Mariano Ramos: Maestría sin país

Por envidias y malquerencias de personas encumbradas dentro del ámbito taurino, el matador Mariano Ramos no tuvo la despedida que se merecía en la Monumental Plaza México. Tuvo que morir para que se doblegaran las actitudes mezquinas y sus cenizas pudieran dar la vuelta al ruedo en la catedral del toreo a fin de recibir una última ovación del público que siempre lo admiró. Con su partida se cierra una trayectoria de más de cuatro décadas en las que triunfó, dentro y fuera de México, para consolidarse como una de las grandes figuras de la fiesta brava.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Extraño sino el de algunos toreros geniales cuyo talento, desplegado durante años en los ruedos del mundo, concluye entre la indiferencia de los públicos que no hace mucho los aclamaron y el ninguneo deliberado de quienes alardean de promover el espectáculo taurino. A esa caprichosa mezquindad suelen sumarse ganaderos, colegas y una frívola crítica especializada incapaz de molestar con la menor sugerencia a los que se sueñan propietarios de esta tradición, no se diga con la legítima exigencia de anunciar en la Plaza México la despedida del maestro Mariano Ramos (México, D.F., 26 de octubre de 1950-5 de octubre de 2012), en un cartel a la altura de su exitosa trayectoria de más de cuatro décadas.

Paradojas de la vida: habiendo sido Mariano quien introdujo al medio taurino a su entonces amigo en el ambiente charro, Rafael Herrerías, futura amistad de Manolo Martínez y desde hace casi 20 años cabeza visible de la Plaza México, aquél nunca accedería a anunciar al maestro y menos en una terna de altura donde pudiera decir adiós a la profesión que tanto amó y honró con su pundonor, privilegiado dominio técnico y cabal conocimiento de los toros. Aquí, desde hace dos décadas los carteles de lujo son para ases extranjeros.

Pocos meses antes de su sorpresiva muerte, acaecida el 5 de octubre pasado, Mariano externaba: “No pude creer que la única propuesta de la empresa para que me despidiera de uno de los escenarios donde más triunfos he obtenido como lo es la monumental México, fuera para darle la alternativa a una torera. Desde luego rechacé esa rara oportunidad. Mi negativa no era contra la muchacha sino a favor de mi larga trayectoria como figura internacional de los ruedos. Nunca tuve inconveniente en darle la alternativa a nadie, incluidos toreros marginados como El Pana o El Glison”.

El también llamado Torero-charro de La Viga, agregó: “Hierros tan evitados por la mayoría, como José Julián Llaguno, Piedras Negras, Atenco, Mariano Ramírez, San Diego de los Padres o San Marcos, me han dado grandes satisfacciones que muy pocos toreros han tenido, al igual que Mimiahuapan, San Martín, Garfias, Tequisquiapan o Montecristo. Por todo ello tengo una ilusión de adolescente de volver a la Plaza México, donde los triunfos alcanzados contribuyeron a ser la figura que históricamente he sido. No, no podía aceptar esa propuesta de la empresa, era una cuestión de amor propio y de dignidad. Para no variar, parece que se molestaron.”

En efecto, tanta fue la molestia del empresario por el rechazo de Ramos a la roñosa oferta para su despedida, que la única ocasión en que el maestro pudo volver a su querida Plaza México fue en la corrida inaugural de la temporada 2012-2013, pero en la urna que contenía sus cenizas y que en manos de su alumno y ahijado de alternativa, Juan Luis Silis, dio la vuelta al ruedo para recibir una ovación unánime e inconfesadamente culposa por parte de un público que hace años perdió toda esperanza de exigir a esta empresa mínimos derechos como aficionado.

Ninguneo

“Lo conocí en 1982, después de su magistral faena a Timbalero, de Piedras Negras –recuerda Diana, su viuda e inspiradora compañera– y anduvimos seis años de novios, nos dejamos de ver otros cuatro y vivimos juntos los siguientes 20, sin papeles pero con responsabilidad ante un compromiso asumido libremente. La confianza fue nuestro sacramento. Intentamos tener hijos, no se pudo y tampoco nos obsesionamos. Fuimos amantes del ejercicio y de los animales. Lo poco que tenemos lo ponía ‘a nombre de Dianita’. Siempre atento conmigo, el primer bocado era para mí, diario tenía mi café recién hecho en el buró y a su manera siempre trató de hacerme saber que me quería.”

