Asia: Fiebre armamentista

El presidente de China, Xi Jinping. Foto: AP El presidente de China, Xi Jinping. Foto: AP

MÉXICO, D.F. (apro).- Asia gastó en armas por primera vez en 2012 más que Europa, el último indicio de hacia dónde pivota el poder global. Desde China a Japón, pasando por India y Paquistán, y siguiendo por las dos coreas hasta llegar a Vietnam y Malasia, hay pocos gobiernos reacios a participar en una carrera armamentística preocupante por su efecto contagio y los múltiples frentes abiertos en el continente más poblado del mundo.

La inversión en el sudeste asiático se triplicó de 1988 a 2012 hasta alcanzar los 302 mil millones de dólares, según el Instituto de Investigación sobre la Paz de Estocolmo (SIPRI, por sus siglas en inglés). Ninguna otra región del mundo ha registrado un crecimiento parecido. La crisis global explica que 20 de los 37 países de la Europa occidental y central redujeran más de un 10 % su presupuesto militar de 2008 a 2012.  El sudeste asiático alcanzará los 470 mil millones de dólares en 2020, lo que supondrá 28% del gasto global y cuatro puntos por encima de 2013, según la revista IHS Jane’s. El 2,5 % del PIB global se destinó a armas en 2012, el último año con cifras.

A la cabeza asiática figura China, que ha cuadriplicado su gasto desde 2000 y en 2015 superará el presupuesto conjunto francés, alemán y británico. Este año lo incrementó un 12.2 % (808 mil 230 millones de yuanes o 130 mil millones de dólares), consistente con el ritmo reciente: 10.7 % en 2013; 11.2% en 2012, y 12.7 % en 2011.

Es costumbre que sus anuncios de los presupuestos militares sirvan para alimentar la “amenaza amarilla” a pesar de que es menor de la cuarta parte del estadunidense (572 mil millones de dólares), cuya publicación no merece portadas globales. Los expertos opinan que el gasto real chino es mucho mayor que el declarado, algo probable porque todos hacen trampas. Estados Unidos no incluye el gasto en armas nucleares (enterradas en el presupuesto de energía) ni las pensiones y servicios médicos para excombatientes y otras partidas.

El Ejército Popular de Liberación cuenta con 2.3 millones de soldados, el más numeroso del mundo. Arrolla en el aspecto cuantitativo pero marcha varias décadas atrás de Occidente en el cualitativo a pesar de sus ímprobos esfuerzos de modernización. Su único portaviones, Shi Lang, fue botado con toda fanfarria en 2011. China mostraba músculo por su viejo anhelo cumplido y el mundo lo señalaba como la prueba del poderío chino.

Se omitió que un portaviones lo tiene ya una veintena de países del mundo y que no era más que el Varyag: un oxidado buque ruso, que se encontraba varado desde hace seis años en un astillero ucraniano y que carecía incluso de sistema eléctrico. Fue comprado a precio de chatarra y tras 13 años de intenso trabajo de lampistería en el puerto de Dalian fue presentado por Pekín. Los expertos señalan que ya estaba pasado de moda en su inauguración y lo descartan por su torpeza en un escenario bélico. Mueve a la compasión compararlo con el USS George Washington (propulsión nuclear, capacidad para 70 aviones de guerra, más de 5 mil marineros y casi dos millones de kilos de bombas), uno de los portaaviones estadunidense que frecuenta las aguas del sudeste asiático.

El auge chino y los periódicos desmanes norcoreanos han provocado un vuelco en Japón. Shinzo Abe, su presidente, prometió un rearme nacional cuando llegó al poder en 2012 más acorde con el cambiante contexto regional. En diciembre anunció un aumento del 5.5 % de su presupuesto en el próximo quinquenio, que alcanzará los 24.67 billones de yenes. Tres drones de vigilancia, 17 aviones híbridos Osprey de despegue vertical o en pista y 52 vehículos anfibios figuran en la lista de la compra.

La medida finalizaba una década de continuados recortes y estiraba aún más las costuras de su ejemplar Constitución pacifista. Ésta, impuesta por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, prohíbe en su artículo 9 la resolución de conflictos mediante la guerra y contempla sólo la autodefensa. El espíritu de esa ley se tambalea hoy. Japón levantó en abril la prohibición de exportar armas, vigente durante medio siglo, y se plantea ahora permitir que su Ejército participe en la defensa de un aliado atacado. Un panel de expertos encargado por Abe ha urgido este jueves al Gobierno a reinterpretar su constitución. Los países vecinos y muchos en Japón ven en esos movimientos un regreso al militarismo que tanto daño causó al continente en el siglo pasado.

La fiebre armamentista ha alcanzado a India. En 2010 se convirtió en el mayor importador de armas del mundo y un año después destinó 44 mil millones de dólares a defensa, casi tantos como a educación. La lista sigue con Malasia, que ha doblado su presupuesto militar desde 2000; Corea del Sur, inminente integrante del grupo de diez mayores exportadores de armas del mundo; Singapur, el país más pequeño del continente y con una de las mayores fuerzas aéreas… El continente comprará en los próximos 15 años unos 110 submarinos, uno de los termómetros más fiables de la capacidad militar.

La explicación más evidente de la escalada presupuestaria es la lozanía económica de los países involucrados, aunque algunos como China, India o Corea del Norte tengan aún deberes pendientes en la lucha contra la pobreza.

