Perú: los comicios del miedo

En la segunda vuelta de las elecciones que se llevan a cabo hoy en Perú, los electores no parecen decidir su voto con base en las propuestas de los candidatos, sino en el miedo a lo que ellos puedan representar: en el caso de Keiko Fujimori, la repetición del régimen autoritario y represivo de su padre, Alberto Fujimori, quien purga una condena de 25 años de prisión por corrupción y delitos de lesa humanidad; y en el caso de Ollanta Humala, la implantación de un modelo estatista y populista al estilo del de Hugo Chávez en Venezuela…

LIMA, 5 de junio (Proceso).- Los brasileños están de moda en las elecciones presidenciales peruanas. El candidato nacionalista Ollanta Humala contrató a dos asesores de imagen del Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil, Valdemir Garreta y Luis Favre, a los que se atribuye haber pertenecido al entorno del exmandatario Luiz Inácio Lula Da Silva.

Para estar en sintonía con su contrincante, con quien disputará la segunda vuelta el próximo 5 de junio, Keiko Fujimori convocó al llamado Profeta de América, Reinaldo Dos Santos, un viejo conocido de su padre, el expresidente Alberto Fujimori, a quien asesoró durante su régimen.

Dos Santos, quien supuestamente previó el ataque terrorista a las Torres Gemelas y los terremotos de Haití y Chile, se presentó en la televisión para adelantar que Keiko Fujimori ganará la elección presidencial. No había que ser adivino para sospechar cuál sería su pronóstico.

Lo cierto es que la disputa electoral es tan dura y confusa que es difícil advertir un resultado. Ni siquiera las encuestadoras se ponen de acuerdo. A una semana de la votación, los peruanos no han decidido qué camino elegir, según los sondeos. La empresa Ipsos Apoyo informó que 51.4% de los electores votaría a favor de Keiko Fujimori y 48.6% por Humala. Otra compañía, Imasen, por el contrario, atribuye a Humala 41.6% de los votos y a Fujimori 39.7%. En los dos casos se trata virtualmente de un empate técnico. Cualquiera puede ser el triunfador. Todo dependerá de 30.6% que todavía no sabe por quién votará.

Cualquiera que sea el que gane la segunda vuelta, Humala o Fujimori, uno de los dos gobernará inevitablemente un país dividido.

 

La herencia

 

Humala, excomandante del ejército, de 48 años, hijo de una familia andina, plantea la reforma del modelo económico que, según su diagnóstico, beneficia a los ricos en agravio de las mayorías empobrecidas y excluidas.

Por su parte, Keiko Fujimori, de 35 años, hija del expresidente de ascendencia japonesa Alberto Fujimori (1990-2000), condenado a 25 años de prisión por crímenes y corrupción, propone mejorar el sistema que instaló su padre mediante un golpe de Estado, el 5 de abril de 1992.

La lucha es desigual.

Fujimori recibe abiertamente el apoyo de poderosos e influyentes grupos económicos, entre ellos conglomerados de medios de comunicación, que consideran que Humala es una amenaza para mantener el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) a un promedio de 7% anual, uno de los más importantes del continente. Apuestan por la primogénita del expresidente porque es una garantía para que todo siga igual, sin importar el legado de crimen, corrupción y autoritarismo del régimen de Alberto Fujimori.

El 12 de febrero de 2009, Keiko afirmó que su padre “fue uno de los mejores presidentes del Perú”. Pero se vio obligada a corregir. Apenas el pasado 24 de abril manifestó que durante el mandato de éste “se cometieron errores que no vamos a repetir”.

Sin embargo, a pesar de los enormes esfuerzos de la candidata, la imagen de que representa la continuidad del estilo de su padre no se ha despegado de ella. Durante su gobierno, Alberto Fujimori se divorció de su esposa, Susana Higuchi, y su hija Keiko la reemplazó en el papel de primera dama hasta el derrumbe del régimen y la fuga de su progenitor a Japón.

Como parte del plan de Alberto Fujimori para regresar al poder en Perú, Keiko lanzó en 2005 un nuevo partido fujimorista: Alianza por el Futuro (AF), que lo lanzaría a la presidencia en 2006. Pero el proyecto se truncó cuando el 6 de noviembre de 2005 Alberto Fujimori voló de Tokio y aterrizó en Santiago de Chile con el propósito de reingresar a territorio peruano. Al día siguiente, las autoridades chilenas lo detuvieron debido a una solicitud de la justicia peruana. Se inició así su proceso de extradición que culminó el 21 de septiembre de 2007.

No obstante, en las elecciones de 2006 Keiko ganó una diputación. Obtuvo la mayor votación entre los candidatos a diputados.

El objetivo de un eventual gobierno de Keiko quedó en evidencia el 7 de abril del 2009, cuando la Corte Suprema de Justicia condenó a 25 años de cárcel a Alberto Fujimori por el asesinato de civiles cometido por un comando secreto de agentes del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE). Ella dijo en esa ocasión que indultaría a su padre en caso de que triunfara en las elecciones presidenciales.

