'Muero inocente y perdono a todos”; un adelanto de 'La caída del Imperio”, de Paco Ignacio Taibo II

martes, 17 de octubre de 2017
“Deseo que mi sangre sea la última que se derrame en este desgraciado país. Muero inocente y perdono a todos”, gritó Maximiliano de Habsburgo frente al pelotón de fusilamiento en la mañana del 19 de junio de 1867. La República –dispersada en guerrillas, con el presidente Benito Juárez a salto de mata— lograba, contra todo pronóstico, derrotar al invasor francés CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Con el título de “La caída del Imperio”, el escritor Paco Ignacio Taibo II completa la trilogía “Patria” (ed. Planeta) que narra “uno de los periodos más cruciales y fundacionales de nuestra historia”: la Revolución de Ayutla, la Guerra de Reforma, La Intervención Francesa y la victoria de la República de Juárez. La obra será presentada este martes 17 por el dirigente de Morena, Andrés Manuel López Obrador, en la Feria Internacional del Libro del Zócalo. Con autorización de la editorial y del autor, se presentan a continuación fragmentos del tercer tomo: Paco Ignacio Taibo II En la ciudad tomada, aún en medio del caos la primera medida de (el general Mariano) Escobedo al día siguiente fue emitir un bando ordenando que todos los individuos que hubiesen desempeñado algún alto cargo militar en el imperio se presentasen en el término de 24 horas, con pena de muerte para los que no lo hicieran. Varios de los altos o?ciales estaban escondidos. Se presentaron los generales Francisco García Casanova, Escobar, Pantaleón Moret, Valdez, el ministro de Justicia García Aguirre y otros que fueron encarcelados. Silverio Ramírez fue liberado de la celda donde estaba recluido por traición y nuevamente detenido. Zamacois cuenta: “La pieza destinada para prisión de Maximiliano era la misma que le había servido de alojamiento; pero de ella había desaparecido todo, excepto su catre de campaña, una mesa y una silla. El prisionero quedó solo en su prisión. En el corredor, frente al cuarto que ocupaba, se colocó una compañía de los Supremos Poderes, con un centinela delante de la puerta, y otra fuerza en una azotea (…) Los generales Tomas Mejia y Severo del Castillo, fueron colocados en el cuarto del doctor Basch. A Pradillo, al príncipe de Salm Salm, al secretario José Blasio y al conde Pachta, se les puso en un cuarto que podía comunicarse con el emperador”. Estaban presos 426 civiles y militares en el templo de La Cruz. Un accidente está a punto de causar una catástrofe: uno de los prisioneros tras fumar apagó su cigarrillo en el suelo donde había restos de pólvora y se produjo una explosión, que causó un incendio. La guardia reaccionó pensando que se trataba de un intento de fuga y se hicieron disparos. Desde el interior los detenidos explicaban que se trataba de un accidente y afortunadamente un oficial ordenó que cesaran los disparos, cuando ya estaba emplazada una pieza de artillería sobre el interior, y todo volvió a la calma. Ignacio Manuel Altamirano visitará a Maximiliano, que comparte el cuarto ahora con sus criados Grill y Severo, el día 16 de mayo (de 1867). “Estaba él enfermo de disentería. Yo también. ‘Tome usted esa agua’, me dijo, y nunca sufrirá del estómago, se trataba de agua mineral, agua de Selz”. El poeta seguirá el consejo el resto de su vida (…) El 17 de mayo Maximiliano y los principales detenidos en el exConvento de la Cruz fueron trasladados al de Santa Teresa (…) Consejo de Guerra El 21 de mayo Juárez, a través del ministro de la Guerra, ordena a Escobedo que se procese a Maximiliano, Miramón y Mejia de acuerdo con los artículos 6° al 11°, de la Ley de 25 de enero de 1862 que establecía la pena de muerte por actos de traición a la patria y colaboración en un ejército invasor extranjero. Se hacía buena la advertencia de Sóstenes Rocha a Miramón: “Mira, Miguel, tu situación es única, es excepcional, don Benito no te perdonará la vida”. El expresidente Miramón escribirá en su diario: “se han cerrado todas las puertas menos la del cielo”. Tres días después los tres acusados son trasladados al exconvento de Capuchinas e incomunicados. Escobedo elije al jurado del consejo de guerra (…) Se cuestionó que el jurado no tenía la altura suficiente para enfrentar un juicio que se sabía histórico, pero sin duda Escobedo había querido llevar la decisión a la columna vertebral de aquellos 12 