Los pecados del Papa Francisco

martes, 19 de marzo de 2013
Ortodoxo en la doctrina y progresista en lo social; apasionado del futbol, el tango y la ópera; austero y tímido, y a la vez ambicioso y maquiavélico, Jorge Mario Bergoglio encierra una personalidad compleja que provoca controversias. Su historia está marcada por contrastes y ambigüedades. Algunos hechos poco claros sobre su pasado resurgen tras su elección como pontífice. Destacan dos: Su presunta responsabilidad en el secuestro de dos jesuitas durante la dictadura militar argentina y sus supuestos vínculos con organizaciones de ultraderecha. BUENOS AIRES (Proceso).- Austero, humilde, de perfil bajo. Preocupado por los pobres, aficionado al futbol, ortodoxo en la doctrina. Ávido de poder, tímido, homofóbico, reservado. Cómplice de desapariciones, estudioso, transparente, de pocas palabras. Gran lector, bailarín de tango, maquiavélico, de corazón enorme. Estratega político, protector de perseguidos, experto en tapar, amante del cine y la ópera. Todo esto dicen del Papa Francisco quienes trataron a Jorge Mario Bergoglio en su ámbito familiar, en el barrio porteño de Flores, en el Colegio Máximo de los Jesuitas en San Miguel y en el arzobispado de Buenos Aires. El religioso nacido en la capital argentina el 17 de diciembre de 1936 sucede a Benedicto XVI al frente de una Iglesia corroída por los escándalos y la paulatina pérdida de fieles. Sus padres eran inmigrantes de la clase trabajadora de Piamonte. Jorge Mario es el mayor de cinco hermanos, tres de los cuales –dos varones y una mujer– ya fallecieron. El nombre elegido para su pontificado remite a San Francisco de Asís, el santo de los desposeídos. Se presume, además, un homenaje a su padre, José Mario Francisco Bergoglio, de quien el nuevo Papa suele citar una frase: “Cuando vayas subiendo saluda a todos. Son los mismos que vas a encontrar cuando vayas bajando”. La vocación en Bergoglio fue temprana. “Si no me caso con vos, me hago cura”, le dijo un día a Amalia, su novia cuando ambos tenían 12 años. Así lo recordó la mujer el jueves 14 frente a las cámaras de televisión. En 1955 Bergoglio se recibió de técnico químico en una secundaria estatal de Buenos Aires. Los domingos iba a misa y a la cancha del San Lorenzo de Almagro. Muy estudioso desde la adolescencia, no se privaba de ir a las milongas, esos locales donde se baila tango. Dos grandes voces del género, Carlos Gardel y Julio Sosa, inspiraban al muchacho. Le gustaban también las películas de Tita Merello, la primera gran estrella femenina que dio el tango. Al nuevo Papa le causaba un hondo impacto el neorrealismo italiano, nacido de entre las ruinas del país devastado de sus padres y su abuela paterna, Rosa, a quien vincula con su vocación al sacerdocio. Eran los cincuenta. La sociedad argentina vivía una enorme polarización política en torno al movimiento de Juan Domingo Perón y su mujer, Eva Duarte. En 1957 se produjo un parteaguas en la vida de Bergoglio: enfermó de gravedad y llegó a creer que moriría. Los médicos le diagnosticaron una pulmonía severa. Le extirparon la parte superior del pulmón derecho. El muchacho entonces tenía una novia. “Formaba parte de la barra de amigos con la que íbamos a bailar”, dijo a Sergio Rubín y Francesca Ambrogetti en el libro de entrevistas El jesuita (Vergara, 2010). Su vocación religiosa puso fin al romance. En 1958 ingresó al noviciado de la Compañía de Jesús. Allí obtuvo una licenciatura en filosofía y se ordenó sacerdote en 1969. Sus primeros pasos fueron como maestro de novicios y profesor de teología.   El provincial   La carrera de Bergoglio fue vertiginosa. En 1973, con 36 años, fue designado provincial de los jesuitas en Argentina. “Los jesuitas más viejos comentaban que cuando Bergoglio se ordenó hubo una banda de rock, con guitarra eléctrica, batería y saxo. Pero como provincial eliminó los nuevos cantos litúrgicos y los coros de laicos”, dijo el exjesuita Miguel Ignacio Mom Debussy, chofer de Bergoglio cuando éste salía del Colegio Máximo en San Miguel, en los suburbios de Buenos Aires. “Empezó a usar sotana, cosa que nadie hacía salvo algún viejo, y a retomar liturgias previas al Concilio Vaticano II”. Entonces muchos sacerdotes abrazaban la teología de la liberación, asumiendo en carne propia la opción por los pobres, inspirados justamente en los principios de dicho concilio. Muchos religiosos vinculados con el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo trabajaban en los asentamientos precarios, las llamadas villas miseria. El padre del actual Papa había vivido como empleado ferroviario la nacionalización de los ferrocarriles en 1948, hasta entonces en manos inglesas. Amplios sectores de la sociedad saludaron la medida como un gesto de recuperación de la soberanía política y económica. También Jorge Bergoglio simpatizó desde su juventud con el peronismo. Desde principios de los setenta estuvo más o menos próximo a Guardia de Hierro, un sector de la ultraderecha del movimiento, al que adscribía María Estela Martínez de Perón. Isabelita –como le llamaban– había asumido la presidencia tras la muerte del líder el 1 de julio de 1974. Durante esos años de efervescencia revolucionaria