Los efectos de la pesadilla Trump en EU

viernes, 11 de noviembre de 2016
CAMBRIDGE, Massachusetts (apro).- Han pasado apenas dos días del triunfo electoral de Donald J. Trump y en mis redes sociales comienzan a notarse los efectos de esa victoria: “Aaaaay Dios pues ya empezaron, dice mi cuñada que en Atlanta los chavitos ya les hacen bullying a los niños mexa diciendo que qué bueno que ya los van a correr de ahí. Mis sobrinos llegaron a casa todos enojados”. Una amiga que vive en Dallas contesta el mensaje de whatsapp: "Oí que pasó lo mismo en la prepa donde estudió mi hijo y el papá de la niña estaba infartado”. Desde Colorado, otra: “Está muy feo. Ya han pasado cosas con amigas mías, pero me dice mi marido que es la adrenalina del momento, que va a pasar pronto”. Por la mañana reviso las noticias que a diario envía CNN y, entre los videos con las protestas en varias ciudades progresistas de Estados Unidos (donde se asoman banderas mexicanas), me topo con otro video amateur tomado en una secundaria en Royal Oak, Michigan, donde el grito unánime de los alumnos a la hora del lunch fue: “¡Build the wall… build the wall… build the wall…!”. Al fondo del comedor, de pie, paralizada, una niña latina. Adolescentes linchando verbalmente a esa niña con el grito que escucharon corear a sus padres en los mítines republicanos y promovido por el futuro presidente. El mismo grito de guerra con el que amenizaba todos sus mítines: “Construir el muro”. Uno de los presentadores de la noticia comenta: “Hay muchas anécdotas de niños comportándose de esta manera contra los niños que son minoría”. En otro mensaje una colega periodista se disculpa conmigo porque no podrá verme estos días, pues recibió una llamada de emergencia de una migrante: un familiar fue asesinado. No sé si el crimen forma parte del efecto Trump. Sólo sé que mi colega es una reportera comprometida que, en solitario y a contracorriente, cubre las deportaciones masivas de Barack Obama, el presidente con el mayor récord de expulsión de migrantes: casi 3 millones de deportados. (Trump anunció como proyecto sacar del país a quienes Obama expulsa en secreto; prometió también construir el muro, el mismo que antes había empezado Bill Clinton) Los casos de discriminación de los electores republicanos hacia quienes consideran no americanos aún parecen hechos aislados. La comunidad latina tiembla. A pesar de que vivo cerca de Boston, en un lugar liberal y demócrata donde los extranjeros –aparentemente-- somos bienvenidos, un guatemalteco que pinta una de las casas del barrio donde vivo me cuenta su miedo: “Ese señor nos odia a todos. Habrá que andar con más cuidado porque nos van a acusar por cualquier cosa. Pero ¿qué van a hacer sin nosotros? Ellos no hacen el trabajo que nosotros hacemos”. Trabajan con él otros dos jóvenes con sudaderas goteadas de pintura amarilla. También hispanoparlantes. La radio portátil que tienen prendida ameniza la chamba al ritmo de cumbias. Dicen que no saben qué va a pasar. El guatemalteco también siente coraje. “Hubo latinos que votaron por él. Esa gente no entiende. Por eso hay mucho enojo”. * Desde el miércoles en la universidad donde estudio difícilmente se han podido seguir los cursos anunciados en el temario. Cada clase pareciera una sesión de catarsis y se dedica a dar sentido a lo ocurrido, a hablarlo, a ayudar a procesarlo, a digerirlo… o a llorarlo. En esta esquina al norte y al este de Estados Unidos el triunfo del magnate xenófobo, islamofóbico, racista, sexista, misógino, homofóbico, anti-latinos y anti-afrodescendientes cayó como puñetazos al estómago. Provocó nauseas. Terror. Incertidumbre. Insomnio. Esas sensaciones que vienen cuando sabes que la burbuja en la que vives está rota. Que el mundo no era plano y tenía una forma distinta. Hasta ayer varios estudiantes parecían zombis y se les reflejaban las noches de insomnio, los días sin baño, los párpados enrojecidos, la sonrisa erradicada. En una clase el maestro afroamericano experto en movimientos políticos y semblante amargo proyectaba en el pizarrón los datos duros que desenmascaraban a quienes