Del latín “apellare”

De acuerdo con su etimología, la palabra apellido procede, tanto de “hablar con autoridad” como de la “denominación” genérica de cosas y personas. Esto último es aquello que nos interesa en cuanto al significado literal que tienen algunos apellidos de músicos renombrados una vez que abandonan su ámbito lingüístico y se traducen al castellano. Hablamos en otro momento ‒Proceso 1796 y 1798‒, del preeminente compositor húngaro Liszt Ferencs, cuyo nombre completo se traduce como Francisco Harina y vendrían a cuento, sin regatearles respeto, Johann Sebastian Bach y Richard Wagner, cuyos apellidos significan Arroyo y Carretonero, respectivamente.

No es gratuito que, a propósito de lo que representa el apellido de Bach, Debussy hubiera renegado de su “error” nominal, es decir, evocar un simple curso de agua ‒aunque así lo demande su genealogía‒ es como una afrenta cuando se está en presencia de un creador de “mares” de músicas. Valga este enfoque filológico para invocar y compartir la obra1 ‒seleccionamos cual pretexto propiciatorio aquella que se escucha poco en nuestro país‒ de otros compositores ilustres cuyos apellidos, para decirlo sucintamente, pueden resultar curiosos e interesantes (la comicidad e irreverencia también podrían aplicarse). Sobra destacar que la mayoría nació en una época previa al advenimiento de la cinematografía o de las artes escénicas para públicos masivos. Ahora nos resultaría impensable que una figura pública contara con un nombre “artístico” que no fuera eufónico y que en vez de producir expectación produjera escarnios y risotadas…

● El primer sujeto del muestrario se llamó Juan Nepomuceno Moscardón y nació en 1778 en Bratislava, Slovaquia. Su padre, de quien recibió las lecciones iniciales, fue director de la Escuela Militar de Música de Viena y fue el primero en catar sus extraordinarias dotes. Tan conspicuo fue el talento de Nepomuceno que antes de cumplir ocho años fue presentado con W. A. Mozart, quien quedó demudado por sus habilidades, tanto, que pidió hacerse cargo de su educación. Se lo llevaría a vivir a su propia casa en aras de impartirle lecciones cotidianas y no cobraría nada por ello. En tiempo record el niño era ya un virtuoso del teclado, orillando a su mentor a presentarse con él en público en un recital a cuatro manos. Cuando el prodigio cumplió diez años, Mozart decretó que estaba listo para realizar una extensa gira. Los conciertos en Praga, Berlín, Hamburgo, Copenhague y Londres ratificaron el vaticinio. Ahí, en la capital del Reino Unido, el pequeño Moscardón fue escuchado por Pleyel, Clementi y Haydn. Como resultado, Pleyel le regaló un piano, Clementi lo recomendó para que se publicaran sus primeras obras2 y Haydn, además de componerle una sonata, lo designó como su futuro sucesor en la Corte de los Esterházy. Remontada la adolescencia, Moscardón siguió obteniendo éxitos en todos los campos, no sólo como músico sino como hombre de mundo. Vendrían entonces la amistad con Goethe y el matrimonio con una cantante ‒la bella Elizabeth Röckl‒ que entre otros, había ninguneado a Beethoven. Nepomuceno también ejerció la docencia ‒Mendelssohn recibió sus enseñanzas‒ y dejó una vasta producción musical. Su estilo representa el eslabón perfecto entre las formas clásicas y el romanticismo.3 El célebre Moscardón murió en 1837. En su tumba se lee: Johann Nepomuk Hummel.

● Para el segundo puesto tenemos al inmenso y admirado Federico Nata. Insuficientes resultan los adjetivos para elogiarlo, empero, baste decir que está considerado como el pionero del nacionalismo musical de su patria y que su obra refulge con luz propia. Sobre su formación y vida familiar los datos son conmovedores. Vio la luz en 1824 dentro de un medio rural privo de oportunidades y su padre, amén de darle 17 hermanos ‒entre ellos siete medios hermanos‒, se obstinó en impedir que dedicara su vida a la música. En pos de su “verdadera” educación fue mandado a la capital, donde se la pasó muy mal. Sus condiscípulos se burlarían de su rusticidad y su pobre desempeño académico. En esto tampoco le ayudó su apellido. No tardaría en comenzar a faltar a la escuela. El poco dinero que recibía de casa a duras penas le alcanzaba para lo necesario, no obstante, hacía economías espartanas para allegarse, a escondidas, algunas clases de piano. Estando aún en la pubertad empezó a escribir un diario. En sus páginas asentó que quería “volverse un Mozart en la composición y un Liszt en la técnica”. Como era de esperarse su padre descubrió el engaño, y las mesadas se recortaron aún más. Carente de reconocimientos y de una buena guía musical, Federico hizo lo que pudo en esos años donde intentó volverse una estrella del piano. Nunca se volvería un émulo del maestro Harina, sin embargo, su talento para la creación despejaría los horizontes de su existencia. Habría de sobrevivir como profesor de piano hasta que su obra, espejo nítido del amor por su tierra,4 comenzara a darle de comer. Una vez que contrajo nupcias, las desdichas también lo persiguieron. Su consorte y tres de sus cuatro hijas perecieron por fiebre escarlatina y tuberculosis. En la locura y la sordera, el maestro Nata exhalaría su aliento postrero. En una ribera del río Vltava, en Praga, se yergue una estatua en su honor. En su basamento aparece por escrito su nombre: Bedřich Smetana.

