Egipto: Represión documentada

BEIRUT (apro).- “He dicho y sigo reiterando que nunca vamos a confrontar una manifestación pacífica con violencia de algún tipo, ni siquiera verbal”, aseguró el primer ministro egipcio, Kamal el Ganzouri, el pasado lunes 19. “Estoy comprometido con esto”, añadió.

En ese mismo momento daba la vuelta al mundo una fotografía con un poder de descripción dramática, que mostró la sangrienta gestión del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA). En la imagen, tres soldados rodean a una joven exánime que no opone resistencia. Dos de ellos la arrastran por la calle tirando de su abaya (prenda negra holgada, que cubre desde el cuello hasta por debajo de la cadera), lo que deja al descubierto su vientre y sus senos, revelando un sostén azul. El tercer uniformado la pisotea con saña.

La represión de la junta militar ha vuelto a llenar las cárceles con muertos (al menos 14 desde el reinicio de los combates callejeros, el viernes 16) y los hospitales con heridos (más de 500).

En la misma declaración, El Ganzouri, hombre de paja del ejército, denunció que quienes protestan en la plaza Tahrir no son “los jóvenes de la revolución”, sino maleantes armados a los que manipulan “potencias extranjeras” para “derribar al Estado” y poner en peligro a una revolución que, según El Ganzouri, los militares defienden.

Al día siguiente, grupos como la Coalición de los Jóvenes de la Revolución y Todos Somos Khalel Said –vinculados al movimiento que provocó la caída del dictador Hosni Mubárak, el pasado 11 de febrero–, celebraron una conferencia de prensa.

En ella exigieron que el largo calendario electoral establecido por el CSFA, que plantea la devolución del poder a los civiles en julio, después de una elección presidencial en junio, se adelante para que ésta se celebre el 25 de enero (aniversario del inicio de la revolución), y que sea bajo la gestión de las autoridades democráticamente electas, y no de la junta militar, que se realice la redacción del nuevo texto constitucional que regirá al país en las siguientes décadas.

Los activistas contrapusieron videos de altos funcionarios del gobierno y del CSFA negando responsabilidad por la violencia, con otros en los que soldados egipcios aparecen empleando una fuerza visiblemente excesiva contra los manifestantes.

Fue un evento con una enorme carga emotiva, en el que varias personalidades de la política, opositores y voluntarios de las clínicas improvisadas en la plaza de Tahrir y en un plantón establecido frente a la sede del Parlamento, brindaron testimonios de la brutalidad de las fuerzas del orden.

La presencia de los médicos que han montado, organizado y atendido esas clínicas fue significativa porque su esfuerzo, realizado con medios personales y donaciones individuales, ha sido uno de los blancos de la ira gubernamental: cada vez que policías y soldados han lanzado ofensivas que han hecho retroceder a los manifestantes, se han asegurado de hacer pedazos los primitivos puntos de atención médica, apaleando a los heridos y a los cuidadores que los protegen.
La participación más significativa de las recientes jornadas fue la de las mujeres.

Una activista, Asmaa Mahfouz, fue vital por el efecto de un video que grabó, en el que convocó a los egipcios a manifestarse ese 25 de enero, hace casi un año. Muchas otras estuvieron presentes en Tahrir y el resto de las ciudades de Egipto durante esos días de movilización, hasta que se fue Mubárak.

Después, sin embargo, pareció que el espíritu de equidad que prevaleció en la plaza Tahrir se marchó y las mujeres pasaron de protagonistas a víctimas. El pasado 8 de marzo realizaron una marcha por los derechos de género, que recibió poco apoyo de sus compañeros revolucionarios y quedó expuesta al agresivo y exitoso sabotaje de grupos islamistas radicales.

Al día siguiente, tras un violento desalojo de la plaza Tahrir realizado por el ejército, soldados sometieron a 17 jóvenes detenidas a “exámenes de virginidad” públicos, supuestamente para demostrar que no eran célibes y neutralizar hipotéticas acusaciones de abuso sexual contra los uniformados.

