas me abrazan y me quieren. Magia y tragedia del arte –¿Cómo se prepara para estar vigente en la actuación? –Mi amigo Damián Alcázar me dice con frecuencia que el secreto para hacer un buen trabajo es estudiar mucho, y le creo; pero él no me cree, no está de acuerdo cuando le digo que también hay magia. “Para mí, hay magia en el actor. Cuando veo a Alcázar o a Jesús Ochoa y Daniel Giménez Cacho pasa algo fantástico que me hace pensar en poderes extraordinarios. No digo que un actor sea un súper dotado; simplemente creo que hay energía, hay poder.” De buen ánimo, sigue saludando con sus manos a los que registran su presencia. Incluso, hay una fila tras él de muchachas y chicos con plumas para la firma y celulares para la foto. Menciona cómo su carrera actoral empezó cuando descubrió por casualidad el mundo del teatro: “Un amigo me invitó a un taller teatral en la preparatoria y no sabía qué era pero fui, me inscribí y de pronto ya estaba ensayando, mi vida cambió para siempre. Hasta la fecha yo no puedo dejar de actuar.” Ha trabajado con directores como Antonio Castro, Luis de Tavira, Luis Estrada Rodríguez y David Olguín, aunque ser actor en México, según Cosío, resulta complejo: “Menciono mi experiencia en Londres y Estados Unidos. Allá, los actores son tratados con bastante vehemencia, no se diga en Europa. En nuestro país la carrera es bastante dura, los productores están bajando sueldos porque hay demasiada oferta y a muchos proyectos no les interesa el trabajo actoral, sino otras cosas llámense presencia, belleza, o cuerpo. La cultura en México está hecha un desastre. “Nos quedamos los actores en el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), pero dicha institución vive de un presupuesto virtual, raquítico y no hay peor negocio que meterte a hacer una obra en el INBA. Te pagan cinco meses después sin ninguna explicación. Parece que el INBA no está obligado a patrocinar obras, hace filantropía. Estamos a un pelo de que digamos los actores: ‘Te pago para que me dejes actuar’.” Y agradece la experiencia de trabajar en películas estadunidenses, pero no está ávido de trabajar en Hollywood, ni busca sus actuaciones allá (“se dan, no menosprecio para nada esa puerta y si vienen películas estadunidenses o cintas extranjeras, yo con todo gusto las hago”). Pronto se le verá en Bless me, de Carl Franklin. Tampoco le molesta trabajar en la pantalla chica. Hace series, como Eastbound & Down, Los héroes del norte, Los plateados, S. O. S.: Sexo y otros secretos, El diez y Kdabra, que filma su segunda temporada en Colombia. Asimismo, ha grabado telenovelas (Las Aparicio, con Argos). Y sin embargo, “siempre hay que regresar al teatro para recuperarte como actor, allí, está la exigencia, la intensidad, la profundidad”. Con el teatro “se da uno cuenta si uno está mal en la actuación y qué habilidades se tiene”. Joaquín Cosío descubrió la poesía al mismo tiempo que halló al teatro. A los 18 años empezó a escribir “como un impulso”; entró a un taller literario con David Ojeda y después, Miguel Ángel Chávez lo invitó a otro. “Puedo decir: ‘Soy actor’, pero me cuesta trabajo decir que soy poeta porque es una condición de vida que no he abrazado del todo. Escribo lento, no soy un intelectual, ni un profesional de la escritura.” –¿Por qué escribe poesía? –Porque es un acto de libertad absoluta, puedes nombrar al mundo como te dé tu gana. Es un acto muy libre que no hay otro tan parecido. Su relación con la poesía, destaca, ha sido personal y discreta. Otros libros donde ha publicado poemas son: Conversando otra voz y Cíbola, cinco poetas del norte. Tiene, además, una obra teatral: Tomóchic, el día que se acabó el mundo. Al nombrarle a Felipe Calderón, su rostro cambia: “¡Estoy absolutamente indignado con ese señor! Es un hombre marrullero, mentiroso, ambicioso y con pocos escrúpulos, sin ningún tipo de amor a la gran cultura que representa.” De Andrés Manuel López Obrador, aspirante único a la candidatura presidencial de la izquierda, sólo agrega que “es una posibilidad”. –Si el actor entretiene al público, ¿de qué le serviría al mexicano esta finalidad en nuestra época? –La cultura mexicana está pagando el gran fracaso de la educación. Que nuestros jóvenes sean sicarios, maten de una manera tan desalmada, tiene que ver con el fracaso de una política social y el fracaso de una política educativa. “Muchos chicos son fantasmas del deambular en unas calles vacías y de pronto, les ofrecen la aventura del crimen y la viven con intensidad porque no hay otra vida. Pero la cultura y el arte son ese pequeño aceite que alivia la herida en esta penumbra en la que estamos en México, sigue siendo la posibilidad para que alguien se ría y disfrute.” Enseguida, se acercan un sinnúmero de seguidores para conocerlo y él se muestra feliz. Para todo mundo hay Cochiloco y rememora al director Oliver Stone, así: “Stone es un hombre eléctrico, ávido e inquieto. Me recordó al clásico director de orquesta, despeinado, nervioso… Allí en Savages conocí y trabajé con Benicio del Toro, ¡un tipazo, generosísimo! Muy amable, fraterno y sencillo. Nos invitó a cenar y ‘¿Nos echamos unos tequilitas?’ ¡Cómo no!” Y sin dejar de atender admiradoras y curiosos, el actor se despide con sonora carcajada, para alegría de los portales en el corazón de Oaxaca.

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