Naguib Mahfuz, profeta en su tierra

lunes, 12 de diciembre de 2011
EL CAIRO (Proceso).- En coincidencia con las revueltas de la emblemática plaza Tahrir,­ El Cairo conmemoró este domingo 11 el centenario del nacimiento del premio Nobel de Literatura Naguib Mahfuz (1911-2006), único escritor en lengua árabe que ha obtenido el galardón. Enemigo acérrimo del fundamentalismo y pionero en la defensa de los derechos individuales, su imagen bondadosa y apacible está adosada a esa plaza en el corazón de la capital egipcia. En las últimas décadas de su vida realizaba un ritual tan inexorable como la salida del sol o el temprano canto del muecín desde las torres de las mezquitas cairotas: cada mañana, a las 7:45 en punto, desayunaba en la parte alta de la cafetería Alí Babá, un selecto mirador sobre la plaza Tahrir. Allí recibía el primer salam de la jornada de labios de Wahba Aknanj, un camarero que cuando falleció Mahfuz –el 30 de agosto de 2006– tendría unos 50 años. Llevaba cumpliendo con ese ritual desde que era un muchacho, lleno de complicidad, conocedor –sin mediar palabra– del momento de servirle al escritor cada uno de los muchos cafés turcos que éste sorbía lentamente. Media hora antes Mahfuz abandonaba su domicilio del popular barrio de Aquza. “Por prescripción facultativa” atravesaba caminando La Gazira, esa isla incrustada en medio de la ciudad, como un diminuto Manhattan en el Nilo. Por el camino compraba Al Ahram, el prestigioso diario de El Cairo en el que colaboró­ hasta sus últimos días con una muy leída columna semanal: “Punto de Vista”. Tras el saludo que le brindaba Aknanj, Mahfuz iniciaba el tramo más difícil de su paseo matutino: subir las escaleras que lo conducían a su asiento reservado en la planta alta. Tras la obtención del Nobel en 1988, numerosos periodistas y turistas curiosos se acercaban por el local. Como si fuese parte del programa de las visitas turísticas de la ciudad, muchos sabían que allí se encontraba en las primeras horas matinales el escritor laureado, y Aknanj actuaba como recadero instantáneo para cualquiera que se interesara en entrevistarlo, fotografiarlo o pedirle una autógrafo, sin necesidad de una cita. En aquel luminoso reservado Mahfuz se enfrascaba en la lectura del periódico, pasando las páginas con el dedo ensalivado, en medio de esas raras y divertidas gesticulaciones de viejo abstraído, al tiempo que desde el gran ventanal ahumado alcanzaba un encuadre perfecto del nuevo Cairo, tan ajetreado y tan distinto de la capital del déspota Faruk, a quien él había criticado duramente en uno de sus primeros libros testimoniales: El nuevo Cairo (1945). Hasta tal punto la cafetería Alí Babá se convirtió en centro de atracción de periodistas, turistas y curiosos magnetizados por la novedad de ver en carne y hueso al exclusivo premio Nobel en lengua árabe, que Aknanj y el resto de los camareros bromeaban sonrientes con llamar a los continuos portadores de flashes “los 40 ladrones”...En ese lugar lo entrevistó este reportero en marzo de 2002, cuatro años antes de su muerte.   Tradición y modernidad   Con extremada amabilidad Mahfuz expuso sus meditadas matizaciones sobre la tradición y la modernidad de la cultura árabe, eje fundamental de su literatura y su pensamiento. “Estamos dando los primeros pasos de la cultura árabe moderna”, dijo. “Hasta no hace mucho tiempo nuestra literatura era prácticamente oral. Se reducía a esos poemas épicos recitados en los corrillos de los cafés, perfectamente memorizados por gente que tenía capacidad para ello, pero que no sabía leer. De hecho la figura del lector árabe es moderna, de unas pocas décadas atrás. Cuando yo comencé mi carrera de novelista, a finales de los treinta, más de 90% de la población egipcia era analfabeta”. Ese Egipto antiguo, apenas enganchado en el mundo moderno y en gran medida amodorrado en una larga tradición de siglos, es el que aparece en muchas de las novelas de Mahfuz, como El callejón de los milagros o, entre sus últimas creaciones, Hijos de nuestro barrio. De un modo recurrente aparece como escenario, con una ternura casi obsesiva, el barrio de Kahn el Khalili, corazón del casco histórico y que es ya El Cairo de Mahfuz, como puede hablarse por ejemplo del Madrid de Galdós, el Londres de Dickens o el París de Zola. En la bella plaza de Hussein, en el distrito de Muski, es donde se inicia la maraña de callejuelas de Kahn el Khalili; en ellas destacan los roídos espejos de los cafés con mesas tan próximas entre sí que cada establecimiento parece una única reunión de colegas. No falta en ellas el mogammo, el gran recipiente de agua, tabaco y miel que se fuma por un tubo, produciendo un divertido gorgoteo de escafandra. En cada esquina de las zigzagueantes callejuelas, entre fuertes