Chihuahua: tío y líder religioso abusador

miércoles, 27 de agosto de 2014
CHIHUAHUA, Chih. (apro).- La infancia de Sandra y Elena (nombres ficticios) no fue como la de cualquier niño de una familia promedio. Ambas crecieron bajo una férrea disciplina religiosa, con severas limitaciones para jugar y vestir y, más aún, en medio de violencia intrafamiliar y abuso sexual. Durante ocho años las menores fueron forzadas a guardar silencio sobre las vejaciones a las que fueron sometidas por su tío político, que en ese entonces era pastor de una iglesia. Sus padres se separaron cuando Sandra tenía seis años y su hermana uno menos. A esa edad fueron testigos de las humillaciones y los golpes físicos que su padre, un pastor interino de la iglesia bautista en San Luis Potosí, propinaba a su mamá. “En tiempo de frío, la sacaba de la casa”, cuentan las chicas al recordar aquellos episodios de su vida. Cansada de los golpes, la madre de Sandra y Elena decidió abandonar a su esposo y viajar con sus hijas a esta entidad, donde residía parte de su familia. “Llegamos primero a la ciudad de Camargo un 7 de enero, con unas tías”, relata Elena. “Cuando llegamos a la ciudad de Camargo, mi papá nos siguió y me robó”, añade Sandra. Dice que se la llevó a Guadalajara hasta donde fue su madre a rescatarla y traerla de regreso. A partir de ese incidente, la madre de las niñas decidió instalarse con sus hijas en Delicias, municipio localizado a una hora de esta capital, donde vivía otra tía, Irma, casada con José Manuel Herrera. Ella tenía cuatro hijas y él dos (hombre y mujer). “Mi tía nos consiguió una casa enfrente de la iglesia. Mi mamá (quien es maestra) logró conseguir una plaza en una ciudad cercana, viajaba diario”, relatan. Los fines de semana asistían a la iglesia y entre semana las niñas tomaban la “doctrina”. Un día, no recuerdan cuándo ni cómo, José Manuel Herrera se convirtió en pastor. “Fue nombrado pastor por obispos de la asamblea de Juárez, le dieron la misión para pastorear, y en un cuarto de su casa instaló una mesa de oración”, recuerda Elena. Ellas iban ahí al culto. Sobre la relación con su tía, dicen: “No fue buena. Siempre nos humillaba y nos sacaba de la casa. Yo me refugiaba con la hija mayor de él, nos trataba bien. Ella ya iba a los ‘estudios avanzados’”. Y aseguran que José Manuel Herrera tenía el control de todo lo que ellas y su madre debían hacer. “Todo lo que teníamos lo elegía él (el pastor): la camioneta, la casa, todo. Todo lo eligió usado porque el dinero debía ir al diezmo”, explica Sandra. Las niñas vestían ropa usada y cuando llegaban a estrenar algo era porque sus tías de Camargo les regalaban ropa nueva. Durante seis años, aproximadamente, tomaron clases de doctrina, pero además debían orar en la mañana, la noche y las comidas, leer un capítulo de la Biblia cada día y ayunar por lo menos una vez a la semana. Cuando la menstruación les llegó, la vida de las pequeñas dio un giro radical. A partir de entonces ingresaron al grupo denominado “Las siervas del señor”, quienes recibían “estudios avanzados”. “Los estudios avanzados era un peldaño más, era ser siervas del señor. Era el más grande privilegio”, explica Sandra. Las sesiones de doctrina eran individuales. En algunas ocasiones el pastor juntaba a dos adolescentes y les mostraba pornografía con el argumento de que debían recibir clases de sexualidad. Durante la hora que tardaba la clase de “estudios avanzados”, durante ocho años, Elena simplemente fijaba su mirada en el techo. “Me acuerdo del techo porque yo estaba boca arriba. Había cuatro tragaluces en ductos con arcos de ladrillos”, recuerda una de las dos hermanas abusadas sexualmente por Herrera. “Yo cerraba los ojos hasta que terminaba él”, refiere Sandra, la mayor, pero nunca dijo nada a nadie. Elena se reveló desde el principio, y todo fue inútil. “Nunca quise (estar con él), peleaba con mi mamá, pero me daba