De la radionovela a la telenovela hasta el cine

sábado, 6 de diciembre de 2014
El guionismo radiofónico y más tarde la facturación de telenovelas fueron una escuela que llevó a Vicente Leñero a alcanzar la cúspide en el oficio de escritor cinematográfico. De la mano de Miguel Sabido, Jorge Fons, Marcela Fernández Violante, Dohener, Gerardo de la Torre y Felipe Cazals, se cuenta su larga y prolífica su trayectoria. MÉXICO, D.F. (Proceso).- Decidido a dejar la ingeniería y vivir de las letras, el narrador Vicente Leñero -quien recibía un salario minúsculo en la revista Señal-, comenzó a escribir radionovelas que patrocinaba la jabonera Palmolive a principios de los sesenta. Su primera historia en este género fue Entre mi amor y tú. “Yo pensaba que escribir radionovelas era más digno que trabajar en la ingeniería. Apredí mucho realizando radionovelas, sobre todo su técnica. Después cuando redacté telenovelas, me preocupé también por aprender la técnica. Esas experiencias me permitieron llegar al cine”, recordaba el 3 de marzo del 2008 en entrevista en la Cineteca Nacional, minutos antes de recibir un diploma donde se confirmaba que había sido seleccionado para la medalla Salvador Toscano al mérito cinematográfico 2007. -¿Le gustó hacer radionovelas? -No sabía cómo hacerlas, pero aprendí. Sí me gustó. También hizo las radionovelas La sangre baja del río, Bodas de plata, La fea y Cuernos patrios. Consiguió la beca del Centro Mexicano de Escritores (CME). Esa generación (1961-1962) la integraban también Inés Arredondo, Guadalupe Dueñas, Miguel Sabido y Jaime Augusto Shelley. Sabido recuerda para Proceso su encuentro inicial ahí: “¡Qué privilegio tuve! Cada semana me tocaba escuchar un texto de cada quien. Entonces Leñero estructuraba su novela Los albañiles. Me tocó ser testigo de cómo fue dándole forma a esa obra maestra. Desde entonces lo admiré. “Él logró conciliar su catolicismo con una actitud liberadora, progresista, y una honradez que a mí me conmovía hasta el fondo del corazón. Si bien Los albañiles puede considerarse su obra maestra, para mí el guión de El crimen del padre Amaro, dirigido por Carlos Carrera, es verdaderamente excepcional porque se atreve a denunciar en una escena a los obispos de la Iglesia católica que reciben limosnas de los narcos, y que eso lo hiciera un católico me parece verdaderamente excepcional.” Para el director de teatro, “murió un gran mexicano que se atrevió a denunciar lo que nadie se había atrevido a revelar, para mí eso es importantísimo”. (Fragmento del reportaje que se publica en la revista Proceso 1988, ya en circulación)