Una mañana de Constituyente

domingo, 25 de septiembre de 2016
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Eran las diez y media de la mañana del 15 de septiembre cuando llegamos ante el cadenero de la valla policiaca en la Plaza del Ex Caballito. Traíamos apenas lo indispensable: una carta del Instituto Electoral en la que se notifica que fuimos electos como asambleístas del Constituyente del Defe y una credencial de identidad. Días antes, por un desplegado, los senadores –un oscuro secretario, en realidad– nos habían exigido: la CURP, el acta de nacimiento, una ficha biográfica, currículum y –acaso– la cartilla de vacunación. No los llevábamos porque éramos parte de los ciudadanos mandatados por una votación en la ciudad. Parte de los sesenta, no de los otros cuarenta que integran la asamblea y que están ahí porque fueron designados por el Presidente de la República, el Congreso, el Jefe de Gobierno, los partidos. Unos respondemos a los ciudadanos. Los otros a alguno de los poderes. Unos queremos –genuinamente, aunque sin duda con poco realismo– una Constitución de ruptura que distribuya el poder político y económico fuera de la podrida oligarquía, con nuevas formas de gobierno republicano, hacia una economía más cooperativa y sustentable, digitalmente libre, participativa, culturalmente diversa, tutelando bienes de todos como el agua, la tierra y el conocimiento. Llegamos, además, en medio de las consecuencias de una deconstitución, llamada el Pacto por México, que concentra la riqueza, deja a salvo la corrupción y empuja hacia decisiones despóticas. Así llegamos y, quizás, las vallas de la policía, los cadeneros que pedían documentación sin tener atribuciones para hacer tal cosa, o simplemente el sol a plomo, las banquetas húmedas de una lluvia nocturna, y la cara del militar, todo, nos llevó a una suerte de dignidad: –No te enseño nada –respondió la voz del ciudadano. Tenemos un ciudadano interior al que le repugnan los controles de la policía, los trámites sin sentido, la humillación de tener que demostrar la propia existencia hasta que se compruebe lo contrario. Los trajes y las corbatas. Los vestidos de coctel. Otros, los políticos profesionales –los que viven del juego salvaje del poder–, tienen un interior distinto que sonríe ante todo, da palmadas, traiciona cuando así lo exige “el realismo”, esa vergüenza de que sus palabras no coincidan casi nunca con sus intereses. Ante el cadenero, el ciudadano pasó al edificio de Xicoténcatl 9, todavía controlado por el Senado. Teníamos pendiente de que no nos dejaran pasar. Pero lo hicieron por el desconcierto de que quizás nosotros teníamos el poder de quejarnos y despedirlos. No lo tenemos, pero acabamos frente a un Jefe de Gobierno que entregó un proyecto de Constitución como se entrega un auto-espot. No aplaudimos. Nos levantamos antes de tiempo, hartos del ritual que ya sólo llega en gestos borrosos que alguna vez tuvieron contenido. Ya adentro del pleno donde pensábamos sesionar, descubrimos que nos han quitado nuestros asientos, los de los ciudadanos electos por ciudadanos. El PRI, que tuvo la votación más baja de su historia (7.8) pero que, por la designación del Presidente y los otros poderes, tendrá una sobrerrepresentación del 162 por ciento, se pavonea por el salón con paso cansino. Es su cultura la que impera: manejar los “servicios generales” es el poder del sonido en la curul del licenciado, la fotocopia engargolada a tiempo, el USB disponible. Y los asientos. El PRD sigue en el Pacto por México y se mira en la “cohabitación” a la francesa aunque, en realidad, sólo reviva a los “partidos satélites” de los años ochenta. El PST, el PARM, el PDM, el último PPS. Siglas. Partidos que sólo les interesan a quienes cobran en ellos. Nosotros no tenemos partido, aunque salimos por la lista de Morena, que se abrió en la ciudad en la que es mayoría desde siempre. Pero no tenemos asientos. Nos acomodamos como en un cine, en parejas y tríos para comentar la sesión. Traemos dos banderas que protegen la legalidad de la asamblea: los diputados designados por un poder, carecen de mandato popular y, además, no pueden ocupar dos cargos al mismo tiempo. No se puede ser senador y constituyente. Pero es la cultura priista, la del aviador que cobra dos, tres sueldos millonarios y se presenta a votar por quien le diga su coordinador de “bancada”. Aquí se habla como si fuera la Cámara de Diputados. Se quiere una Constitución “jurídica”, no con contenidos políticos. Se quiere una de expertos, de políticos profesionales, no de ciudadanos. –Perdí –dice con los brazos en cruz de resignación, Bernardo Bátiz, quien cumple con la antigüedad legislativa de los asambleístas electos por voto popular. Presidirá los trabajos del Constituyente de la Ciudad de México un político del diazordacismo que aplaudió –como lo hizo en ese instante Porfirio Muñoz Ledo, quien también es parte de la mesa directiva– la masacre de estudiantes en sus calles. Un burócrata que se depositó las playas del Fideicomiso Bahía de Banderas, Nayarit, en los setentas. Que salió huyendo a una imposible vida diplomática –el exilio de los priistas– en Italia y Nicaragua. Que resucitó –las “siemprevivas” del priismo– con Salinas de Gortari. Es Gómez Villanueva. El PRD lo aprueba. Protestamos –habla el elocuente Javier Quijano–, sacamos pequeñas pancartas de impresora doméstica contra los asambleístas designados, gritamos, nos indignamos. Y nos paramos a cantar con todos el himno. De regreso a la casa, quizás el Constituyente piensa que las Constituciones, a veces, movilizan fuerzas que ellas mismas no pueden controlar. Que el Tercer Estado en la Revolución francesa fue creciendo contra los poderes establecidos hasta ser la base de una carta de los derechos humanos y ciudadanos. Que nuestra ciudad empezó, tras el terremoto de 1985, con una lucha por tener una asamblea. Que hizo, en 1993, un plebiscito no autorizado para contar con un Jefe de Gobierno electo, no designado. Y que hoy sólo se trataba de un poco de lo mismo: un paso hacia la autonomía. En las puertas del Metro Allende, el Constituyente se topa con un grupito de chavos que le dicen: –Suerte, en lo de la Constitución. –Suerte todos –sólo atina a responder. Dentro del vagón, hay un pedazo de esa ciudad incontrolable y desdeñosa de siempre. La que no sabe de esta asamblea –se abstuvo en un 70 por ciento– y no cree en las soluciones “jurídicas”, esas aspiraciones jamás materializables, turgentes de buenos deseos. La que nunca ha mirado el Canal del Congreso ni siquiera por ser el auténtico reality show. La que mira a los políticos y a sus partidos con la misma desconfianza de esta mañana: –No te enseño nada. Y, piensa el Constituyente, en efecto, la ciudad todavía no se ha mostrado.

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