En los enfrentamientos de noviembre pasado, muchas mujeres tuvieron que extremar precauciones porque su seguridad no estaba garantizada, ni siquiera en las zonas controladas por la oposición: hubo numerosos casos de agresiones sexuales en la plaza Tahrir.

Caroline Sinz, una periodista francesa, fue atacada cinco veces el mismo día. Identificó un patrón de actuación que permite sospechar que se trató de acciones intencionadas contra el movimiento de protesta.

Al mismo tiempo, muchas jóvenes fueron detenidas y sufrieron golpizas y vejaciones por parte de las fuerzas de seguridad.

Saña

El pasado 20 de diciembre, cientos de mujeres salieron a la calle. Esta vez sus compañeros no las dejaron solas y formaron vallas humanas para proteger su avance, hasta que llegaron a la plaza Tahrir. Su objetivo era protestar contra la violencia de los agentes del gobierno contra ellas. Y la chispa que las motivó fue, precisamente, la foto de la joven arrastrada, semidesnudada y pisoteada.

Esa imagen fija está acompañada de un video escalofriante, en el que la historia queda mejor plasmada. Es 17 de diciembre. Muchos civiles corren por una ancha avenida que da a la plaza Tahrir, perseguidos por soldados que avanzan en filas con equipo antimotines.

Una mujer se ha tropezado y tres hombres hacen lo posible por llevarla con ellos. Ella no consigue ponerse de pie. Once uniformados los alcanzan y todos levantan sus macanas al mismo tiempo. Dos de los que huyen logran escapar. La chica y el tercer hombre quedan en el suelo, recibiendo golpes por docenas, mientras otros soldados se suman a la paliza. Uno de ellos pone especial énfasis al pisotear la cabeza de la joven, que ni siquiera trata de protegerse.

El interés, sin embargo, se centra en ella, y mientras dejan al compañero inerte, bajo la agresión de tan sólo dos uniformados, otros tres arrastran a la muchacha, levantando su abaya. El que se observa en la foto pisoteándola, ya ha dado una patada a la cara de la mujer, de quien no se sabe si está inconsciente o muerta.

Un momento después, uno de los golpeadores parece tener un instante de recato y cubre los senos expuestos de la joven con la abaya.

La cámara regresa entonces al otro derribado, a quien un militar tira patadas y da un salto para caer con ambos pies sobre el joven.

El objetivo de la cámara se pierde un poco en una carga general por la misma avenida, dirigida por un uniformado sin equipo antimotines y con gorra, que parece un oficial, y que corre disparando al frente con una pistola.

Después, la imagen retorna al sitio anterior. Ahora golpean a dos personas más, en el suelo. Una reconstrucción con imágenes fijas permite descubrir qué ocurrió: al principio de la agresión, un hombre cincuentón, que viste camisa blanca y pantalón oscuro, y una mujer con un abrigo rojo, caminan y hacen un gesto pidiendo que no los golpeen, probablemente nada tienen que ver con la protesta.

Después, cuando los soldados han dejado en el piso al compañero de la chica de la abaya, la mujer de rojo se acerca a ayudarlo. Mala idea. El grupo de uniformados tiene un nuevo objetivo y la apalean junto al hombre que estaba con ella. Alguien, que parece el mismo tipo que pisoteaba a la primera joven, atiza con el pie la cabeza de la señora.

Dos días más tarde, el 19 de diciembre, el consejero de Asuntos de Moral de las Fuerzas Armadas, general Abdel Moniem Kato, respondió así a las preguntas que le hizo el diario Al Shorouk sobre el tema: “Se están preocupando por unos niños de la calle que deberían ser arrojados a los hornos de Hitler”.

Perseverancia

La represión de la junta militar atrajo la atención de la alta comisionada de la Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Navi Pillay. “Las gráficas imágenes de manifestantes, mujeres incluidas, que son asaltados y apaleados brutalmente, mucho más allá del punto en que mostraban resistencia, son extremadamente impactantes”, declaró el lunes 19.