efluvios pimentados, se encuentran las grandes pirámides invertidas de carne, para los socorridos bocadillos de shawarma con el pan de pita. El premio Nobel popularizó el rostro del escritor, convertido en una especie de efigie pública entre la población cairota, hasta el punto que en los arrabales si no del todo su nombre sí se retenía con orgullo su aspecto distinguido y apacible bajo las gafas ahumadas, de las que surgen como acentos circunflejos sus pobladas cejas. Un retrato, obra del pintor Salah Enany, que es más bien una divertida caricatura de Mahfuz, se convirtió de la noche a la mañana en un componente casi obligado de las aulas, muchos establecimientos y miles de hogares, reproducido en carteles y en tarjetas postales que aún hoy se muestra en las callejuelas de Khan el Kahlili. Pero Mahfuz continuaba embebido en la lectura de su periódico, en su pecera ahumada de la cafetería Alí Babá, con su perfil pensativo, la prominente verruga característica en la mejilla y un sempiterno cigarrillo, de la marca Kent escrita en caracteres árabes, cuyas letras parecían un humo añadido al que exhalaba. Era la hora del segundo café turco que le subió el fiel Wahba Aknanj, pertinentemente rebajado de azúcar a causa de su diabetes. Las gafas oscuras lo defendían de su fotofobia y un llamativo audífono combatía su parcial sordera. Pausado pero locuaz, expuso durante la entrevista sus pensamientos largamente meditados. “Con la excepción de ese magistral paradigma de la literatura mundial que es Las mil y una noches, las letras árabes siguen siendo desconocidas incluso en nuestro propio entorno”, dijo. “Yo mismo me encontré ante una encrucijada de posibilidades; pues piense que, como le he dicho, un escritor no tenía apenas lectores ni precedentes en qué basarse. En mi juventud la historia antigua se ofrecía como un riquísimo filón por descubrir y hacia ella me orienté en mis primeras obras. Creí que ese sería mi destino literario, pero al cabo de un tiempo entré en una profunda crisis; si siguiera por esa vía, me pregunté, ¿qué sería de los problemas contemporáneos, de los nuevos conflictos tan necesitados de tratamiento?” Su novela Children of gebelawi (traducida al castellano como Hijos de nuestro barrio) fue censurada desde el principio y tras la concesión del Nobel la prohibición fue incluso ratificada por Al Azhar, la cúpula religiosa egipcia, que insistía en que “Mahfuz difama gravemente a los profetas”. Él defendía lo que ahora es una obviedad tras la promulgación de la libertad de expresión en su país: “Numerosas obras han planteado a lo largo de la historia su visión crítica de la religión y lo considero una actitud legítima”, argumentó. Defensor a ultranza de los derechos individuales, una de las frases más comentadas de su discurso de recepción del premio Nobel fue justamente su defensa de lo individual ante lo colectivo. “Lo colectivo –puntualizó durante la entrevista– es muy importante en el mundo islámico, incluso más allá de las fronteras respectivas, pero eso no quita para defender los derechos individuales como una conquista del Estado democrático. Yo creo haber compaginado en su justa medida esas dos vertientes, lo cual es en una cultura árabe una actitud muy progresista; dese usted cuenta de que existen amplios sectores de población que niegan cualquier tipo de libertad individual.” Las mujeres son, en el mundo islámico, las más olvidadas a la hora de hablar de derechos individuales. Cuando el reportero le recordó a Mahfuz que la bella protagonista de El callejón de los milagros acaba prostituyéndose por codiciar una cara y lujosa vida de estilo occidental, Mahfuz puntualizó: “En todas mis novelas mi postura es de condolencia y solidaridad con las víctimas; lo que ahí trato de denunciar es la corrupción y la explotación, que son comunes a todas las fronteras. Y, bien mirado, tampoco es privativa de una civilización determinada la discriminación de la mujer. Cada vez es más necesario distinguir claramente entre los islámicos convencionales, que profesan su religión como podría ser cualquier otra, y los musulmanes extremistas que son los que subyugan a la mujer y que tanto dañan, de un modo reduccionista, la imagen del mundo árabe. “Sin embargo, en contra de esa minoría involucionista la mayor parte de la población está a favor de la total igualdad: se muestran partidarios de que las mujeres se realicen profesionalmente y que accedan a cargos públicos.” A Mahfuz se le había enfriado la último taza de café turco y se le había hecho tarde para atravesar las tres manzanas que lo separaban de la redacción de Al Ahram, donde aún debía continuar contestando preguntas por teléfono, pegando bien su audífono al auricular.

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