Filipinas: Los efectos económicos del tifón Haiyan

MÉXICO, D.F. (apro).- El pasado 8 de noviembre el tifón Haiyan dejó a su paso por Filipinas una factura catastrófica de 5 mil 500 muertos y 4.4 millones de desplazados, el doble que el tsunami del Índico de 2004. Y también destruyó ciudades que deberán de levantarse de nuevo. Viviendas, carreteras, puentes… todo quedó arrasado hasta quedar borrado cualquier vestigio de modernidad.

No son problemas desconocidos para Filipinas, por donde pasa una veintena de tifones al año. Los desastres climáticos le cuestan al país una media de 5 mil millones de dólares al año, según la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional.

El tifón Haiyan, sin embargo, come aparte: unas 575 mil casas quedaron destruidas y Bloomberg calculan las pérdidas entre 12 y 15 mil millones de dólares, el 5 % de su PIB. Pero los expertos juzgan que el tifón, uno de los más fuertes de los que se tiene constancia, tendrá un efecto más moderado en lo económico que en lo humano.

Manila había planeado un crecimiento anual del 7,3 % para este año antes de que irrumpiera el tifón y la duda ahora es cuantificar el recorte. La Autoridad de Desarrollo Económico y Desarrollo Nacional aventuró que caería hasta el 4,1 % en el cuatro trimestre y el anual se quedaría entre el 6,5 y el 7 %.

La provincia de Leyte, principalmente agrícola, se dedica al cultivo de coco, la caña de azúcar (genera la mitad de la producción nacional) y arroz (la tercera parte del total). La devastación de los terrenos de cultivo y de los canales de transporte aumentará presumiblemente los precios y disparará la inflación.

Víctor Venida, profesor del Departamento de Economía de la Universidad Ateneo de Manila, explica por email que “las economías regionales quedarán seriamente afectadas porque el daño en plantaciones e infraestructuras es sustancial y muchos han perdido sus casas y trabajos”.

“El tiempo necesario para recuperarse dependerá de la eficacia del gasto en infraestructuras. La economía nacional aún puede crecer pero las regionales necesitarán más tiempo. Cebú se recuperó muy rápido después del devastador tifón de 1990 y Pampanga necesitó cinco años después de la erupción del monte Pinatubo”, recuerda.

El optimismo radica en que la zona central castigada, aunque de gran tamaño, tiene una incidencia menor en la economía nacional: concentra al 20 % de la población y contribuye en un 12,5 % al PIB, según el Secretario de Finanzas, Cesar Purisima.

Por el contrario, Manila y el sur de Luzón, que quedaron a salvo del tifón, suponen el 52 %. Desde un punto de vista económico fue más devastador el tifón Nesat de 2011, que castigó Luzon, un centro de manufacturas, o el Bopha, que el año pasado arruinó las plantaciones de bananas del sur del país.

También ayuda que la deuda nacional sea relativamente baja (un 40 % de su PIB, comparado con el 72 % de Estados Unidos), lo que da margen de emisión al Gobierno para financiar la reconstrucción. Y por último: los filipinos exiliados contribuyen con sus envíos de dinero al 10 % de la economía nacional, según el Banco Mundial, y ese porcentaje subirá con seguridad después del desastre.

El examen de pasados huracanes, terremotos, inundaciones o erupciones volcánicas pasados también revela la aparente paradoja de que tienen efectos positivos para la economía. Uno de los primeros estudios serios fue “Los aspectos económicos de los desastres naturales”, que mostró que los habitantes de Alaska vivían en mejores condiciones después del terremoto de 1964 gracias al flujo de créditos gubernamentales para la reconstrucción.

Esa línea de pensamiento pivota sobre la llamada falacia de la ventana rota que popularizó el economista francés Frederic Bastiat en el siglo XIX: romper una ventana da trabajo a los cristaleros. Trasladada la teoría a un país arrasado, las ingentes labores de reconstrucción provocan un inmediato rebote de la actividad económica en muchos sectores adormecidos y, en el caso concreto de Filipinas, es previsible que alivien el desempleo crónico.

Las economías de los países más avanzados son especialmente resistentes a los desastres incluso en las regiones más afectadas. Sirve de ejemplo Japón, asentado en una de las zonas sísmicas más volátiles del planeta. Un terremoto arrasó Kobe en 1995, entonces un centro manufacturero y el sexto puerto más grande del mundo. Se pronosticaron décadas para su recuperación, pero la producción local recuperó los niveles previos al terremoto en apenas un año y la economía nacional creció por encima de las expectativas.