Sin embargo, el pasado 10 de abril, cuando quedó en segundo lugar después de Humala en la primera vuelta electoral, Keiko juró que no daría la libertad a su padre. Además, sostuvo que no repetiría el modelo de gobierno de éste.

Pero sus críticos dudan de sus palabras. Tienen al menos un motivo: en la cúpula de Fuerza 2011 –el partido de Keiko– y en el “equipo técnico” de la candidata abundan los excolaboradores del régimen de Alberto Fujimori y de su exasesor de inteligencia, Vladimiro Montesinos.

Por ejemplo, Jaime Yoshiyama, presidente del Congreso durante el fujimurismo, es ahora secretario general de Fuerza 2011;  César Luna Victoria, exministro de Industrias, es miembro del equipo de “Plan de Gobierno” de la candidata;  Alejandro Aguinaga, exministro de Salud y médico personal de Alberto Fujimori, así como el excanciller Fernando de Trazegnies son asesores personales de Keiko.

Hasta mediados de este mes, Jorge Trellez, ministro de Educación durante el gobierno de Fujimori, fue el vocero oficial de la candidata. Fue despedido por cometer una pifia: dijo que durante el gobierno de Alberto Fujimori “nosotros matamos menos”.

El nuevo vocero de Keiko es Rafael Rey, quien también es candidato a la segunda vicepresidencia. En entrevista con Proceso, rechaza el presunto continuismo que representa la candidata: “Ella y su padre son dos personas distintas, totalmente diferentes. Keiko nunca ha intentado un  golpe de Estado, en cambio Ollanta Humala lo ha intentado dos veces (cuando era comandante del Ejército en 2000, y presuntamente en 2005). Keiko ha pedido  perdón  por los errores de otros, mientras que Humala no ha pedido perdón por los actos violentos que se cometieron en su nombre en el levantamiento de Andahuaylas, en 2005, que causó la muerte de cuatro policías”, argumenta.

Los detractores de Keiko Fujimori, como los familiares de las víctimas de las masacres en Barrios Altos y La Cantuta, perpetradas por un escuadrón de la muerte que dirigía Montesinos, afirman que ella dará libertad no sólo a su padre, sino también a los militares que participaron en violaciones a los derechos humanos.

Sus temores no parecen infundados: en septiembre de 2010, cuando ejercía como ministro de Defensa, Rafael Rey promovió una ley para favorecer a los militares y policías acusados de cometer crímenes extrajudiciales durante la guerra interna (1980-2000), entre ellos varios que cumplieron funciones durante el gobierno de Fujimori. Debido al escándalo por la amnistía encubierta, Rey se vio obligado a renunciar. Reapareció como dirigente de Fuerza 2011, el  nuevo partido de Keiko.

Cuando Proceso preguntó a Rafael Rey si era fundado el temor de un sector de la población de que el triunfo de Keiko implicaría el retorno de las prácticas antidemocráticas, respondió: “Por qué habría de tenerle miedo. Yo no encuentro un argumento para tenerle miedo. En cambio, sí se debe tener miedo de que Humala intente desconocer los resultados de la elección del 5 de junio, que  cambie la Constitución, como Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa, y continúe avivando los ánimos y generando violencia. Espero que no, pero me gustaría escucharlo de su propia  boca”.

 

Metamorfosis

 

La primera vez que el nombre de Ollanta Humala saltó a la prensa fue cuando encabezó un intento de golpe de Estado contra el desfalleciente gobierno de Alberto Fujimori, el 1 de octubre de 2000. En esa ocasión, Humala dirigía una unidad militar en Locumba, en el extremo sur del país. Humala reclamó la dimisión de Fujimori. Pocas semanas después, en medio de un escándalo de corrupción debido a que tenía cuentas bancarias secretas en Suiza, Fujimori se refugió en Japón y desde allí renunció el 21 de noviembre del mismo año.

El presidente provisional Valentín Paniagua (2000-2001) amnistió a Humala y luego el gobierno de Alejandro Toledo (2001-2006) lo designó agregado militar, primero en Francia y luego en Corea del Sur.

Sin embargo, fue destituido en diciembre de 2004, aparentemente porque dirigía un partido de izquierda radical.

A los pocos días, el 1 de enero de 2005, Antauro Humala encabezó un levantamiento armado y tomó la estación de la policía de Andahuaylas, en los Andes del sur, una de las zonas más pobres del país. Antauro demandó la renuncia del presidente Toledo y la restitución de su hermano Ollanta en el ejército. Cuatro días después, con un saldo de cuatro policías asesinados, se acabó la revuelta. Durante el juicio se estableció que Antauro Humala no había actuado por orden de su hermano Ollanta, quien no recibió condena alguna.

Ollanta Humala es hijo de Isaac Humala, un abogado marxista que aparece como personaje de la novela de Mario Vargas Llosa Conversación en La Catedral (1969). Ollanta fundó el Partido Nacionalista Peruano (PNP) y, en alianza con la organización de centroizquierda Unión por el Perú (UPP), se presentó a las elecciones presidenciales de 2006. Contra todo pronóstico, con un discurso repleto de reivindicaciones sociales, ajuste del modelo económico neoliberal y notoriamente populista, alcanzó el primer lugar y pasó a la segunda vuelta, en la que compitió con el expresidente Alan García, quien finalmente lo derrotó.

