Morir en la carpa

jueves, 14 de febrero de 2013 · 10:15
Los dueños y trabajadores del circo de los hermanos Suárez no se explican lo que sucedió el sábado 2 en la carpa instalada en el poblado de Etchojoa, al sur de Sonora, cuando el tigre Sergio saltó contra su domador Alex Crispín en plena función y le clavó las garras en el cuello, causándole la muerte. Y aunque el público se conmocionó, alguien tomó un video y lo subió a Youtube, lo que desató una ola de rumores y burlas sobre el ataque del felino. Ahora, los compañeros de Alex están molestos y los animales del circo en cautiverio, mientras la policía sigue investigando. ETCHOJOA, SON. (Proceso).- Todo sucedió en 20 segundos. El domador se derritió como una vela cuando el tigre le puso las patas encima. El público gritó y Alex detuvo la garra a unos centímetros de sus labios. Con ojos desorbitados lo miró como si nunca antes lo hubiera visto. Alex retrocedió en la arena. Se detuvo, pero el tigre no. Como un relámpago, el felino se le lanzó encima. Una lluvia de astillas filosas. Espinas de cactus. Durante varias funciones, el tigre Sergio y su domador Alex compartieron sombra en la pista del circo de los Hermanos Suárez, hasta la función del sábado 2 de febrero, en este sureño pueblo sonorense donde las cantinas se confunden con casas y el cielo es cruzado por cables de luz robada. Elda Sirenia y su familia se sentaron en las gradas y presenciaron distintos espectáculos en la pista: el de los payasos, el de la contorsionista y el de las yeguas enanas... Después llegó el turno del domador. Para entonces les dolían las manos de tanto aplaudir y las bocas de tanto sostener la sonrisa. El presentador usó el altavoz para decir que había llegado la hora de la presentación estelar: Alex Crispín, el domador de tigres. Las colas de los felinos se movían como un péndulo sobre la pista. Una pelota de luz se detuvo sobre ellos y los iluminó. Alex llevaba esa noche unas medias de licra negras y una playera de tirantes con estampado de tigre. La arenga circense se fundía con música disco. El domador era un prisionero con sus fieras. No tenía látigo, sino una vara. Empezó a dirigir a los tigres: primero el truco de las plataformas, luego el aro de fuego. Y entonces… “El domador empezó a forcejear con el tigre. Yo le tapé los ojos a mi niño de cinco años. El tigre estaba encima del muchacho y sus compañeros empezaron a golpear al animal con los banquitos. Me levanté, pero no grité; tenía miedo de que los animales brincaran la reja”, relata Elda. La señora asegura que varios niños de la primaria donde trabaja no paran de hablar de lo que sucedió en el circo ni de imitar el rugido del tigre. “Es su nuevo juego, varios vecinos me han contado que sus hijos están muy asombrados con lo que pasó”, asegura. Esa noche, la policía acudió al circo a fotografiar la escena: hilos de sangre mezclados con tierra. “Los tigres ya estaban enjaulados cuando llegamos. El domador, de 35 años, fue trasladado al hospital Río Mayo, en la entrada de Huatabampo, el municipio más cercano a Etchojoa. Desgraciadamente las heridas profundas en el cuello del lado derecho le produjeron un shock hipovolémico al domador y falleció, cuenta un agente encargado de alejar a los curiosos de la carpa. Al día siguiente, el cuerpo de Suárez fue trasladado a Guadalajara para ser sepultado junto a su padre, dueño del circo hasta hace dos años. El hecho trascendió en el pueblo, pero no se difundió sino hasta que Jesús Jocobi Moyoqui, un estudiante del Colegio de Bachilleres (Cobach) de Etchojoa, subió a Youtube el video que por casualidad había grabado. “Estábamos viendo cómo armaban la jaula con las rejas metálicas en toda la pista, los animales brincaron sobre aros de fuego… Pensamos que era parte del espectáculo y que el domador se levantaría, porque el tigre estaba jugando con él, pero al ver la sangre brotar de su cuello la gente salió corriendo y gritando, y me mantuve quieto para tomar el video porque no podía creer lo que estaba viendo”, declaró al periódico local El Informador del Mayo. Las imágenes dispararon la parafernalia sobre la muerte del domador en todo el mundo. Hasta el cierre de esta edición, el video tenía más de 600 mil reproducciones en Youtube. Linaje circense Crispín Alexander Suárez Malone nunca fue un ídolo. Sólo tenía el honor dinástico de que sus bisabuelos fundaran el circo de los Hermanos Suárez, en 1853. Desde entonces, el domador ya era una vieja semilla prometida. Sus allegados cuentan que tenía una personalidad de embrujo. Cuando se paraba en el escenario las risas cesaban, lo mismo que las toses y los murmullos. Su disciplina era férrea. Hablan de él como si quisieran ponerlo a salvo de recuerdos agraviantes que no compaginan con la fama circense. Mayerlin Ayala, acróbata ecuestre, conoció a Alex hace 10 años, quien desde entonces ya era domador. “Para Alex la vida eran sus tigres, él jugaba con ellos, y me sorprendía la