El museo que rompe con todo

miércoles, 24 de abril de 2013
El proyecto para remodelar el Rijksmuseum –el más importante de Holanda y que alberga obras de Rembrandt, Vermeer, Steen y Hals– estuvo a punto de fracasar debido a problemas técnicos y financieros, dice en entrevista con Proceso el arquitecto Antonio Ortiz, quien lideró los trabajos de remodelación. Así, a la hora de construir el atrio principal del edificio brotó agua del subsuelo; el boom de la construcción en Holanda disparó los costos un tercio más de lo previsto, y durante cuatro años los trabajos se detuvieron debido a que un sector de la población se opuso a la clausura de la vía para peatones y ciclistas que pasa justo en medio del museo… AMSTERDAM (Proceso).- El gran hall deslumbra con sus innumerables arcos y vitrales que suben prácticamente desde el piso hasta el techo y por los cuales se filtra luz en distintas tonalidades. Cada bóveda de esta sala es como una pequeña capilla, con lienzos coloridos que relatan historias de reyes y jerarcas. En el piso también se aprecian mosaicos multicolores y garigoleados. El hall central conduce en forma natural a la Sala de Honor, el corazón del Rijksmuseum. La nave principal, de 50 metros de largo, cuenta a los costados con ocho nichos o pequeñas “capillas”, cuatro de cada lado. Las columnas y las altas bóvedas de esta habitación recuerdan el interior de cualquier catedral neogótica. Frescos restaurados y reconstruidos adornan los techos de cada capilla. En ellos se plasman también retratos y pasajes de personajes que han marcado la historia de este país. Tonos dorados, amarillos, carmesíes y verdes con adornos finamente delineados envuelven columnas y arcos. El interior de cada uno de los nichos contrasta, sin embargo, con su exterior: enormes lienzos negros son el telón de fondo de las 59 obras de los maestros del siglo de oro de la pintura holandesa: Rembrandt Harmenszoon, Johannes Vermeer van Delft, Jan Havicksz Steen y Frans Hals. Y al fondo, cual altar, se erige la habitación que alberga el tesoro de este museo: la Ronda de Noche, obra maestra de Rembrandt. El pasado 13 de abril alrededor de 30 mil personas –entre holandeses y turistas– se dieron cita para visitar este y otros rincones del museo más importante de los Países Bajos. Luego de más de 10 años de estar cerrado, el Rijksmuseum o Museo Real de Holanda abrió sus puertas para que el público apreciara gratis el resultado final de la remodelación a la que fue sometido. Pero el proyecto, que según las autoridades del recinto es el más importante y costoso en el ámbito cultural en la historia de los Países Bajos, estuvo a punto de colapsar. La razón: conflictos técnicos, financieros y la férrea oposición de un sector de la población.   El pasaje de la discordia   Desde su origen, la construcción no fue fácil. Cuando en 1863 se convocó a un concurso para levantarlo, ningún proyecto estuvo a la altura de lo esperado. Tuvieron que pasar 14 años para que, mediante una segunda competencia, el diseño presentado por Pierre Cuypers convenciera a monarcas y autoridades. Ya entonces el proyecto original de este arquitecto holandés se tuvo que modificar porque la municipalidad de Ámsterdam estableció una condición para permitir su construcción: que por en medio del edificio corriera una vía pública que dejara el paso libre al tráfico de la ciudad. Más de un siglo después, 125 años para ser exactos, esa misma exigencia casi logra suspender la remodelación del museo, que se encuentra entre los más importantes del mundo. Y es que aquel pasaje exigido en su momento por la municipalidad se convirtió con los años en un punto de referencia de entrada y/o salida del centro de la ciudad hacia los distritos del sur. No sólo eso: se convirtió en el paso de peatones y ciclistas, los verdaderos reyes de la ciudad. Así que cuando en el año 2001 el despacho andaluz Cruz y Ortiz Arquitectos ganó el concurso para realizar la remodelación del museo se topó con que lo que antes fue una condición del Ayuntamiento –mantener el libre paso de la vía pública que atraviesa el museo– ahora era una exigencia de los peatones de la ciudad y de un grupo, por demás poderoso: los ciclistas. Ese fue, quizás, el problema más grande que enfrentó este proyecto de remodelación, dice en entrevista con Proceso el arquitecto Antonio Ortiz, quien lideró los trabajos. La propuesta del despacho sevillano contemplaba cortar el paso de los ciclistas del carril central del pasaje y reducirlo a los carriles laterales, lo cual resultó inaceptable para quienes se transportan en dos ruedas. Éste no fue el único problema. También hubo complicaciones técnicas y: el boom de la construcción en Holanda durante la primera