Remember (you too) The Alamo

miércoles, 14 de diciembre de 2011
A la memoria de Michel Descombey y en un doliente recuerdo de Julia Marichal Disney, Whitman, Borges Todo se va. No recordamos el pasado inasible sino la imagen que de él nos han construido las palabras. Sin ellas las imágenes del ayer no tendrían ningún significado. Las palabras que dicen la verdad pueden (suelen) ser también instrumentos de la mentira. Nos forjamos un relato del pasado con el único objeto de servir a los intereses del presente. En el cuadro mental hacemos fotoshop, quitamos o añadimos, embellecemos o afeamos, suprimimos con la tecla delete cuanto no nos conviene. Real o imaginaria la batalla de El Álamo es uno de los mitos fundadores de los Estados Unidos. Un puñado de héroes murió luchando por la libertad a manos de una horda salvaje encabezada por un tirano de opereta. No se dice que esa épica defensa incluía el derecho a tener esclavos. Si Walt Disney es el supremo propagador de esta visión a un tiempo racista, combativa e idílica, sería injusto callar que ha tenido muchos otros partidarios ilustres. Marx y Engels celebraron las agresiones contra el pobre México como triunfos del progreso. Walt Whitman, el más furibundo antimexicano en la literatura de su país, le dedicó versículos épicos. Ya en nuestro tiempo nadie menos que Jorge Luis Borges exaltó en 1961 a “esas otras Termópilas, El Álamo”.   John Wayne en Chapultepec   Muy pocos han leído los libros de la historiografía texana pero millones y millones han visto las películas y las series de televisión. Gracias a ellas los héroes de El Álamo como David Crocket se han engrandecido y comercializado, al punto de que su gorra con cola de mapache impuso en los cincuenta una moda entre los adolescentes del mundo que estuvo a punto de extinguir a aquellos animales. La pieza central de esta mitificación mercadotécnica fue la película dirigida y protagonizada por John Wayne, el sublime bardo de los marines y de los Boinas Verdes, el cowboy bueno y valiente siempre en lucha contra las oscuras fuerzas representadas por los indios, los mexicanos, los amarillos y todos los que no fueran blancos, anglosajones y protestantes. Imaginemos lo que sería convertir el Castillo de Chapultepec en un parque temático, como lo es hoy El Álamo, con salas de proyección en que incesantemente se viera la brutalidad de los invasores contra la abnegación y el heroísmo suicida de los cadetes y soldados mexicanos. También con tiendas de baratijas que expendieran castillitos, miniaturas de los Niños Héroes, gorritas y banderitas de Juan de la Barrera. Nada de esto existe. Nos hemos preocupado por borrar de Chapultepec cualquier imagen capaz de ofender la sensibilidad angloamericana. En cambio El Álamo representa un cotidiano escupitajo en nuestra cara sumisa. El castillo no es hoy un recuerdo vivo de la invasión que se llevó medio país sino el escenario romántico de Maximiliano y Carlota y un salón de fiestas que se alquila a quien pueda pagarlo. Por eso Paco Ignacio Taibo II ha subtitulado “Una historia no apta para Hollywood” su libro sobre El Álamo que acaba de aparecer en Planeta. Taibo ha leído toda la bibliografía disponible, ha visto todas las películas y series de televisión y se ha internado en los abismos de internet, donde por cierto en este caso, como en muchos otros, resalta la casi total ausencia del punto de vista mexicano. Sin El Álamo, dicen sus reinventores, la expansión de los Estados Unidos hacia el oeste se hubiera frustrado y la nación no se hubiera convertido en un poder planetario. Por tanto el mundo como lo vemos ahora no existiría. El Álamo, señala Taibo, fue “una pequeña batalla de tan sólo una hora de duración, con la que culminó un cerco de nueve días donde una guarnición de poco más o menos 200 independentistas, supuestamente texanos, fueron masacrados por mil 500 soldados mexicanos a las órdenes del general Santa Anna el 6 de marzo de 1836”.   El septentrión abandonado   El imperio español, al no encontrar oro, se interesó muy poco por el extremo septentrional de sus dominios. No hubo presencia militar ni verdaderos intentos de colonización. Todo quedó librado a las misiones. Este sistema de intercambios y frustrada cristianización se deshizo cuando en 1767 por un decreto real los jesuitas fueron expulsados. La Independencia dejó a México dueño de un ignorado tesoro que en realidad era una olla de plomo en plena ebullición. Los conquistadores no habían encontrado en esos desiertos las mágicas ciudades prometidas por las leyendas. Pudieron someter a sangre y fuego a los herederos de las grandes culturas originales. En cambio, no habitaban esos lugares mayas, aztecas ni quechuas sino una muchedumbre de tribus guerreras que defendieron durante siglos su derecho a la tierra y a la existencia.   