años de lucha: los oficiales (…) Escobedo siguiendo las órdenes de Juárez designa al teniente coronel y licenciado Manuel Azpiroz como fiscal. La base de la acusación estaba en un “documento instructivo” firmada por el ministro de la Guerra Ignacio Mejia, pero sin duda redactado por Sebastián Lerdo de Tejada. El 25 de mayo se presentan los cargos contra Maximiliano. Era un instrumento de la Intervención francesa y libro contra la república una guerra armada. Usurpó el título de emperador. Reclutó voluntarios en el extranjero. Promulgó el decreto del 3 de octubre de 1865 donde establecía que la resistencia republicana estaba compuesta de bandoleros y por lo tanto permitía pasarlos por las armas en caso de captura. Condujo la guerra después de la retirada de los franceses. Agravó el crimen de usurpador decretando que en caso de su prisión, se publicara su abdicación y el poder pasara a una regencia. Los argumentos eran poco discutibles. Maximiliano al conocer los cargos fue interrogado y dijo que “esta pronto a contestar a todo con franqueza y lealtad“, pero exigió que le dieran tres días para estudiar el escrito de la acusación y que “no creía competente al Consejo de Guerra para juzgarle, porque los cargos que podían hacérsele, son del orden político”. Se inicia el interrogatorio: “Se llama Fernando Maximiliano José, nacido en el Palacio de Schönbrunn, cerca de Viena, el 6 de julio de 1832, como archiduque de Austria, príncipe de Hungría y Bohemia, conde de Habsburgo y príncipe de Lorena, y que llevó desde hace tres años, hasta la publicación de su abdicación, el título de emperador de México”. Se produce un diálogo de sordos en que el fiscal insiste en preguntarle por qué ha venido a México, con qué derecho se ha llamado emperador de México y le ha declarado la guerra a la república; Maximiliano responde que no cree en la competencia de ese tribunal militar. El día 26 Maximiliano le envía un telegrama a Juárez: “Deseo hablar personalmente con usted de asuntos graves y muy importantes al país: amante decidió usted de él, espero que no se niegue usted a una entrevista: estoy listo para ponerme en camino hacia esa ciudad, a pesar de las molestias de mis enfermedades”. Juárez respondió a través de Escobedo que “no se podía acceder a su deseo en atención a la distancia que les separaba y a lo perentorio de los términos del juicio”. Si algo quería contarle Maximiliano a Juárez, este no estaba dispuesto a oírlo. Maximiliano pidió que se informara a dos personas en la Ciudad de México que los había nombrado sus defensores, se trataba de dos liberales moderados, pero con gran prestigio, que se habían negado a colaborar con el imperio, Mariano Riva Palacio (el padre de Vicente) y Rafael Martínez de la Torre. Juárez telegrafió a Por?rio Díaz que los dejara salir de la ciudad sitiada. El 28 de mayo Porfirio hizo llegar su mensaje a Riva Palacio y tres días más tarde los dos abogados, junto a embajadores de los gobiernos extranjeros, salieron de la ciudad en medio de una suspensión de hostilidades. Los abogados presentados inicialmente por los tres acusados basaron sus primeros alegatos en que el Consejo de Guerra era incompetente y solicitaron la suspensión del procedimiento. Las solicitudes fueron denegadas. Del 2 al 4 (de junio) se hizo la formación de la causa y la presentación de la defensa. El 4 de junio a la medianoche arribaron de México los abogados y poco a poco irían llegando los ministros barón Edward von Lago y su agregado Schmit von Tavera (Austria); el barón de Magnus (Prusia); Hooricks, ministro de Bélgica; Curtopatti (Italia) y Forest (cónsul de Francia, suplente de de Danó, porque Márquez no le permitió la salida de la capital). Al día siguiente los defensores de Max previamente nombrados en Querétaro, Jesús María Vázquez y Eulalio Ortega, se harían cargo de la defensa mientras Riva Palacio y Martínez de la Torre marcharían a San Luis Potosí, para buscar la concesión de un indulto de la pena de muerte. Escobedo le escribe a Juárez. “Prescindiendo de mis enfermedades, que diariamente se hacen más penosas, sufro mucho por no poder atender a la fuerza con sus haberes y muchos días ni con un miserable rancho, pues, como ya otras veces he dicho a usted, la ciudad y poblaciones inmediatas quedaron exhaustas de todos recursos y muchas destruidas después del largo sitio. El muy pesado servicio que tienen que hacer los