La historia de las gemelas que lograron asilo político por "miedo creíble"

jueves, 11 de septiembre de 2014

MÉXICO, D.F. (Proceso).- “Vivíamos en Ciudad Juárez, Chihuahua. Esa Navidad fuimos a pasarla con la familia de mi mamá –Nitza Paola Alvarado Espinoza–, al ejido Benito Juárez, municipio de Buenaventura. Era el 29 de diciembre de 2009. Oscurecía cuando llegó la madre de José Ángel Alvarado Herrera y nos avisa que el Ejército se lo acababa de llevar junto con mi mamá y mi prima, Rocío Alvarado Reyes.”

Se aterraron: “Uno de mis tíos subió a su camioneta para perseguir al convoy; mis hermanas y yo nos fuimos con él; en otra, los papás de Rocío hicieron lo mismo. Nos dividimos. Seguimos las rodadas pero se nos perdieron entre las brechas. Nos ganó la noche”.

Nitza Alvarado Espinoza –ahora de 18 años– es quien narra a Proceso vía telefónica la desaparición de su madre ocurrida ese día cuando ella y Mitzi, su gemela, tenían 14 años. Deisy, la más pequeña, cumplía 11.

Ellas huyeron a Estados Unidos en busca de asilo político. Tienen un año de vivir en El Paso, Texas. El suyo es el primer caso en que este gobierno concede asilo político por “miedo creíble” a menores “abandonadas” o “no acompañadas”. Determinaron que sufrían persecución del Estado mexicano como producto de la violencia de la guerra contra el narcotráfico...

La joven Alvarado Espinoza sigue narrando: “Los soldados iban en camionetas particulares y en algunas del Ejército. Estábamos pequeñas, éramos conscientes de que se habían llevado a mi mamá, sólo que no sabíamos qué tan grave era. Los militares llevaban tiempo viviendo en el ejido y levantaban personas inocentes, que muchas veces regresaban”.

Tenían mucho miedo: “A la semana de que sucedió lo de mi mamá, junto con mi abuelita, mis hermanas y yo nos fuimos a Cuernavaca. Una hermana de mi abuela nos albergó durante un año. En Cuernavaca estudiamos segundo de secundaria y mi hermana sexto de primaria. Perdimos el contacto con el resto de la familia”.

Las afectó mucho emocional, social y económicamente: “Nos alejamos de todo. No teníamos comunicación con nadie. Fue un año muy doloroso. Mi mamá era nuestro sostén en todos los sentidos porque nosotras no conocimos a nuestro papá. Por un lado, no sabíamos nada de mi mamá y, por el otro, abandonamos todo”.

María de Jesús, tía de las jóvenes, se fue a vivir a Sonora junto con su esposo y sus dos hijos, pero no dejaba de buscar a su hermana desaparecida. A veces viajaba a México. En una ocasión las niñas la alcanzaron ahí. Platicaron como 30 minutos.

En medio del dolor entendieron la ausencia de su madre. “Pensábamos que en algún momento los soldados los regresarían. A mi tía María de Jesús le preguntábamos por mi mamá. ‘¿En dónde está? Sales a buscarla pero no regresas con ella’, le decíamos. Un día nos contestó: ‘No es tan fácil, no la encuentro’. Poco a poco comprendimos la situación: El Ejército la había desaparecido”, dice Nitza.

Se sentían muy solas y al año de vivir en Cuernavaca la abuelita decidió que era mejor radicar en Sonora, con su hija María de Jesús, quien seguía buscando a su hermana. Ahí estuvieron dos años.

Amenazas

En Hermosillo las niñas fueron a reuniones, se pusieron una playera con la foto impresa de su mamá. Asistieron al Centro de Derechos Humanos de las Mujeres, donde conocieron a otras familias que vivían la misma tragedia que ellas: la ausencia de un ser querido. Cada mes tenían reuniones psicosociales individuales y grupales que las ayudaron a no desesperarse y a aprender que debían esperar el regreso de su madre.

Pero no podían evitar que su miedo se incrementara, igual que las amenazas a su familia: “A Jaime Alvarado”, hermano de su tío José Ángel, “lo amenazaban. En Ciudad Juárez fue secuestrado por elementos de la Policía Federal acompañados de militares. Nosotras estábamos en Hermosillo, se lo comunicamos a la abogada Lucha Castro, hizo llamadas y a las dos horas lo liberaron”.

–¿Por qué tenían miedo? ¿Pensaban que iban a ir tras ustedes?

–Al ver que mi tía buscaba a mi mamá y salía en notas periodísticas, sentíamos que a nosotras nos iban a identificar y a hacer algo.

–¿En qué momento pensaron pedir asilo político en Estados Unidos?