cachetadas, me pegaba con el cinto. Y lo peor: él me decía que si no quería, a mi familia le iban a pasar cosas, que se iba a perder en el infierno. Me decía: ‘Te vas a morir en el lago de fuego hirviendo’, Dios aborrece a los traidores”. La suerte estaba del lado del pastor, dice, pues utilizaba la enfermedad de algún miembro de la familia para reforzar su “doctrina” y mantener controladas y sometidas a sus víctimas. “Me decían que si no accedía, se iba a  morir o no se iba a levantar. Mi mamá oraba y las personas sanaban”, asegura Sandra. Ante la rebeldía de Elena, calificada de “mentirosa” y “rebelde”, el pastor decidió integrarla en la “alabanza” para controlarla y someterla. Las jóvenes deseaban pertenecer al coro, pero no todas tenían ese “privilegio”. Sandra también quiso pertenecer a ese “ministerio”, pero nunca la dejaron porque en su caso fue su madre quien ejerció mayor control sobre ella. “Yo creo que fue desde que mi papá me robó”, dice. Fuera de las paredes del área de oración y estudio, la vida de las dos hermanas tenía que ser como la de cualquier otra niña y adolescente. Asistieron a la primaria, secundaria y preparatoria. El pastor elegía siempre las escuelas más cercanas a su casa para seguir controlando a sus víctimas. “En la escuela nos veían como si fuéramos santas. Vestíamos falda debajo de la rodilla y cabello largo, que hasta nos medían”, comenta Elena. Frente a la realidad Al concluir la preparatoria Elena entró a trabajar a un cibercafé y Sandra ingresó al Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe), en una ciudad cercana a Delicias. Ambas ampliaron su círculo de convivencia y a “abrir los ojos”. El jefe de Elena le preguntaba si pasaba algo con su vida porque la veía inquieta y no le parecía normal el grado de sumisión que tenía ante su mamá y el fanatismo de ésta. “Para ella sólo era Dios. Mi coraje era con mi mamá. Mi mamá me pegaba siempre, pero cuando crecí, yo también empecé a pegarle”, recuerda Elena. “Sí, al principio mi mamá le pegaba, pero cuando crecimos, las dos se agarraban a golpes”, confirma Sandra. Y un día, mientras Sandra daba clases en Conafe, Elena cimbró la casa del pastor. En el cibercafé encontró el libro Volar sobre el Pantano, de Carlos Cuauhtémoc Sánchez. “Decidí dejar Delicias para irme a Camargo, con mis otras tías”, pero se lo impidieron. “La catarsis fue en diciembre de 2009. Me exigieron que no hablara con nadie de lo que pasaba. Yo entré en crisis de ansiedad. Dormía en un cuarto de los tiliches que desde más chica habilité para independizarme. Ahí permanecía sola en mi recámara. Le decía a la gente del grupo: ‘nos está dañando’, pero no me hacían caso. En una ocasión me quemaron (su mamá y el pastor) con una plancha caliente”. Elena sólo le hablaba a su hermana cuando ésta llegaba de trabajar. Yo, relata, “me iba a pistear y tuve mi primera novia, desde chica me gustaban las mujeres. En ese tiempo ya me quedaba fuera de la casa y organizaba antros donde había coca”. En 2010, justo en Semana Santa, por fin tomó la decisión de irse de la casa. “Estaba harta de llorar, no podía hablar por miedo, me habían dicho que me sanaron de cáncer y de tiroides para mantenerme ahí, pero no era cierto”. Elena padece de tiroides y se lo atribuye  a que cuando tenía 15 años el pastor le recomendó a su mamá que le diera vinagre como agua de uso para que adelgazara. Y nunca tuvo cáncer. “Les dije que me quería ir, me quisieron hacer firmar algo y no quise. Preparé mis maletas en mi cuarto, pero luego me lo cerraron con llave. Quebré los vidrios y saqué todo. Mi novia me llevó a Camargo. Mis tías me apoyaron y una de ellas enfrentó a mi mamá. Cuando vio que no había nada que hacer, mi mamá fue a Camargo y le dijo a mi tía: ‘Ten cuidado con Elena, es muy mentirosa y nos puede meter en problemas’, pero mi tía, llorando, le dijo que me iban a creer a mí”. Sandra viajó con su mamá y Elena las