Para que no lo vinculen con líderes de la región, como el venezolano Hugo Chávez, el boliviano Evo Morales y el ecuatoriano Rafael Correa, ha suavizado su plan de gobierno original de cara a las elecciones presidenciales de 2011.

Incluso el premio Nobel Mario Vargas Llosa, quien en 2009 advirtió que si Humala y Fujimori se enfrentaban en una segunda vuelta sería como escoger entre el sida y el cáncer, está convencido de que el exmilitar ha sufrido un cambio ideológico y no representanta amenaza alguna. Más aún, sostiene que, por el contrario, Humala es una opción democrática y decente frente al continuismo de corrupción, crimen y abuso que encarna Keiko Fujimori.

Consultado sobre las diferencias radicales entre los proyectos de Humala y Fujimori, el vocero del candidato nacionalista, Daniel Abugattás, afirma a Proceso: “En primer lugar, tenemos un plan de gobierno que  se refiere a la inclusión social. Básicamente queremos  un gobierno que busca incluir a la población  y sacarla de la pobreza. En cambio, el fujimorismo se limita a regalar cocinas, zapatos, arroz; es decir, a repartir asistencialismo puro. Nosotros proponemos una serie de medidas para generar empleo, empresas, asistencia social en educación, salud, ciencia,  tecnología. Tenemos dos enfoques distintos, el nuestro es el del desarrollo de las personas y el otro es regalar a cambio de tener un  cliente electoral”.

Los opositores a Humala sostienen que oculta una militancia izquierdista, una afiliación al dictador nacionalista, el general Juan Velasco Alvarado (1968-1975), que expropió el petróleo, aplicó una reforma agraria y tomó el control de la prensa. Y señalan que profesa admiración por el presidente Hugo Chávez, quien el pasado 30 de marzo dijo en conferencia de prensa que Humala “es un buen soldado”.

De acuerdo con sondeos de opinión, no votarían por Humala los electores que temen una repetición del velasquismo o la implantación del chavismo en Perú.

“No  hay que tenerle miedo porque es una persona coherente y  consecuente  con la economía del día de hoy”, explica Abugattás. “Estos  adjetivos  de chavista y velasquista son producto de una campaña  del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) manejado por el  fujimorismo. Nosotros tenemos un programa de gobierno que garantiza el  crecimiento económico y la libertad de empresa, además de libertad de expresión y de todas las libertades fundamentales de las personas. Nosotros no hemos sido dictadores, nosotros hemos nacido democráticos”.

Pero para Rafael Rey, Humala no ha cambiado: “Por supuesto, es el mismo Ollanta del andahuaylazo, el mismo admirador de Chávez que ahora lo niega. Las dos caras de la misma moneda. No ha cambiado. Es lobo con piel de cordero”, afirma.

En todo caso, a Keiko Fujimori le resultará muy difícil vencer a Humala. En la primera vuelta del pasado 10 de abril, de un total de 25 regiones, Fujimori ganó en siete. Humala se llevó la victoria en 15 regiones. Del total de mil 832 distritos peruanos, en 51% venció Humala y en 21% Fujimori. La valla impuesta por Humala es muy alta.

Fernando Tuesta, especialista en procesos electorales y director del Instituto de Opinión Pública de la Pontificia Universidad Católica, recuerda en entrevista con Proceso que una situación similar de polarización electoral se registró en 1962, entre la derecha representada por Fernando Belaúnde y la centroizquierda por Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA). Ganó el segundo, pero no superó el tercio de la votación y la elección quedó en manos del Congreso. Antes de que éste resolviera la situación, los militares dieron un golpe de Estado y convocaron a nuevas elecciones en 1963, que en esa oportunidad ganó Belaúnde. Los militares respiraron tranquilos en sus cuarteles.

El problema ahora radica en que tanto Fujimori como Humala deberán concertar con otras fuerzas políticas porque ninguno tiene mayoría en el Congreso. Los humalistas cuentan con 46 representantes de un total de 130 diputados y los fujimoristas suman 39.

“El mayor desafío para el ganador de las elecciones será captar el apoyo mayoritario del Congreso, que el gabinete tenga aceptación y que se consolide la concertación. El nuevo gobierno va a tener que tomar medidas inmediatas que busquen  reducir las inseguridades”, explica Fernando Tuesta.

Sin embargo, una vez terminada la elección, el miedo no se disipará de la noche a la mañana.

“El triunfo de cualquiera despierta temores, particularmente porque son candidatos con bajo nivel de confianza. Necesariamente deberán forjar alianzas para aprobar leyes”, señala.

Además, sostiene que, “antes que cuestionar el modelo económico, la población exige que el nuevo gobierno responda a las demandas de un importante sector del país que considera o siente que las medidas del gobierno no son satisfactorias. Hay que imaginarse lo que pasará si no son satisfechas dichas demandas”.

 

 

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