El obispo Samuel Ruíz y el EZLN

El obispo Samuel Ruiz García en una imagen de 2010. Foto: Janet Schwartz El obispo Samuel Ruiz García en una imagen de 2010. Foto: Janet Schwartz

MÉXICO, D.F. (apro).- Entre 1960 y 1980, Ediciones Era publicó en cinco volúmenes, que suman 2 mil 817 páginas, la gran obra de Fernando Benítez Los indios de México.

Antes de formar parte de esta obra monumental, las crónicas y entrevistas dedicadas a los tzeltales y a los tzotziles en Chiapas aparecieron a comienzos de 1963 en La última trinchera, que no volvió a tener edición individual.

El tiempo ha dado un valor excepcional al diálogo que Benítez tuvo en 1962 con el obispo de San Cristóbal de las Casas, Samuel Ruiz. Reproducirlo ahora implica un homenaje, pues alcanzó los niveles de compromiso con los indígenas de un fray Bartolomé de las Casas o un Vasco de Quiroga. Venía de la diócesis de León, Guanajuato, la más conservadora del país. Treinta y dos años después, a raíz del levantamiento del EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional), su visión sobre los problemas indígenas de Chiapas era otra.

 

El sucesor de Las Casas

Estando en San Cristóbal hablé largamente con el obispo de Chiapas. Ha hecho una rápida y brillante carrera. Nativo de Guanajuato, estudió en Roma y a los 37 años puede todavía figurar como el benjamín de los obispos mexicanos. Es un joven con marcadas tendencias a la obesidad –de ojos saltones y gruesos labios sensuales–, rodeado de sacerdotes ancianos, eruditos y desconfiados. Se ve claro que no ha logrado acostumbrarse a sus suntuosas vestiduras, y para atenuar el excesivo resplandor de la seda en una diócesis donde la mayoría de sus habitantes anda vestida de harapos, trata de ser agradable y sencillo. Detrás de esta apariencia se esconde un fanático. El joven prelado distribuye equitativamente su odio entre un comunismo que él necesita inventar a diario para mantenerse en actitud combativa y un protestantismo contra el cual no puede luchar, pero que a diario le sustrae algunas ovejas de su aprisco. Es una pieza en el juego que libra la Iglesia a fin de recobrar sus antiguas posiciones. Sus partidarios en este combate son los explotadores de los indios, y sus enemigos, como es de suponerse también, no podían ser otros que los miembros del Instituto Nacional Indigenista, es decir, los únicos que los defienden y se esfuerzan en quebrantar la estructura feudal de Chiapas. La guerra está empeñada fatalmente en ese campo. Se libra sordamente, por medio de anónimos, de escritos calumniosos, de intrigas, de hipocresías, de resistencias, y de consejos subversivos a los campesinos. Todos los miembros de la “buena sociedad” de San Cristóbal participan en la cruzada. Saben por experiencia que cada nueva clínica y cada escuela les arrebata sus tierras y sus peones y luchan con uñas y dientes, dispuestos a no dejarse desplazar del escenario dominado por ellos durante cuatro siglos.

En nuestra conversación principié recordándole que él ocupa la silla de Fray Bartolomé de las Casas y que en cierta medida es el sucesor y el heredero del Padre de los indios.

–Sí –me dijo–, yo ocupo esa silla y me doy cuenta de que supone una gran responsabilidad.

–¿Qué hace su clero por los indios?

Mi pregunta lo tomó desprevenido. Guardó silencio y respondió:

–Estudiamos sus condiciones y sus problemas para normar nuestra acción futura.

–Perdóneme. Creo que ustedes carecen de técnicos para realizar esa investigación. ¿Por qué no recurren al INI (Instituto Nacional Indigenista)? Allí hay una montaña de estudios. De estudios económicos, botánicos, biológicos, lingüísticos, antropológicos… De los indios se sabe todo, a excepción hecha de cómo mejorar rápidamente sus condiciones económicas.

–Posiblemente recurramos al Instituto. Usted no olvide que yo tengo en total 42 sacerdotes.

Decidí hablarle de una manera directa. En los últimos días se había recrudecido la campaña de publicaciones injuriosas y se sabía ya que el clero acusaba a los funcionarios y a los maestros del Instituto de ser comunistas.

–¿Por qué no colabora con el Instituto en lugar de combatirlo? ¿Por qué no detiene usted esa campaña denigrante que está envenenando los ánimos?

–Yo estoy dispuesto a colaborar con el Instituto. La Iglesia no rehúsa a nadie su ayuda. Nuestra misión es una misión de concordia.

–¿Usted podría precisar en qué consisten sus motivos de queja?

–Los funcionarios de La Cabaña y los promotores hacen propaganda a favor del comunismo y del general Cárdenas.

–¿Ha visitado usted las escuelas? ¿Conoce usted bien a los promotores?

–No he visitado las escuelas, pero tengo informes detallados.

–Conozco a los promotores, señor Obispo. Ninguno tiene una idea ni siquiera confusa de lo que es el comunismo. Todos son indios y todos son católicos. Han terminado sus estudios primarios; algunos, muy pocos, principian su enseñanza normal. A eso se reduce su cultura. Posiblemente ciertos promotores todavía recuerden con gratitud al general Cárdenas, porque Cárdenas les dio tierras a sus padres y a muchos de ellos los libertó de la esclavitud.