soldados para custodiar los reos, después de la fatiga del sitio y sin los elementos necesarios, los conduce por fin a los hospitales, faltando día a día los mejores y más ?eles soldados. Usted sabe, señor presidente, que los reos pueden en esta ocasión derramar el oro por salvarse; de suerte que se necesita mucho cuidado y tropa de mucha confianza, que, aunque la tengo, es muy poca y aunque está en la miseria, no temo la corrompan”. Juárez ordena el día 8 la suerte de los demás prisioneros: Los generales y los ministros y asesores militares de Maximiliano serían llevados a Consejo de guerra: Severo del Castillo (sería condenado a muerte aunque luego indultado). Manuel García Aguirre, Luis Blasio (cumplió dos años de prisión), el prefecto Dominguez, el comisario Tomas Prieto, el príncipe de Salm Salm (condenado a muerte, luego indultado y encarcelado). Todos los coroneles y tenientes coroneles fueron condenados a seis y cinco años de prisión, los comandantes a cuatro, los capitanes y los tenientes extranjeros a 2, aunque la mayoría recibió reducción de sus sanciones. Todos los tenientes, subo?ciales y soldados rasos mexicanos fueron declarados en libertad. Los presos fueron enviados a las cárceles de Morelia, Guanajuato, San Luis Potosí y Zacatecas. Plan de fuga El 13 de junio a las seis de la mañana frente al exconvento de Capuchinas, una guardia de 50 cazadores de Galeana y otros tantos del Supremos Poderes a las órdenes del coronel Miguel Palacio van a conducir a los tres presos al Teatro Iturbide para ser juzgados. Maximiliano se declara enfermo, posiblemente porque se niega a evitar la humillación, y deja a sus defensores la representación. Miguel Miramón y Tomás Mejía salieron solitarios en un coche. Eran las ocho de la mañana cuando se abrió el Consejo. Zamacois registra: “El teatro estaba adornado con gallardetes, banderas y emblemas republicanos. Los palcos y las butacas estaban ocupados por los oficiales del ejército liberal, pues habían recibido orden desde el día anterior para concurrir a presenciar el acto. Los jueces, vestidos con el uniforme de gala, se hallaban sentados en el foro. La defensa de Mejía, fue hecha y leída por su abogado Próspero C. Vega; la de Miramón, por Ignacio de Jáuregui y Antonio Moreno; la del emperador Maximiliano por los abogados Eulalio Ortega y Jesús Maria Vázquez”. El fiscal, el teniente coronel Manuel Azpíroz, leyó la acusación, luego las declaraciones preparatorias y vino la defensa. Ortega argumentó “Usurpador del poder público, enemigo de la independencia y seguridad de la nación perturbador del orden y la paz públicos, conculcador del derecho de gentes y de las garantías individuales; tales son, en compendio, los principales cargos que se hacen al señor archiduque Maximiliano. Pero esas frases sonoras y retumbantes, que bastan para adornar un discurso en un club, o para llenar unas cuantas columnas de un periódico, distan mucho de ser suficientes para hacer descansar el ánimo de un tribunal al pronunciar un fallo que va a decidir de la muerte o de la vida de un individuo de nuestra especie”. Mientras se realiza el juicio, la princesa de Salm Salm, que tenía acceso a su esposo, fraguó un plan para organizar la fuga de Maximiliano. Se trataba de corromper a dos de los coroneles responsables de la guardia con 100 mil pesos, para que dejaran escapar al exemperador, quien se embarcaría en Veracruz, todavía en poder del imperio, en una fragata austriaca rumbo a Europa. Salm Salm informó a Maximiliano y le pidió que firmara dos libranzas de 100 mil pesos, que deberían ser pagadas por la familia imperial de Austria, en Viena. La fuga debía verificarse la noche del siguiente día, el 14. El emperador prestó a la princesa un anillo con su sello. Uno de los coroneles a quienes trataban de involucrar en la proyectada fuga era Miguel Palacios. La princesa de Salm Salm lo convocó para que fuera a visitarla a su casa. Palacios acudió y Agnes de manera oblicua lo sondeó. El coronel, para ver a dónde llegaba la trama, hizo observaciones respecto a la certeza del pago. La princesa le aseguró que las libranzas serían firmadas, como un seguro adicional, por los representantes de las legaciones extranjeras que se hallaban en aquellos momentos en Querétaro. El coronel Palacios le dio una respuesta ambigua y le ofreció confirmar en la tarde su participación en el complot; después de esto partió de