● En tercer lugar descuella Max Hernia, una de las figuras más señeras del movimiento tardo-romántico europeo. A diferencia de Smetana, Max sí recibió apoyo familiar y logró educarse bajo la égida de valiosos maestros. Su precocidad fue tal que a los nueve años firmó una canción para el cumpleaños de su madre. Vino después un alud de composiciones juveniles entre las que hubo una ópera sobre Jean D´Arc; lamentablemente casi todas extraviadas. Su trayectoria como compositor fue complementada con una recia vocación por la enseñanza y la conducción de orquestas. Como director fue invitado para encargarse de la Liverpool Philharmonic Society y como catedrático desempeñó cargos tan importantes como la titularidad de composición en la Hochschule de Berlín. La vida íntima del maestro Hernia no halló sobresaltos y estuvo plagada de satisfacciones. Al igual que Hummel, también desposó una cantante y fue reconocido plenamente por sus contemporáneos. De su centenar de obras pervive hoy en repertorio, básicamente, su concierto para violín en sol menor. No siendo violinista, Hernia apuntó que lo había escrito “porque el violín puede cantar una melodía y la melodía es el alma de la música”.5 En la partitura del mismo, junto al Op. 26, figura su autoría: Max Bruch (1838-1920).

Para el cuarto sitio le hacemos espacio al aburguesado monsieur Ernesto Pantufla, quien fue bautizado en 1855, en la Ciudad Luz. En analogía con el caso de Smetana, Pantufla encontró reticencias paternas para dedicarse a la música. Por ende, cursó la licenciatura y el doctorado en jurisprudencia y se convirtió, previo a su viraje vocacional, en abogado de la Corte de Apelaciones de París. Poco antes de la muerte de su progenitor, Ernesto emprendió la senda que le dictaba su sensibilidad, inscribiéndose en el Conservatorio. Ya tenía esbozadas algunas obras propias que le granjearon la aceptación de Massenet como profesor de composición. Adicionalmente recibió lecciones de César Franck y Vincent D´Indy. El hecho de pertenecer a una clase pudiente no mermó en lo absoluto su dedicación al trabajo musical, aunque sí le pesó que sus colegas lo consideraran un mero amateur adinerado. No obstante, fue elegido en 1886 Secretario de la Societé Nationale de Musique, cargo que ostentó hasta su prematura muerte a los 44 años de edad. La breve pero exquisita obra musical del maestro Pantufla se caracteriza por un dominio absoluto de las formas y el empleo de armonías audaces y pungentes.6 Su cuerpo reposa en el cementerio Père-Lachaise. En su mausoleo, grabados sobre mármol, yacen los elegantes vocablos de su nombre: Ernest Chausson.

Como coda del muestrario, nos es imposible dejar fuera a algún compatriota de incuestionables méritos en el campo musical. Seleccionamos entonces al maestro Torcido, quien recibiera el bautismo en 1925, en la mítica Puebla de Los Ángeles. A él se debe un espléndido método de formación musical para niños que lleva su apellido7 y una imprescindible labor como pedagogo y adalid de los valores cívicos de nuestra nación. Asimismo, fue autor de un corpus musical que aguarda todavía reconocimiento. El mes pasado la prensa difundió la noticia: “Muere en su casa de la Ciudad de México, el incansable educador César Tort. Requiescat In Pace, dirían con autoridad los antiguos latinos…

1Hablamos de compartir, ya que los ejemplos musicales se proporcionan en la página proceso.com.mx

2Las del Opus 1 y Opus 2.

3Sugerimos la audición de una de sus obras. AUDIO 1: Johann Nepomuk Hummel – Variaciones para piano y orquesta Op. 115. (Howard Shelley, pianista y director. London Mozart Players. CHANDOS, 2004)

4Recomendamos la siguiente escucha: AUDIO 2. Bedrřch Smetana – Polka de su ópera “La novia vendida”. (Wiener Philharmoniker, James Levine, director. DEUTSCHE GRAMOPHON, 1987)

5Aconsejamos vivamente la visión del siguiente enlace: www.youtube.com/watch?v=srQLtBsiiKc

6Sugerimos la audición de esta canción: AUDIO 3: Ernest Chausson – Le colibrí op. 2 n° 7. (Sandrine Piau, soprano. Susan Manoff, pianista. NAIVE, 2007)

7Recomendamos la escucha de algunas de sus piezas infantiles, tocadas por los propios infantes. AUDIO 4: César Tort – El pequeño danzante. (Niños músicos de Artene. (Voz Viva de México. UNAM, Sin Año) AUDIO 5: César Tort – El tren. (Niños músicos de Artene. Voz Viva de México. UNAM. Sin Año)

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