Las tensiones, especialmente en el Mar del Sur de China, acentúan la tendencia. “Incrementan sus capacidades militares, especialmente navales, para presionar sus reclamaciones territoriales con más peso, además de las enemistades históricas, las desconfianzas mutuas –como Malasia y Singagur, o Corea del Sur y Japón- y crecientes amenazas de seguridad no tradicionales como la piratería, el terrorismo o la protección de la pesca”, señala por email Richard Bitzinger, analista de Defensa en la zona. La tendencia, explica, se retroalimenta:  “Existe una dinámica de ojo por ojo: los países tienden a copiarse las adquisiciones de armas, sobre todo para prevenir quedar ensombrecidos por la fuerza militar de los otros”.

La identificación del culpable depende de la ideología. Para unos, es el sostenido aumento del presupuesto militar de China incluso por encima del crecimiento de su PIB el que arrastra al resto para defenderse de sus actitudes cada vez más beligerantes. Para otros, es la presencia atosigante de Estados Unidos y su cerco a China. A las miles de tropas instaladas durante décadas en Corea del Sur y Japón, Washington ha añadido acuerdos de defensa con Filipinas o Australia desde que su presidente, Barack Obama, viró tres años atrás su interés geoestratégico al Pacífico después de Irak y Afganistán. No cuesta imaginar la reacción global si China firmase acuerdos de defensa con Cuba, Venezuela y cualquier otro país incómodo a Estados Unidos y pasease sus submarinos nucleares frente a las costas de Florida con la excusa de su defensa.

China rebate el orden dictado por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos concedió la administración a Japón de las islas Senkaku/Diaoyu (cotidiano foco de fricciones entre Pekín y Tokio) mientras otros países de la región se repartían el Mar del Sur de la China, que alberga grandes reservas de petróleo y gas. Las organizaciones internacionales están regidas por algunos de los países que esquilmaron a China aprovechándose de su debilidad durante los dos siglos anteriores y la obligaron a firmar tratados humillantes. Ahora, con su auge global, Pekín pretende recuperar la situación previa al colonialismo. Ese es el germen de los encontronazos marítimos, más frecuentes en 2014.

El último ocurrió la semana pasada en las Islas Paracelso, ricas en pesca y con supuestos yacimientos de petróleo y gas bajo sus aguas. Hanoi esgrime las 130 millas marítimas que la separan de sus costas para defender su propiedad, mientras Pekín subraya que caen dentro de las 200 millas náuticas a partir de su plataforma continental. Hasta ahí llevó China una plataforma petrolífera y una escolta de 70 barcos. Su encuentro con la flota vietnamita acabó en choques de barcos y ataques mutuos con cañones de agua. Ahí las versiones se separan. Hanoi acusa a las naves chinas de atacar sin miramientos y herir a seis de sus marinos. Pekín sostiene que Vietnam fue la primera en disparar y recuerda que sus barcos eran civiles y desarmados, mientras que algunos de los contrarios eran militares. El episodio ha provocado una ola de sinofobia en Vietnam y el saqueo de cientos de fábricas chinas por turbamultas.

La progresiva beligerancia en las aguas centró la cumbre de ASEAN (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, en sus siglas inglesas), celebrada en Birmania el fin de semana pasado. Las pretensiones filipina y vietnamita de aprobar una dura declaración contra China quedaron aguadas por el resto. La decena de países acabaron mostrando su “grave preocupación”, pidieron mesura a todos y omitieron a China.

Las reclamaciones históricas y los nacionalismos incendiarios parecen un caldo de cultivo apropiado para que cualquier encontronazo derive en algo más serio. Bernard Loo Fook Weng, experto singapurés en Defensa, lo descarta citando los nuevos acuerdos sobre incidentes marítimos firmados recientemente y el relativo interés de las aguas. “Aunque muchos gobiernos colocan mucho peso de su política interna en esas reclamaciones, estas no son fundamentales para su supervivencia a pesar de los recursos económicos bajo el lecho marino. Y, finalmente, el Mar de la China del Sur no es sólo un canal regional, sino el enlace entre el Pacífico y el Índico usado frecuentemente por los barcos estadounidenses (…) La inevitable influencia de los intereses de las superpotencias mitigará las tensiones”, añade.

El incremento armamentístico, las políticas de alianzas y la posibilidad de contagio de cualquier conflicto preparan, según muchos analistas, el escenario de otra guerra fría. La gran pregunta es hasta dónde llegará Estados Unidos en su compromiso con sus aliados y, en especial, con Japón. Obama recordó en su reciente visita a Tokio que el acuerdo de defensa mutua incluye todo el territorio japonés y mencionó explícitamente las islas Senkaku/Diaoyu.

“Si China ataca las islas, Estados Unidos estaría obligado a cumplir con sus obligaciones. De todas formas, no dará carta blanca a Japón para que aumente su apuesta contra China”, afirma Richard Fitzinger.

Hay elementos tranquilizadores. China no se esfuerza en perseguir a Estados Unidos en la carrera nuclear que caracterizó la Guerra Fría. Su despensa es inferior a la de Francia o Reino Unido y la modernización de su arsenal es modesta. Los expertos no vislumbran un giro en la política. Influyen varios factores, sostiene Elbridge Colby, autor del estudio “Armas Nucleares y relaciones entre China y Estados Unidos”: el desinterés heredado de Mao Zedong y Deng Xiaoping, evitar la mala reputación global y huir de la misma costosa carrera que, en opinión china, hundió a la URSS. Los esfuerzos chinos, sostiene por email, se centran en la defensa. “Parece que China persigue incrementar la capacidad para el segundo ataque –el contraataque tras sufrir un atentado nuclear- aunque también añadir un poder coercitivo en un posible conflicto con Estados Unidos y posiblemente otros países”, añade.

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