inmediato a reportar lo que estaba sucediendo a Escobedo. La princesa de Salm Salm también se entrevistó con el coronel Ricardo Villanueva, quien jugó el mismo juego que Palacios. Agnes de Salm Salm, que había conseguido caballos para los posibles fugitivos, avisó al emperador de que se necesitaba la firma de los diplomáticos extranjeros; Maximiliano llamó al barón de Lago y le pidió poner su firma en las libranzas y llevarlas a los demás ministros para que pusieran también las suyas. El barón de Lago firmó y salió, sin saber cuál era el destino del dinero, a entrevistarse con sus colegas. Poco después recibió la visita del doctor Samuel Basch que iba a recoger los documentos, quien le aclaró la situación. Lago se aterró y diciendo “si lo hacemos, nos colgaran a todos", rompió los pagarés. Palacios en la entrevista con Escobedo le dijo: “Puede usted jurar que Maximiliano no saldrá de su celda pero esta mujer es muy hermosa, y de no enamorarme de ella en una de estas visitas, no respondo. Por tanto, hágame usted favor de quitármela cuanto antes”. Las fotos de la época parecen hacer justicia a la preocupación del coronel republicano. Escobedo desarticuló el complot rápidamente (…) Viajando a toda velocidad, la princesa de Salm Salm y Concepción Lombardo de Miramón se presentaron un día después en el Palacio de Gobierno de San Luis Potosí implorando el perdón para los prisioneros de Querétaro, que debían ser ejecutados en la mañana siguiente. La cara de Juárez ante la Salm Salm, que le habla en inglés traducida por Iglesias, es “una máscara impasible que no convidaba a la emoción, ni mucho menos a la expansión”. La entrevista fue registrada en el cuadro de Manuel Ocaranza: “La denegación del perdón a Maximiliano” realizado en 1873. Puede verse en el salón a los ministros Iglesias e Ignacio Mejía y a los abogados de Maximiliano, Mariano Riva Palacio y Martínez de la Torre. Lerdo de Tejada entra en esos momentos. El presidente Juárez negó definitivamente los indultos. Los peligros del perdón Frente a las voces que pedían clemencia, desde el lado republicano se ejercían fuertes presiones para que el emperador fuera fusilado. Francisco Zarco escribiría “La clemencia con la traición es un ultraje a la moral” y Florencio López del Ejército de Oriente le comunicaba a Juárez que “la tropa enardecida pedía esas vidas, no como venganza, sino como justicia y ejemplo para los dominadores y traidores de todas las patrias”. Juárez no puede sentirse ni mínimamente cómodo con esas presiones. No hay duda de que daban ganas de amnistiarlos, así se lo pide Garibaldi en una carta enviada por Castelletti, en la que además de elogiarlo le suplica por el perdón. Y eso que el presidente no conoce una carta de Víctor Hugo escrita en Hauteville House, que no llegará a tiempo: “Hoy pido a México la vida de Maximiliano. ¿La obtendré? Sí y quizá a esta hora esté ya concedida. Helo aquí: Maximiliano vivirá por la gracia de la República”. Lerdo a su vez explicó la posición del gobierno a los defensores de Maximiliano: “El perdón de Maximiliano pudiera ser muy funesto al país, porque en lo conocido de su variable carácter, no habría gran probabilidad de que se abstuviera de toda otra seducción (…). El gobierno ha pensado, antes y ahora, con el mayor detenimiento, los peligros del perdón, las consecuencias de la muerte (…). ¿Quién puede asegurar que Maximiliano viviera en Miramar o a donde la providencia lo llevara, sin suspirar por el regreso a un país del cual se ha creído el elegido? ¿Qué garantías pudieran dar a los soberanos de Europa de que no tendríamos una nueva invasión para sostener el Imperio? (…). El indulto pudiera ser funesto entonces, y al desdén e ingratitud con que se viera esta conducta, agregaríamos, tal vez en mayor grado, la repulsión de los partidos: encenderíamos más sus odios, y más y más se levantaría el grito terrible de reproche a la traición (…). Ahora, o acaso nunca, podrá la República consolidarse”. El 14 de junio a las 11:30 de la noche el jurado del Consejo de Guerra presentaba su veredicto: Maximiliano de Habsburgo, Miguel Miramón y Tomas Mejía eran sentenciados unánimemente a muerte. Un día después se confirmaba la sentencia. Dos días más tarde Escobedo fijó la hora de ejecución para las tres de la tarde. A las 11 y media de la mañana el general Refugio Gonzalez leyó a cada reo, en su celda, la orden. “Estoy pronto” dicen