Diana, traductora y diseñadora de muebles que siempre ha tenido su propio negocio, acompañó a Mariano a incontables corridas en el país y en el extranjero, aunque casi siempre con premura, pues iban, toreaba y se regresaban. Confiesa que nunca tuvo miedo de que lo lastimara un toro pues la rotunda tauromaquia marianista le daba toda la confianza y su enorme actitud torera más, pero que la atemorizaban las reacciones antojadizas del público y de las empresas.

“De nuestra casa en el sur de la ciudad –evoca Diana– nos íbamos trotando hasta la Villa, pues él era muy guadalupano pero no mocho. Llegábamos y en tres minutos se santiguaba, algo rezaba y se salía, después de dos horas de venir trotando. Los contrastes de su personalidad eran enormes, pues así como había sido campeón nacional juvenil charro completo y conocido la fama y a los famosos desde muy joven, igual rechazaba los abusos, los halagos y las amenazas de los taurinos poderosos. Nunca vi a nadie montar mejor y con más naturalidad que a Mariano, como si caballo y jinete fueran uno solo, y tampoco he visto nunca a alguien que barriera con más concentración y esmero. Con frecuencia se ponía a barrer toda la banqueta y el empedrado de la casa entre las seis y las siete de la mañana, e incluso un vecino, antes de saber quién era, le quiso dar una propina. Por mero gusto regaba el jardín, limpiaba el asador, asaba y sazonaba la carne y lavaba los platos. Cuidó y atendió a mi padre, de quien era amigo antes de conocernos, como si fuera su hijo; se quisieron mucho, con una paciencia y tolerancia ejemplares, no se diga con sus padres y hermanos.

“Resentía la actitud de los taurinos mexicanos y su carácter ensimismado le impidió buscar una administración más eficiente, acorde con sus excepcionales cualidades toreras. Confiaba porque no sabía, tanto en marianistas prometedores que no cumplían como en el ‘contador’ Santiago Ongay, que se llevó al baile a todos los toreros con los fondos de la Asociación. Se perdieron varias propiedades y eso le dolió mucho: ganar un dinero honesta y arriesgadamente y que entre vivales y burócratas se lo repartieran.”

Y concluye: “Dios me dio la oportunidad de convivir con ese gran ser humano que además llegó a ser una reconocida figura internacional del toreo, no obstante los inimaginables obstáculos y zancadillas que encontró. Me quedo con tantas cosas maravillosas que compartimos, con sus enseñanzas y con su amor inmenso por la vida, pues nunca quise ser partícipe de sus resentimientos, justificados pero negativos”.

El adiós

En un episodio parecido al de Lupe Sino, pareja sentimental de Manolete, a quien la mafia que rodeaba al maestro de Córdoba impidió que pudieran verse en los últimos momentos de una muerte muy probablemente inducida, Diana Morales, la compañera del Torero-charro de La Viga, tampoco pudo estar a su lado cuando éste agonizaba.

Con una mezcla de abatimiento y coraje, refiere que no la dejaron entrar al Hospital de Nutrición de la Ciudad de México una vez que Mariano fue ingresado en estado grave debido a una fuerte complicación renal, ya que se le habían adelantado un admirador del torero y su novia, misma que se identificó como enfermera a la única que la burocracia hospitalaria autorizó a pasar. Desesperada intentó meterse por una puerta trasera de Nutrición pero tampoco pudo entrar. De regreso, la supuesta enfermera al pasar a su lado sólo le soltó: “El matador acaba de fallecer”. Confiesa que en ese momento la hubiera querido matar, que es de las cosas más tristes que le han pasado en la vida y que su talentoso compañero, más que del riñón, murió enojado y decepcionado de tanta mediocridad humana y taurina.

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