Perú descubre su propio ‘caso Maciel’

Lima (apro).- La política de tolerancia cero del Vaticano frente a casos de pederastia en el seno de la Iglesia anunciada por el Papa ha vuelto a quedar en entredicho con el estallido de un nuevo caso en Perú.

Al respaldo del pontífice a un obispo acusado de encubrir a un sacerdote pederasta en Chile y a la indulgencia plenaria otorgada a los Legionarios de Cristo por los actos de pederastia cometidos contra menores de edad por su fundador, Marcial Maciel, se ha sumado en las últimas semanas la difusión de varios testimonios de personas que denuncian haber sufrido abusos sexuales cuando eran menores por miembros del Sodalicio de Vida Cristiana, una poderosa organización ultraconservadora y con características sectarias que presenta muchas similitudes con la institución mexicana.

El escándalo estalló a raíz de la publicación del libro Mitad monjes, mitad soldados (editorial Planeta) con una investigación sobre el Sodalicio llevaba a cabo por los periodistas Pedro Salinas, que en los ochenta fue miembro de esta organización, y Paola Ugaz.

En él se describe a una institución ultraconservadora, antisemita, misógina, antidemocrática, oscurantista y con una disciplina pseudomilitar que capta agresivamente a jóvenes adolescentes de clase alta y los impulsa a llevar una vida consagrada a dios, apartándolos de sus familias y amistades, y los acaba sometiendo a una serie de vejaciones y humillaciones para quebrarlos psicológicamente y doblegar su voluntad. Además, se recogen una treintena de testimonios de exmiembros, la mayoría de ellos de forma anónima, relatando abusos psicológicos, físicos y, en cinco casos, sexuales por parte de tres de sus superiores, incluido su mesiánico fundador, Luis Fernando Figari.

El Sodalicio nació en 1971 y seis años después fue aprobada como “pía sociedad” por el primado católico de Perú. En 1997 recibió el espaldarazo definitivo del Vaticano al ser reconocido por Juan Pablo II como “sociedad de vida apostólica”. El papa polaco vio en ellos un instrumento idóneo para contrarrestar la influencia de la Teología de la Liberación, creada por el peruano Gustavo Gutiérrez, pues atacar a esta corriente ha sido siempre una de las obsesiones de esta congregación. Gracias a ello ha permeado las clases altas de la sociedad peruana.

En este país gestiona dos colegios privados y un cementerio en Lima, una universidad y un instituto técnico en Arequipa (en el sur del país), así como numerosos proyectos inmobiliarios.

También administra otras dos universidades en Costa Rica y en Chile y tiene ramificaciones en otros cuatro países latinoamericanos, en Estados Unidos y en Italia. Además, es propietario de una importante agencia de noticias católica, ACI Prensa. Pese a ello, ha mantenido un total secretismo que ha impedido que se supiera qué pasaba realmente dentro de la organización. ‘Mitad monjes, mitad soldados’ es la primera investigación a fondo que se hace sobre ella.

Las personas que se habían atrevido a denunciar su carácter sectario y sus abusos, principalmente exsodálites, se pueden contar con los dedos de la mano. Y fueron objeto de furibundos ataques por parte del Sodalicio, con presiones que muestran sus influencias en los poderes empresarial, eclesiástico y mediático, y con agresivas campañas por parte de ACI Prensa.

Esta vez el impacto ha sido sonado y ha dejado a un Sodalicio en fase de transformación, y a la jerarquía católica peruana totalmente descolocada. El libro no sólo revela las prácticas vejatorias y de lavado de cerebro a que ha sometido durante años a sus jóvenes aspirantes, sino que muestra que, pese a que había claros indicios e incluso casos reconocidos por parte de la propia institución de que se estaban cometiendo abusos sexuales en su interior, contaba con una amplia red de protección. Es más, indica que hace cuatro años las tres víctimas que acusan a Figari por abusos sexuales denunciaron sus casos ante la Iglesia católica y ésta no ha hecho prácticamente nada en todo este tiempo.