Los ejemplos son numerosos. Sólo el huracán Katrina, que afectó Estados Unidos y causó mil 833 víctimas en 2005, opera como excepción, ya que muchos residentes no regresaron, la ayuda oficial llegó tarde y los sectores de servicios y turismo, claves en la región, se hundieron por unas inundaciones que cubrieron el 80 % del territorio de Nueva Orleans.

“La gran diferencia entre los países desarrollados y en vías de desarrollo es la capacidad para movilizar recursos. Eso es importante en los días posteriores para las labores de búsqueda y rescate y, quizá aún más, después para las necesidades de recuperación financiera” señala por email Ilan Noy, profesor de la Universidad Victoria de Wellington (Nueva Zelanda) y estudioso del tema.

Los contrarios a esa doctrina económica que otorga a los desastres naturales un poder estimulante a corto plazo argumentan que esos recursos económicos y mano de obra no se generan de la nada, sino que simplemente se quitan a otros usos productivos de la economía también necesarios.

Opera como redistribución: el dinero va de los contribuyentes a los trabajadores de la construcción y de las aseguradoras a los propietarios de las viviendas. La destrucción de los recursos existentes, subrayan, no enriquece a una sociedad. La literatura sobre los efectos de los desastres naturales, tradicionalmente escasa, ha aumentado en los últimos años por el interés creciente. La población que vive en zonas sísmicas como México o Tokyo no para de aumentar y los expertos han alertado de que los tifones y huracanes están íntimamente ligados a los cambios climáticos, lo que permite aventurar una mayor frecuencia futura.

El número de los desastres naturales se ha triplicado en esta década en relación a 1975, según EM-DAT, una base de datos internacional.

Un informe de la ONU publicado este año sobre Reducción del Riesgo de Desastres cuantificaba las pérdidas económicas directas en todo el mundo durante el último trienio en 100 mil millones de dólares, sin contar las pérdidas de bienes e infraestructura no asegurada.

Sobre los efectos a largo plazo de los desastres existen menos discusiones doctrinales. Un trabajo de los economistas Mark Skidmore e Hideki Toya publicado en 2002 es aún referencial por su ambiciosa metodología y conclusiones: contrastaron la frecuencia de desastres naturales en 89 países durante treinta años con su economía y comprobaron que aquellos más afectados por la furia de la naturaleza habían crecido más rápidamente que los que se habían quedado a salvo.

En función de la severidad de la gravedad de los daños, la actividad económica puede reducirse durante algún tiempo por los cuellos de botella en la producción y el transporte, explica por email Skidmore, profesor de la Universidad de Michigan. “Pero esto no significa que la gente viva mejor, sino que simplemente están levantando lo que se perdió. Por otro lado, si las nuevas construcciones son más inteligentes, resistentes y dotadas de nuevas tecnologías, eso sí que mejora la economía a largo plazo”, continúa.

La destrucción de las viejas carreteras, puentes, fábricas o viviendas permite la llegada de nuevas infraestructuras, la jubilación de las industrias menos productivas y una economía más ágil a largo plazo. Resumiéndolo: la mejoría no descansa en que lo reconstruido es nuevo, como asegura la falacia de la ventana rota, sino en que es mejor.

Skidmore y Toya también han analizado la repercusión de las grandes catástrofes. “Hemos identificado una fuerte relación positiva entre los desastres naturales y los niveles de confianza de la sociedad. Así que, aunque puedan tener impactos humanos o económicos devastadores, también puede conducir a una sociedad más firmemente soldada, lo que puede tener efectos positivos duraderos en la actividad económica”, juzga Skidmore.

 

Economía nacional

El desastre natural alcanzó al país en un raro momento de expansión económica con el que intenta superar su tradicional etiqueta del hermano pobre de Asia.

Filipinas ha sido tradicionalmente una máquina de exportar emigrantes al continente, sobre todo mujeres. Sólo en Hong Kong hay cientos de miles, muchas de ellas empleadas como sirvientas de casas o en la prostitución.

Un 27,9 % de los filipinos viven bajo el umbral de pobreza, según datos oficiales del pasado año. El desempleo alcanza el 7 %, aunque el 40 % de la población está empleada en la economía sumergida o informal, según Washington.

Pero Filipinas ha encadenado cinco años de saludables crecimientos y en la primera mitad del corriente alcanzó el 7.6 %. Sólo China presenta mejores números en el continente. La economía nacional se beneficia de los incrementos de las exportaciones, que han sorteado la caída de la demanda externa de Estados Unidos y Europa incrementando los lazos con Japón. La electrónica y la agricultura son los otros pilares.

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