década del siglo XXI hizo que los precios se dispararan y el costo del proyecto alcanzó los 375 millones de euros, un tercio más de lo previsto. Además, los arquitectos se olvidaron de un pequeño detalle: si algo sobra en Ámsterdam es el agua. Así que durante los trabajos para construir el atrio principal del edifico y cuyo pasaje subterráneo uniría las dos alas del museo se encontraron con que bastaba con perforar sólo metro y medio de profundidad para que el agua brotara del subsuelo. –¿Hubo algún momento en el que el proyecto estuvo a punto de fracasar? –, se le pregunta al arquitecto Ortiz. –En algún momento, sí. Hubo situaciones realmente duras, pero los arquitectos somos gente muy tenaz. Lo que hacemos suele durar mucho tiempo y también nos lleva mucho tiempo hacerlo. Entonces tenemos un sentido muy patrimonial en nuestro proyecto: se convierte en nuestro edificio y lo sentimos de nuestra posesión; por ello nos cuesta mucho trabajo tirar la toalla. Después de más de dos años de debates y discusiones, en los que el proyecto estuvo completamente detenido, finalmente ciclistas y arquitectos alcanzaron un acuerdo, en el que los primeros se impusieron. El asunto financiero se resolvió otorgando contratos individuales a diversas empresas y no uno general, que resultaba mucho más oneroso. En las dificultades técnicas relativas al agua tuvo que intervenir la experimentada ingeniería holandesa, que hicieron uso de buzos y barcazas. Todo ello significó cuatro años más de trabajo de lo estimado y más de 100 millones de euros extras.   El Patito feo   El edifico que alberga al Rijksmuseum es monumental. Quien lo mira desde afuera asegura que parece un castillo de hadas. El ladrillo rojo de sus paredes externas contrasta con los relieves y figuras de mármol y piedra y los ornamentos en color oro que circundan las dos enormes torres que sirven como eje del edificio. Las innumerables columnas y los enormes ventanales que sostienen y permean la construcción, así como las estampas sobrepuestas en los muros externos que hacen referencia a la historia del arte holandés, le otorgan un aire de grandeza y, justo en el medio, el largo pasaje con tres carriles y lleno de bóvedas que atraviesa el museo asemeja el patio de cualquier castillo real. Su estilo se define como neogótico y neorrenacentista y data de finales del siglo XIX. Sin embargo, durante mucho tiempo el valor arquitectónico de la construcción fue desdeñado. “Fue un edificio muy maltratado durante todo el siglo XX. Pertenece a un periodo de la arquitectura del final del siglo XIX que la modernidad nunca consideró digno de respeto. Por ello fue subdividido y cubierto. Sus espacios libres fueron cerrados, y todo ello porque es un edificio de la época romántica, un tanto ecléctico, semineogótico, semineorrenacentista, todo aquello contra lo que la modernidad luchó. Hoy sin embargo podemos ver las cosas con mayor distancia y mayor perspectiva y vemos a la construcción como representante de otro periodo de la arquitectura, digno de respeto”, explica el arquitecto Ortiz, quien junto con su socio, Antonio Cruz, ostenta entre otros el Premio Nacional de Arquitectura Española. Este desprecio hacia el que hoy es considerado uno de los museos más bellos del mundo fue patente desde su origen. Su creador, el arquitecto Pierre Cuypers, era originario del sur de Holanda, de la ciudad católica de Roermond. Antes de ocuparse del museo nacional y de la Estación Central de Ámsterdam, Cuypers se hizo popular por el centenar de iglesias que construyó en todo el país. La influencia de este trabajo eclesiástico (basado en el estilo neogótico y renacentista) se vio reflejada en el edificio del Rijksmuseum. Pero la población de Ámsterdam era protestante y calvinista, y encontró que la obra de Cuypers era demasiado cardenalicia, con exceso de ornamentos que asemejaba más una iglesia que un museo. Tal fue el motivo para no recibirla con buenos ojos. “El edificio no fue bien recibido y lo que hicieron fue comenzar a pintarlo y a cubrir con pintura blanca todo el programa iconográfico, que además era muy importante y valioso. La población veía al edificio demasiado parecido a una iglesia y eso no gustó”, refiere Ortiz.   