A diferencia de los Legionarios de Cristo, los sodálites (como se llama a los miembros de la organización de origen peruano) son mayoritariamente laicos consagrados. Pero al igual que la institución creada por Maciel e incluso que el Opus Dei, el Sodalicio, que nació en 1971, representa los postulados más conservadores y radicales de la Iglesia católica, busca sus acólitos entre las clases más pudiente de Perú y se ha articulado en torno a la figura y el pensamiento de su fundador y líder.

 

Admirador de Hitler

Figari es descrito en ‘Mitad monjes, mitad soldados’ como racista, antisemita, intolerante, megalómano, grosero y cruel. Admirador de Hitler, Mussolini y, sobre todo, José Antonio Primo de Rivera (el fundador de la Falange Española). Además, utilizaba elementos esotéricos y hacía creer a sus acólitos que podía hipnotizar y leer la mente.

“El Sodalicio al inicio era una institución de características sectarias por donde la mires”, asegura a Apro Pedro Salinas. Según el periodista, que pasó varios años en esa congregación en los años ochenta, su estrategia consiste en captar a acólitos principalmente en la edad adolescente, cuando los jóvenes manifiestan muchas inseguridades e incertidumbres.

Se presenta como una organización que pretende formar a un grupo de elegidos que, a través de la búsqueda de la santidad, van a salvar al mundo. Apelan a la vanidad de sus objetivos con elogios y les escuchan haciéndoles sentir que su opinión es importante.

“Al principio la cara que te muestran es la cara simpática. Lo bueno que es tener a estos amigos como tu entorno, tu nueva familia”, afirma Salinas.

Van por un tipo de joven determinado: siempre varones, pues es una sociedad masculina aunque algunas de sus organizaciones satélite son de mujeres, de clase alta y con un fenotipo muy particular, pues han de ser sobre todo blancos y de ojos claros.

También tienen predilección por aquellos que tenían algún tipo de problema familiar: familias disfuncionales, padres separados, padre ausente o algún otro tipo de problema con el progenitor. No obstante, si no tienen ningún conflicto con éste, ellos se ocupan de crearlo.

“Te hacen un trabajo de lavado de cabeza, te formatean, te alejan de tus amigos, te van separando de tu familia, destruyen tu figura paterna, lo aniquilan, hablan pestes de él, hacen que veas todos sus defectos, ninguna virtud”, recuerda Salinas.

Esto lo sabe bien Héctor Guillén, un oftalmólogo de Arequipa que vio cómo su hijo fue captado con 16 años por el Sodalicio a finales de los noventa y se fue distanciando de él. Desde entonces se ha convertido en una de las pocas voces que ha denunciado las tácticas de esa institución católica.

“Lo primero que me llamó la atención fue que mi hijo comenzó a cambiar de actitud, cambiar de conducta, y vino con preguntas y aseveraciones medio raras. Vino de pronto con que ‘voy a salvar el mundo’, ‘he encontrado la verdad absoluta’, ‘hay un señor que me lee la mente’”, narra.

Guillén comenzó a investigar al Sodalicio y encontró que utilizaba las mismas tácticas de lavado de cerebro que las sectas. “Te cambian la ropa, no te dejan dormir, te hacen rituales, te regulan dónde vives, qué comes, a qué hora duermes, en qué trabajas, qué vas a rezar, qué televisión vas a ver, qué películas vas a ver, qué libros y periódicos vas a leer, te supervisan tus correos electrónicos, con quién te comunicas, con quién vas a hablar”, enumera.

“Cuando miras para atrás ya te has peleado con tu familia, con tus amigos… y de pronto tu familia ha sido reemplazada por esta otra. Ya has ido de alguna manera metiéndote en este agujero negro y a partir de ahí te comienzan a pedir compromisos cada vez más en serio”, sostiene Salinas.

 

Rosario de vejaciones

Una vez que los jóvenes entran en las comunidades sodálites como aspirantes, con la excusa de formarles el carácter les someten a todo tipo de vejaciones tanto psíquicas como físicas, y les inculcan que deben obedecer ciegamente a sus superiores, particularmente a Figari; también les niegan cualquier posibilidad de disentir o aportar sus propias ideas y les hacen cumplir todo tipo de órdenes absurdas: aguantar golpes e insultos, dormir en la escalera, comer asquerosidades o levantarse en la madrugada para ir a nadar varios kilómetros en el mar.