confianza con la que los alimentaba”, cuenta en una entrevista telefónica. “A veces yo trabajo con caballos y son impredecibles; él trabajaba con animales salvajes y eso es doblemente peligroso. Domar tigres es un voto de valentía y la gente muchas veces lo juzga injustamente, nosotros arriesgamos nuestras vidas por darle alegría al público”, reclama. Según Ayala el gremio circense está indignado por la ola de burlas en las redes sociales respecto a la muerte de Suárez. “En el circo no hay maltrato, estamos con los animales porque les tenemos cariño y respeto”, asegura. Federico Serrano, especialista en el fenómeno circense, asegura que el circo de los Hermanos Suárez es una antigua y prestigiosa compañía. “Trabajar en el circo es un acto de riesgo. Lo que le pasó al hijo del señor Suárez fue un accidente de trabajo y muchas personas tienden a sobredimensionar este tipo de tragedias.” Es un rumor increíble el que se susurra de oído a oído en este municipio sonorense: que algo le había pasado al domador y que el tigre se lo había comido. Que esa tarde no había entrenado. Que esa tarde Sergio no había comido. Que su novia Princess está preñada. Que Alex no debía haberle dado la espalda. Que sacrificaron al animal y que se lo dieron de comer a las llamas. Que cuando la gente corrió la carpa estaba cerrada. Pero no. Hasta el miércoles 6, dos largos pilotes mantienen el toldo del circo erguido y custodian 10 veladoras y dos arreglos florales. Detrás de una cortina azul se mantienen los tigres en cautiverio, como si cuidaran la ofrenda: Sergio y su compañera Princess. En la Plaza Indígena, después de tres días de la inauguración, la noche se metió debajo de la carpa. El circo de los Hermanos Suárez está instalado encima de un terreno yermo y desolado. Es como si un submarino hubiera naufragado en el polvo. Afuera de la carpa bicolor se escuchan los rugidos. Un par de policías locales vigilan la jaula: tienen un andar rutinario alrededor de una bestia innombrable. La carpa está rodeada de tráileres con figuras de payasos despintadas, sillas y mesas desvencijadas y aros abandonados. Hay dos perros pitbull tumbados afuera de una vagoneta, ajenos al movimiento de los agentes de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa). “En realidad no hay mucho que investigar, es un animal feroz que se salió de control y provocó estos muy lamentables hechos”, declaró el lunes 4 la vocera de la Procuraduría General de Justica del Estado, Tatiana Gómez. José Luis López, el encargado del circo hasta el jueves 7, camina de un lado a otro afuera de los tráileres: “Me advirtieron que tenía 10 días para comprobar la procedencia de los animales; sí no (me advirtieron que) tenemos tres días para tumbar la carpa”, dice casi en secreto por su teléfono celular. –¿Van a desarmar la carpa? –se le pregunta. –No puedo ayudarlo. Si quiero, la puedo desarmar en un día, responde, bufante la nariz. Detrás de él se escucha el amortiguado golpeteo de las tarimas. “Vamos a desarmar lo de adentro y luego lo de afuera”, indica a sus trabajadores. En la alcaldía de Etchojoa confirmaron a este reportero que el circo tenía permiso de estar ahí. Sin embargo, Gilberto Rendón, uno de los inspectores de la Profepa, dijo que no contaban con los permisos para tener dos dromedarios, dos tigres y dos llamas. El miércoles 6, los tigres fueron transportados al Centro Ecológico de Sonora, y los dromedarios al zoológico de Ciudad Obregón. Ya en la calle, los rugidos se cortaron como si alguien les hubiera dado un hachazo. Los tigres caminan inquietos por la jaula transportadora. El sol enciende sus pupilas de piedra pómez. Su hocico promete el vértigo, la sangre, el rito de la muerte ágil. Las rayas de su vientre se mueven cuando respira. Juicio popular Gerardo Valenzuela es un hombre que no aparenta desesperación alguna y se divierte mirando el decomiso de los animales. “Lo que pasó es que el domador le dio la espalda al tigre y no debes darle la espalda a un animal salvaje. Le paso tres veces por la espalda, ¡imagínate! El público salió corriendo por todos lados”, relata. Sus manos grandes acompañan sus palabras con ademanes. “El tigre tiene sus derechos y no tiene la culpa, deberían donarlo a un zoológico, o tener dardos con somníferos para que esto no vuelva a pasar. Mira, son accidentes que pasan, ya ves cuando uno se pelea y le dan la espalda, pues le rompes una botella en la cabeza, ¿no?”. Y concluye: “Yo creo que en Etchojoa la gente ya no va a volver al circo, quedaron muy espantados”. A lo lejos se observa una columna de humo en el cielo que semeja un gusano blanquecino. Las niñas del pueblo graban con su celular a los tigres decomisados. Donde antes quedaban las risas sólo quedó el silencio. Una tolvanera azotó la carpa. [gallery type="square" columns="9" ids="333603,333604,333605,333606,333607,333608,333609,333610,333611,333612,333613,333614"]

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