La apoteosis de la codicia   Los Estados Unidos nacieron con la voluntad de ser un imperio. Su capital, Washington, fue edificada para constituirse en la nueva Roma. Un pequeño país que apenas ocupaba una franja de la costa atlántica, con una fuerza y una voluntad que, aunque nos pese, tenemos que reconocer como admirables, necesitaba expandirse hacia la otra orilla y llenar el vacío dejado por los españoles del que no supieron aprovecharse los mexicanos. Ignoraban, cómo iban a saberlo, las inmensas riquezas de esas tierras baldías que pronto iban a ser emporios ganaderos, paraísos del oro y del petróleo. Unos cuantos, como Manuel Mier y Terán, el guerrillero de la independencia que se suicidó arrojándose sobre su espada en la tumba de Iturbide, advirtieron del peligro inminente. La mayoría, en nombre del progreso, dejó que se asentaran en Texas los colonizadores angloamericanos con su cauda de esclavos. Pronto reclamaron su infinita superioridad racial y moral, su ética del trabajo que veía en el enriquecimiento ilimitado una forma de servir a los intereses de Dios. El establecimiento de la república centralista conservadora, en vez de la república federal y liberal, se unió a la abolición de la esclavitud en todo el territorio mexicano para justificar la independencia de Texas, en realidad un paso preliminar para fundirse con los Estados Unidos.   El toque a degüello   Por desgracia, el Congreso y Santa Anna declararon a los anglos que conspiraban dentro del país (Texas formaba parte de Coahuila), piratas y filibusteros que debían ser ejecutados sin mediar juicio. A fin de sofocar la rebelión, Santa Anna, en una de sus innumerables presidencias, levantó de la nada un ejército fantasmal compuesto no de soldados profesionales sino de reclutas e indefensas víctimas de la leva. Con ellos y su infinito cortejo de soldaderas e hijos de la tropa, emprendió una penosísima travesía por el desierto que por sí sola explica las irremontables dificultades de comunicación entre la Ciudad de México y las tierras del norte. Engels, como gran teórico de la estrategia, reconoció el genio de Santa Anna para inventarse una y otra vez ejércitos y planear grandes campañas. Sus cualidades se vieron anuladas por su absoluta ineptitud para dirigir una batalla. Esta vez, sin embargo, todo le salió bien al generalísimo en su primera etapa. Puso en jaque a unas fuerzas casi tan desorganizadas como las suyas y pareció que iba a triunfar sobre ellas. Los angloamericanos no contaban todavía con la más brillante generación salida de West Point: los jóvenes tenientes y capitanes de la guerra del 47, que quince años después serían los grandes generales de la Guerra de Secesión. Entre tantas otras cosas México siempre fue el campo de entrenamiento para el US Army. Si de La Angostura, Veracruz, Padierna y Chapultepec salieron Ulises Grant, Robert Lee y muchos otros, ya en el siglo XX las tierras y las costas mexicanas adiestraron a los vencedores de la Segunda Guerra Mundial: MacArthur, Eisenhower, Patton. Santa Anna logró llegar a San Antonio y en la madrugada del 6 de marzo de 1836 lanzó cuatro columnas contra El Álamo. No era el edificio que hoy vemos multiplicado al infinito, entonces apenas la capilla, sino una extensa misión improvisada como fortaleza con muros ya desaparecidos. El clarín tocó “a degüello”, lo que significaba el exterminio de todos los defensores sin darles la oportunidad de ser enjuiciados. Es cierto que se respetó a las mujeres y a los niños pero de todos modos la matanza, por patriótica que fuera, no tiene justificación. Del mismo modo es innegable el heroísmo de quienes resistieron en El Álamo, entre ellos Crocket, Jim Bowe y William Barret Travis, quienes pidieron a Samuel Houston auxilios y refuerzos que nunca llegaron. Sea como fuere hubo más muertos entre los mexicanos que entre los texanos.   Los personajes del drama   Santa Anna, que en su soberbia y su demencia se creía Napoleón, se confió y no tardó en ser completamente derrotado por Houston en la batalla de San Jacinto. Prisionero, firmó para salvarse el Tratado de Velasco que aceptaba la independencia de Texas y la retirada del ejército mexicano. Sirvió de intérprete Lorenzo de Zavala, quizá junto con Lucas Alamán el mejor historiador y prosista de los primeros años del México independiente a quien no se recuerda por su obra sino como el architraidor que fue vicepresidente de la efímera República Texana. Sin poder adivinarlo sus firmantes, en el Tratado de Velasco se estaban sembrando las semillas de la invasión del 47 y dentro de los Estados Unidos la lucha del norte contra el sur. Taibo no se limita a narrar la guerra y sus batallas: traza retratos de los protagonistas mexicanos (como Juan Nepomuceno Almonte, el hijo de Morelos, el primer compatriota que se educó en los Estados Unidos y, ya en tiempos de la intervención francesa, fue el regente del llamado imperio. Su documentadísimo relato sobre El Álamo, sus antecedentes, la invención del mito y su desarrollo hasta nuestros días, constituye un libro de absoluta legibilidad que deberíamos conocer y agradecerle todos los mexicanos.

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