El obispo no lograba disimular una ligera irritación. A estos prelados, rodeados de una atmósfera de reverencia y acostumbrados a imponer sus ideas sin oposición, les pasa lo que a nuestros políticos. Ya no sufren contradicciones y consideran como una grave falta de respeto a su investidura que se le hable con franqueza.

–Sé que algunos funcionarios de La Cabaña –insistió– hablan en contra de la Iglesia y nosotros tenemos que adoptar una actitud defensiva.

–Todos los mexicanos tenemos la libertad de opinar sobre muy diversos asuntos. Sin embargo, lo que importa aquí no son las opiniones, siempre respetables, sino los actos. El Instituto no ha hecho nada que pueda molestar a la Iglesia, ni siquiera responder a la campaña de calumnias dirigida en su contra.

–Nosotros no fomentamos esa campaña.

–Por lo menos, la toleran.

–A nosotros no se nos puede acusar de ser injustos. Somos un clero muy pobre, un clero que sólo desea el bien de los indios.

–Señor obispo, usted no ha precisado ninguno de sus cargos. Yo en cambio podría precisar algunas injusticias…

–¿Ah sí? –exclamó interrumpiéndome–. Me gustaría saber en qué consisten esas injusticias.

–Hay choques, hay conflictos entre los maestros y algunos miembros de su clero.

–Esas son generalidades. ¿Podría usted citarme un caso concreto?

–Le cito a usted el caso del cura Adolfo Trujillo, dueño de la finca Bojoshac y dueño de esclavos. Aliado a los caciquillos de la región se opuso a que se construyera la escuela en sus tierras –una escuela que a él no le costaba un solo centavo– y persiguió con saña al maestro indio. No le importaba la escuela, sino las enseñanzas de la escuela.

–Ese es el problema. Desearíamos una enseñanza católica.

–Ignoro si se imparte una enseñanza católica o laica. El resultado es que cuando el indio aprende a leer y a escribir, misteriosamente aprende a ser libre.

–Vivimos en una época de conflictos y de crisis. El comunismo representa una fuerza real que debe tenerse muy en cuenta. Allí tiene usted a ese Fidel Castro…

–Fidel Castro puso en práctica lo que aconseja La Magnífica: desposeyó a los poderosos y elevó a los humildes; a los necesitados los llenó de bienes y a los ricos los dejó sin cosa alguna.

–Sí, pero a cambio de su libertad. A todos les ha quitado la libertad.

–Tiene usted razón. Fidel Castro les ha quitado la libertad de enriquecerse con el trabajo ajeno; la libertad de ser una colonia; la libertad de hacer trampas, de robar, de cometer crímenes. Esa es la libertad que les ha quitado.

El obispo apretó las mandíbulas y enrojeció. Sentí que había ido demasiado lejos. Intentar la defensa de Cárdenas o de Fidel Castro ante un obispo fanático era una falta de tacto irreparable. Los sacerdotes viejos que rodeaban al joven dignatario intervinieron y la conversación se desvió hacia el apacible tema del barroco salomónico en San Cristóbal.

Yo hubiera querido hablarle del Padre Las Casas, de las piedras que le arrojaban los encomenderos, del anacronismo que representa ese mundo viejo y podrido de vendedores de alcohol, de enganchadores, de groseras supersticiones, de miseria envilecedora y de la urgencia de modificarlo con la ayuda de todos, pero comprendí la inutilidad de mi intento. Convencer a ese obispo de que debía seguir el ejemplo de su antecesor Fray Bartolomé de las Casas, era tanto como convencer al tonto y somnoliento gobernador a que hiciera algo trascendente, algo noble y revolucionario por los indios de Chiapas.

 

Benítez, tres décadas después

Entrevistado el 11 de abril de 1994 en Santo Domingo, República Dominicana, donde era embajador de México, Proceso le recordó a Fernando Benitez aquel encuentro con Samuel Ruiz, pero el escritor negó que hubiera sido con él. Tres meses antes se había levantado el EZLN. Este es el diálogo completo:

 

Pero lo que me parece más increíble –se le interrogó– es que haya entrevistado hace 30 años al obispo Samuel Ruiz cuando…

–No hombre, al contrario, dame el libro (La última trinchera), ya lo dijo José Emilio Pacheco en Proceso. Entrevisto a un obispo… (revisa el libro y dice ante una foto: “Ay, mira qué cosa tan dramática”. Y más adelante: “Mira esta cara, caray”. Y también: “Mira qué mujer tan maravillosa”. Se desespera: “Hombre, dónde está el cabrón obispo”. También: “Mira, son puras preguntas. He entrevistado a miles de gentes”). Era un miserable.

–Pero sí era Samuel Ruiz.

–No, era el contrario de Samuel Ruiz.

–Era el contrario porque pensaba distinto.

–No, porque era un miserable.

–Checamos la lista de los obispos.

–Eso era hace 32 años.

–En 1960 nombraron a Samuel Ruiz en San Cristóbal.

–Ah, pues fue mucho antes.

–Venía de la diócesis de León, usted lo dice. Incluso la descripción que usted hace…

–No, era un miserable. El obispo.

–Sí, es que era un miserable.

–Pero no era Ruiz.

–No dice usted el nombre.

Load More