–Estábamos en Sonora. Cuando se viene el secuestro de mi tío Jaime decidimos salir del país. Fue difícil imaginar dejar las cosas de mi mamá, su casa en Ciudad Juárez, donde crecimos con ella. Las cosas que nos la recordaban, pero no se trataba de querer…

Desde que el Ejército se llevó a su mamá, las tres hermanas fueron tres veces a la casa materna por dos cambios de ropa y algunos papeles. Era rápido: “Nos quedábamos sólo unos minutos”.

Tres días antes de pasar a Estados Unidos llegaron por última vez a la casa de su madre. Ahí durmieron tres noches.

Cada una cruzó la frontera sólo con tres cambios de ropa.

“Mi tía dijo: ‘Venimos a pedir asilo político’. Inmediatamente nos pasaron a unos cuartos, seguido pasaban los oficiales a preguntarnos qué hacíamos allí. Contestábamos que queríamos asilo. Nos respondían que regresáramos a México porque no se nos iba a otorgar”, recuerda Nitza.

Llevaron a las mujeres a un cuarto con bancas de cemento muy frías. Las separaron del abuelo y del tío. Ahí permanecieron una noche. Les tomaron huellas dactilares mientras seguían cuestionándolas sobre los motivos de su presencia en la frontera.

En la madrugada vieron pasar al tío, esposado y escoltado por los oficiales de Migración, quienes les comunicaron que ellas saldrían a las tres de la mañana: “Cuando llegó la hora, dejaron salir a mi abuela y a mi tía María de Jesús con sus hijos, pero a nosotras tres nos retuvieron porque en realidad éramos niñas abandonadas por mi madre, dijeron”.

Lloraban todo el tiempo: “Ahí nos quedamos ese día y a las 11 de la noche nos dijeron que nos van a permitir salir –creímos que con mi tía–. Antes nos fuimos a bañar. Llegaron por nosotras a las tres de la mañana y nos dicen que nos van a llevar al albergue Hacienda del Sol, de la compañía Southwest Key, en Phoenix, Arizona. Nos dio miedo, nos llevaron a Migración donde una señorita nos acompañó en el avión. Volamos dos horas. Cuando bajamos, nos entregaron a personal del albergue”.

Su miedo aumentaba: “En el albergue fuimos a comer, nos bañaron. Nos dieron un cuarto para las tres, cada habitación con tres camas y un baño”, recuerda Nitza.

Hasta entonces nadie les daba noticias sobre sus familiares. Una semana después Carlos Spector, abogado de migrantes, las localizó y hablaron por teléfono con su tía María de Jesús. Pensaron que saldrían pronto, pero otros niños les decían que ellos llevaban ahí meses. Además eran las únicas mexicanas en el albergue. El resto, de Guatemala, Honduras, El Salvador, niños que atrapó la migra.

“La mayoría dejó su país escapando de la violencia. Los pasó el coyote y los abandonó a medio camino. Tuve un amigo al que le dieron residencia, se llama Romairo, era de Guatemala. Sus papás lo maltrataron de chiquito y finalmente lo abandonaron; se negó a trabajar para las bandas locales y tuvo que huir. Viajó en La Bestia y estuvo varios meses en México hasta que cruzó la frontera, pero lo agarraron por Nogales”, recuerda.

“Pensamos que nos dejarían ir con nuestra tía, pero el gobierno de Estados Unidos argumentaba que ella no tenía nuestra custodia y que éramos niñas sin padres, abandonadas. Ella tuvo que solicitar nuestra patria potestad en México y esperar a que se la otorgaran”. En Hacienda del Sol estuvieron dos meses.

En el albergue las trataron bien, hay mucha seguridad, las alimentaban, estaba limpio, cada cuarto tenía su propio baño. Debían mantener en orden su habitación. Había tres turnos de limpieza: dos en el día, y el último, mientras dormían. En éste, personal de limpieza pasaba a barrer, trapear y a lavar los baños. Además asistían a actividades recreativas y a la escuela.

Nunca recibieron visitas, hasta el 24 de octubre de 2013, cuando el gobierno de Estados Unidos aceptó la custodia otorgada en México a su tía María de Jesús, quien aún espera el fin de su proceso legal en territorio estadunidense. Habían pasado dos meses desde el 4 de septiembre, cuando ingresaron a Estados Unidos pidiendo asilo.

–¿Qué es el asilo?

–Se les otorga a las personas que son víctimas de violencia por el mismo Estado o que el Estado mexicano es incapaz de proteger. En nuestro caso son las dos cosas. Tuvimos el proceso de asilo político como hijas abandonadas y Estados Unidos ya nos aceptó.

–¿Cómo se sienten en este momento?

–Estamos estudiando, nos sentimos seguras, porque aun estando en este lado de Estados Unidos seguimos buscando a mi mamá. Estamos en el grupo de mexicanos en el exilio. La última noticia que tuvimos de autoridades mexicanas acerca de mi mamá fue en mayo. En El Paso nos reunimos con Ricardo García Cervantes, entonces subprocurador de Derechos Humanos de la Procuraduría General de la República, quien se comprometió a buscar a mi mamá.