“Gente que yace inmóvil en el suelo aparece en videos mientras la golpean en la cabeza y el cuerpo con palos. No hay manera de que estos actos inhumanos, que amenazan la vida, puedan ser justificados bajo el argumento de la restauración de la seguridad o del control de multitudes”, añadió.

Un informe crítico de Pillay podría servir de base para que el Comité de Seguridad de la ONU emitiera una resolución contra el CSFA, algo que ha dejado de ser descartable –aunque tampoco parece cercano–, dadas algunas muestras de “preocupación” expresadas por la secretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton.

Pese a sus intentos de invertir la realidad, el CSFA está resintiendo las consecuencias de sus abusos. El martes 20, después de la marcha de sus compatriotas, emitió un comunicado en el que “se disculpa profundamente con las grandes mujeres egipcias por lo ocurrido en las últimas manifestaciones”.

En el documento, la junta militar se compromete a investigar y enjuiciar a los responsables. Los ciudadanos, sin embargo, han escuchado lo mismo antes y siguen esperando los resultados de prometidos procesos contra acusados de numerosos abusos, incluidos los más de 800 asesinatos cometidos contra los revolucionarios entre el 25 de enero y el 11 de febrero.

El pasado martes 27, un juez de El Cairo le dio la razón a la única de las 17 jóvenes sometidas a “exámenes de virginidad” que se inconformó judicialmente: estas pruebas son “ilegales”, dijo el magistrado, lo que abre la puerta a reclamaciones económicas de las afectadas.

“Gracias a la gente, gracias a Tahrir que me enseñó a retar, gracias a la revolución que me enseñó perseverancia”, comentó Samira Ibrahim, de 25 años, en Twitter.

“Mubarakismo”

El miércoles 28 reinició el juicio contra el depuesto presidente Hosni Mubárak. Éste se había suspendido durante 100 días debido a los problemas de salud del exmandatario, quien es acusado del asesinato de cientos de personas. La vista judicial fue un trámite. Deberá continuar el 2 de enero.

De cualquier forma, la credibilidad del CSFA se ha visto aún más afectada por la composición del nuevo gabinete de gobierno, que rezumba mubarakismo. Para empezar, está encabezado por El Ganzouri, que ya fue primer ministro del exdictador de 1996 a 1999 e inició un veloz proceso de privatización de empresas públicas, del que salió un cúmulo de nuevos ricos sin dejar ganancias apreciables para el país.

El ejemplo más notorio es el del nuevo ministro del Interior, Mohamed Ibrahim, quien fue jefe de seguridad en Giza (la parte de El Cairo al oeste del río Nilo) de 2003 a 2007 y quien está acusado de la matanza de 27 refugiados sudaneses de Darfur en 2005 y de haber ordenado varios casos célebres de tortura.

Otro nombramiento destacado es el de Ahmed Anis, un militar que en tiempos de Mubárak encabezó la compañía estatal Radio y Televisión Egipcias –precisamente el principal instrumento de propaganda del régimen– y el Departamento de Moral del ejército, y que ahora queda a cargo del Ministerio de Información.

La única buena noticia es que la joven de la abaya no murió ni fue enviada a prisión, donde correría el peligro de sufrir torturas, abusos sexuales y un largo proceso, como muchas activistas egipcias.

El video no registra lo que según Hassan Mahmoud, periodista del diario local Al Badeel, fue un contra-ataque de los manifestantes, que logró hacer retroceder a los soldados y rescatar a la chica. A ella la llevaron a un hospital y después a un centro de rehabilitación, donde le explicaron la relevancia global que alcanzó la noticia del abuso que sufrió.

Para una egipcia musulmana, sin embargo, la humillación de ser expuesta así puede ser mayor que para muchas occidentales. La muchacha pidió mantener su anonimato.

No obstante, le dijo a Mahmoud que le parecía bien que se siguieran difundiendo esas imágenes: “No importa si hablo (con la prensa) o no. El que me hayan desvestido es suficiente para exhibirlos (al ejército) y decirles algo a aquellos que todavía les creen”.

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