Guillén asegura que cuando comenzó a investigar al Sodalicio en el año 2000 en seguida descubrió “que Figari era un pederasta. Ya había indicios muy claros de que este señor era un pervertido y había violado a varias personas”.

“Conversé con el presidente de la asociación psiquiátrica y me mencionó que había habido estos delitos pero que nadie lo escuchaba y que todo esto se mantenía oculto en la alta sociedad de Lima. También hablé con otros psiquiatras pero no querían salir a la luz. No había denuncias. Nadie quería hablar”, abunda.

“Acudí a jueces, abogados, a psiquiatras, a sacerdotes, a organizaciones de derechos humanos y todos me decían que no se podía hacer nada. Una desidia total de parte de todos los estamentos sociales”, denuncia.

Todos tenían temor a las represalias de la organización, que era particularmente agresiva con quienes consideraba sus enemigos.

En el 2000 apareció el primer testimonio de un exsodálite, el periodista José Enrique Escardó, denunciando abusos físicos y psicológicos en la organización en una serie de artículos en la revista Gente. Pero este medio empezó a recibir amenazas de retiro de publicidad y tuvo que dejar de publicarlos.

En 2007, uno de los sodálites más cercanos a Figari, Daniel Murguía, fue sorprendido in fraganti en un hostal del centro de Lima con un niño de 11 años, al que le había hecho fotos desnudo (imágenes encontradas en su cámara) y, según el testimonio del menor, le había practicado sexo oral a cambio de unas figuras de Pokemon. Aunque fue formalmente expulsado del Sodalicio, sus abogados pertenecían a esta organización, como denunció en su día Guillén, y tres años después fue exculpado por falta de pruebas.

 

Práctica de yoga

Pero el primer gran golpe contra esta institución llegó en 2011, cuando a través de una filtración propiciada por el propio Pedro Salinas y que dio origen a la investigación ahora publicada, la prensa reveló que el que había sido número dos de Figari, Germán Doig, muerto diez años antes y en proceso de beatificación, había cometido abusos a menores.

Entonces la congregación renegó del que iba a ser su primer santo, pero poco después se publicó que también había acusaciones en este sentido contra Figari, que un mes antes de esas revelaciones había renunciado como superior del Sodalicio.

Enseguida tres personas interpusieron por separado ante el Tribunal Eclesiástico peruano sendas denuncias por abuso sexual contra el fundador de la organización ultraliberal.

Según ha revelado ahora el libro de Salinas, uno de los denunciantes asegura que fue sodomizado por Figari con la excusa de realizar una práctica de yoga, depositando esperma en su “zona sacra” para impulsar la energía Kundalini a través de la médula espinal hasta el cerebro y así podría obtener poderes sobrenaturales.

Otro fue obligado a sentarse sobre un palo.

Además, entre los testimonios recogidos por el periodista se encuentran episodios de abusos cometidos por Doig y por otro sodálite, Jeffrey Daniels, que hace años fue enviado a Estados Unidos tras abusar de varios de sus pupilos sin que trascendiera nada fuera del Sodalicio.

Igualmente se relatan múltiples episodios de tocamientos, besos y aproximaciones sospechosas de otros miembros de la organización.

Salinas fue objeto de una de estas situaciones ambiguas por parte de uno de sus directores espirituales. “Es una persona que se me ha escapado del libro, porque los testimonios que lo señalaban al final desistieron, me pidieron que los retirara”, lamenta.

Pese a todo ello, en los cuatro años transcurridos desde que fueron hechas formalmente las denuncias hasta la publicación de ‘Mitad monjes, mitad soldados’, el Tribunal Eclesiástico peruano no se comunicó con los denunciantes para tomarles testimonio o para decirles cómo iba el proceso.

Mucho menos informó a la justicia civil de estas acusaciones, a pesar de que una de las víctimas aseguraba en su denuncia que le constaba que Figari había hecho lo mismo con otras personas.