“Dijo que le preguntaría al coronel que se los llevó qué hizo con ellos, dónde los dejó, sólo que no hemos tenido respuesta”. El 27 de ese mes, días después de este encuentro, García Cervantes renunció a su cargo. Nitza Alvarado lo ignoraba.

–¿Conocen al coronel que se los llevó?

–La desaparición de mi mamá la ordenó el coronel de Infantería Elfego José Luján Ruiz. A él le pedimos que nos diga la verdad, qué hizo con ellos, dónde los tiene.

Lucha legal

Afortunadamente para los Alvarado, Carlos Spector acudió en su auxilio. De lo contrario hubieran sufrido la misma suerte de todos los mexicanos, asegura a este semanario el abogado texano de origen mexicano, quien ganó prestigió desde los noventa por representar a un mexicano y ganarle al gobierno estadunidense un caso de asilo por “represión política” durante el gobierno de Carlos Salinas (Proceso 795).

Vía telefónica explica que, en agosto de 2013, el caso de la madre de las Alvarado llegó a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, sólo que cuando este órgano responsabilizó al Ejército de su desaparición, se recrudeció la persecución contra la familia.

“Los mexicanos son los únicos niños del mundo que en Estados Unidos reciben mal trato y les es negado el asilo político. Hay un tratado muy especial que permite a Estados Unidos rechazarlos en el puente; sólo les dan la oportunidad de hablar con la Patrulla Fronteriza o con la aduana y en las 42 horas siguientes los deportan en complicidad con el gobierno mexicano. Estados Unidos no toma en cuenta que el Estado mexicano es incapaz de hacerse cargo de sus niños huérfanos por la guerra”, aclara.

En contraste, señala, los niños centroamericanos no acompañados son entregados en 72 horas a un albergue, donde reciben tratamiento psicológico y médico; además les asignan un defensor social que aboga por ellos. Reciben una entrevista de personal de la oficina de Asilo Político entrenado en la Ley de Asilo. Ahora el problema es que como han tenido éxito en la deportación de los niños mexicanos, quieren extender la estrategia a los centroamericanos, quitándoles totalmente sus derechos.

Explica: “Lo lamentable es que si un niño víctima de violencia o de abuso sexual llega a la frontera pidiendo asilo, a pesar de su contexto, la aduana o la Patrulla Fronteriza lo regresa de inmediato y en 48 horas está en manos del DIF, en manos del Estado mexicano del cual salió huyendo”.

“La postura de los abogados de migrantes es que debemos revocar el tratamiento discriminatorio contra el mexicano y extender hacia ellos la protección que existe para los centroamericanos”, señala Spector.

Considera que los dos gobiernos deben entender que el caso del niño mexicano no acompañado no está limitado a abuso sexual o violencia de los cárteles, sino también a la ineptitud del Estado mexicano para protegerlos. La muestra es que ni siquiera sabe cuántos niños están sin padres por los asesinatos. Ellos vienen aquí porque no quieren ser reclutados por los cárteles. Sólo en Chihuahua se estima que la cifra puede llegar a 20 mil”, dice impactado.

Señala que, según el Consejo de Inmigración de Estados Unidos, muchas reclamaciones formuladas por los centroamericanos se basan en el reclutamiento forzoso de pandillas, mientras que las de mexicanos se basan en violencia, incluida tortura y asesinato, como resultado de la resistencia a la extorsión o secuestro por los cárteles, los militares, funcionarios del gobierno y a veces por una combinación de los tres.

En el año fiscal 2012 los tribunales de Inmigración concedieron asilo a un ritmo de 6% a los solicitantes salvadoreños, 7% a guatemaltecos, 7% a hondureños y 1% a mexicanos.

Según el Servicio de Investigación del Congreso estadunidense, más de 80 mil niños han sido detenidos cada año desde 2001, la gran mayoría proveniente de México. El número de menores no acompañados detenidos por la Aduana y Protección Fronteriza saltó de 17 mil 775 en el año fiscal 2011 a 41 mil 890 en 2013. Se estima que más de 90 mil infantes no acompañados entrarán a Estados Unidos en el actual año fiscal (que termina el 30 de septiembre).­

“Muchos de los niños no acompañados que llegan a la frontera han sido víctimas de tráfico, perseguidos en sus países de origen o expuestos a violencia doméstica, abuso y negligencia. Estos niños traumatizados pueden requerir atención médica e incluso la consejería antes de que puedan compartir detalles íntimos de su sufrimiento y de comparecer ante un juez”, establece la Asociación de Abogados Migrantes (AILA) de Estados Unidos, integrada por aproximadamente 13 mil litigantes.

La AILA se opone a cualquier solicitud acelerada de los niños no acompañados y no recomienda que se use en ellos el proceso de selección de miedo creíble, aplicada a los adultos. Aseguran que la investigación demuestra que el proceso de eliminación acelerada no puede proteger incluso a los adultos que tienen temores legítimos de regresar.

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