apoyaron a cada candidato. Explicaba los votos por sexo, raza, edad, educación, ingreso, lugar de residencia. Y ahí apareció el dato incómodo: 29% de los latinos votaron por Trump. Ellos se montaron en esa avalancha que prometía “Make America great again”, volver a hacer grande América. En la intervención de cada alumno se asomaba una duda, y una posible explicación. Estaba la militar que decía que ganó la misoginia; la compañera judía que decía que Hillary fue pésima candidata; el millenial que maldecía a los demócratas por haber ignorado a Bernie Sanders; el blanco que decía que el discurso no fue por el odio sino la expresión de los blancos pobres y excluidos del sistema; la afroamericana que renegaba porque el racismo ahora se disfraza con tema económico; el latino que manifestaba susto por lo que se viene en su comunidad. Cada quien lloraba su propia pérdida. El miedo en el centro de la clase. La clase como fogata para hablar de las heridas. El maestro pidió no leer el triunfo de Trump de manera simplista o monolítica ya que, con los datos duros que se conocen sobre la elección, se puede afirmar que la gente blanca que se siente de clase trabajadora resiente la pérdida de oportunidades económicas y concuerdan con su candidato de que la culpa es de quienes no nacieron en Estados Unidos y tienen costumbres distintas. En otra clase el maestro, un experimentado organizador de comunidades, equiparó este momento de pérdida con el asesinato de Bobby Kennedy, cuando ya habían sido asesinados Martin Luther King Jr. y John F. Kennedy. La diferencia es que en los años sesenta el ambiente estaba impregnado de sueños revolucionarios que parecían posibles, y ahora en el horizonte sólo se ve derrota. En algunas clases comenzaron también a destaparse alumnos que votaron por Trump y no lo dijeron antes porque se sentían estigmatizados. En varias aulas surgieron discusiones con preguntas similares: ¿Por qué no vimos antes a esos otros que se manifestaron con su voto a favor de Trump? ¿De veras son racistas y misóginos o son excluidos que tienen ansiedad económica? ¿Cómo construir puentes con esos otros compatriotas? ¿Se puede llegar a tener un diálogo con alguien que odia a los demás porque son distintos? Por las noches los alumnos realizan charlas interminables en las que –por supuesto-- no se llega a ningún acuerdo. Todavía es momento de llanto y de catarsis, de entender por dónde llegó el tsunami y hacia dónde se dirige, de aprender que el país no está reflejado en el grupo de amigos de Facebook y de digerir el voto del resentimiento, o de odio. En otra universidad cercana, MIT, los alumnos pusieron un lienzo enorme donde la gente podía escribir sus miedos y esperanzas. Lo mismo ocurrió en otras ciudades como Nueva York. Los abrazos se dan al por mayor estos días. Sin embargo, el daño es profundo y comienzo a escuchar a algunas parejas amigas que han hablado de irse de su propio país y recomenzar en otro lado. Otros que se sienten desafiados: ¿Cómo les explico a mis hijos que ganó Trump? Es la misma pregunta que en la noche de la elección, al conocerse el resultado, un presentador –el único afroamericano en la barra del noticiero: cara seria, ojos vidriosos, espíritu devastado-- se preguntaba: ¿Cómo les vamos a explicar esto a nuestros hijos cuando toda la vida les dijimos que hay que hacer las cosas correctas? El miércoles, cuando se supo quién habitará la Casa Blanca los próximos cuatro años, brotaron las protestas de quienes no desean tener como presidente a alguien que promete construir muros y sacar gente del país. El futuro presidente, aunque prometió en su primer discurso que gobernará para todos los americanos y que busca la unión, ya culpó por las manifestaciones a “grupos de activistas profesionales incitados por la prensa” (obvio: la prensa también está entre sus enemigos favoritos). Ese mismo día un puñado de mexicanos se presentó a la universidad con la bandera tricolor, en señal de unión y de protesta. Preguntándose, como todos aquí, qué es lo que se viene y qué hacer.

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