Modernidad y tradición   Después, ya entrado el siglo XX, el ánimo hacia la construcción no cambió. “A lo largo de los sesenta y setenta esta arquitectura fue realmente desdeñada y las necesidades de espacio del museo siempre fueron crecientes. Así que cada vez más sus patios se fueron colmando y cerrando. Llegué a un edificio oscuro, laberíntico, muy desagradable, en el cual era muy difícil orientarse. Y hoy es un edificio transparente, inteligible y muy luminoso”, explica Ortiz. Con esos antecedentes, el reto de Cruz y Ortiz Arquitectos fue, por un lado, recuperar el esplendor de antaño del museo y, por el otro, adaptarlo y modernizarlo en función de las necesidades actuales: desde un nuevo diseño de sistema de seguridad, de aire acondicionado y calefacción hasta nuevos vestíbulos, guardarropas, tienda, cafetería, restaurante y baños. La consigna del proyecto fue “seguir con Cuypers” y con ese lema en la cabeza fueron remodelados el hall principal, la galería de Honor, la habitación que alberga la pieza maestra La Ronda de Noche, y la biblioteca. Gracias a la conservación de los planos, dibujos y fotografías fue posible recuperar, en el menor de los casos, y reconstruir, en el mayor, la decoración original de Cuypers. “Hemos recuperado las decoraciones del edificio en todas aquellas partes en que fue compatible: en escaleras principales, en sitios de tránsito de personas, y en aquellas zonas que aún son compatibles con las obras de arte. Lo cierto es que tuvimos que tomar decisiones sobre lo que se recupera y lo que no”, detalla Ortiz durante la entrevista. Pero el museo alberga también partes totalmente nuevas, en donde los arquitectos españoles pudieron marcar su propio estilo. Tal es el caso del denominado atrio principal o vestíbulo de entrada. En un estilo contemporáneo y sobrio, marcado por los tonos blancos del piso y las estructuras modernas del techo, el recinto une –mediante un pasaje subterráneo– los dos patios internos que fungen hoy como accesos al museo. El techo de este subnivel está formado por una estructura con material transparente que inunda de luz natural el atrio completo. Satisfecho del resultado final, Ortiz presenta esta parte del edifico como uno de sus rincones favoritos: no sólo porque en él se refleja claramente su intervención, sino también porque fue una de las obras que mayor dificultad técnica tuvo. “Hicimos esta planta baja más profunda, para poder conectar por debajo del pasaje las dos plantas y tener un gran hall para visitantes, que además resulta ser también una plaza pública a la que cualquiera puede acceder, incluso sin tener boleto”, dice.   Un museo real   De pie, el capitán Frans Banning da una orden a su lugarteniente Willen van Ruytenburg. Detrás los rodean los 18 miembros de la compañía de los Arcabuceros de Ámsterdam que se encuentran listos para la acción. La escena se complementa con tres niños y un perro que corretean entre los hombres. El contraste entre penumbra y luz, además de la composición inusual para la época –por primera vez en un retrato grupal se pintaba a los personajes en acción y no estáticos– colocan a esta obra, la Ronda de Noche, como el tesoro más valioso del Rijksmuseum. El Día D llegó y el gran lienzo fue admirado por monarcas y plebeyos. Hasta el recinto que lo alberga llegó, antes que nadie, la reina Beatriz de Holanda. Lo hizo en un acto por demás simbólico: este fue el último gran evento público de su reinado de 33 años, que el próximo 30 de abril llegará a su fin cuando abdique y entregue el trono de la casa de Orange a su hijo, el todavía príncipe Guillermo Alejandro. Tras contemplar junto con su comitiva la obra maestra de Rembrandt, la monarca salió del edificio y desfiló hasta la plaza Museumplein a lo largo de una alfombra naranja que se colocó para la ocasión. Ahí, justo a la mitad de la plaza y rodeada de miles de holandeses y turistas, Beatriz abrió con una enorme llave dorada la caja que simbolizó la reapertura del museo real de arte e historia de los Países Bajos, el Rijksmuseum. Desde todos los rincones del país y allende el mar –provenientes desde las Antillas Holandesas, en el Caribe– llegaron bandas de música para celebrar el acontecimiento. También lo hicieron turistas y medios de comunicación de todo el mundo. Y para los holandeses que no pudieron desplazarse desde sus pequeñas ciudades a la capital, el acto se transmitió en vivo y en cadena nacional. Jubilosos, realeza, plebeyos, músicos y turistas contemplaron asombrados el espectáculo de fuegos pirotécnicos que tuvo lugar luego de la inauguración y que inundó el cielo con los colores de la casa Orange (naranja, rojo y azul). Fue, sin duda, un día de júbilo. Largas horas esperaron los cerca de 30 mil visitantes que tuvieron acceso de manera gratuita a las instalaciones del museo. Aún dentro, la espera se prolongó hasta por una hora para llegar y tener frente a sí, no sólo la obra máxima de Rembrandt sino de todos aquellos maestros que condensaron en sus trabajos la historia y arte de toda una nación. Porque eso es el Rijksmuseum: un santuario que condensa 800 años de historia en 8 mil piezas de arte, distribuidas en 80 salas.

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