que dijo Maximiliano y firmó la sentencia; Miramón protestó por escrito y firmó; Mejía firmó la sentencia sin palabras de más. Luego, pidieron el indulto a Juárez por medio de sus defensores, que telegra?aron a San Luis Potosí, llamaron sacerdotes, se confesaron. Ese mismo 16 y antes de que se procediera a la ejecución, Juárez negó el indulto “por oponerse a aquel acto de clemencia las más graves consideraciones de justicia y de necesidad de asegurar la paz de la nación”. Sin embargo, ordenó que la ejecución se aplazara por tres días para que los condenados pudieran “arreglar sus negocios de conciencia, de familia y de otros intereses” (…) Escobedo recibió la noticia del aplazamiento a las tres menos cuarto de la tarde e informó a los condenados. Maximiliano, que un día antes había recibido la falsa noticia de que Carlota había muerto en Miramar, recibió con desagrado la información. “Se había despedido ya de este mundo, y miró la prórroga como prolongación de las penas”. Esa tarde le escribió una carta a su amigo el conde de Bombelles despidiéndose y poco después le escribirá a Juárez: “Próximo a recibir la muerte [. . .] perderé con gusto mi vida, si su sacrificio puede contribuir a la paz y prosperidad de mi nueva patria. Íntimamente persuadido de que nada sólido puede fundarse sobre un terreno empapado de sangre y agitado por violentas conmociones, yo conjuro a usted, de la manera más solemne y con la sinceridad propia de los momentos en que me hallo, para que mi sangre sea la última que se derrame y para que la misma perseverancia, que me complacía en reconocer y estimar en medio de la prosperidad, con que ha defendido usted la causa que acaba de triunfar, la consagre a la más noble tarea de reconciliar los ánimos y de fundar, de una manera estable y duradera, la paz y tranquilidad de este país infortunado". Incluso alguien tan poco imperialista como el narrador de este libro, tiene que reconocer que el emperador tiene estilo a la hora de enfrentar la muerte, y sin duda sinceridad. El fusilamiento Las calles de Querétaro estaban sorprendentemente vacías al amanecer del 19 de junio. En el Cerro de las Campanas la división del general Díaz de León formó un cuadro con uno de sus lados abierto. Por ahí llegaron tres carruajes un poco antes de las siete de mañana. Del primero bajó Maximiliano acompañado de dos sacerdotes. Lo siguieron el expresidente del México conservador y general imperial Miguel Miramón y el silencioso general Tomas Mejía. Maximiliano vestía un saco, pantalón y chaleco negros. Abrazó a sus dos compañeros y repartió al pelotón de fusilamiento monedas de oro o de plata, llamadas Maximilianos de 20 pesos. Tres escuadras de siete hombres cada una del primer batallón de Nuevo León, armados con Spring?elds de un solo tiro de los que se cargan con baqueta, se colocaron ante los condenados; las dirigía el coronel Miguel Palacios (…) Maximiliano dice con una voz que se escucha desde lejos: “Voy a morir por una causa justa, la de la independencia y libertad de México. Deseo que mi sangre sea la última que se derrame en este desgraciado país. Muero inocente y perdono a todos”. Ninguno de los testigos dirá en que idioma habló. ¿Español? ¿Alemán? ¿Francés? Después de él, Miramón leyó un breve texto: “Aquí pronto a perder la vida y cuando vaya a comparecer delante de Dios, protesto contra la mancha de traidor que se ha querido arrojarme para cubrir mi sacrificio. Muero inocente de este crimen, y perdono a sus autores, esperando que Dios me perdone, y que mis compatriotas aparten tan fea mancha de mis hijos, haciéndome justicia ¡Viva México!”. Mejía permaneció en silencio. Fueron llevados al paredón. Maximiliano pidió a Miramón que ocupara el centro, Mejía la derecha y él a la izquierda. Luego separó su barba y descubrió el pecho. “Mejía tenía el crucifijo en la mano que separó al ver que los soldados le apuntaban”. A la voz de fuego una descarga echó por tierra a los tres. Según Arias, Maximiliano no sucumbió en el acto. Ya caído pronunció estas palabras: “Hombre, hombre". Entonces se adelantó un soldado para rematarlo (…) Los cadáveres fueron depositados en tres ataúdes de pino, según Fernando Díaz, “los más modestos que hacía en el mercado, pintados de aguacola con negro de ocote y decorados con flecos amarillos, costaban cada uno un peso con 50 centavos”.

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