Bergoglio tenía bajo su órbita a algunos curas que se asentaron en los barrios pobres. Dos de ellos, Orlando Yorio y Francisco Jalics, trabajaban en la villa Rivadavia, un asentamiento del barrio de Flores. Ambos fueron secuestrados por la Marina el 23 de mayo de 1976. Después de cinco meses de desaparición y tortura fueron liberados y partieron al exilio. Ambos sostenían que el entonces provincial de los jesuitas, Jorge Bergoglio, los “entregó” a los militares. En el mismo operativo fueron secuestrados cuatro catequistas y dos de sus esposos, todos los cuales aún están desaparecidos. Una de las catequistas era Mónica Mignone, hija de Emilio Mignone, militante cristiano y fundador del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS). Esta entidad debe su amplio reconocimiento a que comenzó a defender los derechos humanos en plena dictadura. En su libro de 1986, Iglesia y dictadura, Emilio Mignone puso a Bergoglio como ejemplo de “la siniestra complicidad” de la Iglesia con los militares que “se encargaron de cumplir la tarea sucia de limpiar el patio interior de la Iglesia, con la aquiescencia de los prelados”.   Rumores   Con rumores dentro de la propia orden, a Yorio y Jalics los desacreditaron. Los acusaban de herejías, oraciones extrañas, compromiso con la guerrilla, convivencia con mujeres. “Mucha gente que sostenía convicciones políticas de extrema derecha veía con malos ojos nuestra presencia en las villas miseria”, escribió Jalics en su libro Ejercicios de meditación (1995). “Interpretaban el hecho de que viviéramos allí como un apoyo a la guerrilla y se propusieron denunciarnos como terroristas. Nosotros sabíamos de dónde soplaba el viento y quién era responsable por esas calumnias. De modo que fui a hablar con la persona en cuestión y le expliqué que estaba jugando con nuestras vidas”, prosigue. “El hombre me prometió que haría saber a los militares que no éramos terroristas. Por declaraciones posteriores de un oficial y 30 documentos a los que pude acceder más tarde, pudimos comprobar sin lugar a dudas que ese hombre no había cumplido su promesa, sino que, por el contrario, había presentado una falsa denuncia ante los militares.” Una carta que su compañero Orlando Yorio escribió durante su exilio en Roma, en noviembre de 1977, al asistente general de la Compañía de Jesús, un sacerdote apellidado Moura, permite revelar la identidad de la persona en cuestión. “En esa recapitulación escrita 18 años antes que el libro de Jalics, Yorio cuenta lo mismo, pero en vez de ‘una persona’, dice Jorge Mario Bergoglio”, refirió el periodista Horacio Verbitsky, actual presidente del CELS, en un texto publicado el 11 de abril de 2010. Al llegar a sus oídos los rumores que los implicaban, los sacerdotes inquirían sobre el origen de éstos al provincial Bergoglio. Éste los atribuía siempre a otros sacer­dotes u obispos que, una vez confrontados, lo desmentían. En la carta que Yorio escribió en Roma a Moura, le explicó que en el clima que vivía entonces Argentina, con el golpe de Estado en ciernes, la acusación de pertenencia a la guerrilla en “una boca importante (como la de un jesuita) podía significar lisa y llanamente nuestra muerte”, refiere Verbitsky en el artículo citado: “Las fuerzas de extrema derecha ya habían ametrallado en su casita a un sacerdote y habían raptado, torturado y abandonado muerto a otro. Los dos vivían en villas miseria. Nosotros habíamos recibido avisos en el sentido de que nos cuidáramos”, escribió Yorio a su antiguo superior en la Compañía. En su libro Iglesia y dictadura, Mignone sostiene que una semana antes de que Yorio y Jalics fueran secuestrados por la Marina, el arzobispo de Buenos Aires, Juan Carlos Aramburu, le había retirado al primero las licencias ministeriales sin motivo ni explicación. A oídos de ambos jesuitas llegaba el rumor de que Bergoglio pensaba expulsarlos de la orden, rumor desmentido por el propio provincial, pero que también llegaba a otros obispos que se negaron a admitirlos en sus congregaciones. En un intercambio epistolar que Yorio sostuvo en los noventa con Verbitsky –y que el periodista cita en el mencionado artículo– el excura sostiene que Bergoglio los sometió a “la prohibición e infamia pública de no poder ejercer el sacerdocio, dando así ocasión y justificación para que las fuerzas represivas nos hicieran desaparecer”. “Yorio y Jalics fueron secuestrados, conducidos a la Esma y luego a una casa operativa, en la que fueron torturados”, prosigue Verbitsky. “Un interrogador con ostensibles conocimientos teológicos le dijo a Yorio que sabían que no era guerrillero pero que con su trabajo en la villa unía a los pobres y eso era subversivo. “Por distintas expresiones escuchadas por Yorio en su cautiverio, resulta claro que la Armada interpretó tal decisión (el retiro de las licencias ministeriales) y, posiblemente, algunas manifestaciones críticas de su provincial jesuita, Bergoglio, como una autorización para proceder contra él”, prosigue el periodista en texto publicado en Página 12 el 10 de abril de 2005. Fragmento del reportaje que se publica en la edición 1898 de la revista Proceso, ya en circulación.

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