Sólo unos días después de la publicación del libro, el organismo de justicia canónica emitió un comunicado en el que afirmaba que, como Figari era laico, no era competente para investigarlo, sino que debía hacerlo la Santa Sede, a la que había remitido las denuncias sin precisar cuándo.

 

El enviado del Vaticano

Poco después se reveló que en abril pasado, tres meses después de que Salinas hubiera escrito directamente a la Congregación de los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica del Vaticano informando de los hechos, ésta nombró un visitador para investigar al Sodalicio.

Sin embargo, el nuevo superior del Sodalicio, Alessando Moroni, afirmó no haber sido informado de estas denuncias. El propio Figari, a través de su abogado, Juan Lengua, también ha negado haber recibido notificación alguna por parte del Vaticano al respecto. Además, ha rechazado las acusaciones de abusos a menores y sólo ha reconocido “algunos excesos en lo que podemos señalar como códigos de conducta” para “formar el temple” de los aspirantes “como en las escuelas militares”, en palabras de su letrado.

Entretanto, la publicación del libro parece haber tenido un efecto de “bola de nieve” en Perú, pues se han difundido nuevos testimonios, como el de un exsodálite que relata cómo en 1991 Figari, junto con otras personas, le obligó a él y a otros tres aspirantes a desnudarse y les hizo unas preguntas mientras les filmaba.

La fiscalía general peruana ha abierto una investigación de oficio contra Figari y una ONG, el Instituto de Defensa de los Derechos del Menor, ha denunciado al titular del Tribunal Eclesiástico, Víctor Huapaya; a su moderador, el influyente arzobispo de Lima, Luis Cipriani, y al procurador del Sodalicio, Enrique Dupuy, por encubrimiento, omisión de denuncia y posible complicidad en el delito de violación de menores.

“Si yo recibo una denuncia de este tipo y no la denuncio ante el fuero ordinario, soy cómplice”, explica Daniel Vega, presidente de esa organización. “Hablar sólo después de cuatro años, ante el escándalo, es un indicio razonable de delito”.

El activista considera que las tres personas a las que ha acusado “están buscando desde el comienzo cómo librarse a cualquier precio, lavarse las manos”.

A pesar de todo, el visitador nombrado por el Vaticano para investigar al Sodalicio, el obispo Fortunato Pablo Urcey, hizo unas declaraciones a un canal de televisión en las que dio la impresión de que su encargo no iba a ser muy revelador.

Urcey afirmó que no es un investigador y que su misión se limita a visitar las comunidades sodálites y conversar con sus miembros para enviar a Roma un informe en el que lo más importante parece ser, según él, “hacer todo lo posible para salvar el carisma” del Sodalicio. El obispo dejó claro que no tenía intención de hablar con los exsodálites que han denunciado abusos ni de leer siquiera el libro de Salinas.

Además, la actitud de Cipriani, que por sus posiciones ultraconservadoras y sus influencias en las altas esferas del poder es una figura similar a la de Norberto Rivera en México, no parece muy distante de las viejas prácticas de la Iglesia católica ante los escándalos de pederastia.

“Hemos actuado con transparencia y con rapidez, (aunque) tal vez no al ritmo de algunos medios de comunicación que no les interesa la Iglesia ni los niños, (sino) que les interesa molestar”, declaró en su programa semanal en una televisión privada.

“Son muy efectistas, muy impactantes las declaraciones del papa Francisco (sobre los abusos de religiosos contra menores), pero en los hechos yo no veo que la Iglesia haya cambiado. Da la sensación de que no va a pasar absolutamente nada”, lamenta Pedro Salinas.

Lo mismo opina Héctor Guillén, quien apunta que “según la ley habría prescripción” de los hechos denunciados. “Figari está bastante bien protegido. Probablemente se diga que ya no hay posibilidad de juzgar a Figari y que, por lo tanto, el señor va tener que recibir un castigo canónico, según la ley de la Iglesia católica, que será un retiro en oración y reflexión, y se acabó el problema”.

El abogado de Figari ya ha insinuado que si la justicia civil quiere juzgar a su cliente, va a tener que pedir su extradición y que no tiene intención de renunciar a la prescripción del delito, una atribución que le permite la ley peruana.

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