convenció para que se salieran de la casa del pastor violador. Y así lo hicieron. “Yo le dije a mi mamá que lo que él nos hacía no me gustaba, pero que lo que ella decidiera harían”, refiere Sandra. Y se fueron a la ciudad donde trabaja la mamá. Intentos de suicidio Cuando llegó a Camargo, Elena acudió con una terapeuta. “La terapeuta me empieza a decir que si no denuncio, también yo soy culpable, y me pone la Biblia sobre la mesa. Le dije que eso no me servía y me dijo que es como ella trabaja”. No dio resultado y luego intentó suicidarse. Posteriormente sus tías la llevaron a un centro de psicología del municipio e inició una nueva terapia, esta vez con mejores resultados. En ese lugar le recomendaron que acudiera al Centro de Derechos Humanos de las Mujeres (Cedehm), donde le dieron acompañamiento psicológico y jurídico. El proceso de Sandra ha sido más lento e incluso ha evitado a su mamá en los últimos años. Por ansiedad “se rascaba muchos las manos hasta hacerse llagas”, cuenta Elena, mientras Sandra muestra sus manos marcadas. “El último día en Conafe tomé mucho y mezclé. Me metí a la alberca y una amiga me terapeó. Le conté todo, intenté suicidarme. Ella me dijo que yo soy buena, que fui buena en Conafe como maestra, que tal vez yo tengo una misión para ayudar a niños”, recuerda Sandra. Desde ese día tomó decenas de pastillas controladas. “Fue por varios días, sólo me acuerdo que despertaba y tomaba otra vez, hasta que mi abuelita (que no conocía la historia) me dijo que ya no fuera floja, que ya hiciera algo”. Las tías también llevaron a Sandra a terapia y hasta ahora continúa en ese proceso. Sobre su madre, Elena afirma que si realmente llega a dimensionar lo que sucedió, “su sistema nervioso no lo soportaría. Lleva terapia, pero es muy irregular. Ella sólo sabe que está triste, vive sola. Ella no es nuestra mamá, ahora sólo es una señora más, le hablamos de ‘oye’ o por su nombre. Hemos estado en búsqueda de una figura materna”. Actualmente Elena estudia psicología y, según lo que ha leído, su mamá tiene déficit de atención desde pequeña, nunca la atendieron y la enfermedad evolucionó. Sandra, por su parte, da clases a niños de una iglesia por los conocimientos bíblicos que tiene, pero está decidida a protegerlos y a apoyar a quienes hayan vivido lo mismo que ella y su hermana. “Los conocimientos no quitan las emociones”, explica Sandra para indicar que sólo transmite lo que sabe. –¿Y Dios?-  se les cuestiona. –¿Cuál Dios? --responde. El proceso penal “Es mucha la vergüenza por lo que nos pasó. Además fue difícil demandar, porque nos decían que a mi mamá le darían de dos a cinco años porque tenía que cargar con su responsabilidad”, confiesa Elena. No obstante, las abogadas del Cedehm lograron que el Tribunal de Juicio Oral la declarara a la madre como otra víctima de las circunstancias. En enero de 2012, finalmente las hermanas presentaron la demanda. Las autoridades giraron la orden de aprehensión contra José Manuel Herrera el 16 de febrero de 2012. “Hicieron cateo en la casa de él, le encontraron masajeadores, pornografía, aceites, viagra…”, relatan. El pasado 18 de julio, un Tribunal de Juicio Oral sentenció al sujeto a 26 años de prisión. La defensa de Herrera Lerma intentó acreditar su estrategia, consistente en la supuesta falsedad de los hechos por la imposibilidad física (disfunción eréctil) que supuestamente padece el pastor. Las abogadas aportaron pruebas periciales médicas, testimoniales de expertos en medicina y utilizaron el testimonio de la esposa del pastor, así como una prueba documental del expediente clínico, para acreditar el dicho de las jóvenes afectadas. Se trata de la primera sentencia condenatoria impuesta a un líder religioso dentro del Sistema Acusatorio Penal en el país, de acuerdo con las abogadas del Cedehm, Irma Villanueva Nájera y Ericka Mendoza.  

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